‘Eslabones’ de Nuruddin Farah (¿Nobel?)

Nuruddin_FarahNuruddin Farah (foto) es uno de los candidatos al Premio Nobel de Literatura 2014 que se entregará pasado mañana. Autor somalí interesado en los valores de su patria y los derechos de las mujeres. El siguiente es un fragmento de ‘Eslabones’, con traducción del inglés de Miguel Martínez-Lage, en el que puede paladearse la narrativa que lo distingue. JSA
–¡Las armas no tienen el cuerpo de las verdades de los hombres!
Apenas había puesto pie en Mogadiscio, poco después de aterrizar en una pista de tierra al norte de la ciudad, a bordo de un bimotor procedente de Nairobi, Jeebleh oyó a un hombre hacer este curioso pronunciamiento. Se sintió más bien torpe y desaliñado en su manera de alejarse de aquel hombre, que lo siguió. Jeebleh observó a los pasajeros empujarse unos a otros para recoger sus equipajes, las maletas alineadas sobre el polvo del terreno, bajo las alas del aparato. Fue tal el caos que estallaron fieras discusiones entre los pasajeros y varios de los hombres que ofrecían sus servicios como mozos de cuerda, hombres de los que Jeebleh prefirió no fiarse. ¿Quiénes eran aquellos merodeadores? Él sabía que los somalíes tenían por costumbre organizar fiestas de despedida cuando se marchaba uno de sus seres queridos, así como darles ruidosas y alegres bienvenidas acudiendo en masa a los aeropuertos y a las estaciones de autobús cuando alguien volvía de un viaje. Sin embargo, aquellos haraganes que merodeaban parecían estar sin empleo y haber salido a sacar la tajada que pudieran, por medios limpios o engañosos. No descartó que los que iban armados organizaran un atraco o dispararan con tal de conseguir lo que ansiaban.
Le inquietó, y no poco, que el Antonov no hubiese tomado tierra en el aeropuerto principal de la ciudad –del que se había apropiado uno de los señores de la guerra tras la precipitada retirada de los soldados estadounidenses– sino en un desolado aeródromo, recientemente recuperado de la tierra de nadie que había alrededor, entre las dunas de arena y los matojos del desierto y, por el otro lado, el mar.
Jeebleh observó que, tras recoger sus equipajes, los pasajeros se congregaban en torno a la entrada de un hangar, empujándose, afanosos, enzarzados en agrias disputas. Momentos después dedujo que el hangar era la sala de «Inmigración», al ver a algunos de los pasajeros entregando sus pasaportes y a los hombres que había en el interior recibirlos y desaparecer. Si el hangar era el sitio donde tendrían que sellarle el pasaporte, ¿quiénes, en tal caso, eran aquellos hombres que no vestían uniformes? ¿Qué autoridad representaban, teniendo en cuenta que Somalia carecía de gobierno central desde hacía varios años, desde el desplome del régimen militar que había conducido al país a la ruina absoluta?
Al volverse porque el hombre había vuelto a decir algo, repitiendo su comentario sobre las armas, Jeebleh vio al desconocido con la barba incipiente de última hora de la tarde y llegó a la conclusión de que ese hombre y él jamás se habían visto. De haberse visto antes, sin duda lo recordaría, porque el hombre ostentaba una boca que apenas era boca, con unos labios que parecían escondidos en el interior, prácticamente invisibles. Era muy alto y su escualidez se le antojó antinatural. Jeebleh no pudo por menos que preguntarse si ese hombre no se había cuidado como en otros tiempos solía o si es que siempre había sido tan flaco, pero al ver su porte digno y el modo en que se comportaba, Jeebleh no acertó a imaginar cómo era posible que nadie sobreviviese y además prosperase en las condiciones reinantes en Mogadiscio, que a Jeebleh habían descrito algunos somalíes que estaban al tanto como mera política de sálvese quien pueda, de intrigas y misterios, en la que cualquiera devoraba a cualquiera. El hombre probablemente tenía cierta educación y acaso había ocupado algún puesto relevante en los tiempos del antiguo y brutal régimen dictatorial, cuyo derrocamiento popular había desencadenado un conflicto todavía no resuelto. O tal vez fuese un profesor bien considerado en la Universidad Nacional, ahora extinta a todos los efectos.
–¿Qué es lo que no tienen las armas? –repitió el hombre–. ¡No tienen el cuerpo de las verdades de los hombres!
Jeebleh se paró a pensar: ¡ahí está! No era mero accidente que la primera frase que le dirigía un desconocido empezara con «las armas». Le pareció emblemático del vocabulario de la guerra civil y, estando los tiempos como estaban, tuvo la certeza de que iban a ser numerosas las oportunidades en que oyese a cualquiera hablar de las armas y de cuestiones análogas.
Miró a otra parte y se encontró con dos jóvenes tullidos que pedían a los pasajeros y a los mirones por igual que los llevasen a un cobertizo algo más alejado, donde podrían llamar por teléfono, o los llevasen hasta un garaje no muy lejano tampoco, donde podrían encontrar transporte para ir a la ciudad. Rápidamente hurtó su mirada a la de los jóvenes, concentrándose del todo en el hombre. Jeebleh se sintió débil y percibió de un modo difuso que algo no estaba del todo como debiera.
–Todo el mundo me llama Af-Laawe –dijo el hombre.
A Jeebleh le avergonzaron sus malos modales al no estrechar la mano que le tendía el hombre y al no haber tenido la amabilidad de presentarse.
–No te tomes la molestia –siguió diciendo Af-Laawe–, pues tu reputación te precede. Por eso, ¡permíteme que te dé la bienvenida, Jeebleh!

Anuncios

Una respuesta a “‘Eslabones’ de Nuruddin Farah (¿Nobel?)

  1. Pingback: Bitacoras.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s