‘De mano en mano’ de Lina Meruane

Lina MeruaneSobre la camilla lo recuerdo. A mi padre. Me acuerdo de él mientras me tiendo intentando descansar.

Aún turbada presto mi espalda a la mano de ese desconocido. Raúl es quien me seca los rastros de humedad con un paño rasposo y pregunta cómo estuvo el sauna.

Levanto apenas la cara de la toalla. Contemplo sólo un momento su rostro afeitado, de tinte casi azul, y también los dorsos de sus manos cubiertos de vello grueso.

Me unta con una emulsión cremosa que reconozco. Huele a niña. Huele a mí, a la de hace tantos años. Quizá por eso me acuerdo de mi padre.

Comienza a ablandar mis hombros.

–Relájate.

Dice Raúl, exagerando el peso de las consonantes como su palma a lo largo de mi columna.

No hay nadie en este lugar, bajo la luz difusa; sólo piel que resbala sobre mi piel enrojecida y el ombligo sellado en la camilla.

Raúl me ha levantado la pierna izquierda; no puedo verlo pero siento sus dedos enterrándose en la planta de mis pies; luego se hunden en mis nalgas, estirando y relajando mis nervios por la columna hasta el cuello.

El sopor me anestesia. Hablo un poco, modulo lo mejor que puedo; disimulando.

Él lo sabe, se da cuenta de todo. Es un terapeuta en la oscuridad. Está cargado sobre mi espalda, ahora. Y ahora, un poco más de crema fría, y él avanza aplanándome como un uslero sobre la camilla. Debo tener impreso el relieve de sus dedos, y el de la toalla sobre la que estoy tendida.

–Tienes la piel bastante seca.

No me animo a contestar. Prefiero el silencio. Pero insiste, presionando sin cesar. Que de dónde soy, que de dónde vengo, que cuántos días me quedaré en esta ciudad.

–No…, no lo sé.

Afuera, el aroma a eucalipto del sauna, la ducha que estrella su chorro contra la baldosa y unas piernas y un torso; alguien espera su turno.

Las manos que masajean, sus manos.

Cierro los ojos; estas manos fuertes me parecen las suyas. Los abro y es Raúl, no te confundas. Vuelve a la planta de mis pies: toma uno y lo soba, maquinal. Estará acostumbrado a tanto cuerpo, uno tras otro, sin marcas memorables: con más grasa, con menos pecas, con una sutura de apendicitis o de cesárea. Esas marcas igualadas por la reincidencia no persisten en el recuerdo, son apenas durezas que debe timbrar con sus huellas digitales, acupunturar.

Sus manos, de quién son.

Si olvido que es Raúl el que se está deslizando por mi pantorrilla, si dejo de fijarme en sus pestañas crespas, encrespadas, ya nada importa. Es un hombre, simplemente.

Un pequeño roce entre las piernas. No me atrevo a mirar atrás, hundo la cabeza en la almohadilla. Trago saliva, algo se pulsa ahí como una cuerda y emite una sensación perdida, sin que pueda controlarla.

Es mi padre, él.

Me mira serio, me está mirando.

¿Te has vuelto loca?, increpa. Puta. Hija de.

Es un error; y esta vez quisiera aclarar el equívoco, pero tampoco querrá escuchar. Aquí, papá, la que paga soy yo.

No me atrevo. Peor que puta, repite.

–Date vuelta, de lado. Así.

La caricia aceitosa me adormece; el roce sobre el abdomen, en espiral, más fuerte, más suavemente.

Ahora el torso… Estoy tosiendo, es difícil respirar. Mi madre me frota la espalda. Es el único instante que conservo de ella: murió antes de que supiera llamarla madre, antes de que pudiera apropiarme de sus gestos. Y sin embargo me pertenecen. Que me parezco a ella lo he oído decir a los vecinos que la conocieron. En el perfil, un rasgo de la sonrisa y en la mirada. Dicen que mi figura se curva como la suya. Cada vez más.

Incluso mi padre empezó a recalcar ese parecido como un reproche. Se refería a nuestro carácter alegre cuando estaba enojado, hablaba del movimiento de sus caderas al caminar y de su ondulada cabellera negra. Mencionarla lo ponía aún más furioso. Más cuando se terminaba el vino de la garrafa y detenía en mí su mirada de vidrio.

