‘En el bote’ de J. D. Salinger

d.j. salinger

Jerome David Salinger, el de la vida austera, el de ninguna entrevista, el del silencio, es el autor de la archiconocida ‘El guardián entre el centeno’, novela que le valió la admiración universal. De sus obras destacan, además, ‘El cazador oculto’ y ‘Nueve cuentos’, uno de los cuales es ‘En el bote’, que se lee a continuación. Un cuento extenso en apariencia, pero de fácil lectura. Disfrútenlo. JSA

Era un poco más de las cuatro de la tarde de un veranito de San Juan. Unas quince o veinte veces, desde el mediodía, Sandra, la criada, se había apartado de la ventana de la cocina que daba al lago, con la boca apretada en un gesto de disgusto. Esta última vez, al apartarse, ataba y desataba distraídamente las cintas de su delantal, aprovechando el escaso juego que le permitía su enorme cintura. Después regresó a la mesa esmaltada y depositó su cuerpo gallardamente uniformado en la silla que estaba frente a Mrs. Snell. Mrs. Snell había terminado la limpieza y el planchado y tomaba su habitual taza de té antes de dirigirse a pie por la acera hasta la parada del ómnibus. Mrs. Snell tenía el sombrero puesto.

Era el mismo e interesante sombrero de fieltro negro que había usado, no solo durante todo el verano pasado, sino en los últimos tres veranos, pasando por olas monstruosas de calor, transformaciones del sistema de vida, docenas de tablas de planchar y timones de innumerables aspiradoras. Aún tenía adentro la etiqueta de Hattie Carnegie, gastada pero (podríamos decir) invicta.

–No voy a preocuparme –anunció Sandra, por quinta o sexta vez, dirigiéndose tanto a sí misma como a Mrs. Snell–. Me he propuesto no preocuparme. Total, ¿para qué?

–Claro –dijo Mrs. Snell–. Yo no me preocuparía. La verdad que no. Alcánceme mi bolsón, querida.

En la alacena había un bolso de mano, sumamente gastado, pero que conservaba adentro una etiqueta tan imponente como la del sombrero de Mrs. Snell. Sandra pudo alcanzarlo sin incorporarse. Lo tendió por encima de la mesa a Mrs. Snell, quien lo abrió y sacó un paquete de cigarrillos mentolados y una cajita de fósforos del Stork Club.

Mrs. Snell encendió un cigarrillo, se llevó luego la taza de té a la boca, pero inmediatamente la depositó otra vez en el platillo.

–Si esto no se enfría de una buena vez, voy a perder el ómnibus. –Miró a Sandra, que clavaba la vista, desalentadamente, en la dirección general de los recipientes de cobre alineados contra la pared–. Deje de preocuparse –ordenó Mrs. Snell–. ¿Qué va a sacar con preocuparse? O él se lo dice o no se lo dice. Nada más. ¿Qué gana con hacerse problemas?

–No estoy preocupada –contestó Sandra–. Lo último que pienso hacer es preocuparme. Pero es que una se vuelve loca con ese chico rondando por la casa como un gato. No se le oye, ¿me entiende? Quiero decir, nadie puede oírlo ¿se da cuenta? El otro día estaba desgranando arvejas, justo aquí, en esta mesa, y casi le piso la mano. Estaba sentado justo debajo de la mesa.

–Bueno, yo que usted no me preocuparía.

–Una tiene que pensar cada palabra que dice cuando él anda por ahí –dijo Sandra–. Es para volverse loca.

–Esto todavía no se puede beber –dijo Mrs. Snell–. Es terrible. Tener que cuidarse para decir cada palabra y todo lo demás.

–Como para volverse loca. ¡En serio! La mitad del tiempo estoy medio loca. –Sandra sacudió de su falda unas migas de pan inexistentes y resolló:– ¡Un chiquilín de cuatro años de edad!

