‘La vorágine’ de José Eustasio Rivera

José Eustasio RiveraVuelve uno a abrir el libro y surge otra vez la exuberancia narrativa, la riqueza del lenguaje, la certeza de la frase y el drama del amor frustrado y la denuncia de trata de personas, y las matanzas, en medio de un paisaje inhóspito como la selva. La formidable novela ‘La vorágine’ se publicó en Colombia en noviembre de 1924, convirtiéndose en un hito actual del modernismo literario hispanoamericano.

Su autor, José Eustasio Rivera (foto), poeta eximio también (‘Tierra de promisión’), murió a los 40 años, el primero de diciembre de 1928 en Nueva York, cuando avanzaba en su segunda novela, ‘La mancha negra’, e intentaba una nueva edición de La Vorágine y su traducción al inglés, así como su adaptación al cine, sin éxito.

José Eustasio Rivera logra que ‘La vorágine’ (Editorial Andrés Bello, 1981, 246 páginas) la escribiera un hombre pudiente que huía con Alicia de los manierismos de la sociedad bogotana, Arturo Cova, a quien, finalmente, se lo tragó la selva. En una nota final, destinada al viejo Clemente Silva, quien estaba en las caucherías buscando a su hijo e hizo amistad con el narrador, Arturo Cova dice: “…le dejo este libro, para que en él se entere de nuestra ruta por medio del croquis, imaginado, que dibujé. Cuide mucho esos manuscritos y póngalos en manos del cónsul; son la historia nuestra, la desolada historia de los caucheros”.

La novela tiene una fuerza particular, desde esa primera frase, “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”, porque la aventura no se detiene, en llanos y selvas, con una dosis exacta de apasionamiento que convulsiona la existencia y se mezcla con el ‘temperamento’ del paisaje, que se vuelve otro protagonista más. Raptos de lirismo, que se echan de menos hoy, delinean ese entorno: “¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mis aspiraciones y el cielo claro, que solo entreveo cuando tus copas estremecidas mueven su oleaje, a la hora de los crepúsculos angustiosos. (…) Tu eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso, que eran ya decanos cuando las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el hundimiento de los siglos venturos”.

Escenas crudas, igualmente: “Vi que Millán con emulador aceleramiento tendía su caballo sobre la res; mas ésta, al inclinarse el hombre para colearla, lo enganchó con un cuerno por el oído de parte a parte, desgajándolo de la montura, y llevándolo en alto como a un pelele, abría con los muslos del infeliz una trocha profunda en el pajonal. Sorda la bestia a nuestro clamor, trotaba con el muerto de rastra, pero en horrible instante, pisándolo, le arrancó la cabeza de un golpe, y aventándola lejos, empezó a defender el mútilo tronco a pezuña y a cuerno, hasta que el winchester de Fidel, con doble balazo, le perforó la homicida testa”.

Eso en las llanuras, y en la selva los árboles tienen vida: una vida que va más allá de su propia presencia y alcanza a manipular la de los hombres que se adentran en su espesura. “El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma de presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la acechanza. Los sentidos humanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama”. “…creo acertar en la explicación: cualquiera de estos árboles se amansaría, tornándose amistoso y hasta risueño, en un parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos, o agresivos, o hipnotizantes”.

Pongo ‘La vorágine’ a la altura de ‘Cien años de soledad’, con los 43 años de diferencia en su nacimiento.

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