‘Me gustó escribir sin darme cuenta’, R. Spiletta

Reinaldo SpitalettaSe ha dicho, no sin cierta dosis de nostalgia, que la infancia es la patria de los poetas, de los lustrabotas y de los trapecistas. Aunque, en rigor y en general, lo es del hombre. Mi deseo de escribir pudo ser un asunto inconsciente, como resultado de la educación sentimental, en particular de la casa, que, de acuerdo con los latinos, es la única patria del ser humano. Digo la casa (el lar, el hogar, en fin) porque mis más remotos recuerdos tienen que ver con una señora que contaba historias. Cuentos en el cuarto, la cocina, el comedor, de día y de noche, porque, a lo mejor, en su soledad, no tenía con quién hablar y solo le quedaba recitar poesías larguísimas, relatar episodios de arrieros, aparecidos, jinetes sin cabeza, narraciones europeas adaptadas a su modo a un lenguaje antioqueño y contar sus sueños. Cuando no contaba, entonces cantaba. Eran canciones infantiles, unas; de escuela, otras; algún tango de Gardel, bambucos, fragmentos de arias, pasillos ecuatorianos y otra gama de canciones, muchas de las cuales jamás volví a escuchar. De noche, me refería historias, quizá con el ánimo de dormirme, pero entre más contaba, más quería yo que continuara. Y entonces se cansaba y decidía irse a acostar. Me dejaba con ganas de más. Por la mañana, antes del desayuno, nos reunía a mí y los demás hermanos a contarnos sueños. Creo que muchos de ellos los inventaba sobre lo marcha. Pero le quedaban bien. Nos ponía en suspenso y nos hacía olvidar las ganas de desayuno. Me parece que era una táctica para alimentarnos con palabras, porque en muchas ocasiones era precaria la mesa. Después, a esa señora rubia y robusta, la reemplazó la profesora de primero de primaria, doña Rosa, que nos narraba cuentos de Perrault y de los Hermanos Grimm (según supe después), además del Tío Conejo, el Hojarasquín del monte y de piratas y filibusteros. Además, de todos los fabulistas que en el mundo habían sido. Era una mujer de dulce voz, que también cantaba muy bien. Un día, cuando ya en la escuela sabíamos de masturbaciones y jugábamos a los gladiadores y a la guerra en los recreos, hubo un profesor que nos habló del Manifiesto Comunista y la Doctrina Social Católica, una mezcla imposible, pero que nos hizo buscar nuevas historias. En quinto de primaria, don Álvaro Sánchez, nos hacía aprender poemas de memoria y nos leía escritos de Azorín. No recuerdo haber escrito una sola línea entonces. El caso es que, cuando ya la adolescencia era una promesa, por lo del vello púbico y otras transformaciones corporales, un muchacho del barrio me prestó Las mil y una noches, en dos tomos gordos. No sé si era la traducción de Blasco Ibáñez. Me los devoré en poco tiempo, y descubrí que muchas historias que nos contaba la señora rubia, que, claro, era mi mamá, habían sido extraídas de esos relatos. Y ahí supe que en casa habíamos tenido, sin enterarnos, una suerte de Scheerezada paisa. Mi padre, que era un lector de interés, una vez apareció con un regalo: el Ivanhoe, de Walter Scott, con ilustraciones. Y entonces me interesé por torneos y cruzados. Además, él llevaba a casa libros de Vargas Vila. Y nos advertía: “Estos libros están prohibidos. Ustedes no pueden leerlos”, pero los dejaba en un escaparate sin llave, como una provocación. Ahí supe de Flor de Fango, de Ibis, Césares de la decadencia y Aura o las Violetas. En algún curso de la secundaria, adapté la historia del Mío Cid, y en otro escribí una historia de brujas y la Inquisición. Y mientras leía el Quijote (que mamá nos hacía apagar la luz para que nos durmiéramos: “Dejá de leer que te volverás loco”, decía), también leía historias de Poe, el Barón de Munchausen, un gran mentiroso, y a Calderón de la Barca, pero me gustaba más leer poesía, así que pasaron sin saberse cómo ni por qué, García Lorca, Santos Chocano, Martí, Julio Flórez, Rubén Darío, selecciones de Poesía Voluptuosa (así se llamaba un libro) y luego el teatro completo de Chejov. Y entonces comencé a llenar cuadernos de tareas con poemas de amor y de soledad. Y fue entonces, quizá a los dieciocho años, cuando comencé a leer a Marx, Engels, Bakunin y toda una variedad de literatura política, y escribía unos aterradores panfletos. No tenía idea qué era ser escritor ni me había propuesto serlo. Tanto que mis intereses estaban más por el lado de la música. Siendo un adolescente