Santos González: Gabriela Mistral era medicinal

santos gonzález veraUn agrado leer ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera (foto). Se trata de una autobiografía de sus años mozos y el decidido oficio de escritor. Tiempo durante el cual tuvo la fortuna de compartir con muchos escritores de la época: Augusto Winter, Manuel Rojas, Eduardo Barrios, Juan Egaña, Carlos Mondaca y Augusto D’Halmar, por mencionar algunos. Son pinceladas de un cuadro que retrata la incipiente vida urbana e intelectual del Chile de principios del siglo XX. Dividido en infinidad de capítulos, que en ocasiones son reseñas sucintas de episodios o personas, el libro contiene un par de semblanzas, que por breves no menos interesantes. La que sigue refiere sobre Gabriela Mistral. Un punto de vista distinto al debate sobre su lesbianismo. Quizás éste no fuera tema en su momento, o al menos entre quienes tuvieron la bendición de vivir su entorno. De la edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., en Santiago de Chile de 1960, copio las páginas 135 a 137:

“En ‘Selva Lírica’ conocí a Gabriela Mistral. Del cabello al pie era sencilla, lindando en lo austero. Al hablar movía sus largas manos blancas. Mientras estuvo en Santiago iba a su pensión y qué penoso era despedirse. Me habría complacido que estuviera libre de la necesidad de dormir. En la tarde la visitábamos en grupo. Nos daba once, comida, té en la alta noche, y, entreverados, dulces y pasteles que seguramente adquiría por mayor. Si veíase precisada a salir, íbamos con ella y la acompañábamos de vuelta.

“Llevé mi descaro más lejos: la vi también en la mañana. Por el camino me reprochaba, calificándome de inoportuno, desconsiderado, empalagoso, pero uniendo un paso con otro llegaba a su puerta. El González Vera respetuoso, medido, trataba de contener al otro, tan insaciable que, por satisfacer su culto a la mujer, no la dejaba un instante, sin preguntarse si ella no hubiese preferido verlo menos. Lo embargaba el deseo superior de estar en su presencia y sentirla cuanto pudiera y, aunque no está satisfecho sino de muy contados actos de su vida, de esta admiración desatada, fuera de toda prudencia, no se reprocha. Y si pudiera ser más sincero todavía, a semejanza de los pentecostales que nada callan, diría que está muy orgulloso de haberla frecuentado tanto, que lo estará siempre.

“Había en mí un modo religioso de ver y sentir hasta lo puramente pagano. Queda un brote.

“Apenas estaba ante ella, me decía: “No. Puedes ser empalagoso, mas hiciste bien en venir”. En la mañana asistían pastores protestantes, teósofos, militares en retiro, profesoras, algún ex presidiario, vendedores, funcionarios, inventores y tipos extraños que, vistos en la calle, podían infundir miedo. Jamás supe cómo empezaba el contacto ni lo que decían esas personas. Al parecer, tampoco sabían ellas qué las movía a frecuentarla. Llegaban como dormidos y sentábanse. Ella sonreía. Producíase la iluminación y comenzaban a flotar en una atmósfera sedante. Gabriela Mistral inclinaba la cabeza y decía unas cuantas palabras. Su vos tiene un tono algo monótono que agrada. Es la suya una voz que gotea. Habla del campo, la política, la enseñanza y de mil asuntos. Cualquiera que sea el tema ocurre igual. Cada auditor siéntese ennoblecido: los sentimientos más enaltecedores se adueñan de ellos y las pequeñas congojas de la vida cotidiana se esfuman. Es un ser absolutamente medicinal. Cuando es inevitable irse, atención que todos retardan, no dejan de experimentar contrariedad. Querrían quedarse para siempre, no perder ese nirvana. Se van porque adivinan que otros sujetos con el alma en pena esperan el turno de la tarde.

“Una noche me invitó a pasear en automóvil para el mediodía siguiente. Acudí contentísimo. Cuando nos pusimos de pie salió a la calle también el poeta Jorge Hübner Bezanilla. Junto al automóvil, ella me dijo:

–Si usted tiene algo qué hacer, no se sienta obligado a venir con nosotros.

–Estoy libre –respondí, muy contento de estar con ella una vez más.

“El automóvil era grande. Delante iba el chofer, en los asientos intermedios ella y Hübner, y atrás yo. Al comenzar el ascenso del cerro, ambos iban embelesados en una conversación que no terminó. Entonces, ¡solo entonces!, comprendí que sobraba y se me iluminó el sentido de las palabras. Era tarde para excusarme. ¿Cómo hacerlo a medio cerro? El panorama, los halagos de la naturaleza no consiguieron devolver mi amargura”.

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