‘El cuaderno rojo’ de Paul Auster

?????????????????“En la misma línea, a pesar de abarcar un período de tiempo más corto (unos meses en lugar de veinte años), otro amigo, R., me habló de cierto libro inencontrable que había estado intentando localizar sin éxito, husmeando en librerías y catálogos en busca de una obra supuestamente excepcional que tenía muchas ganas de leer, y cómo, una tarde que paseaba por la ciudad, tomó un atajo a través de la Grand Central Station, subió la escalera que lleva a Vanderbilt Avenue, y descubrió a una joven apoyada en la baranda de mármol con un libro en la mano: el mismo libro que le había estado intentando localizar tan desesperadamente.

“Aunque no es alguien que hable normalmente con desconocidos, R. estaba tan asombrado por la coincidencia que no se pudo callar.

“–Lo crea o no –le dijo a la joven–, he buscado ese libro por todas partes.

“–Es estupendo –respondió la joven–. Acabo de terminar de leerlo.

“–¿Sabe dónde podría encontrar otro ejemplar? –preguntó R.–. No puedo decirle cuánto significaría para mí.

“–Éste es suyo –respondió la mujer.

“–Pero es suyo –dijo R.

“–Era mío –dijo la mujer–, pero ya lo he terminado. He venido hoy aquí para dárselo”. (páginas 41 y 42.)

De este tenor son las historias de ‘El cuaderno rojo’ (sello Booket, Editorial Planeta, 2012, traducción de Justo Navarro y Damián Alou, 106 páginas) de Paul Auster (foto), con un subtítulo: Historias verdaderas. (Y en varias de las pequeñas historias aquí narradas, el autor no tiene empacho en declarar que eso que está contando, o acaba de contar, es ver-da-de-ro, y no sé por qué lo hace si en verdad lo son.)

Terminé de leer el libro y me quedó una sensación de no haber leído al monstruo del que hablan cuando se refieren a Paul Auster. Y también pensé, si un texto con estas características de elementalidad, lo presenta un autor cualquiera a una editorial en Chile, ¿qué harían con él? Porque estamos hablando de unos relatos cortos sobre “las coincidencias de la vida”. Eso es todo. Sobre el punto de encuentro de la sucesión de eventos que se expresan como azar, como coincidencia, como magia. De modo que son historias sencillas en las que A le lanza una moneda a B, éste la pierde, y unas horas más tarde B encuentra una moneda de la misma denominación que había necesitado al principio y pedido a A. O sobre la amistad vieja entre A y B que, con el paso del tiempo, B descubre que los padres o abuelos de A vivían en el mismo edificio de los de B, y solo ahora lo nota B.

De ese tenor son las historias. Confieso que en varias pensé que las cosas narradas estaban puestas ahí muy convenientemente: la gota de agua que en cuestión de minutos se convierte en llovizna que se convierte en aguacero que se convierte en rayos y truenos que se convierten en ataque de centellas eléctricas desde el cielo que se convierten en el amigo que está a solo unos centímetros alcanzado por ese rayo y el impacto se convierte en un estado de gravedad que se convierte en la muerte del amigo. ¿Por qué el amigo, que estaba a unos centímetros, y no él? Es el tipo de corolario de las historias.

Me quedé pensando en los contenidos de los textos que se publican en los Estados Unidos y Europa, y los de Latinoamérica. Acá se prefiere la truculencia, el rebuscamiento, la rimbombancia, o de lo contrario no se está ‘haciendo literatura’ y menos ‘con imaginación’. No sé si ocurra porque nos quedamos pegados (empleo el “nos” por cortesía) con el realismo mágico (que a partes iguales nos redimió y nos condenó, creo yo). Pero mientras en Paul Auster el realismo mágico se limita a coincidencias de un oficinista o del mismo escritor, el realismo mágico nuestro es aparatoso con la sangre del agónico herido que empieza a reptar por calles y plazas del pueblo hasta que llega a la destinataria del mensaje que contiene.

‘El cuaderno rojo’ me pareció una lectura amena, solamente, que invita a reflexionar sobre las cosas sencillas. A aguzar los sentidos para entrever la trama de la vida en hilos casi invisibles que tienen siempre una motivación. Y claro, exaltamos que sea de Paul Auster. Porque si se tratara de un autor argentino, o colombiano, o chileno (distinto a Alejandro Zambra, Hernán Rivera Letelier, Álvaro Bisama, Rafael Gumucio, Sergio Gómez, Carlos Labbé o Pablo Simonetti y otro puñado conocido), yo creo que ‘El cuaderno rojo’ (a menos que fuera de alguno de los mencionados) se consideraría simple, elemental, sin trama, fácil, digno de un ‘escribidor’ y, obviamente, ¿publicarlo?, ¿para qué?

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4 Respuestas a “‘El cuaderno rojo’ de Paul Auster

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Este espacio me parece estupendo. Gracias por la calidad y el esfuerzo. Elda Forcatto

  3. Pingback: “Mesa para dos”, de Lori Peikoff | JulioSuarezAnturi

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