‘El perfume’ de Nazario Arroyos

Nazario ArroyosAmbos abrieron los ojos casi al mismo tiempo ese sábado, como casi al mismo tiempo los habían cerrado la noche anterior. Fue un sueño plácido. Hacía treinta años que compartían con absoluta fidelidad las frazadas y las almohadas. Creían ser las dos mitades perfectas de la pareja que formaban. Sin embargo, ella creyó encontrar una inédita expresión complaciente en Artemio cuando despertó. Lo miró incrédula, velada, inquisitivamente. Y cuando Artemio abrió los ojos, se perturbó al encontrarse tan de cerca con los de su esposa. La imagen de una bruja se dibujó en su mente. Era como si ella pudiera leer sus pensamientos desde el iris; como si supiera del sueño de su encuentro esa noche, con una joven sin nombre, cuya docilidad lo vencía.
Las circunstancias eran susceptibles de variar en los detalles, pero Artemio exploraba los muslos de la joven, sus turgentes nalgas. Deslizaba las palmas de sus manos por la llanura de su espalda, y la besaba apasionadamente. Pensó que sería bueno volver a soñarla y tener sexo, solazarse en el perfume de su largo cuello, a rosas y madera. Habían tenido sexo después de haber tomado un vino, en la terraza de un cafecito del centro de la ciudad.
Sin que se tratara de una sucesión de eventos, como en la vigilia, en el sueño pasaban del cafecito a la alcoba, o el cafecito se convertía en alcoba, sin solución de continuidad. Artemio se ponía encima de la joven, ambos desnudos. Era un misionero entonces, y en un momento determinado –antes o después del orgasmo– tenía la sensación de que la lámpara, que no había visto, se desprendía del techo y caía en saeta sobre su espalda, matándolo.
Nunca supo por qué, pero sin haberla visto sabía que la lámpara comenzaba a caer. Y nunca la lámpara cayó, ciertamente, sobre su espalda. No obstante, cuando intuyó que, justo en el siguiente instante, iba a ser golpeado, y moriría en aquella posición procaz, o vergonzosa, despertó.
Despertó y vio a su mujer mirándolo maliciosamente.
–¿Y ese perfume? –preguntó ella, cejijunta, con ojos abotagados.
–Qué perfume –balbuceó Artemio.
–A rosas y madera –dijo ella–. ¿No lo hueles?
Emitiendo un gruñido, Artemio se dio vuelta bajo las frazadas.
Nazario Arroyos (foto)

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