‘El regreso (de Franz Kafka)’ de Giovanni Papini

giovanni papiniUn librero de Praga, conocedor de mi pasión por los autógrafos de escritores célebres, me ofreció en venta el borrador (inédito) de un cuento de Franz Kafka. Tiempos antes yo había leído la traducción inglesa de su obra El Proceso; dicha lectura me había simultáneamente hastiado y entusiasmado. Por eso quise hacer una rápida lectura del manuscrito, seis paginitas de apuntes en alemán, antes de pagar el elevado precio que me pedía el librero. El Regreso, título que se lee en la parte superior, es el rápido esbozo de un cuento que Kafka no quiso o no tuvo tiempo de desarrollar. Un agente de seguridad, el señor W. B., quiere emprender un largo viaje de negocios por Bohemia, debiendo dejar sola a su joven esposa en la casa de campo, situada a unos cien kilómetros de Praga. Mucho le disgusta dejarla porque se han casado poco tiempo antes y están muy enamorados, pero el deber y el interés le obligan a partir. Dicho viaje debía durar un mes y medio, pero por diversas causas –que Kafka no hace saber–, el señor W. B. se ve obligado a permanecer ausente por espacio de dos meses. Finalmente llega el tan deseado día del regreso; aproximándose la noche desciende en la estación más cercana a su morada, en la estación le aguarda una carroza pedida por telegrama; ha realizado buenos negocios y está contento, pero más que nada está contento al pensar que al cabo de tanto tiempo podrá abrazar a su buena y hermosa María. Llega finalmente a la puerta de madera de su jardín. Ya es de noche. El jardinero sale a su encuentro llevando un farol. Mirando a su alrededor todo le parece nuevo, aunque nada ha cambiado. El viejo perro blanco lo reconoce y le hace fiestas; la vieja fámula que le sirvió desde la niñez está a la entrada de la puerta, le sonríe, le da la bienvenida, le ayuda a quitarse el grueso capote negro especial para viajes:
–¿Ninguna novedad?
–Ninguna, señor.
–¿Y la señora?
–Hela aquí que baja.
En efecto: por la escalera de haya que conduce a la planta alta desciende una mujer que saluda alegremente al señor W. B., pero éste, cuando la mujer está cerca, hace un movimiento de estupor y en lugar de abrazarla camina hacia atrás sin decir palabra. Aquella joven señora, vestida de terciopelo, no es su María, no es su esposa. María es morena como una meridional, mientras que ésta tiene los cabellos de un color rubio ceniza; María es de mediana estatura y algo redonda, mientras que ésta es alta, delgada. Ni siquiera los ojos son los mismos: la desconocida que pretende abrazarle tiene ojos azules clarísimos, casi grises, mientras que los de María, oscuros y ardientes, se parecen a los de una mujer criolla.
Y, sin embargo, esa señora lo llama por su nombre, con voz acariciadora, le pide noticias acerca de su viaje y de su salud, toma una de sus manos y le atrae hacia sí, lo besa con labios cálidos en ambas mejillas. El viajero es incapaz de articular una sola palabra, le parece que en lugar de entrar a su casa ha ingresado al mundo de los sueños; le agradaría que alguien lo despertara. Pero, todo es allí normal excepto la nueva mujer: la casa es siempre la misma, los muebles son los mismos que dejó al partir, el jardinero, dejadas las valijas, aguarda órdenes de la dueña de casa, la mucarna trata a la desconocida como si fuese la señora María e incluso el perro se mueve por allí haciendo fiestas y ladrando como acostumbraba hacerlo con su verdadera ama. ¿Qué había sucedido?, ¿por qué ninguno de los presentes, excepto él, se da cuenta de que aquella mujer no es su María?
