Sobre ‘Vida y época de Michael K’ de Coetzee

Coetzee-Michael KEs la historia de un hombre simple, sin vocación, sobre el cual levanta la metáfora de la libertad. El libro ganó el Premio Booker, en 1983, como la historia de un superviviente de la guerra civil sudafricana. Su autor, John Maxwell Coetzee, ganó, en el 2003, el Premio Nobel de Literatura. Nacido en la Provincia del Cabo en 1940, se nacionalizó australiano en el 2006.

En una reseña se dice que el libro relata “la necesidad de tener una vida interior espiritual, de cultivar los vínculos con el mundo en que vivimos y de tener una visión pura de las cosas”. En mi lectura, es la historia de un hombre de labio leporino, condición que a partes iguales lo condena y le sirve, cuya misión de llevar a su madre a Prince Albert lo hunde en un terrible mundo absurdo de papeleos y líneas divisorias, de la vida civil durante la guerra. Guerra que se deja ver apenas, con hombres armados que recorren con un vaho amenazador las tierras todas.

La novela (tapa; Mondadori, Barcelona 2006, traducida por Concha Manella) tiene tres capítulos: uno, hasta la página 134, y los otros dos completan las 187 páginas de esta edición. Y comienza así: “Lo primero que advirtió la comadrona en Michael K cuando lo ayudó a salir del vientre de su madre y entrar en el mundo fue su labio leporino”. Voy a ser muy sincero, a pesar de la exaltación que ha tenido el libro: el primer capítulo es árido, carente de tropos, un poco efectistas con sus imágenes, y asfixiante, si era el resultado que buscaba Coetzee.

La referencia que hace con el apellido “K”, a el K de Kafka, es evidente. Lo narrado de Michael K cae en lo absurdo, en lo dislocado, lo fantasmal. En la página 55 me atreví a anotar que parecía un zombi, siendo un desarrapado. En la página 68, el propio Michael nota que lo invade “la antigua estupidez irracional”, y nota que los demás “creen que soy un idiota de verdad”.

Su aspecto es particular, desarrapado, y su lengua muda. Es como ver a un idiota, y esa idiotez la reconoce de nuevo Michael en la página 71: “Sentía que la estupidez le envolvía de nuevo como la niebla”. Entonces, un sujeto de 32 años, con ese atuendo y mudo, es el que termina por vivir un tiempo, no sé si posible, en medio de la guerra que se lleva a cabo en todas partes, pero que no se ve, en un estado primitivo, plantando calabazas y escondido en un hoyo para no ser visto.

Cuando dije efectista me refería a frases como esta, en la página 72: “Encendió un fuego y asó una lagartija que había matado con una piedra”. En estas condiciones, el protagonista puede reflexionar de la siguiente manera (73): “…; y estoy seguro de que ahora, que soy el único en todo el mundo que sabe donde estoy, puedo darme por perdido”. Para ese momento, comía, además, larvas de escarabajos, saltamontes y raíces.

La metáfora de la libertad se elabora también con la idea de la pérdida de contacto no solo con la sociedad sino con los paradigmas de ella. Dice, en la página 111: “Soy uno de los afortunados que ha escapado de cualquier vocación”. Y esta es una idea poderosa, que no pareciera propia de Michael K, justamente en medio de la guerra en la que todos son “algo”, lo cual añade absurdidad a la vida y época de Michael K. Absurdidad que recuerda, al menos a mí, a El extranjero, de Albert Camus.

Sin embargo, a ese Michael K, evidentemente un idiota a los ojos de los demás, un indigente, un ido, es tomado preso porque no tiene identificación ni permiso de deambular en medio de la guerra. Y es llevado a un campamento, donde viven “los olvidados, las mujeres y los niños, los viejos, los ciegos, los lisiados, los idiotas, gente que no cuenta más que historias de supervivencia”. Pero escapa de allí, y uno de los personajes que lo conoció hace una sublime reflexión (página 168), que fortalece la metáfora de la libertad elaborada por Coetzee: “El Estado cabalga sobre la espalda de los siervos de la tierra como Michaels; devora los productos de su esfuerzo, y a cambio se caga en ellos. Pero cuando el Estado marcó a Michaels con un número y se lo tragó, perdía el tiempo. Porque las tripas del Estado no han digerido a Michaels; ha salido de sus campamentos tan intacto como de sus colegios y orfanatos”.

Al final, cuando aún no defino la sensación que me deja el libro, si de aridez, desazón o de haber asistido a una sucesión de escenas adecuadamente encadenadas, sobre un personaje tan particular como Michael K, éste está “flaco como un rastrillo y con la cabeza en las nubes”. Y se dice de él, que piensa (página 186): “…era mudo y estúpido al principio, seguiré siendo mudo y estúpido hasta el final. No hay que avergonzarse de ser un simple”.

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