‘Cambios’ de Mo Yan

Cambios-Mo Yan2“También comíamos empanadillas, después de hacer dos horas de cola, en el puesto que hay en la esquina de Xidan. Eran empanadillas de carne de cerdo, muy jugosas, hechas a máquina. La máquina estaba dentro, detrás del mostrador que daba directamente a la calle; fuera había una docena de mesas. En aquella época me pareció un invento formidable: que se echaran la harina, el agua y la carne por un lado, y por el otro cayeran las empanadillas ya preparadas directamente a la olla de agua hirviendo, era algo inconcebible.

“Cuando se lo conté a mi madre a la vuelta, ella ni se lo creyó. Retrospectivamente debo admitir que esas empanadillas que embutía la máquina tenían la masa gruesa y poco relleno, y la mitad de la carne se quedaba en el agua de cocción; resultaban feas de ver y malas de comer. Pero en aquella época, comer empanadillas hechas a máquina junto al mercado de Xidan constituía una buena manera de fanfarronear a la vuelta. Ahora ya hace tiempo que nadie come empanadillas hechas a máquina, y todos los restaurantes especializados en empanadillas dejan bien claro en sus letreros que son hechas a mano. Antes, cuanta más grasa llevaba la carne, mejor; ahora, en cambio, lo que está de moda son las empanadillas de verduras. En cosas así se ve cómo cambia todo”.

Este es el tono y el tipo de vivencias que narra Mo Yan en su corto libro Cambios (ilustración), una suerte de autobiografía, en la que cuenta su lucha por ‘ser alguien’, en una China masificada cuya aspiración juvenil era la de pertenecer al Ejército de Liberación o trabajar para el gobierno, en los términos en que lo había dejado Mao Tse Tung (actualmente con la grafía de Mao Zedong; “…luego otra cola para visitar el mausoleo del presidente Mao y rendir homenaje a sus restos mortales. Mientras contemplaba al presidente tendido en el sarcófago de cristal, recordé la sensación de cataclismo que había tenido dos años antes al oír la noticia de su fallecimiento; el desengaño al descubrir que en el mundo no había dioses. Ni en sueños habríamos creído que el presidente Mao moriría un día, pero murió. Creíamos que si moría el presidente Mao, sería el fin de China. Pero llevaba dos años muerto, y el país no solo no había llegado a su fin, sino que iba mejorando paulatinamente: se había restablecido el examen de ingreso a la universidad, en el campo habían sido anuladas las calificaciones incriminatorias de “terrateniente” y de “campesino rico”, las familias campesinas estaban mejor alimentadas, y el ganado de los equipos de producción engordaba. Incluso alguien como yo podía fotografiarse en la plaza Tian’anmen y ver con sus propios ojos los restos mortales del presidente Mao”).

No es un libro pretencioso, como se ve, tanto en el lenguaje como en la temática. Cuenta, como si hablara en una reunión familiar o con amigos, sus experiencias durante el proceso en que quiso escritor y, finalmente, lo logró. Su padre no lo creía, cuya fidelidad a lo largo de su vida al gobierno y al Ejército de Liberación le había reportado mucho menos que la literatura a su hijo.

“En septiembre de 1981, tras sucesivos rechazos, por fin publiqué en la revista Lianchi de Boadidg mi primera novela, Chun ye yu feifei (densa lluvia en la noche primaveral). En la primavera del año siguiente, la misma revista me publicó Chou bing (el soldado feo). Ahora bien, un soldado raso que desempeñaba las funciones de un oficial, que en sus clases hablaba sin parar, desgañitándose, de teoría marxista y al mismo tiempo era capaz de escribir novelas, por fuerza tenía que llamar la atención. (…) En otoño de 1984 aprobé el examen de ingreso al Departamento de Literatura del Instituto de Arte del Ejército de Liberación. Poco después escribí una novela que tuvo éxito, Touming de hong luobo (el rábano transparente), y luego Sorgo rojo, que causó sensación”.

Este libro, Cambios, se publicó en español después de haber recibido Mo Yan el Nobel de Literatura, de modo que alguno podría decepcionarse. Porque es un libro fácil, sin pirotecnias (de las que son usanza), anticipando sus memorias. Con reflexiones tan sencillas como que “de los cincuenta en adelante, uno no tiene memoria para las cosas recientes, pero las del pasado las recuerda cada vez mejor”, o “el dinero no lo puede todo –pensé–, pero el que no tiene dinero no puede nada”.

Una grata lectura que comienza así: “Se supone que debería escribir sobre lo acontecido a partir de 1979, pero mis pensamientos franquean ese límite y vuelan hasta esa tarde otoñal de 1969 en que resplandecía el sol, brillaban los crisantemos amarillos y los gansos salvajes iban hacia el sur. En ese punto, mis recuerdos se fusionan conmigo, y mi memoria deviene mi yo de entonces: un niño que había sido expulsado de la escuela pero…”

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