‘Un día perfecto para los canguros” de Murakami

Haruki MurakamiDentro de la jaula había cuatro canguros. Uno era macho, dos eran hembras y el cuarto acababa de nacer. Delante de la jaula de los canguros tan solo nos encontrábamos ella y yo. No se puede decir que se tratara de un zoológico muy frecuentado y además era lunes por la mañana. Seguro que el número de los animales era mucho mayor que el de las personas que los visitaban. Nuestra intención, por supuesto, era ver al bebé canguro. Aparte de esto, no teníamos pensado ver ninguna otra cosa.
Antes de enero supimos del nacimiento del bebé canguro a través de un periódico local. Entonces, después de un mes, cuando ya se podía visitar al bebé canguro, decidimos esperar una mañana adecuada para ir a verlo. Sin embargo esa mañana no llegaba. Un día llovía, al día siguiente seguía lloviendo, al otro día el suelo estaba mojado y resbaladizo, los dos días siguientes soplaba un viento fortísimo. Un día a ella le dolía la muela, otro día yo tenía que ir al ayuntamiento. Y así hizo un mes.
Dejamos pasar un mes sin apenas darnos cuenta. ¿Qué es lo que hice durante
ese mes? La verdad es que no me acuerdo muy bien. Me da la impresión de que hice muchas cosas, pero también me parece que no hice nada en especial. Hasta que no vino el chico encargado de traernos el periódico a final de mes para recoger el dinero, no me di cuenta de que había transcurrido todo un mes.
Sin embargo, por fin llegó la mañana para ver a los canguros. Nos despertamos a las seis, descorrimos las cortinas y comprobamos en seguida que era la mañana perfecta para ir a ver canguros. Nos lavamos la cara, preparamos la comida, dimos de comer al gato, hicimos limpieza, nos pusimos gorras para el sol y salimos de casa.
–Oye, ¿crees que el bebé canguro está vivo todavía? –me preguntó
mientras íbamos en el tren.
–Supongo que sí porque no ha aparecido ninguna noticia en el periódico diciendo que haya muerto.
–Quizás se ha puesto enfermo y le han tenido que llevar a algún hospital.
–Aún así habría aparecido alguna noticia en el periódico.
–Le habrán puesto al fondo de la jaula.
–¿Al bebé canguro?
–No, a la madre. ¿No será que les han encerrado en una habitación oscura al fondo de la jaula?
Me sorprendía que ella pudiera pensar en posibilidades tan remotas.
–De alguna manera, me da la impresión de que si dejamos pasar esta ocasión ya no podremos ver nunca más a un bebé canguro.
–¿A sí?
–¿Acaso tú has visto alguna vez un bebé canguro?
–No.
–¿Y tienes la certeza de que lo podremos ver?
–Mmmm, la verdad es que no lo sé.
–Pues por eso estoy preocupada.
–Pero –contesté– es verdad que puede ser como tú dices, sin embargo tampoco he visto nunca a un bebé jirafa ni a una ballena nadar en el mar. ¿Por qué el no ver a un bebé canguro te supone ahora un problema?
–¡Pues porque se trata de un bebé canguro! –contestó.
Me rendí y me puse a leer el periódico. Hasta ahora no ha habido ni una sola
vez que la haya podido ganar en nuestras discusiones.
Por supuesto el bebé canguro estaba vivo. Él (o ella) parecía mucho más grande que en la foto del periódico. Daba vueltas con alegría dentro de la jaula. Ya no se podía decir que fuera un bebé canguro, más bien parecía un canguro de un tamaño un poco más pequeño de lo habitual. Al verlo, ella se desilusionó un poco.
–¡Pero si ya no es un bebé!
–No es que tenga que ser como un bebé –la consolé.
–Deberíamos haber venido antes.
Fui a la tienda y compré dos helados de chocolate, al volver con los helados todavía estaba apoyada en la jaula y contemplaba a los canguros.
–Ya no es un bebé canguro –repetía.
–¿Cómo lo sabes? –le dije mientras le ofrecía uno de los helados.
–Porque si fuera un bebé canguro su madre lo llevaría en la bolsa, ¿no?
Asentí mientras lamía el helado. Para empezar comenzamos a buscar a la madre canguro. Saber cuál era el padre era sencillo, el canguro más grande y más tranquilo. No dejaba de mirar la hierba verde dentro del tiesto de comida con una cara como la de un músico que se ha quedado sin inspiración. De entre las otras dos canguros hembra no había forma de saber cuál era la madre.
–Pero una de las dos es la madre y la otra no lo es, ¿no? –dije.
–Claro.
–¿Entonces la canguro que no es la madre qué hace aquí?
–No lo sé –me respondió ella.
Al canguro bebé parecía no importarle mucho quién era la otra canguro y seguía dando vueltas de un lado a otro. De vez en cuando, sin ninguna razón aparente, excavaba agujeros en el suelo con las patas delanteras. Mordisqueaba un poco de hierba, excavaba un poquito, les tiraba del pelo a las dos canguros hembra, se revolcaba por el suelo, se volvía a levantar y volvía a correr dando vueltas.
–¿Por qué los canguros pueden correr tan deprisa dando saltos? –me preguntó ella.
–Para poder escapar fácilmente de los enemigos.
–¿Enemigos? ¿qué enemigos?

