‘Los indigentes de la terraza’ de Márceles Daconte

eduardo márceles daconteSe los había advertido una y mil veces, que dejaran de dormir en su terraza porque la ensuciaban con su humor nauseabundo, sus desperdicios de comida vieja, sus andrajos pestilentes y sus cartones sucios, pero los indigentes se obstinaban en regresar cada noche, después de una jornada de andar de arriba abajo por la ciudad en busca de desechos para vender en las recicladoras y chatarrerías del sur, escudriñar por alimentos en las canecas de basura o insistir por una limosna en la puerta de una iglesia o sobre una acera de la carrera séptima de Bogotá.
No había nada que hacer con estos personajes sin casa ni familia que se abrigaban de la fría noche sabanera en aquel espacio de una casa donde, además de ser un domicilio familiar, funcionaba una tienda de antigüedades. Jacobo Ruiseñor, su propietario, era una persona tranquila que de manera cordial les rogaba que buscaran un sitio diferente para pasar la noche, que cada mañana tenía que desinfectar el lugar con creolina y antisépticos industriales. Pero era inútil, ellos permanecían inamovibles en su refugio.
A causa de su insistencia, y de mala gana, los indigentes recogían sus cartones, limpiaban el piso con un trapo mugroso y se alejaban lanzando improperios y amenazas en una parla obscena que asustaba a los transeúntes. Un lunes festivo, Jacobo se levantó de la cama con un humor de perro rabioso, había sufrido algunos percances de salud y sus negocios zozobraban en un mar de acreedores que le acosaban con notificaciones de abogados y citaciones a juzgados, cartas intimidatorias por impuestos atrasados y, más aún, la dolorosa separación de Lázaro, el compañero de toda su vida, quien había decidido marcharse a la isla de San Andrés, reventado por las presiones de la vida capitalina.
A esa hora de la mañana Jacobo imaginaba que ya los indigentes habrían desocupado la terraza, así que se dirigió al clóset de las herramientas para sacar la manguera de regar sus queridos arbustos aromáticos, sus yerbas medicinales y lavar, una vez más, la entrada mancillada por las iniquidades de la pareja de desplazados urbanos. Pero su indignación estalló de manera abrupta cuando encontró que seguían durmiendo en su terraza, desatando una colisión verbal de insultos y ofensas mutuas que los llevó a una confrontación física en donde Jacobo llevaba las de perder.
Se defendió con sus puños alcanzando a enderezar el chorro de la manguera contra sus contrincantes que de inmediato sintieron el agua fría empapar sus harapos. En medio de la confusión, uno de ellos sacó un trozo de barra metálica que guardaba debajo de los cartones y con ella asestó un garrotazo sobre la humanidad de quien consideraban su verdugo que lo derribó con un sonido seco de algo que se quiebra. No paró de dar varillazos a Jacobo hasta que su cráneo estuvo convertido en papilla, chorros de sangre brotaban de su cabeza desgonzada.
Ya no se pudo levantar, se sumergió en un profundo sueño con imágenes fantasmagóricas que poco a poco se fueron desvaneciendo hasta quedar allí tendido en la más completa orfandad. Los dos indigentes se miraron, entre asustados y sorprendidos de su violenta reacción, y emprendieron la huida dejando atrás sus bártulos. Nunca más volvieron a la escena del trágico suceso. En la muerte, Jacobo había logrado desalojar a los invasores de su burbuja; sin embargo, él ya no estaba allí para disfrutar de su triunfo.
Eduardo Márceles Daconte (foto)

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2 Respuestas a “‘Los indigentes de la terraza’ de Márceles Daconte

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