‘Una luz que nunca se apaga’ de Rafael Menjívar

???????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????–A ti te consta –volvió a decir el viejo–. ¿Te consta?
La silla de ruedas volvió a crujir. El viejo pesaba poco, pero la silla estaba peor que él. Parecía que los dos se romperían. Me dijo que ya varias veces había estado a punto de comprar otra silla, pero que de dónde sacaba el dinero, que los ahorros apenas le daban para mal comer.
–Sí –le dije.
–¿Sí qué?
–Me consta.
–Yo le compraba cosas. Con el sudor de mi frente, te consta. Nadie tiene nada que echarme en cara. Salvé a muchos de morirse de hambre. A ti te consta que siempre fui un benefactor. ¿Necesitaban dinero? Venían conmigo. ¿A quién le negué un préstamo?
–A nadie.
–A nadie. Pero siempre pasé privaciones. Mi mujer, que en paz descanse, mi hija y yo siempre tuvimos que vivir en ese cuartito. ¿Crees que no me dolía?
–Sí.
–Y todavía hay gente que habla mal de mí.
Miró en dirección a la caja. Parecía estar viendo un espejo. Me pregunté cómo se vería el viejo a sí mismo.
–Yo le compré su primer vestido. ¿Sabes lo que me costó?
–Cuatro pesos –le dije.
Toda la noche se había pasado hablando del vestido de cuatro pesos y de los zapatos de charol.
–Cuatro pesos –dijo–. Y seis los zapatos de charol. Eran así de pequeñitos. Hasta mi difunta Charo me regañó. ¿Cómo te gastaste tanto en un vestidito y en unos zapatos? Tratándose de la niña, no reparo en gastos, le dije. En aquel entonces era un dineral.
No quedaba nadie más en la sala. Habían ido pocas personas, tres o cuatro vendedoras del mercado que le debían dinero al viejo y que llegaron juntas. Se veían ansiosas. Se le acercaron como pidiéndole perdón y le dijeron mi más sentido pésame y todo lo demás. Él les tendió la mano como para que se la besaran, y poco faltó. Pero ni siquiera volteó a verlas. “Hipócritas”, dijo cuando no lo oían. Una de las mujeres lloró. Las otras la consolaron, le prestaron un pañuelo y después se fueron todas juntas.
–¿Quieres que te diga lo que pienso de ellas? –me preguntó el viejo.
–Voy al baño –le dije; sabía lo que pensaba de ellas y no quería oírlo de nuevo.
El baño olía a orines y vómito. El piso estaba lleno de papeles. No me atreví a orinar. Me lavé las manos. ¿Qué estoy haciendo aquí?, le pregunté al espejo. No me contestó. Quizá debía preguntarle a la mujer que estaba en el ataúd, casi tan vieja como el anciano, casi tan fea, mucho más solitaria. Me pregunté cuánto habría costado el vestido que usaba. No mucho: ¿cuánto podría gastarse el viejo en el vestido de una muerta, aunque fuera su hija? Se pudriría, de todos modos.
–¿Cuánto me debes? –me preguntó cuando regresé.
–Como tres mil.
–Tres mil seiscientos.
–Tres mil seiscientos —contesté.
–Más los intereses de la semana.
–Sí.
El ataúd era barato y feo. La mujer que estaba dentro debía estar incómoda. Me pregunté cómo sentirían la incomodidad los muertos.
–Mi hija era buena –dijo el anciano después de un buen rato–. Todos decían que era tonta. No era tonta: era consciente de que yo estaba viejo y que necesitaba que me cuidaran.
–Los hijos no deberían morirse antes que los padres –le dije.
Me miró con odio.
–¿Quieres otro préstamo?
–Dos mil más.
Se rió. Sonaba a puerta con las bisagras oxidadas.
–Necesito una garantía.
Le di las escrituras del carro.
–Te doy mil quinientos –dijo.
–Son buenos.
Frente a la puerta de la funeraria había tres botes de basura tirados. Olía mal. Regresé a la capilla, si es que a eso podía llamársele capilla. El viejo estaba recargado contra el ataúd, viendo a su hija a través del cristal.
–¿Y ahora qué? –me preguntó.
–Nada –le dije–. Me quedo otro rato con usted.
–¿Para qué?
Me encogí de hombros.
–No te voy a bajar los intereses.
–No importa.
Desde mi silla me pareció que el anciano rezaba en voz muy baja. Pensé en matarlo: ¿quién no piensa en matar a alguien así? Pero no mientras rezaba. Se volvió hacia mí alerta, como si supiera lo que estaba pensando.
