‘Poetas: nace un poeta’: Pedro Prado, de Neruda

neruda1La otra semblanza del libro ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera se refiere a Pablo Neruda (foto). Cuenta que en Temuco, trabajando él en un pequeño diario a órdenes de Orlando Mason, un día fue a conocer a Pablo Neruda.

“Lo esperé en la puerta del liceo, alrededor de las cinco. Era un muchachito delgadísimo, de color pálido terroso, muy narigón. Sus ojos eran dos puntitos negros. Llevaba bajo su brazo La sociedad moribunda y la anarquía de Juan Grave. A pesar de su feblez, había en su carácter algo firme y decidido. Era más buen silencioso, y su sonrisa, entre dolorosa y cordial.

“Empezamos a pasear por las inmediaciones. Íbamos a Padre Las Casas, pueblecito por donde los indígenas se comunicaban con Temuco. Andando por ahí vi a un mapuche erguido en su caballo y su mujer que le seguía a pie, con un saco a la espalda. Otra visión de un día invernal, en que el camino estaba enfangado, el cielo oculto por oscuras nubes, fue la de una carreta detenida en un charco. Dos indias empujaban las ruedas sin conseguir zafarla del lodo. Dentro de la carreta, un par de mapuches, junto al brasero, conversaban apaciblemente, tal si fueran griegos redivivos.

“Neruda pasó sus primero cinco años con su abuelo, en el lugarejo de Belén, en Parral. Había perdido a su madre a poco de nacer. Su padre lo llevó finalmente a Temuco, en donde era conductor de trenes. Supe que este, a quien solo vi a distancia, era buen conversador y que le gustaba llenar su casa de amigos. Si se hallaba solo, parábase en la puerta e invitaba a alguien a que le acompañara a almorzar.

“Cuando Neruda era pequeño, le daba un libro al revés y lo leía de corrido. Asimismo, sumaba velozmente toda suerte de cantidades sin inquietarle la exactitud. Sus primeros versos debió escribirlos a los doce años. En el hogar de Mason oía música, y si lo dejaban a comer, prefería que el agua se la sirvieran en copas de color. Decía que así la encontraba más rica”.

Esta costumbre del agua en copas de color la mantuvo hasta la muerte. En Isla Negra se pueden ver las últimas enormes que usó. Menos sucinta que la de Gabriela Mistral, medicinal, González Vera continúa sobre Neruda en las páginas 155 y 156 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960:

“En el liceo tuvo de profesor de francés a Ernesto Torrealba, más tarde diplomático y cronista elegante, que le recomendaba autores y le prestaba libros. Le facilitó obras de Gorki. Además le advertía: “Si quieres escribir, no sigas castellano, porque no te podrás librar de la pedagogía”.

“Neruda tradujo del inglés un poema y lo mostró a su profesor, que se lo devolvió sin decir palabra. Neruda destruyó la hoja. El maestro, que le observaba de soslayo, le pidió los fragmentos. En un santiamén, Neruda volvió a escribir el poema.

“Al conocerle, ya Neruda había obtenido un premio literario, era presidente de los estudiantes temuquenses e inquietaba al ambiente a su modo, hablando apenas, pero diciendo algo preocupador.

“Solía ir a ver a Gabriela Mistral. En una de sus visitas, no la encontró y estuvo aguardándola más de media hora, sentado frente a la escultora Laura Rodig, con la cual no cambió palabra.

“En sus versos maldecía la lluvia y el barro, y expresaba que Temuco no tenía más gracia que albergarla (una muchacha a la que consagraba sus versos). Sus diferencias con la lluvia, casi cotidiana en la ciudad, eran grandes, porque le dejaban preso en el umbral de la puerta”.

Remata la página 156 y continúa otro poco en la 157: “Al conocer a Neruda, su acento me extrañó. Es el suyo un tono particular, carnoso, en que hay variados matices. Uno se acostumbra a su voz y al releer sus versos se la siente. En cambio, en boca de las recitadoras son deplorables siempre, suena a falsificación.

“Oyendo a los indios, me vino el recuerdo de la entonación nerudiana. Traté de explicarme qué fenómeno determinó esa evocación. Durante minutos no pude precisarlo, mas, de repente, entre las palabras de diversos indígenas, una fue emitida con voz gemela a la de Neruda. En consecuencia, lo posible era que otra palabra, asilada también, y oída por mí al azar, me trajera el recuerdo. Aunque escuché con ahínco, no conseguí  oír nuevamente ese tono peculiar”.

Hago un salto a la página 176 de la misma edición, para seguir el dibujo que de Pablo Neruda hace José Santos González Vera. Es un “capítulo”, titulado “Neruda y su banda”. Pongo capítulo entre comillas, porque el libro está hecho de fragmentos de memoria que, en ocasiones, copan media página, pero de pronto explaya sus observaciones, como en este caso.

El capítulo va de la 176 a la 179. Comienza así: “Pablo Neruda era conocido de unos pocos muchachos. En una velada de universitarios se declaró merecedora del primer premio su “Canción de la fiesta”. Súbitamente quedó más alto que los veintitantos poetas mozos que pululaban en torno de la Federación. Neruda debía decir su ‘canción’ en todo lugar y a toda hora.

Hoy que la tierra madura se cimbra…

“Neruda recibía una mesada pequeñísima, que le obligaba a residir en las más lúgubres pensiones, y a mudarse casi mes a mes, por si en un matiz siquiera la nueva fuese menos detestable que la última.

“’Crepusculario’, su primer libro, hizo decir a Pedro Prado: “Poetas: este no es un libro más. Es el augurio de que un gran poeta está naciendo entre nosotros”. Su nombre comenzó a viajar. Uno de los poemas entró al repertorio de las recitadoras.

“Construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”.

Detengo aquí la memoria de Santos González sobre el Nobel de Literatura 1971, para no fatigar al lector del blog. Pero, desde luego, la voy a continuar en el próximo post (o entrada), con lo que resta de la ‘banda de Neruda’. Y también porque la referencia que se hace en el capítulo “Neruda y su banda” es ya de adultez, mientras lo arriba compartido corresponde a su juventud.

Me parece que siempre es interesante escuchar voces nuevas (“nuevas” en tanto se ignoran, como ésta, aunque procede de la primera mitad del siglo pasado) con relación a personajes aparentemente fatigados desde todos los flancos.

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