‘22:22’ de Isaí Moreno

isai morenoQué mejor que el mundo no se entere de las nimias tragedias que, al final del día, aquejaron en cadena a Jesús Salvatierra. Cataclismos sin importancia, si viene al caso, aunque nada triviales para él, que magnifica lo microscópico. En mi haber de conocidos, Salvatierra sobresale por dominar el arte de ahogarse en un vaso sin agua. Su llamada me extrañó porque lo suponía pegado a la TV mirando el show de pago por evento que transmite la llegada del meteorito a la atmósfera terrestre. Hace más de un año la gente se rió de las predicciones de nuestros ancestros, diseminó burlas y pitorreos en las redes sociales hasta que la NASA reveló toda la mierda de información que ocultaba, desparpajada y confusa, al grado que se escindieron las opiniones de los eruditos. Un bando de optimistas afirma que el astro sólo rozará la atmósfera, obsequiándonos una suerte de aurora boreal inofensiva y espectacular. El grupo de los pesimistas se divide en dos: 1) Los ‘moderados’, inclinados por la postura de que el cuerpo caerá en altamar, elevando tsunamis que anegarán las costas del Pacífico, dejando apenas dos millones de muertos. 2) El segmento ‘radical’, cuya creencia supone al bólido cayendo en tierra a la altura de Utah, EE.UU., con secuelas inenarrables para la Humanidad. Kaputt! Ya les tocó a los dinosaurios del jurásico, ahora a nosotros. Eso sí, qué bendición que empiece con los mormones, dije a Salvatierra, quien no disfrutó de la ironía y se dejó ahogar por el pánico de los científicos paranoicos, no sin acumular compras copiosas, también de pavor, para refugiarse con Melina en un rústico bunker bajo su departamento. Conozco la esperanza de ambos de que los estragos no sean tan notorios en el DF, hecho por demás risible. Tan luego descolgué el auricular, escuché la voz chillona de mi amigo, hablando apresurada y con atropello. Está bien, lo detuve, entiendo lo estresado que te encuentras, no es para menos. Se apresuró a decir que no era por eso, es decir, sí, por el final de los tiempos también, pero que su preocupación se debía a otra cosa, igualmente delicada. Calma entonces, acoté. A ver, dímelo más despacio. Su voz se sosegó un poco y me comunicó un incidente que acababa de ocurrirle. De nueva cuenta, poca claridad brotó de sus labios, y no es que la retórica le escasease, pero sus palabras se enredaron consigo mismas, como trenzadas en una disputa perruna de la que se levanta inmensa polvareda. Del discurso pude colegir que su conflicto se refería a un bicho descubierto bajo la regadera. Para ser precisos, fue su novia quien hizo el hallazgo tras la puerta plegable de la ducha. Melina es adepta de la Luz del Mundo y quería estar atildada –léase pulcra, interprétese purificada– para el Rapto, por lo que decidió darse un buen baño. Ahí vio a la criatura, destacando entre el blancor de los mosaicos, hecho que de inmediato comunicó a Salvatierra. Éste había decidido beber un vaso de leche, dijo, o así lo deduzco, pues hambre no sintió durante el día, sino sed, por eso del estrés referido. Se disponía a encender la TV, ansioso de mirar el aerolito y oír alguna indicación útil para salvar el cataclismo, cuando Melina se le acercó, tomó su hombro y dijo, como sintiendo culpabilidad: Amor, creo que esto no te va a gustar, pero hay un alacrán en el piso de la regadera. De inmediato, me confesó Jesús Salvatierra, corrió insecticida en mano donde el suceso, con Melina pisándole los talones. Lanzó una nebulización del cilindro antiplagas, rico en elementos químicos alacranicidas. La alimaña se movió en dirección de Jesús, quien reaccionó lanzando un gemido prolongado, agudo, que bien hubiese podido proferir una niña, no el hombre de treinta y ocho años que conozco. Se sentía, dijo desde su auricular, avergonzado de por vida ante su novia. Presto sintió avanzar el anquilosamiento por los tejidos musculares. ¡Parálisis! Era natural en su persona debido a la aracnofobia adquirida en su niñez, cuando el veneno de un alacrán circuló por las venas de Pody, su french poodle, costándole la vida. Que el arácnido avanzase un poco hacia él, inmune al parecer al rocío asesino, le hizo pensar que la suya sería una variedad imposible de clasificar para los biólogos. Creyó distinguir en éste un par de antenas diminutas –como las de las cucarachas, agregó–, producto de vaya a saberse qué accidentes de la selección natural de las especies. Eso no importa. Aquí sólo incumbe que Salvatierra volvió a gritar como una pequeña de seis años, y antes de retroceder para ser presa de la inmovilidad absoluta, logró balbucir a Melina que no, que eso no podía permitirse, por el bien de ambos. Amor, dijo ella moviendo las trenzas de su cabello, imagino que entornando los ojazos cafés y arrugado la nariz respingona, sólo quiero que lo saques al jardín. Y Salvatierra casi se infarta, valiéndole un comino que el destino de la Humanidad estaba, está en una situación altamente crítica. Se expresó a gritos entrecortados que esa abominación no debía continuar ahí. No. No debe quedar vivo. Ni puede. Quien sabe de dónde salió para invadirnos, o cómo entró aquí, pero no puedo permitir que quede vivo. ¡Debe morir!, sentenció. Luego rogó a su amada: ¡Ayúdame, corazón, porque