–Es un chico bastante lindo –dijo Mrs. Snell–. Con esos ojos marrones tan grandes, y todo…

Sandra volvió a resoplar: –Va a tener una nariz igual que la de su padre. –Alzó la taza y bebió su té sin dificultad–. No sé para qué van a quedarse aquí todo el mes de octubre –dijo descontenta, bajando la taza–. Quiero decir, ninguno de ellos se acerca ya al agua. Ella no va, él tampoco, el chico menos. Nadie se baña ya. Ni siquiera sacan ahora ese bote de porquería. No sé por qué tiraron la plata de esa manera.

–No sé cómo hace para tomarlo. Yo ni siquiera puedo probar el mío.

Sandra fijó su mirada rencorosa en la pared opuesta: –Voy a estar tan contenta cuando vuelva a la ciudad. Lo digo en serio. Odio este lugar de locos. –Miró con hostilidad a Mrs. Snell–. Usted no tiene problemas, usted vive aquí todo el año. Tiene aquí su vida social y todo eso. A usted no le importa.

–Voy a tomar este té aunque me muera –dijo Mrs. Snell, mirando el reloj que estaba sobre la cocina eléctrica.

–¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar? –preguntó Sandra bruscamente–. ¿Qué haría? Diga la verdad.

Mrs. Snell se calzaba una pregunta de esas como si fuera un tapado de armiño. De inmediato dejó su taza sobre la mesa.

–Bueno, en primer lugar –dijo–, no me afligiría. Lo que haría es buscar otro…

–No estoy afligiéndome –interrumpió Sandra.

–Ya sé, pero lo que yo haría, sería conseguirme…

Se abrió la puerta de vaivén que comunicaba con el comedor y entró en la cocina Boo Boo Tannenbaum, la señora de la casa. Era una chica menuda, prácticamente sin caderas, de veinticinco años, con un pelo sin personalidad, incoloro, quebradizo, recogido detrás de las orejas, que eran muy grandes.

Llevaba pantalones vaqueros hasta la rodilla, un pulóver negro de cuello alto, calcetines y zapatillas. Aparte de la gracia de su nombre, aparte de su falta general de belleza, era –pensando en esas caras pequeñas, siempre memorables, extremadamente sensibles– una chica apabullante, definitiva. Fue directamente a la heladera y la abrió.

Mientras escudriñaba el interior, con las piernas separadas y las manos sobre las rodillas, silbaba desafinadamente entre dientes, llevando el compás con pequeños movimientos pendulares y despreocupados del rabo. Sandra y Mrs. Snell se quedaron calladas. Despaciosamente, Mrs. Snell apagó el cigarrillo.

–Sandra…

–¿Sí, señora? –Sandra miró atentamente más allá del sombrero de Mrs. Snell.

–¿No quedan más pickles? Quiero llevarle algunos.

–Se los comió –informó Sandra–. Se los comió anoche, antes de irse a la cama, quedaban dos, nada más.

–Oh. Bueno, entonces compraré cuando vaya a la estación. Pensé que a lo mejor podía convencerlo de que saliera de ese bote. –Boo Boo cerró la puerta de la heladera y fue a mirar por la ventana que daba al lago. Desde allí preguntó:– ¿Necesitamos alguna otra cosa?

–Solo pan.

–Le dejé el cheque sobre la mesa del living, Mrs. Snell. Gracias.

–Está bien –dijo Mrs. Snell–. Parece que Lionel se va a escapar. –Rió brevemente.

–Así parece –dijo Boo Boo, y metió las manos en los bolsillos de atrás.

–Al menos no se escapa muy lejos –dijo Mrs. Snell, dejando oír otra breve risa.

Junto a la ventana, Boo Boo cambió un poco de posición para no dar directamente la espalda a las dos mujeres sentadas a la mesa.

