John Banville ganó el Príncipe de Asturias 2014

john banville2El irlandés John Banville (foto) acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, tras imponerse al japonés Haruki Murakami y al inglés Ian McEwan que también eran candidatos. “La prosa de John Banville se abre a deslumbrantes espacios líricos a través de referencias culturales donde se revitalizan los mitos clásicos y la belleza va de la mano de la ironía”, dijo el jurado en el fallo. En físico, el premio se le entregará en octubre, en ceremonia que tendrá lugar en Oviedo, España.

John Banville tiene 68 años y no va a España desde los años 60. Muchas novelas negras suyas, las ha firmado como Benjamin Frank: “El secreto de Christine”, “El otro nombre de Laura” y “En busca de April”, entre otras. John Banville destacó a España como la tierra de Miguel de Cervantes, a quien calificó como el padre de la novela moderna. Su última novela publicada es ‘Antigua luz’, y lo hizo con su nombre verdadero. A continuación algunos párrafos de ese texto:

“Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de mono, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.

“¿Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy  incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general –¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual?– a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos.

“Para mí hay dos manifestaciones iniciales perfectamente definidas de la señora Gray, separadas por los años. Puede que la primera mujer no fuera ella en absoluto, tal vez sólo un presagio, por así decir, pero me complace pensar que las dos eran una. Abril, por supuesto. ¿Recordáis cómo era abril cuando éramos jóvenes, esa sensación de líquida impetuosidad y el viento extrayendo cucharadas azules del aire y los pájaros fuera de sí en los árboles que ya habían echado brotes? Yo tenía diez u once años. Había cruzado la verja de la iglesia de la Virgen Inmaculada, la cabeza gacha como siempre –Lydia dice que camino como un penitente permanente–, y el primer presagio que tuve de la mujer que iba en bicicleta fue el silbido de los neumáticos, un sonido que cuando era chaval me parecía excitantemente erótico, y la cosa no ha cambiado, no sé por qué. La iglesia se hallaba en una cuesta, y cuando levanté la vista y la vi acercarse con el campanario proyectándose a su espalda tuve la emocionante sensación de que había caído en picado del cielo en ese mismo momento, y que lo que había oído no era el sonido de los neumáticos sobre el asfalto, sino unas alas veloces batiendo el aire. La tenía casi encima, bajaba la cuesta en punto muerto, se  reclinaba hacia atrás, relajada y guiando con una sola mano. Llevaba un impermeable de gabardina, y los faldones aleteaban detrás de ella a izquierda y derecha, sí, como alas, y también llevaba un suéter azul sobre una blusa de cuello blanco. ¡Con qué claridad la veo! Me la debo de estar inventando, quiero decir que debo de estar inventándome estos detalles. La falda era ancha y suelta, y de repente el viento primaveral la levantó, dejándola desnuda de cintura para abajo. Ah, sí.

“Hoy en día se nos asegura que apenas hay una mínima diferencia en la manera en que los dos sexos experimentamos el mundo, pero ninguna mujer, y estoy dispuesto a apostar, ha conocido jamás la sufusión de secreto deleite que inunda las venas de un varón de cualquier edad, desde que da sus primeros pasos hasta que es nonagenario, ante el espectáculo de las partes pudendas femeninas, tal como se les solía llamar de manera pintoresca, expuestas de modo accidental, es decir, fortuito, repentinamente a la vista de todos. Contrariamente, e imagino que para decepción de lo que suponen las mujeres, no es el atisbo de la carne lo que hace que los hombres nos quedemos clavados en el suelo, se nos seque la boca y nos salgan los ojos de las órbitas, sino el atisbo de esas escasas prendas que suponen la última barrera entre la desnudez de una mujer y nuestra mirada embobada y fija. No tiene sentido, lo sé, pero si en una abarrotada playa en un día de verano, los trajes de baño de las mujeres, mediante alguna brujería secreta, se transformaran en ropa interior, todos los varones presentes, los chavales desnudos con sus panzas y penes a la vista, los socorristas apoltronados y cubiertos de músculos, incluso los maridos calzonazos de pantalones arremangados y pañuelo de cuatro nudos en la cabeza, todos, digo, se transformarían en ese instante y aparecería una horda de sátiros de ojos inyectados en sangre y que aúllan dispuestos a la rapiña”. (…)

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