‘Girasoles a la vinagreta’ de Lina María Pérez

lina maría pérez gaviriaEl silencio retumba en los corredores de la caleta, esa tumba enorme diez metros bajo tierra. Recostado contra el muro de hormigón, Graciliano Gómez, irreconocible en su facha de pordiosero, despierta con hambre atroz. Estar vivo le supone un reto para decidir si recurre al suicidio o si se deja morir de inanición. Aturdido por un presentimiento, pega el oído a la puerta cerrada del taller. Espera oír los ruidos sutiles, a veces amodorrados, pero al fin ruidos de pasos breves, de pinceladas y trajín de tubos, frascos y papeles. Dos cerraduras y una pesada tranca parecen tareas sobrehumanas contra sus movimientos lerdos, el escalofrío y la debilidad. La puerta cede, por fin, bajo su pulso tembloroso. Sobre el enorme caballete, los trazos incipientes de La Gioconda, y tendido sobre el suelo, entre una pila de bocetos, el cadáver enjuto de Marcial García con las manos agarrotadas y los ojos espantados. ¡Maldito! Su prisionero se dejó morir, ganó la partida al poner fin a un cautiverio de tres años tortuosos.

Graciliano Gómez, el mañoso narcotraficante, había sometido al reconocido plagiario con el fin de que se dedicara a reproducir las obras más sublimes de la pintura universal para su exclusiva posesión. Los cuadros que había visto en los museos de Europa, al contrario de escupirle en la cara su insensibilidad y su ignorancia, le revelaron una aptitud oculta para las conmociones estéticas. Salvo el caudal de dinero de sus negocios, el delirio de posesión de las imágenes se convirtió en el objeto de su fanatismo. No fue difícil encontrar a Marcial García. Al principio lo compró con privilegios, y tramposo de la cabeza a los pies, el falsificador se dejó seducir con una patraña: vida a cuerpo de rey, y un pago garrafal para seducirlo con la idea de retirarse de las bajezas, de la clandestinidad.

Hastiado de cultivar el arte del engaño, y amenazado con nubes diminutas en sus ojos y un imperceptible temblequeo de la mano imitadora, encontró en la propuesta de Gómez el aliciente para mandar al diablo las paletas y las lupas. Qué más daba el dinero sucio si desde los 20 años estaba cubierto de porquería. Los tres primeros días fue tratado como huésped de honor, con cuarto y servicios excedidos para su condición de miserable estafador. Vagabundeó por la mansión amurallada en El Retiro, el barrio de los millonarios. Su jefe le mostró el taller dotado de pinturas de todas clases y artilugios electrónicos de alta precisión a los que nunca había tenido acceso. Confiaba en su talento para robar talento, y estaba seguro de cumplir a cabalidad el capricho demencial de Gómez. La puerta cerrada reveló que a partir de ese momento el huésped de honor se había convertido en esclavo en un encierro humillante, con una tarea abrumada por la obsesión de su carcelero.

Cuando notó los primeros movimientos de las tropas para apresar a Gómez, García pensó en su libertad. Estaba empalagado; el plan calculado de plagios para el mafioso lo había llenado de amargura, de rabia. Desde la ventana del taller miró cómo se cumplía la estrategia para cazar la presa. Pediría ayuda a los policías apostados en la calle. Intentó romper un vidrio. Una mano imprevista agarró su hombro y una llave de judo lo redujo al desamparo mientras una aguja helada pinchó su muslo. Despertó en la caleta en un improvisado taller, con la orden de continuar el plan sin comodidades, apenas lo necesario para subsistir “hasta que logremos regresar a la superficie a capotear la clandestinidad”. Una puerta con doble cerradura y una pesada tranca exterior lo condenaron de nuevo a otra lastimera prisión. Ese debió ser el último recuerdo de García cuando expiró en medio de apuntes de Da Vinci, pinceles y espátulas y las tripas pegadas al espinazo.

No previó Graciliano Gómez su propio final de rata hambrienta: sin comunicación con el mundo exterior, los huesos en harapos, desposeído de sus afectos familiares, del carrusel de puticas y de la nómina de guardaespaldas y servidores. Lo peor, la encrucijada insoportable ante la amenaza de las traiciones. La caleta fue construida para sobrevivir seis meses con comodidad, pero ahora es un enorme sepulcro que hace tiempo no recibe provisiones. Del cuarto repleto de billetes se ha servido para encender hogueras cuando el frío se le mete en el cuerpo al pensar en sus perdidos privilegios de pícaro. La muerte de García mata también la falsa e inútil ilusión de completar su galería mentirosa. Desamparado y sin alientos para sortear las partidas que le juega la cordura, no tiene mucho qué perder.

Arrastra su cuerpo desfallecido entre latas, desperdicios y hedores acumulados durante los meses de encierro. En su bunker-museo la atmósfera es limpia y sin huellas de las inmundicias de los cuartos vecinos. Un fuerte olor a óleo y acuarela lo alienta. Van Goghs y Boteros, Picassos y Monets, Goyas, Rembrandts y Grecos reproducidos para él por su plagiario difunto, cuelgan, inocentes de su farsa majadera. Los ojos dementes de Graciliano Gómez se deslumbran ante su remedo de museo universal.

El hambre ciega el entendimiento y estrangula su mirada patética. El hueco en su estómago se expande hasta el delirio. El espejismo de colores, esfumatos, turgencias y volúmenes le sugieren la idea de vencer la proximidad de la muerte o la terquedad de la vida. Da lo mismo. Armado con una afilada daga mutila los lienzos seleccionando aquello que el ayuno transforma en manjar: pica girasoles y lotos; rebana muslos macizos, brazos mofletudos y cachetes rollizos; amputa la deformidad geométrica de ojos, bocas, orejas, narices. Contempla reflejos serenos de luz en aguas azules y bosques tupidos de verdes con montañas nevadas. Su emoción termina por perturbarlo y el cuchillo obedece la orden.

La ensalada-collage está servida en fuente de plata. El frasco de barniz se disfraza de vinagreta francesa para bañar su merienda urgente. El arrebato surte efecto en la boca, en la lengua, en el estómago hambriento. Es el desquite de las vigilias con la exquisita mezcla multicolor. Ignora los cubiertos, su voracidad no da espera. Con las dos manos se atraganta, casi sin respiro, hasta devorar por completo el simulacro de alimento. Graciliano Gómez se recuesta en el suelo con la mente en blanco y un calambre agudo en el vientre. El eco de un alarido desgarrado se paraliza entre los muros. Por la comisura izquierda de su boca espectral escurre una espesa baba de colores.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

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