–No –dijo, y se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja. Y agregó, nada más que como información adicional–: Desde los dos años se escapa en forma sistemática. Pero nunca muy lejos. Creo que lo más lejos que llegó, en la ciudad, por lo menos, fue al Mall en el Central Park. Solo a dos cuadras de casa. Se quedaba allí para decirle adiós al papá.

Las dos mujeres sentadas a la mesa rieron.

–El Mall es donde todos van a patinar en Nueva York –dijo Sandra, muy socialmente, a Mrs. Snell–. Los chicos, y todos los otros.

–Ah –dijo Mrs. Snell.

–No tenía más de tres años. Fue el año pasado –dijo Boo Boo, sacando un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos de un bolsillo lateral de sus vaqueros. Prendió un cigarrillo, mientras las dos mujeres la contemplaban con interés–. Gran conmoción. Toda la policía buscándolo.

–¿Lo encontraron? –dijo Mrs. Snell.

–¡Claro que lo encontraron! –dijo Sandra con desdén–. ¿Qué se cree?

–Lo encontraron a las once y cuarto de la noche, en pleno mes de… Dios mío, febrero, creo. Ni un chico en todo el parque. Nada más que asaltantes, supongo, y un surtido de degenerados ambulantes. Estaba sentado en la plataforma donde toca la banda, haciendo rodar una bolita por una grieta del suelo. Casi muerto de frío y con un aspecto de…

–¡Alabado sea Dios! –dijo Mrs. Snell–. ¿Cómo pudo hacerlo? Quiero decir, ¿de qué se escapaba?

Boo Boo lanzó una única voluta de humo, defectuosa, hacia uno de los vidrios de la ventana: –Parece que esa tarde uno de los chicos en el parque le había dicho en forma vaga y malintencionado: “Apestas, nene”. Al menos creemos que lo hizo por eso. Yo no sé, Mrs. Snell. Es un poco demasiado complicado para mí.

–¿Desde cuándo lo hace? –preguntó Mrs. Snell–. Digo, ¿desde cuándo se escapa?

–Bueno, a la edad de dos años y medio –dijo Boo Boo biográficamente– se refugió debajo de la pileta, en el sótano de nuestra casa de departamentos. En el lavadero. Noemí no-sé-cuánto, una amiga íntima suya, le dijo que tenía una lombriz en un termo. Por lo menos, eso fue todo lo que le pudimos sacar. –Boo Boo suspiró y se apartó de la ventana con una larga columna de ceniza en el cigarrillo. Se encaminó hacia la puerta mosquitero–. Voy a probar otra vez –dijo a manera de despedida.
Las otras dos mujeres rieron.

–Mildred –dijo Sandra, riéndose aún, y dirigiéndose a Mrs. Snell–. Va a perder el ómnibus si no se da prisa.

Boo Boo cerró la puerta mosquitero al salir. Estaba de pie en la ligera pendiente del jardín de su casa, con el último y bajo sol de la tarde brillando a las espaldas. Doscientos metros más allá, su hijo Lionel se hallaba sentado en el asiento de popa del chinchorro de su padre. Amarrado, y con la vela mayor y el foque recogidos, el chinchorro flotaba en un ángulo perfectamente recto con la punta del muelle. Más o menos veinte metros más afuera flotaba, dado vuelta, un esquí acuático abandonado o perdido; pero no había en el lago embarcaciones de placer: apenas se veía la popa de la lancha de la municipalidad que se dirigía al embarcadero de Leech.

A Boo Boo le resultaba bastante dificultoso mantener su vista fija en Lionel. El sol, aunque no era especialmente fuerte, resplandecía tanto que cualquier objeto más o menos distante –un chico, un bote– oscilaba y se retractaba como un palito en el agua. Al cabo de dos o tres minutos, Boo Boo desistió de esforzar su vista. Apagó el cigarrillo al estilo marinero y echó a andar hacia el muelle.