yo no puedo! ¡Encárgate tú! Al llegar a este punto en la narración telefónica de su cataclismo personal se le fue la voz, al parecer moqueó y se quedó callado un instante, de tal suerte que pude echar un ojo al televisor. Por alguna razón aparecieron las conejitas de Playboy bailando en el Yankee Stadium. ¿Recepción del día del Juicio?, tal vez, pero las imágenes pasaron a una transmisión en la que los primeros ministros de Corea del Norte y Corea del Sur mantenían un acercamiento. Entendí que de sobrevivir el mundo las dos Coreas se unificarían. Y Salvatierra volvió a su narración desconsolada, diciéndome que una vez hecha su petición a Melina, ella interpeló en favor de la criatura abyecta algo así como Pero quiere vivir, Chucho, ¿no ves que quiere vivir? Jesús insistió en lo abominable del animal, en sus antenas menudas explorando al frente, de modo avieso. Logró salir del baño. Una vez en la sala se entregó por completo a esa comunión con la inmovilidad, no sin antes cerrar la puerta. En la pantalla de la TV distinguí al vicepresidente de los EE.UU. dirigiendo un mensaje al mundo, despidiéndose quizá, mas lo que hubiese sido resultó inaudible para mí ante la voz angustiada de Salvatierra, en referencia a cómo, mientras él yacía paralizado, Melina habló al bicho. Ven chiquito, ven… Conozco a Melina desde hace años y puedo hacer constar ante notario su apego a la naturaleza y defensa a ultranza de los derechos animales, formando parte de al menos un par de asociaciones. Es de las que recogen en la calle a un perro desamparado y lo llevan a casa, por más sarnoso que se encuentre. Mi amigo balbuceó que tras un intervalo de silencio, en que no supo cómo procedería su hermosa chica dentro, y pese a la parálisis, le fue posible mover los pies para dirigirse al sofá y desplomarse. Luego escuchó el sonido del inodoro vaciándose. A los pocos segundos, o minutos, Melina asomó por la puerta y dijo que ya todo estaba bien y no debía preocuparse más. Lo miró con ternura antes de darse el regaderazo deseado. Esa fue la cuestión por la que Jesús me llamó hace minutos, mientras el chorro benefactor bañaba el cuerpo de su novia. Subrayó su preocupación por que la presencia del arácnido, evolucionado o involucionado, hubiera sido algún tipo de heraldo y su muerte empeorase los acontecimientos venideros.
(Quiero hacer un paréntesis filosófico aquí. Es sabido que la tragedia se soporta mejor en tanto es colectiva y no personal, verbigracia, los cataclismos. Esta mañana me machuqué el pulgar con la puerta del coche y mi tragedia es sólo mía. Esta noche Salvatierra no distingue que Melina contravino sus principios altruistas por amor a él y su tragedia es sólo suya. Ni Jesús me reconfortaría deseando la salud de mi pulgar doliente ni yo a él motivándolo, pues en ambos casos no nace desde el interior la conexión emocional debida. De ahí que lo que dijese a mi amigo, por más sincero en su contenido y forma, no encontraría la recepción adecuada. (Permítaseme un paréntesis dentro del paréntesis: Soy dionisíaco y Salvatierra apolíneo, por tanto, a decir de Nietzsche, distamos de compartir el mismo sentido de lo trágico)).
Deja de atormentarte, querido Jesús, le conminé mirando el reloj. Es verdad que tenemos a la vuelta de la esquina acontecimientos decisivos para la Humanidad, pero créeme, ninguno de nosotros es tan importante para lo que sea que ocurra. Haz como yo: descórchate un vinito en tu búnker mientras esperas a que Melina salga de la ducha, te aseguro que bien lo vale. Justo terminaba mi sugerencia cuando se oyó desde la regadera la voz presurosa, francamente atribulada de Melina. ¡Querido… acaba de irse el agua y estoy llena de jabón! Aún alcancé a oír un gemidito de Salvatierra. ¿Qué haré ahora?, me preguntó a punto de una crisis. Era momento de colgarle porque a través del televisor empezó a perfilarse la cauda del astro y recordé mis binoculares guardados en el buró. Nada iba a impedirme admirar el espectáculo en los bordes del cielo defeño, incluso invité a Jesús Salvatierra a imitarme, haciéndolo partícipe de un ritual. ¿Pero cómo dejar a Melina enjabonada en el baño?, refunfuñó él, además no creo que el agua regrese… Pensaba colgar a la de ya mismo, sabedor de que no era ése un gesto civilizado. Mi mente fue invadida por la imagen de Melina y Salvatierra, a los que quise imaginar como una pareja romántica, en el sentido trágico alemán, por supuesto, para ser sumados a la lista de pares emblemáticos como Marco Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta, etcétera. Menudas ocurrencias las mías, me estaba poniendo sensible al grado que miré el reloj de pulsera para registrar el suceso en mi mente, nada despreciable por la hora cabalística que señalaban las manecillas: las 22:22 horas. En momentos de tanta simetría pueden elaborarse plegarias afortunadas. Te dejo, soplé a Salvatierra, y no te apures tanto porque ante el Cosmos, nuestro hogar, estaremos siempre confesados. ¡Habían dado ya las 22:23! Qué importaba. Corrí por los binoculares con la certeza viva de que al ingresar algún cuerpo celeste a la atmósfera, con el despido consecuente de luz, el deseo que se pida será cumplido.
Isaí Moreno (foto)

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