Faulkner, Onetti, Borges, Quiroga…

Siempre es bueno acudir al pensamiento de los grandes escritores para uno saber que no está solo y que ellos también tuvieron inquietudes semejantes a las de uno. En particular, sobre el oficio de escribir, sobre la literatura, muchos han opinado y de todos ellos podemos sacar enseñanzas. En esta ocasión, comparto el pensamiento de siete que considero grandes hombres de letras. Que no me crucifiquen las feministas si no incluyo una mujer. Aunque a la hora de escribir, lo importante es escribir, no el sexo. En esta ocasión, la mayoría latinoamericanos.
1) William Faulkner (foto) –¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese “poco dinero de vez en william faulknercuando”? Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas… lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.
2) Ernest Hemingway –Durante los últimos años usted parece haber eludido la compañía de los otros escritores. ¿Por qué? Eso es más complicado. Cuanto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está. Casi todos los viejos amigos, los mejores, mueren. Otros se alejan. Uno no los ve más que raramente, pero uno escribe y tiene con ellos casi el mismo contacto que tenía cuando se encontraba con ellos en el café, en los viejos tiempos. Uno intercambia cartas cómicas, a veces alegremente obscenas e irresponsables, y eso es casi tan bueno como charlar. Pero uno está más solo porque así es como debe trabajar, y el tiempo para trabajar se acorta todo el tiempo y si uno lo malgasta siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón.
3) Gabriel García Márquez: “Alguna vez le oí decir a Mario Vargas Llosa una frase que me desconcertó de entrada: “en el momento de sentarse a escribir, todo escritor decide si va a ser un buen escritor o un mal escritor”. Varios años después llegó a mi casa de México un muchacho de veintitrés años que había publicado su primera novela seis meses antes y que aquella noche se sentía triunfante porque acababa de entregar al editor su segunda novela. Le expresé mi perplejidad por la prisa que llevaba en su prematura carrera, y él me contestó, con un cinismo que todavía quiero recordar como involuntario: “Es que tú tienes que pensar mucho antes de escribir porque todo el mundo está pendiente de lo que escribes. En cambio, yo puedo escribir muy rápido porque muy poca gente me lee”. Entonces entendí, como una revelación deslumbrante, la frase de Vargas Llosa: aquel muchacho había decidido ser un mal escritor, como en efecto lo fue hasta que consiguió un buen empleo en una empresa de automóviles usados, y no volvió a perder el tiempo escribiendo”.
4) Augusto Monterroso (foto): “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, augusto monterrosocree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”.
5) Juan Carlos Onetti: “No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar”.
6) Jorge Luis Borges “En la literatura es preciso evitar: las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson; la costumbre de caracterizar a sus personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares”.
7) Horacio Quiroga: “No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”.

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