Estaban en octubre, y el calor reflejado en los tablones del muelle no le daba ya en la cara. Caminaba silbando entre dientes “Kentucky Babe”. Cuando llegó a la punta del muelle, se agachó justo en el borde, haciendo sonar sus rodillas, y contempló a Lionel. Se hallaba a menos de un largo de remo de ella. Lionel no la miró.

–¡Eh! –dijo Boo Boo–. Amigo. Pirata. Canallita, Estoy de vuelta.

Sin dirigirle la mirada, Lionel pareció sentir bruscamente la necesidad de exhibir su maestría como navegante. Giró la barra del timón todo lo que pudo hacia la derecha, e inmediatamente después la acercó otra vez de un tirón a su cuerpo. Mantenía los ojos fijos en la cubierta del bote.

–Soy yo –dijo Boo Boo–. Vicealmirante Tannenbaum. Glass es mi nombre de soltera. Vine a inspeccionar los estermáforos.

Obtuvo respuesta.

–No eres un almirante. Eres una señora –dijo Lionel. Sus frases generalmente se cortaban por lo menos una vez a causa de un inadecuado dominio de la respiración, así que, a menudo, las palabras que quería destacar se apagaban en lugar de elevarse. Boo Boo no solamente escuchaba su voz; parecía que trataba de verla.

–¿Quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que yo no era un almirante?

Lionel contestó, pero en forma inaudible.

–¿Quién? –dijo Boo Boo.

–Papá.

Siempre en cuclillas, Boo Boo puso su mano izquierda entre las piernas, apoyándose en las tablas del muelle para mantener el equilibrio.

–Tu papá es un buen tipo –dijo–, pero es un vulgar marinero de agua dulce. Es perfectamente cierto que cuando estoy en puerto soy una señora. Eso es cierto. Pero también es cierto que mi vocación ha sido, es y será siempre navegar por…

–Tú no eres un almirante –dijo Lionel.

–¿Cómo dices?

–Que no eres un almirante. Eres siempre una señora. –Hubo una corta pausa. Lionel la llenó cambiando otra vez el rumbo de su nave; se aferraba al timón con los dos brazos. Llevaba pantalones cortos de color caqui y una camisa blanca, limpia, con un dibujo estampado en el pecho que representaba a Jerónimo el Avestruz tocando el violín. Tenía la piel bronceada, y su cabello, casi idéntico al de la madre en color y tersura, estaba un poco descolorido por el sol.

–Mucha gente cree que yo no soy un almirante –dijo Boo Boo, observándolo–, porque no me la paso cacareándolo. –Sin perder el equilibrio, sacó un cigarrillo y los fósforos de un bolsillo lateral de los vaqueros–. Casi nunca siento la tentación de hablar de mi grado con la gente y menos con chicos que ni siquiera me miran cuando les hablo. Me darían de baja si lo hiciera. –Sin prender el cigarrillo, repentinamente se puso de pie, se irguió de una manera exagerada, hizo un óvalo con el pulgar y el índice de la mano derecha, acercó el óvalo a la boca y emitió un sonido parecido al toque de un clarín. Lionel alzó instantáneamente la mirada.
Casi seguramente se había dado cuenta de que el son era falso, pero lo mismo parecía muy conmovido; se quedó boquiabierto. Boo Boo repitió el toque, una peculiar amalgama de diana y silencio, tres veces, sin interrupción. Luego, ceremoniosamente, hizo un saludo militar hacia la orilla opuesta. Cuando por fin se puso de nuevo en cuclillas sobre el muelle, lo hizo con el máximo pesar, como si se hubiera sentido profundamente conmovida por una de las virtudes de la tradición naval inaccesible para el público y los niños pequeños. Echó un vistazo al reducido horizonte del lago y luego pareció recordar que no estaba sola. Miró hacia abajo, con aire digno, hacia donde estaba Lionel, cuya boca seguía abierta.