mayor, entré a estudiar al Conservatorio de la U. de A. El cuento es que descubrí, cuando ya estaba estudiando ingeniería, que lo que me gustaba como carrera era el periodismo Quería escribir sobre la vida de los obreros, las huelgas, la cotidianidad de una ciudad en la que había mucha agitación estudiantil. Y tomé la decisión de pasarme a Periodismo. Quería escribir acerca de la denominada realidad de un modo literario. Leí entonces a los norteamericanos, escribía reportajes de mi cuenta, que nunca nadie publicó. Iba a los sindicatos a ayudarles a los trabajadores en la redacción de boletines, octavillas, manifiestos. Mis primeros cuentos tenían que ver con vidas de obreros. Ninguno de ellos (de los presuntos cuentos) sobrevivió, menos mal. Por esos días, ya había decidido que sería reportero de prensa escrita y comencé a devorar novelas, grandes reportajes, a estudiar las obras de John Reed y Hemingway. Después, autores del llamado Nuevo Periodismo, entre ellos Capote, Mailer y Talese. Tomaba nota de todo: de los libros, de las calles, de la vida urbana. Al poco tiempo de haber entrado al periódico El…, pedí una sección en el suplemento literario para escribir semanalmente notas sobre ciudad, y ahí escribí crónicas, relatos, cuentos, ensayos, temas que después utilicé en otros escritos. Escribir en un periódico implica pensar en los lectores, de una manera que no choque al muy culto y no cause pavor en el que no es letrado. Por aquellos días, pensaba en una dimensión estética del periodismo. El periodismo, como lo advirtió quizá Manuel Mejía Vallejo, es el servicio militar de la literatura, y como otros recomiendan, debe abandonarse a tiempo. Esto es un decir, porque, así uno esté escribiendo ficciones, no puede dejar de lado el virus de la reportería. El oficio que con una hipérbole, Albert Camus llamó como el más hermoso del mundo, es una escuela para la literatura, para las ficciones. De aquel he aprendido la disciplina para escribir otros asuntos, tal vez más íntimos, tal vez menos masivos, y que se constituyen en la creación de un territorio, un estilo, una manera de ser en la palabra escrita. Hoy, a la par que puedo estar escribiendo una novela, tomo notas para otras composiciones, alimento un blog con pequeñas historias, o con ensayos sobre literatura, ciudad o crítica de libros. Y como he sido un lector desordenado, es decir, puedo leer fragmentos de una novela y más tarde un ensayo, y por la noche otro tipo de textos, que varían entre historia, literatura y periodismo, también en ocasiones escribo de esa manera. Avanzo en una creación de ficción, y luego hago apuntes para la escritura de un texto investigativo. Y en este punto, quiero tocar la experiencia como profesor universitario. Me ha servido para continuar con el campo de las investigaciones sociales, en particular periodísticas. Me he acercado a través de ellas al mundo sombrío y doloroso de los desplazados por la violencia, al de los movimientos estudiantiles de los setenta, a la historia de la prostitución cuando mi ciudad era llamada la sucursal de Sodoma y Gomorra. Creo que un escritor no debe temerle a ninguna de las formas, de las estructuras, de los géneros. A veces, unas y otros se complementan. Bueno, también se rechazan. Creo que a todos nos ha pasado, de otra parte, que tenemos escritores de cabecera, según la edad, los intereses, las disciplinas de cada uno. Así, por ejemplo, hubo tiempos en que uno devoraba todo Kafka, todo Poe, todo Faulkner, todo García Márquez, pero a su vez hubo otros momentos de leer autores del Boom latinoamericano, o grandes periodistas, o los llamados clásicos, que es un concepto con muchas interpretaciones. Digo que dentro de la formación de cada escritor, por lo menos en mi caso, el cine, la radio en ya lejanos días, la música, los viajes, el fútbol, caminar por una ciudad o pueblo, son claves para la creación, la especulación y una práctica que cada vez es menor: la conversación. Me parece que me gustó escribir sin darme cuenta. Y todo, tal vez, porque en casa, hace muchos años, hubo una señora que nos contaba cuentos y sueños, y nos cantaba canciones, y todo para que el mundo fuera más ancho y con menos desasosiegos. Es posible que ella no supiera que, con esas costumbres, nos estuviera dando un látigo o una varita mágica. Qué vaina. Reinaldo Spiletta (foto)

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