‘García Márquez y la política’ de Carlos Peña

carlos peñaLa muerte de García Márquez –cultivó con esmero los vínculos hacia el régimen cubano, sin nunca emplear su imaginación esplendorosa para tejer una crítica– permite plantear una pregunta: ¿Pesa sobre los escritores alguna especial responsabilidad política? ¿Puede reprochárseles sus tomas de posición?

Por supuesto, no hay nada raro en que un escritor posea y ejercite una firme y clara posición política. André Malraux fue ministro de De Gaulle; Valclav Havel presidió la República Checa; Mario Vargas Llosa impulsó el Movimiento Libertad y fue candidato presidencial; Jorge Edwards participó activamente contra la dictadura de Pinochet, y así.

No, no hay nada raro en que un escritor de ficciones y de ensayos sea políticamente activo. Lo raro –es el caso de García Márquez– es que se transforme en defensor de una dictadura que anega todos los derechos de los que él gozaba como escritor.

En esa rareza García Márquez no está solo. Sartre, el más conspicuo de todos, echó mano a sus tesoros de inteligencia e imaginación dialéctica para defender a Stalin; Neruda le cantó loas; Drieu La Rochelle se declaró fascista y apoyó el gobierno de Petain; Pound fue admirador de Mussolini.

Hay, hasta cierto punto, una inconsistencia en esos escritores, de derecha y de izquierda, que ejercitan las libertades para dar rienda suelta a su imaginación y a su talento, exorcizar sus fantasmas y despertar los sueños dormidos de sus lectores; pero que al mismo tiempo callan cualquier crítica, apoyan a los regímenes que las niegan y omiten cualquier palabra que pudiera incomodarlos. Al escribir, dar conferencias, publicar y echar ácido crítico contra las sociedades en las que viven y fructifican, muestran el valor y los frutos que la libertad hace posibles; pero al adoptar posiciones políticas a favor de regímenes dictatoriales niegan las condiciones de posibilidad de su propia existencia como escritores. Se trata, no cabe duda, de una perfecta contradicción performativa: ejercitan en su vida un oficio espléndido cuyas condiciones de posibilidad, al adherir y defender a regímenes dictatoriales, niegan.

Es esa contradicción la que torna tan rara la situación de un autor como García Márquez, cuya imaginación prodigiosa y talento inhumano debió ser (pero no lo fue) alérgica a cualquier forma de dictadura, más no fuera por el hecho que para quien imaginó Macondo cualquier realidad real, más todavía la cubana, debió parecerle (pero no fue el caso) algo que estaba muy lejos de lo que él consideraría apetecible y deseable.

Se dirá, por supuesto, que algo así es injusto porque escritores como García Márquez –cuya genialidad inhumana que a veces emociona hasta las lágrimas, está más allá de toda duda– preferían hacer sus críticas e influir en privado, echando mano a sus canales de influencia, los mismos que se verían perjudicados si, alzando la voz, manifestaran sus críticas. Pero se trata de una excusa más o menos pueril. Porque nadie habría aceptado que García Márquez viajara periódicamente a Chile en la época de la dictadura, se reuniera con Pinochet, se dejara alojar en una casa presidencial o algo semejante, y callara cualquier crítica a la forma en que esa dictadura anegaba las libertades y violaba los derechos humanos y tampoco nadie habría aceptado que, cuando algo así se le reprochara, pretendiera que lo hacía porque las críticas sigilosas y privadas eran más eficientes que el escándalo público.

A favor de García Márquez habría que decir que no fue el único que se dejó hipnotizar insensatamente por Cuba. Incluso Bertrand Russell, cuya agudeza crítica y talento matemático no dejaba títere con cabeza, dejó, hacia el final de sus días, que lo hicieran firmar declaraciones a favor de la revolución cubana declarando que allí despuntaba una aurora. Pero cuando lo hizo Russell ya estaba viejo y su alerta habitual adormecida. El suyo fue más bien un acto senil. No fue el caso de García Márquez que mientras escribía El otoño del Patriarca y soñaba con los gallinazos que inundaban la casa presidencial, se metían por los balcones y destrozaban a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removían con sus alas el tiempo estancado en el interior, visitaba a ese otro Patriarca de la isla y, sin asomos de duda, se fotografiaba con él.

Carlos Peña (foto)

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