‘Los curiosos’ de Juan Gabriel Vásquez (premiado)

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Durante la mañana comenzamos a darnos cuenta de que ya éramos varios, pero nadie puede asegurar ahora quiénes llegaron primero y quiénes después, nadie puede establecer esas primogenituras banales. Siempre ocurre igual en el lugar de una tragedia: los curiosos se van agolpando poco a poco, sin método ni constancia, como el agua acumulada, y de repente hay una multitud donde antes había solo un vagabundo desocupado. Y así nos ocurrió a nosotros junto al río Medellín. Podemos pensar que los primeros llegaron a la orilla y se pararon entre la hierba crecida, sin saber muy bien dónde pisaban –sintiendo en las suelas de los zapatos la superficie incierta y barrosa de la ribera–, y manteniendo siempre varios metros de distancia con la línea de bomberos, para no estorbar. Los siguientes buscaron un espacio debajo del puente, en la plataforma de concreto donde nacen los pilares, porque desde ese lugar se tiene una mejor visión de las maniobras, y en algún momento alguien pensó que ya lo sucedido no era una cuestión de interés pasajero, y se acomodó arriba, sobre el puente, la pierna doblada y los codos apoyados en la baranda amarilla.

Muy pronto ese puente con nombre de tira cómica (Horacio Toro, se llamaba y se llama todavía) se fue llenando con nuestros ruidos, con los roces de las chaquetas y las frases expectantes; hubo un comentario fuera de lugar, y enseguida corrió la voz de que había que tener cuidado, no ir a decir cualquier cosa; porque entre nosotros estaba el hombre, el marido de la mujer desaparecida.

Nos enteramos de que tenía apellido italiano, Ciardelli, y era periodista deportivo en uno de los dos periódicos de Medellín. El miércoles anterior su esposa le había pedido que la llevara a ver el partido, y después, a eso de las once de la noche, habían salido apenas del parqueadero del Atanasio Girardot cuando un taxi les cortó el camino, y acabaron recorriendo todos los cajeros de la ciudad y sacando toda la plata de ambas cuentas para aquellos secuestradores momentáneos. Cuando ya las tarjetas no dieron más, a Ciardelli le quitaron la ropa y los zapatos, lo echaron del carro en un potrero del Cauca y se llevaron a su esposa, y el tipo tardó más de dos horas en llegar caminando y desnudo a un teléfono que funcionara. Pidió ayuda y debió pensar en el fondo que al llegar a casa encontraría a su mujer sentada en la sala con todas las luces prendidas, esperándolo muerta de susto y tal vez violada pero lista para soportar el trauma de las diligencias policiales y olvidar poco a poco el asunto. No fue así, claro; a partir de las cinco, Ciardelli se dedicó a revisar los hospitales primero y las morgues después, incapaz de dar a su esposa por muerta –pues el cuerpo no estaba en ninguna parte– pero consciente de alguna manera de que no volvería a verla, y ya destrozado por la noción de que solo le quedaba el río. Le debió de parecer increíble que su esposa acabara como tantos muertos en esta ciudad lanzada por encima de la baranda del Horacio Toro, hundida en la corriente de aguamierda, atrapada entre las malezas de ese lecho sucio adonde van a dar los conductos del alcantarillado. No sabemos cómo cedió a la evidencia, pero Ciardelli no perdió el tiempo (al principio comentábamos con admiración ese coraje, esa diligencia frente a la muerte), y antes de que terminara el día ya los bomberos le habían encargado este caso al Pájaro Solano, instructor de buzos profesionales, uno de los mejores rescatistas de la ciudad y el único capaz de meterse de cabeza en el Medellín para buscar un cuerpo desaparecido y darle a su familia el lujo de enterrarlo.

