‘El hombre que perdió el norte’ de Roberto Burgos

rburgoscantor1El ventanal de cuerpo entero del suelo al techo corresponde al piso cinco. Es un edificio de seis plantas. Enfrente está la alameda bordeada por las vías de asfalto y en algunos tramos interrumpidas por calles que la atraviesan. Por encima de los árboles grandes y viejos están los tejados de las edificaciones, al otro lado. Después, los cerros. De allá sale el sol brillante y de luz tibia las mañanas despejadas, sin nubes bajas ni cúmulos de neblina.
Este amanecer de claridad filtrada, apacible, aún no terminaba de irme a la cama. Hacía un momento se acababan de despedir los dos amigos que se quedaron a tomar el whisky de antes de irse y se abrió otra conversación distinta a la de la sobremesa con el resto de invitados. Estuve atento a cuidar ese trago de más que destruye las previsiones y lo entrega a uno a los encantamientos de una vigilia pasmada. Al lograrlo no cargaba ningún estrago y apenas el cansancio de un día largo flotaba en el cuerpo y hacía lentos los pensamientos.
Era sábado y el ritmo de vértigo desacompasado de la ciudad: buses, automóviles, carretas tiradas por caballos, motocicletas, carretillas empujadas por hombres y el hormigueo incesante, los recogedores de papeles y cartones, los afiladores de cuchillos, los arregladores de ollas y planchas, los vendedores de periódicos, los altavoces de los carros estacionados que exhiben en el techo frutas y dulces, empezaría más tarde.
Ahora el tiempo de sosiego, de más, que se agrega a la mediana tranquilidad nocturna se instala en las calles y parques.
Un hábito de solitario guardador de faro me conduce, en pijama, a observar por la ventana antes de acostarme. Mis conjeturas sobre el tiempo no tienen consecuencia. Algo detiene mi otar. En un escaño de la alameda un hombre con sombrero mira y mira el cielo, este edificio, los árboles, un lado, el otro lado. No se detiene. Un chaquetón de marinero abotonado hasta el cuello lo enfunda. Un aire, un gesto, una sombra, me hacen el guiño de un reconocimiento. Es un amigo que salió después del café y las abundantes raciones de licor de pera con escarcha helada y los abrazos que derrotan las separaciones. A veces. Sí. A veces: tan nuevos, tan presentes.
Me acerqué a la lámina transparente hasta tocarla con el dedo grande del pie y el aliento formó una medusa que se abrió rápido. Levanté el brazo y lo agité para saludar. Me respondió con el aspa lenta de su brazo. Parecía sin fuerza. Con lentitud se instaló la preocupación de cuánto tiempo había pasado desde que el hombre en la banca de la alameda se había despedido, hasta este momento. Calculé sin exactitud y resultaron varias horas que incluían la desteñida parsimoniosa de la noche.
Me enfundé en el gabán y bajé. En el ascensor estaba la vecina de arriba. Embebida todavía en los misterios de la misa temprana, había confundido el botón indicador del piso. Nos saludamos y no se dio cuenta de mis pies descalzos. Ni del resplandor apagado de mi piel en el fondo del espejo. Vampiro asustado.
El conserje me observó con curiosidad. Denotaba un esfuerzo visible por anticiparse a saber el motivo de mi presencia inesperada. Dejó la silla de la recepción en la cual se había acomodado, sosteniéndola en dos patas contra el panal de madera de la correspondencia y disminuyó el volumen del radio con la ráfaga de noticias de inundaciones, derrumbes y accidentes de carretera. Casi al oído le pregunté por el señor del sombrero allí enfrente, en la banca. Me dio la espalda por un instante y miró a través de la pared de vidrio de la fachada. Pareció comprender en ese momento y sin darle importancia me contestó que estaba allí desde que salió. Que lo había visto atravesar la calle, mirar hacia el edificio, caminar un poco hacia allá, devolverse, caminar un poco hacia acá, detenerse, volver, contemplar el edificio y de pronto sentarse. Como resignado, agregó, o tal vez sintió mucho cansancio.
