‘…los amores ridículos’ de Kundera (¿Nobel?)

milan kunderaCon la traducción de Fernando Valenzuela un fragmento de los relatos agrupados en ‘El libro de los amores ridículos’, del checo nacionalizado francés Milán Kundera (foto), ¿un probable ganador del Premio Nobel de Literatura 2014, que se dará a conocer mañana jueves? Lo considero universal por el conocimiento que se tiene de sus obras: La broma, La vida está en otra parte, La despedida, El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser, La inmortalidad, La lentitud, La identidad, La ignorancia, y su más reciente publicación ‘La fiesta de la insignificancia’, una obra de pocas páginas pero notable, de acuerdo con algunos críticos literarios. Más que estructuras narrativas, en Milan Kundera hay reflexiones sobre temas acuciosos del hombre, señalados en los mismos títulos de sus libros. JSA
1 “Sírveme un poco más de slivovice”, me dijo Klara y yo no puse objeciones.
El pretexto esgrimido para abrir la botella no había sido nada fuera de lo corriente, pero bastaba: ese día yo había recibido una gratificación relativamente importante por la última parte de un estudio mío que se había publicado por entregas en una revista especializada en crítica de arte.
La propia publicación del estudio había tenido sus más y sus menos. El texto era pura agresividad y pura polémica. Por eso primero me lo rechazaron en la revista “Pensamiento Artístico”, cuya redacción es más formal y precavida, y por fin lo publicaron en la revista de la competencia, de menor tirada, cuyos redactores son más jóvenes e imprudentes.
El dinero me lo trajo el cartero a la Facultad, junto con una carta; una carta sin importancia; acababa de adquirir la sensación de estar muy por encima del resto de los mortales y por la mañana apenas la leí. Pero ahora, en casa, cuando el reloj se acercaba a la medianoche y el nivel del líquido en la botella se aproximaba al fondo, la cogí de la mesa para que nos sirviera de diversión.
“Estimado camarada y, si me permite ese tratamiento, colega”, empecé a leérsela a Klara. “Disculpe, por favor, que una persona como yo, con la que Ud. no ha hablado en la vida, le escriba esta carta. Me dirijo a Ud. para rogarle que tenga la amabilidad de leer el artículo adjunto. No le conozco a Ud. personalmente, pero le aprecio como persona cuyos juicios, reflexiones y conclusiones me han llenado de asombro, porque su coincidencia con los resultados de mis propias investigaciones es tal que me he quedado completamente consternado…” y seguían una serie de elogios a las excelencias de mi obra y una petición: Si tendría la amabilidad de escribir un informe sobre su artículo, un juicio crítico para la revista “Pensamiento Artístico”, en la que desde hace ya más de medio año se lo rechazan y se niegan a prestarle atención. Le dijeron que mi valoración sería decisiva, de modo que ahora me he convertido en su única esperanza como escritor, en la única lucecilla que le alumbra en la terrible oscuridad.
Nos reímos del señor Zaturecky, cuyo rimbombante apellido nos fascinaba; pero nos reímos de él sin ensañarnos, porque los elogios que me dirigía, especialmente en combinación con la excelente botella de slivovice, me habían ablandado. Me habían ablandado de tal modo que en aquellos instantes inolvidables amaba a todo el mundo. Naturalmente, de todo el mundo a quien más amaba era a Klara, aunque sólo fuese porque estaba sentada frente a mí, mientras que el resto del mundo estaba oculto tras las paredes de mi buhardilla del barrio de Vrsovice. Y como en aquel momento no tenía nada con qué obsequiar al mundo, obsequiaba a Klara. Al menos con promesas.
Klara era una chica de veinte años y de buena familia. ¡Qué digo de buena, de excelente familia! Su padre había sido director de un banco y, como representante de la alta burguesía, en el año cincuenta había sido obligado a trasladarse al pueblo de Celakovice, a buena distancia de Praga. Su hijita tenía malos antecedentes políticos y trabajaba de costurera en una gran fábrica de la empresa de confección de Praga. Yo estaba sentado frente a ella y procuraba aumentar sus simpatías por mí hablándole irreflexivamente de las ventajas del trabajo que había prometido conseguirle con la ayuda de mis amigos. Le dije que era imposible que una chica tan guapa desperdiciase su belleza junto a una máquina de coser y decidí que era necesario que se hiciera modelo.
Klara no tuvo nada que objetar y pasamos la noche en feliz coincidencia.
2 El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos.
Y como no tenía la menor sospecha, al día siguiente me desperté de buen humor y, mientras Klara seguía respirando feliz a mi lado, me puse a leer en la cama, con caprichosa indiferencia, el artículo que acompañaba a la carta.
Se titulaba “Mikolas Ales, el maestro del dibujo checo” y en verdad no valía la pena ni siquiera la media hora de lectura distraída que le dediqué. Era una colección de trivialidades amontonadas sin el menor sentido de la interrelación y sin la menor pretensión de añadirles alguna idea propia.
Estaba clarísimo que se trataba de una tontería. Por lo demás el doctor Kalousek, redactor de “Pensamiento Artístico” (un hombre excepcionalmente antipático), me lo confirmó ese mismo día por teléfono: “Oye, ¿te llegó el rollo de Zaturecky?… Deberías decírselo por escrito. Ya se lo rechazaron cinco redactores y sigue dando la lata; ahora se ha inventado que la única autoridad en el tema eres tú. Dile en dos líneas que es una idiotez, tú sabes hacerlo, las frases venenosas se te dan muy bien; y así nos quedaremos todos en paz”.
Pero dentro de mí había algo que se rebelaba: ¿por qué tengo que ser precisamente yo el verdugo del señor Zaturecky? ¿Acaso me pagan a mí el sueldo de redactor por hacer ese trabajo? Además recordaba perfectamente que en “Pensamiento Artístico” habían rechazado mi estudio porque les dio miedo publicarlo; en cambio, el nombre del señor Zaturecky estaba firmemente unido en el recuerdo a Klara, la botella de slivovice y una hermosa noche. Y finalmente –no voy a negarlo, es humano– podría contar con un solo dedo a las personas que me consideran “la única autoridad en el tema”: ¿por qué iba a tener que perder a esa única persona?
Terminé la conversación con Kalousek con alguna graciosa vaguedad que él podía considerar como promesa, y yo como excusa, y colgué el teléfono, firmemente decidido a no escribir nunca el informe sobre el trabajo del señor Zaturecky.
En lugar de eso saqué del cajón el papel de carta y le escribí al señor Zaturecky, evitando pronunciar ningún juicio sobre su trabajo y poniendo como disculpa que mis opiniones sobre la pintura del siglo diecinueve eran consideradas por todo el mundo erróneas y extravagantes y que por eso una intercesión mía –en especial tratándose de la redacción de “Pensamiento Artístico”– podía más perjudicarle que favorecerle; al mismo tiempo, me dirigía al señor Zaturecky con una amistosa locuacidad de la que era imposible no deducir mis simpatías hacia él.
En cuanto eché la carta al correo, me olvidé del señor Zaturecky. Pero el señor Zaturecky no se olvidó de mí.

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