–Ese toque de clarín era secreto. Solo los almirantes pueden oírlo. –Encendió el cigarrillo y apagó el fósforo con una teatral bocanada de humo, larga y fina–. Si alguien se entera de que te he permitido oír ese toque… –Meneó la cabeza. Nuevamente fijó en el horizonte el sextanteo del ojo.

–Hazlo de nuevo.

–Imposible.

–¿Por qué?

Boa Boo se encogió de hombros.

–Demasiada oficialidad subalterna, para empezar. –Cambió de posición, adoptando una postura india, con las piernas cruzadas. Se subió los calcetines:– Te diré lo que voy a hacer –dijo con tono práctico–. Si me dices por qué te escapas, te soplaré todos los sones secretos de clarín que conozco. ¿Está bien?

Lionel volvió a fijar su mirada en el fondo del bote:

–No.

–¿Por qué no?

–Porque no.

–¿Pero por qué?

–Porque no quiero –dijo Lionel, y para enfatizar dio un tirón al timón. Boo Boo se protegió la parte derecha de la cara del resplandor del sol–. Me dijiste que no ibas a escaparte más –dijo–. Hablamos de esto, y me dijiste que ya todo se había terminado. Me lo, habías prometido.

Lionel contestó algo, pero no se oyó.

–¿Cómo? –dijo Boo Boo.

–-Yo no prometí nada.

–Oh, sí, me lo prometiste. Claro que lo prometiste.

Lionel empezó de nuevo a maniobrar su embarcación.

–Si eres un almirante –dijo–, ¿dónde está tu flota?

–Mi flota. Celebro que me hayas hecho esa pregunta –dijo Boo Boo, y empezó a deslizarse hacia el chinchorro.

–¡Sal de aquí! –ordenó Lionel, conteniéndose para no chillar y manteniendo la vista baja–. No puede subir nadie.

–¿No? –el pie de Boo Boo ya tocaba la proa del bote. Obediente, lo retiró–: ¿Nadie, absolutamente nadie? –nuevamente se sentó a lo indio–. ¿Por qué no?

La respuesta de Lionel fue completa pero, otra vez, demasiado baja.

–¿Qué? –dijo Boo Boo.

–Porque no está permitido.

Boo Boo, sin desviar la vista del niño, se mantuvo en silencio durante un minuto entero; luego dijo:

–Lamento saberlo. Me encantaría subir a tu bote. Te echo tanto de menos. Te extraño mucho. Me pasé todo el día sola en la casa, sin nadie con quien hablar.

Lionel no movió el timón. Estudió la fibra de la madera de la barra.

–Puedes hablar con Sandra –dijo.

–Sandra está ocupada –dijo Boo Boo–. De todos modos, no quiero hablar con Sandra. Quiero hablar contigo. Quiero subir a tu bote y hablar contigo.

–Puedes hablar desde ahí.

–¿Cómo?

–Puedes hablar desde ahí.

–No, no puedo. Estás demasiado lejos. Tengo que acercarme.

Lionel movió el timón. –Nadie puede subir a bordo –dijo.

–¿Cómo?

–Nadie puede subir a bordo.

–Bueno, ¿entonces me dices desde ahí por qué te escapaste –preguntó Boo Boo–, después de haberme dicho que no volverías a hacerlo?

Cerca del asiento de popa, en el fondo del chinchorro, había una máscara de hueco. Como respuesta, Lionel tomó la correa de la máscara entre el dedo gordo y el segundo de su pie izquierdo y con un movimiento breve, hábil, de la pierna, arrojó la máscara al agua. La máscara se hundió de inmediato.

–¡Que bien! ¡Qué constructivo! –dijo Boo Boo–. Era de tu tío Webb. Se va a poner muy contento. –Fumó una bocanada–. Antes había sido de tu tío Seymour.

–No me importa.

–Ya sé.