Siempre en silencio, el Sr. W. B. sigue a la desconocida, suben por la escalera de madera y entran en la cámara conyugal. También allí está todo igual que antes. La ‘toilette’ de María es la misma, con sus frascos y demás cosas bien conocidas por él; los vestidos de María cuelgan en el mismo perchero, su retrato, el de W. B., está en la misma mesita de la esposa. La nueva María se aprovecha de su turbación para abrazarlo y besarlo en la boca, siente que el perfume es el mismo, bien conocido, exótico e intenso, aun cuando el cuerpo sea diverso.
–¿Estás cansado? –le pregunta la mujer–. ¿Quieres reposar un poco antes de bajar para cenar? Me parece que estás extraño, muy cambiado. ¿Por qué te muestras tan frío conmigo, que te estoy esperando desde hace tiempo?, ¿te sucedió algo desagradable?, ¿no te sientes bien?, ¿quieres beber un sorbo de tu licor preferido?, siempre tuve a mano la botella para tu regreso…
–No preciso nada –logra decir, finalmente, el señor W. B–. Solamente querría descansar un poco y reflexionar sobre lo que está sucediendo. No lo puedo comprender. Déjame solo por un momento.
–Como quieras –responde dulcemente la mujer–. Voy a la cocina para vigilar que la cena esté a punto. Hice preparar los platos que más te agradan.
Estrecha su mano, le sonríe y sale del cuarto. El señor W. B., vestido como había llegado, se tiende en el lecho presintiendo que se aproxima una especie de vértigo. No logra darse cuenta de la inaudita aventura que le está sucediendo. En su aturdimiento no es capaz de hallar una explicación satisfactoria. ¿Qué había sucedido? Durante aquellos dos meses de ausencia, ¿se habría transformado él hasta el punto de no reconocer más a su amada esposa?, o tal vez, aun cuando nadie se diera cuenta, ¿su María se habría cambiado enteramente dejando de ser como antes era?; u otra hipótesis aún más absurda y pavorosa: ¿la verdadera María habría sido sacada de allí por la fuerza, quizás hasta asesinada, contando con la complicidad de la servidumbre, y otra mujer a la que nunca había visto pero que tal vez lo amaba, habría ocupado el puesto de la primera?
Todas estas suposiciones le parecieron igualmente infundadas, y procuró hacerlas desaparecer de su mente. Pero, por más que hiciera trabajar a la fantasía no lograba hallar explicaciones más naturales y convincentes. El señor W. B. no era un romántico y no sentía simpatía ninguna por los relatos de Hoffmann y de Poe. Finalmente prevaleció en él el buen sentido: decidió no hacer caso de nada y adaptarse, por lo menos en las apariencias, a aquella incomprensible situación. Aceptaría y recitaría su parte en la comedia, tratando a la desconocida como si fuera en verdad su María. Tal vez, pasando el tiempo y con una tenaz observación, llegaría a descubrir la verdad. Esta resolución calmó su excitación, pero no mitigó la intensidad de sus pensamientos. Cuando la falsa María entró otra vez en la cámara matrimonial, el señor W. B. se levantó del lecho y vio brillar una nueva esperanza: en la penumbra le pareció que era ella, la que había dejado al partir. Pero, sólo por un brevísimo momento; luego era la desconocida, la intrusa.
Logró ser dueño de sí mismo y la tomó del brazo, constatando con estupor que aquel brazo, tibio a través de la tenue manga, le recordaba el de María, y tanto que casi sintió remordimiento. La nueva esposa se mostraba afectuosa, solícita, alegre, elegante, como la anterior. Ahora, la experiencia que pensaba hacer le parecía menos difícil, menos pavorosa. Bajaron juntos para ir a cenar… ”
Ahí concluye, y de un modo brusco, el escrito de Kafka, y no es posible imaginar el fin de tan enigmática situación, cosa que, por lo demás, está conforme al singular ingenio de ese escritor.
Aun cuando el cuento no estuviera completo, pagué con gusto las doscientas coronas pedidas por el librero.
Giovanni Papini (foto)

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