‘Melina Mercouri’ de Andrés Caicedo

andrés caicedoChistosísimo. Esta noche no saldrás de los límites de tu piel: más allá es imposible, Él te dejará satisfecha, reconocerá en ti una concordancia perfecta, tus poros sudarán parejo con los de él y tus manos buscarán en su cuerpo algo que no hayas conocido, y si no te va bien en la búsqueda las manos de él guiarán las tuyas natural. Tocarás una sola vez sus nalgas y sentirás su escalofrió, el tuyo el de él el mismo. Y hasta puedes decirle que se bajen al suelo para hacerlo diferente, palabra, al suelo. Y allí todo el universo se limitará a existir en el espacio en blanco que dejen los dos cuerpos y dirás cosas, a él le gusta. Puede ser con una legendaria vos ronca, como en las películas  francesas o Melinda Mercouri recuerdas. Sin ningún temor, todo lo que se te ocurra, jovencita, que te acaricia como a ti te gusta, para que esta noche todo les salga a las mil maravillas, para que los dos sean una materia sebácea sin absolutamente nada de forma, sebácea y cristalina, sin forma, con sentidos.

Qué bien. Tu pelo crespo, si, tienes el pelo crespo, qué vaina. Tus mechones: enroscaditos. Te caen sobre la frente: mechones negrísimos, ¿te das cuenta? ¿Él se ha dado cuenta? Y la nariz chiquita y chiquita rima con bonita y con otro diminutivo de lo más rimador que se llama respingadita, así, y las trompas que haces,  pero cuando te sonríes tratas de no mostrar gran parte de tus dientes, para que no te vea ese: el de metal. Le has contado que cuando tenías quince años  te lo quebró una amiga jugando básquet y que tu mamá te mandó a poner esa joda de repuesto, porque no es más que un repuesto. Un pedazo de aluminio bordeando el esmalte. ¡Eso: un diente enmarcado! Ese diente que pesa sobre la boca de él cuando te está besando, la vez pasada le cortó la lengua, casi no le salió sangre pero pegó un berrido y tú te asustaste y le preguntaste lo de siempre, que qué había pasado, pero a él le dio pena decirte que era ese maldito diente y se quedó callado  y se estiró la mano hacia tu cuerpo y tu cuerpo la recibió  gustosa, ni más faltaba. Y ese diente tuyo es ácido, él te lo mira ahora y se le hace agua la boca. Hasta ha pensado en echarle sal y chuparlo como si fuera limón. Y sigues haciendo esas trompitas, y cantando boleros de Libertad Lamarque, algo así como ya todo el corazón te lo entregué, sí, eso lo cantaste cuando lo conociste, después que le dijiste que tenías veinte años y hasta tenías una vos bonita y él te dijo que tus ojos eran muy negros  pero que cómo era eso que ibas a tener veinte años, que él tenía apenas diez y siete y no importa le respondiste atemorizada, pero él todavía no podía creer. ¡Veinte años! Palabra que hasta te iba a pedir que le mostraras la tarjeta de identidad, te había calculado diez y seis por lo menos. No los aparentas, te lo digo y tú no importa olvidemos eso, a mí se me da cinco centavos que usted tenga diez y siete y dale con ese bolero y él estuvo a punto de lanzar la carcajada cuando tú seguías en que ya le habías entregado todo tu corazón y que eres muy joven, mejor y tus ojos te ayudan a cantar ese bolero, ¿no te lo digo? ¡Ja! Y después de haber entrado en ese cuarto, él se paró delante de ti y cruzó los brazos y dijo que empezaras a quitarle el blue jean y te asombraste de la proposición y dijiste que no, que lo hiciera él sólo y que apagara la luz, que no te viera desvestir y te cubriste con una enorme sábana blanca mientras él se quitaba los blue jean por su cuenta y tú veías sus dedos, los imaginabas en tu pertenencia. Y no solamente fue eso, sino que después del primer beso le preguntó que si era virgen y tú dijiste para adentro este por qué viene con esas preguntas y le respondiste no, no soy virgen y él te recostó sobre la cama y dijo que bien y sonreíste y le mordiste una oreja como habías visto en una película de james bond o en cualquiera de espías. Y con una mano te echabas el pelo para atrás y con la otra te agarrabas de su cuerpo y a veces cogías el pelo de él y también querías echarlo para atrás, pero él no se iba, se acercaba más a tu cuerpo y dejaba que su pelo cayera sobre tu cara y te decía algo, algo que no entendías de todos modos, qué carajo, no hay necesidad de entender lo que se dice. Además: a quién se le ocurre hablar en esos momentos. Pero tú también abrías la boca para soltar palabras. Mirabas al cielo raso y al chorrito de luz que entraba desde cualquier parte y también hablabas, jovencita, ni modo de replicar. Y después todo el espacio se sumergió en los cuarenta mil sentidos de los dos cuerpos, allí donde todo despreciaba a lo que no se pudiera tocar con la punta de los dedos. Y luego vino el mar, la cúpula espacial del paseo nuclear: el cielo, eso era el mar o no era el cielo, su sonrisa, luego vino su sonrisa, el azul, la enorme sábana era una enorme sábana, era todo, y luego vino tu pelo, el de él una palabra que no recuerdas, pero la entendiste, hasta sonreíste al oírla y luego vino el mar y un espacio brillante, brillante con colores relampagueantes que se perdían y volvían a aparecer así como cuando te aprietas los ojos y los párpados se llenan de colores y luego vino ese chorrito de luz más allá de los colores relampagueantes  y esa muchacha de la novela le decía al tipo que la esperara, esa muchacha de la novela tenía el pelo del color del ala de cuervo y el tipo era casado y su esposa le había encontrado un preservativo en el bolsillo y tú le ibas a decir que la esperaras cuando vino el mar y cuando llegó el chorrito de luz de los colores del chorrito de luz relampagueante de los colores del chorrito de luz del azul del mar o del paseo de ese paseo y tú le ibas a decir que te esperara.

