‘Requiem para un perseguidor’ de Rivera Letelier

hernán rivera leelierDebo comenzar diciendo que al principio, cuando movido por quién sabe qué carambolas extrañas me diera por observarme, creí ingenuamente haber dado con algo que no pasaría más allá de ser sólo un eventual pasatiempo y, por lo tanto, tomándolo como tal, me contentaba con practicarlo nada más que en mis días libres y en momentos bien determinados (a la hora del crepúsculo comúnmente y muy por el rabillo del ojo) Y es que de ninguna manera era cuestión, pensaba yo en ese entonces, de que el jueguito me fuera a significar demasiado desgaste físico, claro, ni del otro.
Pero a medida en que fui tomando vuelo y con ello descubriéndome cosas que ni siquiera sospechaba; sorprendiéndome en actitudes que para un nuevo en tales asuntos resultaban de lo más intrigantes –por ejemplo, contemplar tuberculosamente la luna llena mientras orinaba en la llanta de un lujoso automóvil ajeno– vine en ponerme un poco más de atención llegando incluso, en algunos casos, a tomar un par de rápidas e incoherentes notas, pero de manera tan irresponsable aún que nunca llegaba a saber bien en dónde las perdía.
Después, y como las dudas se me fueran haciendo cada vez más fuertes y más insoslayables las contradicciones –ahora de pronto solía sorprenderme despichando en la luna mientras contemplaba embelesado un espeluznante volkswagen– me hice así como sin querer de una primorosa libretita ad hoc y, llegando a sacrificar algunas de las hasta entonces sagradas horas de mi siesta, comencé a marcarme mucho más al hueso. Agazapado detrás de unas gafas oscuras o simulando leer un diario me pasaba tardes enteras sin quitarme el ojo de encima.
Y así, gradualmente, casi sin darme cuenta, me fui acosando más y más horas del día. De todos los días. Perro de presa de mí mismo, ostentando un descuello insolente, me seguía olfateando mis meadas al sol y a sombra; estudiando morbosamente mis huellas en el barro; mis negros pelos en la sopa; desmenuzando y examinando lupa en mano hasta la más infeliz mosca renegreando en mi leche.
No pudiendo alzar un dedo sin parecerme sospechoso ni dejar de alzarlo sin provocarme conjeturas, llegué en un momento a no tener ningún empacho en violar mi correspondencia; ninguna clase de escrúpulos en intervenir mis pensamientos; vacilación alguna en grabar, y luego tratar de descifrar, mis más impúdicas interjecciones balbucidas en sueños. De igual forma, sin la menor consideración y en plena vía pública, no tomándome la molestia ni siquiera de identificarme, venía en interrogar y apremiar a todo aquel –ebrio, niño o idiota– que tuviera la mala ocurrencia de pararse a conversar conmigo en la calle.
Desfondando mi puerta de una patada me daba por allanarme en los momentos más inverosímiles. A veces en mitad de la noche irrumpía en pleno coito, me quedaba un rato, entonces, mirándome burlonamente en tan grotescas posiciones para luego, ante el desconcierto de la dejada a medio galopar, hacerme levantar de un salto y proceder a un feroz registro. Con la corazonada siempre de hallar “ahora sí” no sabía bien qué misteriosos mensajes cifrados, rasgaba sin misericordia mis colchones; violentaba mis libros; abría y vaciaba desaforado cada cajón, cada cofre, cada ostra cerrada con llave; me daba vuelta bolsillos y prepucio.
En algunas de estas ocasiones, viendo que los resultados de mis pesquisas no me estaban haciendo digno de ninguna medalla al mérito (después de haber tratado incluso de inculparme deslizando entre mis papeles, manifiestos y proclamas que nada tenían que ver conmigo) y enteramente convencido de que no era, de que no podía ser tan inocente, de que en verdad estaba tratando con un tipo que se las traía, en algunas de estas ocasiones, digo, al borde mismo de la locura, me agarraba del pelo y me daba frenéticamente de cabeza contra las paredes. Llevándome todo por delante me arrastraba luego enceguecido hacia la sala de baño –siempre a la sala de baño–. Allí, haciéndome sentir más miserable que un insecto, me arrinconaba a golpes contra el impávido color blanco de los azulejos, extraía un parsimoniosamente cruel cigarrillo, lo encendía como quien hace percutir un revólver y, expulsando el humo en forma amenazante, me apuntaba a la sien: “Canta, hijo de puta” me decía. “Canta o te desparramo los sesos”. Y a veces, claro, cómo no, terminaba por inspirarme y cantaba. Seguro que cantaba. Y era todo un gusto como lo hacía.
Pero eso no era todo, porque no por mucho cantar dejaba de presionarme, de apremiarme, de acuciarme hasta casi lo obsesivo. Dándome duro con un palo y duro también con una soga me exigía cada vez “más alto, cabrón”; “más claro, pendejo”; “más afinado, bastardito de mierda”. O en mitad de una sesión, después de haberme sumergido hasta la náusea en mi propia inmundicia, me susurraba afectadamente al oído frases como: “Te estás repitiendo, cariñito” o “Eso ya lo cantó Gardel, ricurita”.
Hasta que, por fin, como suele ocurrir siempre en tales casos, terminé por llevar a cabo mi ya inminente secuestro, por encerrarme de una vez por todas en uno de esos terribles recintos secretos, en donde hundido en las más oscuras mazmorras y a completa merced de mis desvaríos, me di de lleno a la tarea de torturarme ahora en forma ya más acabada; a fusilarme rigurosamente en cada amanecer.
Y aunque de estas maneras he logrado llenar un par de libretitas con declaraciones más o menos reveladoras, heme aquí terriblemente solo frente a mis despojos, contemplando impotente cómo me voy yendo de entre mis manos sin haber logrado en verdad acusarme de nada, sin poder hacer ya más (ni tan siquiera ensayar el abominable recurso del torturador bueno), sólo cavilar patético –verdugo sin Ley de Amnistía– si entregarme en un ataúd sellado o simplemente hacerme desaparecer.
Hernán Rivera Letelier (foto)

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