–Los humanos –respondí–. Los humanos matan canguros con un bumerán y luego se comen su carne.
–¿Y por qué las madres canguro llevan a los bebés canguro en una bolsa en su vientre?
–Para poder escapar juntos. Los bebés canguro no pueden correr tan deprisa como ellas.
–¿Para protegerles?
–Ajá –contesté–. A todos los bebés se les protege.
–¿Hasta qué edad les protegen?
La verdad es que había leído toda esa información en el libreto que nos dieron a la entrada del zoológico.
–Hasta que cumplen uno o dos meses más o menos.
–Entonces, si este bebe tiene un mes recién cumplido –dijo ella mientras señalaba al bebé canguro– debería poder entrar en la bolsa de la madre.
–Sí –contesté– seguramente.
–Oye, ¿no crees que se debe estar muy bien dentro de la bolsa de una mamá canguro?
–¡Y tanto!
–¿Como querer meterse dentro del bolsillo de Doraemón o como el deseo de volver al útero materno?
–Ajá.
–Seguro que sí.
El sol había llegado a lo más alto. Desde una piscina cercana se oía el griterío de unos niños. En el cielo flotaban nubes de verano.
–¿Comemos algo? –le pregunté.
–Un perrito caliente –me respondió– y una cocacola.
El encargado del puesto de perritos calientes era un estudiante con pintas de trabajar a media jornada. Dentro de la tienda, con forma de vagón de tren, tenía un puesto un radiocassette bastante grande. Mientras los perritos calientes se cocinaban escuché unas canciones de Steve Wonder y Billy Joel. Al volver a la jaula de los canguros ella me saludó con un –¡Mira!– y señaló a una de las canguros hembra.
–¡Mira, mira! ¡Se ha metido dentro de la bolsa!
–¿No pesará mucho?
–La mamá canguro parece muy fuerte.
–¿De verdad?
–Bueno, hasta ahora ha logrado sobrevivir, ¿no?
La mamá canguro soportaba los fuertes rayos del sol sin que ni siquiera una gota de sudor le cayese por la cara. Tras terminar las compras de la tarde en un supermercado de Aoyama y hacer una pausa en una cafetería nos preguntamos.
–Lo seguirá llevando dentro, ¿verdad?
–Sí.
–¿Se habrán dormido ya?
–Puede que sí.
Comimos perritos calientes, bebimos cocacola y volvimos a la jaula. Cuando llegamos, el papá canguro seguía mirando fijamente el tiesto de comida buscando la inspiración. La mamá canguro y el bebé canguro, unidos, descansaban del largo día. La misteriosa canguro hembra no paraba de dar saltos como si quisiera comprobar la flexibilidad de su cola. Fue uno de los días más calurosos que recuerdo.
–Oye, ¿vamos a beber una cerveza? –me preguntó ella.
–¡Vale! –contesté.
Haruki Murakami (foto)

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2 Respuestas a “‘Un día perfecto para los canguros” de Murakami

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