Claudio Espinosa, el último cronista rojo

portada-claudio espinosaEstimo que a mediados del siglo pasado se extinguió en toda Latinoamérica la crónica roja. En los años 60 y 70 prácticamente ya no había. Y me refiero a la crónica roja como género periodístico, no a esas noticias que chorrean sangre y sirven para atraer audiencia en la televisión. Hablo de la crónica como una exigencia en la construcción de la historia y en la narración de la misma.
Un buen exponente en Chile de la crónica roja es Claudio Espinosa Molina. Y quizás el último, que manejó con rigor la información relacionada con asesinatos. Su libro ‘Los más sensacionales crímenes en Chile’ es ejemplar. Tengo la tercera edición, al parecer personal de Espinosa, de diciembre de 1986, prensada en Impresos Ormeño.
Se trata de quince crónicas sobre hechos ocurridos entre 1887 y 1957. Todas, crónicas destacadas, escritas con rigor, sin exuberancia, con cierto suspenso o desenfadadas en algunos casos, en que el lector tiene las cartas descubiertas sobre la mesa, sin que por ello la narración pierde interés.
Tiene leads tan buenos como este, de ‘El crimen de la legación alemana’: “El 5 de febrero de 1909 estuvo a punto de realizarse un crimen perfecto”. Esta crónica tiene todos los elementos de las historias de Agatha Christie, en que el asesino resulta ser el asesinado!… y que nunca fue muerto! Todos estaban de acuerdo con que Guillermo Becker era “un artista del crimen”, aún mejor que Emilio Dubois, otro asesino que casi termina siendo santificado por la ignorancia de las personas, y protagoniza otra de las crónicas, justamente la titulada ‘Dubois, el artista del crimen’.
Espinosa hace acotaciones como esta en el caso de Becker: “… como todos los artistas y todos los vanidosos, enamorándose de su obra cayó en un defecto: recargó el trabajo y se ensimismó. De allí su ruina”. No me puedo abstener de compartir el final de esta crónica. Condenado a muerte, Guillermo Becker “la última noche no pegó los ojos. (…) Con las primeras luces del día se levantó, pálido, nervioso y ojeroso. Le dieron un calmante (…) El espíritu de Tapia vagaba por los pasillos de la cárcel, solicitando justicia. Y Becker lo sabía demasiado bien. Los últimos metros que lo separaban del banquillo no pudo andarlos, porque sus piernas se negaban a sostenerlo. Hubo que llevarlo hasta el asiento de madera. Lo amarraron como se acostumbra hacer en estos casos y le vendaron los ojos con una tira blanca. En ese instante formuló dos preguntas que quedaron sin respuesta. “¿Apuntarán bien los tiradores?… ¿A qué distancia se colocan?…” Los encargados de administrar justicia habían entrado silenciosamente. El oficial bajó el sable y el asesino pagó su deuda: recibió cinco balazos; uno en la frente y los otros cuatro en el corazón”.
Espinosa es capaz de manejar asuntos que pudieran parecer “una lata”, como los detalles jurídicos y psiquiátricos en el caso que tituló ‘El descuartizamiento que conmovió a Sewel’, cuya protagonista María Hernández fue sobreseída. La crónica es un debate, en realidad, sobre consideraciones de ley y de la salud mental de la imputada. Y el autor tiene la capacidad de cerrar este caso intrincado de la siguiente suave manera: “Para todos existe la total convicción de que la circunstancia de que no aparecieran jamás las partes vitales del cuerpo de Foretich se debía a que la mujer lo despresó e hizo empanadas con la carne. Indudablemente que esto suena ridículo, absurdo, increíble, y que lo más probable es que sea el mero producto de la imaginación popular. Sin embargo, hay muchas personas dignas de toda fe y consideración que repiten lo mismo…, y por algo será que lo dicen. Cuando el río suena…”
Mencionar el caso de ‘La matanza de Pupunahue’, en la que Espinosa acuña el mote de “Chacal de Pupunahue”, que muchos años después resonaría en otro caso, el de Jorge del Carmen Valenzuela Torres, el “Chacal de Nahueltoro”, al que Miguel Littín le hizo película. El ‘chacal de Pupunahue, empieza de esta curiosa y nueva manera: “José Misael Roldán Concha, hombre de movimientos y reacciones lentos y profundamente apático, tenía veintiocho años de edad, pesaba ochenta kilos y medía un metro setenta”. José Misael, el chacal, mató a una mujer y sus hijos y fue condenado a muerte. Pero obtuvo un indulto del presidente de Chile, el general Carlos Ibáñez del Campo, que le perdonó la vida pero no la cárcel. El narrador remata: “El hecho es que, finalmente, todo volvió a silenciarse. El vivir diario hace que la atención se desvíe indefectiblemente a otros rumbos. El tristemente célebre “Chacal” de Pupunahue se quedó en la cárcel a cumplir su condena para toda la vida. Mientras tanto, en un pequeño y abandonado cementerio de un pueblecito sureño, seis tumbas corren de cuenta de Roldán…”
Son 221 páginas de crónicas rojas escritas con solvencia literaria. Valen la pena. Insto a que las lean.

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