El Pájaro Solano. Ustedes no se acuerdan del Pájaro Solano, pero para nosotros ya era una leyenda mucho antes de lo de la esposa de Ciardelli, y ahora, cuando todo eso ha pasado y se pierde poco a poco en los anecdotarios locales, nos hemos dado cuenta de que no hay demasiadas imágenes suyas, y el carnet de rescatista forma toda su iconografía. Era un tipo de casi cincuenta años, de cabeza rapada y brazos de mujer, que había completado doscientos rescates exitosos en los ríos de Antioquia, y no veía la hora de la jubilación para mudarse a Providencia y vivir sus últimos días en el agua limpia y salada del Caribe, entre turistas ricos que no se saben poner una careta. Durante más de veinte años lo vimos pasar de una estación de bomberos a la siguiente, en función de mecanismos oficiales que él entendía mal pero que le daban lo mismo, vestido con el único traje que tenía, negro y de manga sisa, y en días de mucho sol con la calva protegida por una gorra de beisbolista que se quitaba antes de comenzar una inmersión de rescate, limpiándole con dos dedos la visera como si enderezara el ala de un sombrero y enseguida dejándola caer sobre el morral de lona verde donde llevaba sus equipos. Después de darse tres bendiciones, el Pájaro se lanzaba de cabeza al río Medellín; era un momento mágico para los presentes, un momento de emoción casi infantil, porque nunca faltó el que pronunciara, después de dos minutos, o tres, o cuatro, la frase terrible: “Ahora sí se ahogó”.

Cinco minutos, o seis, o siete: y al cabo de un rato que a muchos les parecía insoportable, y que más de una vez ocasionó el desmayo de alguna señora angustiada, se formaba un borboteo en la superficie del río, una ruptura en las delicadas figuras de la corriente, y de repente un cuerpo –una cabeza, una mano– rompía el color barroso: era el Pájaro, y tras él salía el cuerpo rescatado, un sicario muerto en su ley, un adolescente que había opuesto resistencia en un atraco, un apostador, un futbolista tramposo. Salían sin vida, es cierto, pero lo importante era que salieran, que el Pájaro los rescatara para que sus familiares les dieran cristiana sepultura. El Pájaro era el artífice de esos consuelos póstumos, y las familias se lo agradecían con canastas de comida o gallinas vivas o plata en fajos rechonchos; y claro, todos en Medellín teníamos un pariente o un conocido cuyos días habían terminado en el río, o bien teníamos el temor y la relativa certidumbre de que el río y su fondo formaban parte de nuestro futuro y solo era cuestión de tiempo antes de que debiéramos por fuerza recurrir a los servicios del Pájaro: y él se volvía para nosotros una especie de destino espiritual, un representante del porvenir, una profecía.

La tarde en que el Pájaro Solano llegó a la orilla del Medellín para buscar a la esposa de Ciardelli había en el aire un nerviosismo que nunca antes habíamos sentido, y cuando se quitó el morral como si se sacara una pena de encima, cuando lo dejó sobre el capó del Mercedes que lo había traído, hubiéramos podido jurar que todos íbamos a zambullirnos tras la mujer asesinada, o por lo menos que estábamos muy dispuestos a hacerlo. El Pájaro se puso las aletas sin sentarse, caminó hasta la orilla masajeando el elástico de la careta –estirándolo una y otra vez, como un niño a punto de inflar un globo–, y desde arriba vimos su silueta adelgazarse con los juegos de la perspectiva, hasta que no fue más que una cabeza calva y la línea de unos hombros. Desde el puente Horacio Toro vimos la cabeza internarse en las aguas del río, las aspas de los brazos moverse como la pértiga de un equilibrista, y al cabo de unos segundos la pértiga había desaparecido: ante la mirada aturdida o envidiosa de los bomberos, la superficie negra del río Medellín se tragó la cabeza. Entonces el puente cayó en un mutismo respetuoso, como el que se va formando en un estadio cuando se ordena un minuto de silencio para honrar a algún muerto reciente. El único ruido era el de un carrito de raspados: la campanilla soltaba sus tintineos hipócritas, las rueditas voluntariosas se sobreponían a cada accidente del cemento, a cada grieta, a cada botella de cerveza que los curiosos habíamos vaciado durante la espera.

