En 1996 irrumpe Bolaño con ‘Estrella distante’

Tapa-Estrella-distanteCon ‘Estrella distante’ (ilustraciónRoberto Bolaño (28 de abril de 1953–15 julio del 2003) salió a la superficie y plantó el árbol de un ‘aquí estoy yo’, con magnífico recibo por parte de la crítica general, pese a las malas ventas. De modo que añadir a esto no es el objeto de mi comentario. Solo por ubicar al lector, se trata de la historia de un sujeto que todos daban por poeta pero era en realidad piloto de la Fuerza Aérea Chilena, moviéndose con soltura entre un mundo allendista, el quiebre del golpe militar que manchó la democracia, y el subsiguiente mundo pinochetista. Buscar a ese sujeto que un día desaparece, y encontrarlo con fines no declarados, convierte la novela en una de ‘enigma’ o ‘policial’.

De fácil lectura por su limpia sintaxis, con no muchas metáforas, ‘Estrella distante’ establece el advenimiento, según Patricia Espinosa (crítica mordaz con pocos amigos, al parecer, en el conventillo literario chileno), parodiando la vieja película de Barbra Streisand, de una luminaria: “Nace una estrella”. Así tituló su comentario en mayo de 1997, en el que declaró que con la ‘Estrella distante’ Bolaño se situaba “como uno de los mejores narradores chilenos de hoy”.

De los muchos comentarios favorables me identifico con la idea contenida en dos de ellos: sobre la influencia de Jorge Luis Borges, y sobre rasgos de Gabriel García Márquez. Quien lea esto último, dirá con razón que estoy desubicado enteramente, porque Bolaño hizo parte en México del movimiento ‘infrarrealista’, que pretendía despedazar la cultura oficial y la corriente en boga del ‘realismo mágico’ garciamarquiano. Así que, aparte minucias, comienzo por esto último al decir que veo esa influencia macondiana en extravagancias como la del poeta-piloto que escribe, en latín, con el humo de su avión, en los cielos de Concepción: Dixitque deus fiat lux et facta est lux (Y dijo Dios: Sea la luz y fue la luz), Et vidit deus lucem quod esset bona et divisit lucem a tenebris (Y vio que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas). De igual manera, es macondiano Lorenzo, sin apellido, que no tenía brazos, se volvió pintor y era homosexual.

Pero, sobremanera, veo al admirador de Borges. Se expresa en la apelación a sus lecturas propias como referentes de la narración. Menos sesudamente que Borges en textos como los de ‘Otras inquisiciones’, donde las lecturas e intertextualidad corresponden a pesquisas relativas a delicuescencias entre sueño y realidad, por ejemplo, y esto se convierte en textos en sí, nuevos y reveladores, en Bolaño ocurre, más bien, la enumeración de autores y títulos de libros.

Tengo la primera edición impresa en Chile, de Anagrama, en mayo del 2013, Colección Compactos, en la que Bolaño suelta una catarata de nombres, la mayoría reales (y los anoto), a lo largo de sus 157 páginas: Enrique Lihn, Joyce Mansour, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Violeta Parra, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, Nicanor Parra, Denise Levertov, Nicasio Ibacache, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, al propio Jorge Luis Borges, Jorge Cáceres, Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Pezoa Véliz, Magallanes Moure, Braulio Arenas, Armando Uribe Arce, Gonzalo Rojas, Juan Luis Martínez, Óscar Hahn, Gonzalo Millán, Claudio Bertoni, Jaime Quezada, Waldo Rojas, Diego Soto, Dickens, Makarenko, Maiacovski, Gramsci, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, George Perec, Pedro Pereda, Alain Jouffroy, Denis Roche, Marcelín Pleynet, Michel Bulteau, Pierre Tilman, Daniel Biga, Jardiel Poncela, Sophie Podolski, Pierre Guyotat, Vásquez Montalbán, Juan Madrid, Gómez Carrillo,Guerau de Carrera, Virgilio, Pía Valle, Tatiana von Beck Iraola, Francois-Xavier de Maistre, Octavio Pacheco, Arturo Prat, Patricio Lynch, Philip K. Dick, Graham Greenwood, Octavio Paz, Díaz Casanueva, Heráclito, Empédocles, Esquilo, Eurípides, Simónides, Anacreonte, Calímaco, John Ford, Charlotte Rampling, William Beckford, Salvador Allende, Víctor Hugo (Jean Valjean), Paul Newman, García Márquez, Jules Defoe, Raoul Delorme, Joanna Silvestri, Gautier, Balzac, Maupassant, Stendhal, Lamartine, Sabrina Martin, Ilse Kraunitz, M. Poul, Antoine Dubacq, Xavier Rouberg, Salvador Dalí, John Cage, Julián del Casal, Bruno Schulz y Edward G. Robinson.

Una lista de lugares y ciudades, tan amplia como la anterior, también podría hacer, pero no lo haré.

Me parece que estas referencias son la clave para una lectura distinta, de un texto literario que aparece como novedad. Porque son todos estos nombres, de personas y de ciudades, lo que ‘empatiza’. Nombres que les dice a los lectores, en particular jóvenes (y al joven escritor también), que pueden hacerlo, que les va a ‘quedar lo más de bien’. Es como el que aprende a montar en bicicleta y se regodea ante los que no saben, pero después, todos saben que es fácil pedalear.

Entonces fue, para mí, como si Bolaño dijera: “Miren, no solo Borges lo hace, yo también”. Y por extensión, un tácito “y usted también lo puede hacer”. Ya sabemos que muchos otros autores, detrás de Bolaño, lo empezaron a hacer, y lo siguen haciendo, no solo en Chile (Alejandro Zambra en ‘Bonsai’, por ejemplo), sino en toda Latinoamérica.

Arriba usé la expresión “intertextualidad” para indicar esta abundante ‘referenciación’ que, prodigiosamente, acerca al lector al texto que lee. El lector, piensa: “A este autor ya lo leí, sé de qué me habla Bolaño”, o puede pensar también: “Voy a leer ese autor que menciona acá”.

Digo “prodigiosamente”, porque esa es la esencia del ‘truco’. Se acabaron los textos que me hablan de cosas que debo permanentemente imaginar, en otros países y continentes, porque con Bolaño sé de lo que me habla. Bolaño establece familiaridad. Eso es lo que ocurre. O, al menos, lo que veo de la lectura de ‘Estrella distante’, que es hoy una de las novelas con más traducciones, después de ‘Nocturno de Chile’, y merecedora del puesto decimocuarto, de entre cien, de las mejores novelas (a juicio de críticos y escritores).

De contera, Roberto Bolaño también les dijo –con su actitud– a los jóvenes escritores, que sí podían hacerlo, que se animaran, que no hacía falta abundar en figuras literarias para construir una buena frase, o una atmósfera interesante, y que podían jugar con yuxtaposiciones del tiempo, por ejemplo, para crear su magia.

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