–Ya veo que no te importa –dijo Boo Boo. Su cigarrillo formaba un ángulo inusitado con sus dedos: la brasa ardía peligrosamente cerca de uno de sus nudillos. De pronto sintió el calor y dejó que el cigarrillo cayera al lago. En seguida sacó algo de uno de sus bolsillos laterales. Era un paquete, más o menos del tamaño de un mazo de naipes, envuelto en papel blanco y atado con una cinta verde–. Este es un llavero –dijo, sintiendo cómo la mirada del chico se alzaba hasta ella–. Igual que el de papá. Pero tiene más llaves que el llavero de papá. Este tiene diez llaves.

Lionel se inclinó hacia adelante en su asiento, soltando el timón. Extendió las manos en actitud de recoger.

–¿Me lo tiras? –dijo–. Sé buena.

–Vamos a pensarlo un poco, Rayito de Sol. Tengo que meditarlo. En realidad, debería tirar este llavero al lago.

Lionel la miró con la boca abierta. Cerró la boca. –Es mío –dijo, con una entonación cada vez menos imperiosa.

Boo Boo, mirándolo, se encogió de hombros. –No me importa.

Lionel se arrellanó lentamente en su asiento, observando a su madre, y estiró la mano hacia atrás para tomar el timón. Sus ojos reflejaban una pura percepción, como su madre sabía que reaccionaría.

–Toma –Boo Boo le tiró el paquetito. Aterrizó perfectamente entre sus piernas.
Lionel lo contempló un momento, lo alzó, lo examinó en su mano y lo tiró luego de costado, al agua. Miró en seguida a su madre, pero en sus ojos no había desafío sino lágrimas. Un segundo después su boca se distorsionaba hasta tomar la forma de un ocho horizontal y se ponía a llorar copiosamente.

Boo Boo se incorporó, con cuidado, como alguien a quien se le ha dormido un pie en el lecho, y se introdujo en el chinchorro. Un instante después estaba sentada en el asiento de popa, con el navegante en su falda, y lo mecía y le besaba la nuca y le daba algunos datos: –Los marineros no lloran, querido, los marineros nunca lloran. Solo cuando se les hunde el barco. O cuando naufragan, y están en la balsa, sin nada para beber salvo…

–Sandra… le dijo a Mrs. Snell… que papá es un “moishe”… grandote… y estúpido.

Imperceptiblemente, Boo Boo hizo una mueca, pero sacó al chico de su regazo y lo puso de pie frente a ella y le retiró el pelo de la frente.

–¿Con que dijo eso? ¿Eh? –preguntó.

Lionel asintió con la cabeza enérgicamente. Se acercó, llorando aún, para ponerse entre las piernas de su madre.

–Bueno, no es algo tan terrible –dijo Boo Boo, sosteniéndolo entre las dos morsas de sus brazos y sus piernas–. No es lo peor que podía suceder. –Suavemente mordió la oreja del chico–. ¿Tú sabes lo que es un “moishe”, querido?

Lionel o bien no quiso o no pudo contestar de inmediato. Por lo menos, esperó a que hubiera disminuido el hipo que siguió a sus lágrimas. A continuación contestó, en forma ahogada pero comprensible, hundido en la tibieza del cuello de Boo Boo.

–Es una de esas cosas para llevar bebés –dijo–. De mimbre, con una manija. –Para observarlo mejor, Boo Boo apartó un poco a su hijo. Luego le metió una mano traviesa en el interior del pantalón, lo cual lo sorprendió mucho, pero la retiró en seguida y decorosamente le metió la camisa debajo del pantalón–. Te diré lo que vamos a hacer –dijo–. Iremos en auto al pueblo y compraremos unos pickles, y algo de pan, y comeremos los pickles en el auto, y después iremos a la estación a esperar a papá, y luego lo traeremos a casa y haremos que nos lleve a pasear en el bote. Tú lo ayudarás a bajar las velas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo –dijo Lionel.

No volvieron caminando a la casa; corrieron una carrera. Ganó Lionel.

J. D. Salinger (foto)

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