‘A las arenas’ de Antonio Skármeta

antonio skármetaCon la película ‘Il postino’ cobró renombre internacional. Está basada en la novela ‘Ardiente paciencia’ que luego rebautizó ‘El cartero de Neruda’. Antonio Skármeta ganó este viernes pasado el Premio Nacional de Literatura 2014 en Chile, que se otorga cada dos años. En el 2012 lo ganó el poeta Óscar Hahn. La obra de Skármeta es dilatada en cuentos y novelas. Algunos títulos, dignos de lectura, ‘El entusiasmo’, ‘Soñé que la nieve ardía’, ‘El baile de la victoria’ y ‘Los días del arco iris’. En la televisión chilena ‘El show de los libros’ hizo historia en 1992. El cuento ‘A las arenas’ se incluyó en el libro ‘Desnudo en el tejado’, con el que obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1969. JSA
Jugueteé con el dólar de plata presionando el pulgar en el relieve. Por un momento tuve la idea de decirle al mexicano: “Trae mala suerte. La vieja en Biloxi dijo que traía mala suerte”. Abrí la canilla y bebí agua de la llave chorreándome el cuello.
–Trae mala suerte –dije.
El mexicano pateó el cajón. Detrás tenía un afiche de la Virgencita de Guadalupe desteñido por todas partes. Volví la vista a la mesa y quise releer el anuncio del periódico. El mexicano se despegó de la pared y pude verle la camisa roja mojada hasta la cintura. Cuando quise limpiarme el agua de la barbilla, ya estaba confundida con la humedad. Lo oí carraspear, e instintivamente apreté el dólar hasta que me dolieron las uñas.
–Hermanito –me dijo el mexicano–, seamos razonables. Platiquémoslo suavemente.
Con toda delicadeza levantó el cajón metiendo la mano en la abertura, y sin despegarme la vista lo arrimó hasta la mesa y se sentó suspirando.
–Punto uno –dijo tratando de parecer racional, aunque mascaba las palabras–. Tú dices que trae mala suerte.
A estas alturas, había cambiado de opinión. Casi adivinaba el argumento que venía. Se lo dije:
–Ya sé lo que vas a argumentarme. Vas a decir: ¿y cómo le llamas a esto?
Mexicancityboy se rascó la sien.
–Vas por buen camino. ¿Cuál es la respuesta?
–No sé cómo llamarlo. Pero estamos jodidos.
–¿Podríamos estar más jodidos?
–Difícilmente.
–Luego…
Le indiqué el aviso.
–Hay un problema –dije.
El mexicano se puso alerta con las cejas. Sentí ganas de beber más agua.
–Aquí dice “precio según el grupo”. ¿Qué es eso?
–Es muy fácil. Hay grupos a be ce de o uno dos tres cuatro. También erre hache negativo. Ése lo pagan mejor porque andan escasos.
–¿Y?
–Si tienes erre hache, te pagan el doble. Es por la ley de la oferta y la demanda, ¿comprendes? Pero a ti te pagarán quince.
Me acaricié el brazo.
–¿Cuánto te dieron a ti?
–Diez. Pero yo soy mexicano.
–¿Y por qué a mí me habrían de dar más? Yo también soy latino.
–Pero eres castaño. Yo estoy chingado por la piel. Si me tostara un poco más al sol, podría veranear en Harlem.
Me rasqué una oreja.
–Se van a dar cuenta por el acento.
El mexicano se puso de pie.
–Tienes razón –dijo–. Vamos a tener que ensayarlo. Levántate.
Dejé que me condujera hasta la puerta sin hacerle resistencia.
–Ahora golpeas, te acercas a mí y me dices lentamente: Ai laik tu sel sam blad.
Entreabrí la puerta, di un paso en la habitación y dije:
–Ai laik tu sel sam blad.
–Perfecto. Eso es todo.
–Espérate –le dije–. Suponte que me pregunta algo. Suponte que me pregunta de qué grupo es mi sangre.
–Te haces el idiota hermanito, sonríes y dices: Ai dont nou. Repitamos todo.
Entreabrí la puerta y avancé un paso en el cuarto:
–Ai laik tu sel sam blad.
–¿Wats yuar grup?
–Ai dont nou.
El mexicano comenzó a ajustarse la corbata.
–Ponte el saco. Yo te esperaré en la puerta.
Puse el dólar en el bolsillo perro, y antes de tirarme encima la chaqueta, la aplanché con las palmas sobre el colchón. Le eché un poco de escupito a la vieja mancha de chianti, de cuando la chaqueta y yo conocíamos días mejores. Al apretarme el nudo, sentí que la humedad me haría reventar en cualquier momento. En cuanto tuviera plata cambiaría los cigarrillos por un cartón de leche. Uno puede entrar a los cafés y ningún borracho le niega un cigarrillo. Pero a veces cuesta encontrar quien convide con un vaso de leche. Uno se siente mal de pedirlo. No es lo mismo que el cigarro.
Salimos a la calle Diez, y no habría en la cuadra más de quince holgazanes, acunados en los zaguanes con latas de cerveza en las manos. Nos fuimos caminando hasta Stuveysant Place para conseguir un bus directo.
–Antes que nada –dije de repente–, planifiquemos nuestra vida.
Avanzábamos tratando de conseguir la sombra delgada que caía sobre la mitad de la acera.
–Tenemos algunas deudas –abrí el tema.
El mexicano asintió.
–¿Rubros?
–¿Excluidos los restaurantes?
–Yo creo.
–Debemos ocho en el almacén.
–Pagar cuatro. Nos conviene mantener el crédito abierto.
Carraspeé lúgubremente. Hasta el tranco se me anduvo atragantando.
–Nos quedan once.
El otro también tragó saliva.
–Once –repitió ido. Y luego sólo un poco más recuperado–: Bueno, es algo, ¿no?
Tuve que admitirlo.
–Planifiquémoslo.
–Arroz –dijo Frontierboy–. Un saquito de arroz, es barato y alimenta.
Yo tenía algunas dudas porque todos los chinos que conocía eran flacos chicos e ictericios. En todo caso el arroz llenaba. Lo que había que evitar después de todo era esa sensación en el estómago como si te estuvieran sacando el aire con una cuerda.
–Fréjoles –agregué–. Es barata la libra. Además si mezclamos el arroz con los fréjoles, tendríamos algo así como un menú, ¿comprendes?
El mexicano se limpió los labios con la muñeca.
–Hay que balancear la dieta –dictaminó–. Aunque nos duela en el alma, tendremos que adquirir salchichas.
Tragué saliva.
–Diez a un daim cada una, hacen un dólar. Un dólar de fréjoles y un dólar de arroz: tres. Pagamos cuatro al almacén. Nos quedan ocho. Ocho dólares.
Me miró la desolación en el rictus de la boca y se limpió las narices. Siempre se daba coraje sonándose los mocos.
–No está mal –dijo–. Considera que podremos comer durante quince días.

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