No siempre fue así, mi padre.

Años atrás, esos infinitos años de asfixia, él friccionaba mi pecho plano con una pomada blanca, olorosa, más y más cálida. Luego repetía sus manos enormes sobre los huesos de mi espalda, me daba unos golpes suaves hasta que tosiera, botara, recuperara el ánimo. Sonreía con tristeza, me abrazaba y yo lo sentía llorar apoyado en mí.

Nos dormíamos en su cama.

Casi no siento las manos de Raúl. Es curioso. Esto debiera provocar alguna sensación, esto, que me soben los pechos, los pezones. Nada. Toca como si no fuera una mujer sino un trozo de masa lo que está enmantequillando, lo que adoba sobre la bandeja del horno. Me dejo pan, pastel de carne; lo que quiera.

Mi padre desaprueba. Papá, no te pongas así. Nunca más quisiste acercarte a tu hija. ¿Quién iba a reemplazarte? ¿Marta? Está muerta. Eso dijiste: que había fallecido en un accidente de carretera. No se hablaría más del asunto ni visitaríamos su tumba. Como si no hubiera existido. Y quemaste todas las fotos.

Para que no sufras.

¿Quién está diciendo esto?

Tú. Para que tú no sufrieras; yo no sentía nada al oír su nombre, era sólo una referencia carente de intimidad, de rostro. Nunca hubo madre para mí. Hasta que empezaste a nombrarla.

La máquina vibra: ya las manos de Raúl no surten efecto y esta ruidosa caricia metálica vuelve a estremecerme. Comienza en la cara, faltaba trabajar esos músculos. Luego, un barrido por todo el cuerpo para acabar en el empeine, en la punta de los pies. Pronto va a acabar y me iré a dormir, exhausta. A la provisoria cama del hotel. La cama. Por tanto tiempo mi cama fue la suya, la de mi padre. Pero apenas cumplí los once tuve que acostumbrarme a dormir en la pieza del lado. No dejó que me quedara más con él: ya estás grande, ya no te asfixias.

Observaba silencioso cómo crecía.

Yo me ajustaba el vestido en el espejo que había detrás de su puerta y percibía un cambio en su expresión. Se iba a la cocina, se preparaba otro trago. Demoraba tanto como yo en vestirme y volver a ponerme el uniforme. Llegaba tambaleándose, sin mirarme, y entonces yo lo dejaba solo. Me daba miedo verlo así, me encerraba por horas en los momentos felices de las fotografías. A veces hasta me dormía torcida y despertaba con calambres.

Por las mañanas partía al colegio pensando en mi padre; volvería por la tarde y tú esperándome en la puerta. Prepararías la cena mientras yo dispongo la mesa, y me cuentas que en la oficina el trabajo, que en el taller el auto, que esta tarde vendrán tus amigos a hacernos compañía.

La puerta estaba a medio cerrar cuando llegué a casa.

Toqué.

En respuesta sólo obtuve silencio.

Corrí entre los muebles, tropecé en los pliegues de la alfombra, papá, papá, hasta entrar en la cocina.

Mal puesto en la silla, derrotado, con la cabeza entre las manos. En tu balbuceo hubo palabras que no alcancé a entender. Pero levantaste la cabeza, los párpados, y me miraste como si estuvieras absolutamente lúcido.

Fue sólo un momento.

Brindaste por la salud de mi madre con el vaso temblando en tu mano.

Con una sonrisa nada alegre me decías: Marta, a tu salud.

Y te levantaste en paso doble, y te viniste contra ella. Puta, maldita perra. ¿Recuerdas? Hija de, hija.

Intenté escapar, correr hacia la puerta.

Me detuve cuando oí lo que estabas diciéndome.

Que no eras mi padre. Y lo repetías.

Nunca te creí. Eras mi padre, el único hombre que he amado.

-¿Qué te ocurrió, tuviste un accidente?

Raúl ha posado su mano sobre las marcas.

No, que ya no me toque. Aparto su mano de ese lugar. Me muerdo los labios mientras contesto, dándole la espalda.

-Sí, un accidente.

Lina Meruane (foto)

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