Herta Müller, poética al campo de concentración

Tapa libro Herta MüllerEste es un libro que se lee como de cuentos, aunque su autora lo escribió como novela. La idea original era la de escribir la novela de la vida de Oskar Pastior, un alemán que había estado en los ‘campos de trabajo’ rusos, tras la caída del nazismo; “él contaba y yo anotaba”. Novela que sería escrita en primera persona del plural, “nosotros”, pero a la muerte de Pastior en el 2006 decidió despedirse del pronombre y terminó usando la primera persona singular. A mi juicio, lo que escribió son unos cuentos hermosos, desgarradores, lúcidos.

El libro se titula ‘Todo lo que tengo lo llevo conmigo’ (tapa), y la autora es Herta Müller. El libro es toda una experiencia humana y literaria. Lepold Auberg es el narrador, y el texto fluye en forma de autobiografía, o de diario. Los títulos de los 64 capítulos traslucen esta percepción: Sobre hacer la maleta, Las mujeres de la cal, Sobre las personas severas, Sobre la pala del corazón, Sobre el ángel del hambre, La bufanda de seda burdeos, En el espacio en blanco bajo la línea, Tengo un plan, Cuadernos rayados, La ligereza del heno, Soy todavía el piano, Sobre los tesoros, Cada turno es una obra de arte…

La lucidez con que está escrito el libro (llamémoslo ‘libro’ para no categorizar novela o cuentos) remonta la metáfora elemental, el facilismo y revela una enorme capacidad de observación y el empleo de mucho tiempo de reflexión sobre el material literario. En este sentido, es un libro honesto, con 268 páginas de la colección ‘Punto de lectura’ de Ediciones Santillana, de impecable escritura.

Así describe, en uno de los capítulos, la situación general: “El campo de concentración es un mundo práctico. Uno no puede permitirse sentir vergüenza u horror. Se actúa con una indiferencia estable, quizás con acobardada satisfacción. Esta no tiene nada qué ver con la alegría por el mal ajeno. Creo que cuanto más disminuye el temor a los muertos, más apego se tiene a la vida. Más aumenta la disponibilidad para cualquier mentira. Uno se convence de que los ausentes han sido trasladados a otro campo. Lo que sabes no vale, crees lo contrario. Igual que el tribunal del pan, la recolección solo conoce el presente, pero no actúa con violencia. Transcurre de manera objetiva y tranquila”.

Y un par de párrafos adelante: “Trudi añade a esta canción que durante todo el invierno los muertos permanecen unas cuantas noches apilados y cubiertos con la nieve que se amontona en el patio trasero hasta que se endurecen lo suficiente. Que los enterradores son unos haraganes, que se limitan a partir los cadáveres en trozos para no tener que cavar una tumba, sino un simple agujero”.

El narrador establece instancias, limbos posibles en un lugar como ese, tales como el tribunal del pan, la pala del corazón, el crimen del pan o el ángel del hambre, solo con el propósito de hacer soportable su suerte. Son estados del alma, pero hacen referencia a situaciones cotidianas, y pueriles, como son casi todas las cosas en un campo de concentración. A este tipo de escenarios, descrito bajo el título de ‘Del pan propio al pan de mejilla’, me refiero: “Por la noche, delante de la sopa de col, se intercambia pan, porque el pan propio parece siempre más pequeño que el ajeno. Y a los demás les sucede lo mismo.

“Antes del intercambio se produce en el cerebro un momento de vértigo, e inmediatamente después del cambio, otro de duda. Después del cambio, en la mano del otro, el pan del que acabo de deshacerme es más grande que el que yo poseía. Y lo que he recibido se ha encogido en mi mano. Qué deprisa se vuelve el otro, tiene mayor vista que yo, ha salido ganando. Tengo que volver a cambiar. Pero al otro le sucede lo mismo, cree que he salido ganando yo y se dispone a efectuar un segundo cambio. Y el pan se encoge de nuevo en mi mano. Me busco a un tercero y cambio. Otros comen ya. Si el hambre lo soporta un rato más, llegará el cuarto truque, el quinto. Y cuando ya no se pueda remediar se produce el cambio de regreso. Entonces vuelvo a tener mi propio pan”.

Obviamente el pan es un elemento central en el campo de trabajo ruso de la posguerra. “Hoy creo que Fenja repartía las tres variedades de pan que yo conocía entonces. La primera era el pan cotidiano de Siebenbürgen, el del Dios evangélico, ácido, hecho desde siempre con el sudor de su frente. La segunda era el pan integral pardo de las espigas doradas de Hitler, el del Reich alemán. Y la tercera era la ración de jleb en la balanza rusa. Creo que el ángel del hambre conocía esa trinidad del pan, y la aprovechaba”.

Oskar Pastior, que en el libro es Lepold Auberg, no era un nazi, y casi ninguno de los que estaban allí. Pero pertenecían a esa nación prepotente con ínfulas del gran patrón del mundo, y ahora las personas, los alemanes corrientes, debían poner su cuota de sangre en la reconstrucción de Rusia victoriosa. Este es el ámbito que respira el libro.

La minuciosidad con que Herta Müller narra las cosas, la presencia de los piojos o la maleta de las pocas pertenencias, está llena de poesía. Se refiere a momentos que saltan de la simplicidad a las razones de la vida, como cuando Leopold regresa a casa: “Había olvidado comer con cuchillo y tenedor. No solo se me contraían las manos, también tenía problemas con la deglución. Yo sabía lo que era pasar hambre, y sabía así mismo como se estira o devora la comida cuando por fin se dispone de ella. Ya no sabía cuánto tiempo había que masticar y cuándo tenía que tragar para comer con educación. Mi padre se sentaba frente a mí, y el tablero de la mesa me parecía medio mundo. Él me miraba con los ojos entrecerrados y ocultaba su compasión. En el parpadeo resplandecía entonces todo su espanto, como la piel de cuarzo rosa de su labio interior. La abuela era la que más consideración mostraba conmigo, sin demasiadas alharacas. Seguramente preparaba las sopas espesas para que yo no me torturase con el cuchillo y el tenedor”.

En medio del desgarro, que se narra siempre como resultado de la comprensión y la reflexión previa, surgen expresiones hermosas que no pude dejar de subrayar. Algunas son: “…enseñé a mi nostalgia a mantener los ojos secos”, “de qué vas a avergonzarte cuando careces de cuerpo”, “por qué de noche quiero tener derecho a mi desgracia”, “no quisimos reconocernos por nuestro propio bien”, “cerró los ojos, y las tapas de sus ojos eran de papel”, “su sonrisa era una acechanza”…

Sin embargo, la potencia de la narración de aquel mundo de miseria humana está lejos de permitir que el texto sea meloso, quejumbroso u oxímoron. La narración es pausada, puede disolverse en el detalle y parecer fría, pero es una mina de metáforas y poesía. Resulta ser una experiencia su lectura. Los remates de cada cuento o capítulo surgen casi siempre de manera magistral. No en vano obtuvo el Nobel de Literatura en el 2009. Me quedo con la reseña de la contratapa, del Frankfurter Allgemeine Zeitung: “Una conmovedora obra que consigue, con un lenguaje de enorme sensibilidad, traer luz a los tiempos oscuros”.

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