–Tienes hijos –dijo, como si me acusara.
–Tres –le dije–. La mayor tiene once años.
–El dinero es para ella, ¿verdad?
–Sí.
–Hum.
Se sentó otra vez a mi lado. Alguien tan viejo no puede estar vivo, pensé. Quizá había muerto hacía mucho tiempo y a nadie se le había ocurrido avisarle.
–¿Piensas tener más hijos? –preguntó.
–Tres son suficientes.
–Son demasiados –dijo con enojo–. Uno ya es demasiado. Yo sé lo que te digo: hasta muertos te hacen gastar. Gastos. Sólo gastos. ¿Qué le importa a ella que ahora me quede solo?
No supe qué decir.
–¿Crees que soy insensible? –me preguntó distraído.
–No.
–No soy insensible –dijo–. Pero ¿qué sabía ella lo que es quedarse solo? Siempre me tuvo. No trabajó ni un día de su vida. Ahora está muerta. ¿Y yo qué? ¿Pensó en mí antes de tomarse las pastillas? Eso es ser insensible.
–Así son los hijos –le dije, a punto de llorar.
Me miró extrañado.
–¿Por qué quieres llorar?
–Así me pasa en los velorios –le dije.
–¿Sabes cuánto me está costando este velorio?
–No.
–Mucho.
Las lágrimas comenzaron a salir y a rodarme por la cara sin que pudiera controlarlas. Qué diablos; un velorio era un buen pretexto para llorar.
–Ojalá viniera más gente para que valiera la pena el gasto –dijo.
–Sí –le dije.
–No tengas más hijos –dijo–. Yo sé lo que te digo.
Y entonces fue él quien empezó a llorar.
–¿No se dio cuenta de que me iba a quedar sin quien me hiciera de comer? –sollozó–. ¿No se dio cuenta de que ya estoy viejo?
–No –le dije.
–Cuatro pesos –dijo–. Diez pesos en total. Se veía como una princesa. Ahora se ve como si estuviera muerta y no fuera a regresar.
Se limpió la nariz en la camisa. Estaba sucia y zurcida de una manga.
–Está muerta –le dije–. No va a regresar.
Me tocó un brazo con una mano deformada por la artritis. Sentí miedo.
–¿Me vas a visitar de vez en cuando? –preguntó–. Tú eres mi amigo. No tengo amigos. ¿Vas a ir a verme?
–Sí.
–Te bajo los intereses un veinte por ciento.
–Sí.
–Mejor sólo un quince; las cosas no están para tirar el dinero.
–Está bien –le dije, y me paré–. Tengo que irme.
–Ven a verme el jueves. Me puedes bajar a la puerta y llevarme a cobrar al mercado.
–Está bien.
–No está mal por un quince por ciento de rebaja en los intereses, ¿verdad? –y se secó las lágrimas–. Debería rebajarte sólo el cinco por ciento. O nada. Podrías ser como mi hijo, como un nuevo hijo, pero entonces no te rebajaría los intereses.
No le contesté. Me quedé un rato frente a mi casa, sin atreverme a entrar. Las luces estaban encendidas, como habían estado los tres meses anteriores, día y noche. Aún no se había fundido ningún foco, y me preguntaba si no sería un buen presagio.
Un cigarro, pensé. Hubiera dado cualquier cosa por un cigarro. Los billetes me abultaban en el bolsillo. A la vuelta había una farmacia que abría toda la noche y podía comprar una cajetilla; necesitaba fumar. Suspiré: si gastaba en cigarros no me lo perdonaría.
–¿Qué pasó? –preguntó mi mujer cuando entré en la casa.
Resopló con alivio cuando le di los billetes.
–¿Por qué tardaste tanto? –me preguntó mientras íbamos a la recámara del fondo, donde todo olía a encierro, a pomada y a cosas tristes.
–Me quedé platicando con el viejo.
–Desgraciado –dijo mi mujer–. ¿De qué puedes hablar con ese maldito?
–De los hijos –contesté–. De cosas.
–¿Lloró por su hija?
–Sí.
–A lo mejor eso lo salva del infierno –dijo, sin atreverse a abrir la puerta del fondo–. A lo mejor por fin tuvo un buen sentimiento.
–A lo mejor.
Nos miramos a los ojos. Hubiera querido abrazarla y decirle que todo estaba bien, que alguna vez olvidaríamos aquellos días, que estábamos juntos y que eso era lo más importante.
–Entremos –me dijo–. La niña ha preguntado por ti.
Rafael Menjívar QEPD (foto)

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