El misterio que por siempre tendría el Censo 2012

francisco labbéEn las últimas cuarenta y ocho horas varios canales de televisión han entrevistado a Francisco Labbé (foto), el saliente director del Instituto Nacional de Estadísticas, INE, quien debió abandonar esa dirección por errores graves, cometidos en la realización del Censo de Población y Vivienda 2012, con el que Chile pensaba actualizar sus cifras para establecer estrategias de políticas públicas. El señor Labbé debe estar siendo investigado por la justicia ordinaria, pues tuvo a cargo el manejo de 30.000 millones de pesos del erario, prácticamente tirados a la basura. Una comisión designada por el director emergente que lo reemplazó, Juan Eduardo Coeymans, revisó lo actuado por el señor Labbé y encontró serios errores en la ejecución del Censo 2012, cuya preparación fue tardía. El señor Coeymans, al recibir el informe de la comisión, anunció que pedirá una segunda opinión, de un organismo internacional. Todo parece una catástrofe, tanto como para que el presidente Sebastián Piñera saliera a pedir perdón a todos los chilenos por el desaguisado del señor Labbé. Pero llama la atención la desbocada vehemencia con que el señor Labbé se ha mostrado en esas entrevistas. En un resumen tosco, su punto de vista es que: 1) el censo se hizo bien, muy bien, 2) el cambio de un “censo de hecho” a un “censo de derecho”, faltando ocho meses para su realización, fue una buena decisión, 3) la base de datos que ahora tiene Chile es formidable, 4) él nunca dijo que iba a ser el mejor censo de la historia del país, y 5) no entiende todo el alboroto que se armó. Escuchándolo, uno se pregunta si todavía no se ha informado que fue destituido, que se convocó una comisión de alto nivel y esa comisión encontró el censo un horror, y que en un gesto inédito y políticamente valiente el presidente Sebastián Piñera pidió perdón. Esto último, le importó bien poco. No es su problema. Lo último que dijo en su defensa es que hubo una “operación política”. Un complot de Estado. Sin especificar si ocurrió desde dentro, o desde fuera del Estado. Pero, en todo caso, ¡como en las películas! Como en Mentiras que matan (Wag the dog), en la que se inventa una guerra en Albania para cubrir un escándalo en la Casa Blanca. La operación política tenía el propósito de… ¿cuál propósito? No, no lo ha dicho el señor Labbé. Dijo que todo lo que hizo lo sabía su jefe, el ministro de Economía de ese momento, Pablo Longueira, y el presidente Piñera. Pero al momento de estallar el escándalo, el ministro Longueira ya no lo era, sino que precandidato presidencial udista. ¿Era acaso éste el objetivo del complot? ¿O el objetivo era desprestigiar el gobierno Piñera (caracterizado por yerros sucesivos, de distinto calibre, “piñericosas”), que este escándalo no le hacía falta? ¿De qué “operación política” habla el señor Labbé? El gobierno, en la persona del ministro del Interior, Andrés Chadwick, desechó esa versión. Lamentablemente, el señor Labbé no fue preciso. ¿Es como una “tincada” suya? Pero si lo dice, quizás lo haga ante el fiscal que lo investiga. Solo hasta entonces, quedan flotando incertidumbres de mayúscula dimensión. Me pregunto, en un esfuerzo de receptividad (de apertura mental), ¿y si Francisco Labbé, más allá de su rostro de enajenado, tiene razón? ¿Quizás quede, de este episodio (aún después del informe de la consulta internacional), un filón de historia nacional saturado por siempre de misterio?

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