Patrick Modiano, Nobel de Literatura 2014

patrick modianoHijo de un empresario judío italiano y de una actriz belga el nuevo Premio Nobel de Literatura 2014, el francés Patrick Modiano (foto), con 17 novelas publicadas, ha centrado su obra en los años de ocupación de Francia y la introspección sobre quién soy. Responde a los críticos que le señalan reiteración temática, que, en efecto, “es el mismo libro pero escrito a trozos, como un corredor que se detiene y reprende la carrera un tiempo después. Es cada vez el mismo libro pero desde ángulos diferentes. No hay repetición, pero es la misma obra”. Retomo parte de una entrevista, la más reciente, que Patrick Modiano dio a Xavi Ayén en 2009, la cual nos aproxima a la personalidad del nuevo Nobel:
¿Ya no escribe en los cafés? No, ahora lo hago en este despacho, con mi pluma. Debo de ser la última generación que escribe a pluma. Pero si me obligaran a hacerlo en un café, sería capaz, puedo escribir en cualquier sitio. Lo de la pluma es porque el hecho de escribir es ya algo tan abstracto que tengo la necesidad de un objeto sólido que me ancle a la materia; si no, todo es muy virtual.
Tras haber leído como vapuleaba a su padre en el autobiográfico ‘Un pedigrí’, sorprende ver que en los 70 le dedicara este libro, ‘Calle de las tiendas oscuras’. Es el único que le he dedicado. Llevaba diez años sin tener noticias suyas y supe de repente que se había muerto. Pensé que era absurdo que las cosas sucedieran de ese modo, y se lo dediqué.
Si en ‘Un pedigrí’ era usted quien realizaba una labor de detective sobre su pasado, en ‘Calle de las tiendas oscuras’ es el narrador quien se pregunta por su identidad. Él encima sufre amnesia, y no recuerda nada de su vida anterior. Intenta encontrar briznas de su pasado. Lo raro es que mis novelas son siempre eso, y no me doy cuenta más que cuando las he acabado: ‘Mira –me digo–, has vuelto a hacer la misma cosa, qué curioso’. Pero no me doy cuenta de esos leitmotivs que vuelven una y otra vez.
El pianista toca en la novela ‘Que reste-t-il de nos amours’ y toda la novela es una pregunta sobre qué es lo que queda de nuestras vidas, ¿no? Exacto. Estaba obsesionado con el hecho de que a menudo, de nuestras vidas, sólo quedan algunas briznas: unas pocas fotos, alguna agenda, los testigos desaparecen, y los quedan dan falsas indicaciones, sus recuerdos no son exactos.
Eso conecta con ‘Dora Bruder’, libro donde usted investigó el caso de esta chica de 15 años desaparecida y enviada a Auschwitz. Sí, lo raro es que no había testimonios, apenas algún apunte en los registros de policía. Es terrible ver cómo todo se pierde: incluso si usted pregunta a alguien sobre su propia vida él mismo habrá olvidado muchas cosas, o deformará otras inconscientemente, hay una incertidumbre total.
El narrador de ‘Calle de las tiendas oscuras’ no comprende el mundo, está perdido. ¿A usted le cuesta comprender el mundo? Hay en todo un lado un poco incoherente. Y, para que me vengan ganas de escribir algo tengo necesidad de que las cosas sean enigmáticas. Me fijo en elementos que existen realmente: calles, personas, e intento infundirles misterio. Creo firmemente que incluso las cosas que nos parecen más banales contienen un misterio que, si uno las mira fijamente, acaba por desvelarse, como todo tuviera una especie de subrealidad. Hay misterio en todo.
Esa descripción exterior, de calles y plazas es, de hecho, la definición de nuestro interior… Sí. Mis novelas son siempre un universo urbano, vivo aquí y hablo de ello. A veces me sabe mal, porque me hubiera gustado escribir esos novelones rusos del XIX que suceden en el campo, tengo esa nostalgia, me hubiera gustado describir bellos paisajes rurales. Pero es el azar, uno está obligado a hablar de lo que ha visto.
¿Se pasea todavía? Bueno, es cada vez más difícil. Ya no son paseos como los que hacía antes, sin rumbo. Ahora voy a un sitio preciso, no vagabundeo. Voy a verificar, por ejemplo, en qué se ha convertido un sitio de los que hablo. París ha cambiado tanto. Han desaparecido tantos lugares, el paso del tiempo es una masacre, como un bombardeo. Desaparecen cafés y librerías, todo se convierte en tiendas de ropa de marca.
Su estilo se caracteriza por la economía expresiva, ¿puede defenderla? Una frase corta, algo lineal, es el único modo, para mí, de captar lo onírico, porque para dar esa impresión de un sueño interrumpido, en el que entra alguien por sorpresa, necesito frases muy concretas, al igual que en algunos cuadros surrealistas, como los de Magritte, todo es muy preciso pero la impresión global es de sueño. Eso son mis frases cortas, un estilo barroco no me sirve.
¿Eso no ha cambiado con los años? No. Cuando empecé a escribir todo era muy difícil, muy penoso, trabajaba frase a frase, era un martirio, no era capaz de escribir una primera versión rápidamente, como hago ahora y después corregir. No encontraba momentos de reposo, no había descansos, en las páginas se apelmazaban las letras, sin espacios en blanco. El texto no conseguía encontrar su respiración, era asfixiante.
Pero, al ponerse a escribir, ¿su prioridad es entretener al lector? Cuando empiezo un libro, lo raro es que no sé bien adónde voy. Estoy igual que el lector, no sé nada y la cosa se va definiendo poco a poco, a medida que uno avanza. Es como conducir un coche sin ninguna visibilidad, no sabe uno si está al borde del barranco o en una autopista. Eso es lo que da un toque incierto.
En el café de la juventud perdida habla de las zonas neutras de París. ¿Qué son? Cosas raras, lugares imposibles de definir con precisión, barrios en los que uno no sabe si está o no en París, espacios que no se corresponden con su entorno, zonas fuera de lugar, incoherentes. Eso es algo evidente en Berlín y en otras ciudades bombardeadas. Por ejemplo, en los 70, el espacio donde hoy tenemos el museo Pompidou era un terreno vago, un gigantesco solar aparecido por los inmuebles destruidos tras la guerra. Era como un agujero brumoso, impreciso, en medio de una gran ciudad.
Usted nunca se define políticamente, rompe con la imagen del intelectual francés comprometido, no sabemos si es de los unos o de los otros. Es que la política acaba siempre mal para un escritor. La política es, por definición, una simplificación de las cosas, convertirlas en superficiales y nuestro trabajo es justamente el contrario, mostrar lo que hay oculto, la complejidad.
No se relaciona mucho con escritores, ¿por qué? Alguien que escribe está encerrado en su universo, en una campana de vidrio, es terrible. Me han dado siempre pena esos encuentros entre grandes escritores, por ejemplo cuando Joyce se vio con Proust, en un episodio patético porque no llegaron casi ni a hablarse. Es una paradoja pero podría hacerle una larga lista de escritores que se han encontrado y ni siquiera se han comunicado, Es muy triste, es como si levantáramos una muralla, somos un poco autistas. Debe de haber gente, no necesariamente en Francia, que trabaje en una línea parecida a la mía, pero no los conozco y si les conociera no sabría qué decirles.

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