Entonces caminé a la calle. El portero se quedó en la puerta, mirando. El asfalto estaba frío. Mi amigo giraba su cabeza con sombrero, sus ojos se movían en un desconcierto tranquilo y los centró desde una lejanía desconocida –no tenía ninguna relación con la distancia escasa que me separaba aún de él– sin señales. Lejanía que derrota antes de ser recorrida.
Parecía despojado de cualquier destello de reconocimiento o confianza. Habitante ahora de ningún lugar, desde allí observaba sin cercanía ni tensión de alerta. Apenas en un ahí que no era ahí. Dejé mi mano en su hombro. Una corriente de agradecimiento movió el gesto en su cara y se quedó en ella como una sombra tenue. Entonces tuve la sensación de que mi amigo regresaba de un territorio donde la nada y el extravío lo hacían intangible. Y estaba a punto de sonreír.
–¿ Y qué haces tu aquí? –le pregunté.
Se demoró en responder. Buscaba las palabras enterradas en un cenagal de incertidumbre y a medida que lograba arrancarlas salió la risa que se cohibía con la vergüenza y se apoyaba en la inocencia. Al fin dijo:
–Se me perdió el norte… –Abrió los brazos en señal de clemencia o disculpa o rogaba a los puntos cardinales un poco de piedad.
–¿Por qué no volviste a mi casa? –Le pregunté por no dejarme ganar del silencio. No tenía sentido reclamarle su descuido con él mismo. Le veía una marca de desamparo puesta por la noche, el frío, el sereno. Y sin duda la ocurrencia de imprevista descolocación que lo había asaltado ya, una vez antes, en un amanecer de una ciudad fluvial. Uno, lo contaría mi amigo después –entre la vergüenza y el ofrecimiento de excusas–, queda reducido sin mundo, apenas a una bolsa de incertidumbres vacías, desconocidas, sin tiempo, sin esquinas de agarre, sin porvenires al alcance, endebles pretextos para remontar la muerte.
Con esta pregunta y su fondo de solidaridad: mi casa es tu refugio amigo, tu asilo, su rostro se despejó de pesares y sombras, de rígida ignorancia y abandonó el lenguaje de las metáforas, el norte y el frío, el infierno y los demonios, la felicidad y su plazo breve, el odio, el amor, y se refirió con palabras precisas:
–¿Dónde queda mi casa? Se me perdió la dirección, la calle, los pasos. Ni siquiera encontré las huellas para volver a la tuya. Me volví un árbol más, aquí, de raíces al aire.
Me di cuenta de que había estado en una zona donde se esperaba en balde saber dónde se está, si es que se está. En el otro hombro, su chaquetón estaba cagado de pájaros mañaneros. Recordé los personajes de Hawthorne y Conrad que salen de su casa a una cuotidiana, ligera, rápida, insignificante diligencia y se demoran años eternos, casi de olvido, en volver. A lo mejor los cigarrillos que compraron y fumaron cubrieron de una niebla espesa la vida antecedente. O se les reveló en esos pasos contados que el tiempo no importa. No lo pude discernir ahí frente a mi amigo, con su cara de gratitud por haber sido auxiliado para salir del pozo.
Lo ayudé a levantarse, más pesado que sus kilos por el peso de la noche, y caminé con él, sin rebajarle el peso de mi brazo que lo rodeaba, para encaminarlo a su casa. Se entregó a mi ruta y con bajo de murmullo entonó un ritmo que acompañó de palabras con más sonoridad que significado, con la ternura de una nana. Me pareció una canción del río Atrato.
El aire frío de la mañana empezaba a revolverse con la luz tibia. El aroma de los jazmines me anunció el edificio en que vive mi amigo. Su fachada de losas de piedra pulida y el nombre en letras de bronce. Mis pies se resentían. Antes de pulsar el botón del timbre se abrió la puerta y asomó la portera.
Antes de despedirnos me preguntó con disimulada vehemencia:
–¿Estás seguro de que es aquí?
Lo observé entrar y avanzar con el bamboleo leve de un buque que traspasa el oleaje adverso, hasta que la penumbra del corredor que conduce a la escalera absorbió su figura.
Roberto Burgos Cantor (foto)

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