Hoy estarás nuevamente con él. Ya las cosas serán distintas. Serán distintas. Porque lo has recordado por una semana entera y has vuelto a leer la novela de la muchacha  del pelo color ala de cuervo y has imaginado la cara de su amante y todavía no sabes qué era lo que ella quiere decir con esa palabra: espérame.

Tú harás lo mismo. Harás que te bese hasta que te haga cerrar los ojos y apretar las piernas y pellizcar tus senos. Así. Que te recorra íntegra, que por favor no deje de tocar un solo pedazo de tu cuerpo y que después, siempre después, no tendrás que decirle que te espere cuando para los dos haya llegado el momento. Qué va.

A pesar de todo, ese diente tuyo no te afea totalmente la boca, pero de lo que no hay duda es que mañana te lo haces quitar. A lo mejor hasta hayas cortado la lengua de él a lo mejor hasta ese berrido que lanzó la otra vez fue por eso.

Que te mire a los ojos, que por favor haga todo lo posible por mirarte a los ojos, esta noche, ahora, ahora que lo esperas, que por Dios te mire a los ojos y si no puede que se estire, que alargue las piernas, que se tuerza, que haga todo lo que quiera pero que no deje de mirarte a los ojos. Esta noche, cuando él se acerque a ti y te vea peinada como a él le gusta, te lo explicó la otra vez, a lo mejor le hayas entendido: es con el pelo tirado hacia la cara y la carrera por la mitad: así. Si, que ahora que vente correr a donde tienen que ir y que te mire a los ojos para que vea en ellos todo aquello por lo cual estás debajo de él, encima de él,  en la mitad de él. Sí, si él te mira a los ojos esta noche, verá en ellos todas las mil razones por las cuales tu alma siente lo que siente, por las cuales tu cuerpo piensa y razona cómo ahora está pensando y razonando. Esta noche, cuando él te diga que está muy bonita con el peinado nuevo y te haga una mueca chistosa por la nariz para que tú te pongas contenta. Esta noche, cuando él venga, cuando él no vendrá: lo verás.

Y esta noche, cuando él venga, cuando él no vendrá, tú cantarás otra vez ese bolero.

Andrés Caicedo (foto)

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