Nadie puede decir ahora cuánto tiempo pasó en realidad, pero lo cierto es que el tiempo pasó, entre indolente y distraído. De repente estalló el sol en el cielo, se abrieron las nubes como suele suceder en Medellín, y los curiosos sentimos en la cabeza el peso del calor, el sudor en las manos que se aferraban a la baranda, el sudor en las axilas (los brazos tensos y pegados al cuerpo), el sudor en los pliegues del cuello (todas las cabezas dobladas hacia abajo). En la orilla, Ciardelli permanecía quieto como un pilote de muelle: era el único de los presentes que no sudaba. Desde arriba lo veíamos pasarse un pañuelo por la frente, y el gesto nos parecía inútil o superfluo, porque su piel seguía tan cerrada y tan opaca como la de un muerto. Y entonces, algo ocurrió: Ciardelli lanzó un resoplido, como el de un caballo, y se acuclilló entre la maleza. En ese instante, en su cara se vio todo el cansancio acumulado por la búsqueda. Lo sorprendente no fue eso, claro, sino que en ese momento los demás nos dimos cuenta de que también estábamos cansados, de que también nuestros muslos resentidos, nuestros tobillos hinchados acusaban ya las horas pasadas allí, sobre el puente, las horas en que vanamente habíamos esperado el resurgimiento del Pájaro Solano. Y eso fue. Fue ese cansancio, soltado de repente sobre nosotros como un saco de arena, lo que nos devolvió a la realidad, lo que nos lanzó la evidencia a la cara, de manera que nadie se sorprendió cuando las palabras de siempre comenzaron a circular con otro tono, con otras maneras, por el puente Horacio Toro: “Ahora sí se ahogó”. “Ahora sí se ahogó”. “Ahora sí se ahogó”.

El cuerpo del Pájaro Solano, rescatista rescatado, sería recuperado a eso de las tres y media de esa misma madrugada. La autopsia, realizada en el curso de las siguientes cuarenta y ocho horas, revelaría un golpe en la cabeza (la piel del cráneo rasgada por el impacto, las partículas de roca dura pegadas al cuero cabelludo) y daría cuenta del agua sucia que inunda los pulmones, de la tráquea invadida, de la asfixia; pero no incluiría lo sucedido allí, en la orilla, cuando nos dimos cuenta de que el Pájaro no volvería a salir. Tampoco los discursos del entierro mencionaron la rabia que nos tomó por sorpresa, ni los reportes de los bomberos hablaron de la turba que bajó del puente (un enjambre de avispas enloquecidas), ni los obituarios de El Colombiano hicieron constar la repentina violencia con que el enjambre se fue acomodando en la orilla del río Medellín, ni las judiciales de El Tiempo señalaron el desconcierto del hombre que se vio de repente perdido en el centro de la turba. A Ciardelli, encerrado entre nosotros y el río, lo vimos mover las manos como si limpiara el aire, lo escuchamos balbucear algo incomprensible, y enseguida vimos que en su cara se instalaba una mueca de comprensión y luego una de miedo. Ciardelli recibió el primer escupitajo con algo de dignidad, y no dejó escapar ruido alguno mientras encajaba las primeras patadas, pero a partir de un momento sus pies se comenzaron a mover hacia atrás sobre el barro de la ribera, y nos pareció admirable la destreza con que se dio la vuelta y se lanzó al agua, la curiosa pericia con que logró, en dos brazadas –la corbata sacudiéndose detrás del nadador como una estela–, llegar a la mitad del río, la confianza o quizás la arrogancia con que entonces dejó de nadar y miró hacia donde estábamos nosotros, acaso para confirmar que estaba a salvo, y muy en el fondo nos dio lástima que la pericia y la destreza y la confianza y la arrogancia no le sirvieran para nada, que no le permitieran intuir el vuelo de la botella ni esquivar el impacto, pues a la orilla llegó, como un eco de otros tiempos, el retumbo seco que produjo el vidrio al golpearle la cabeza, y fue entonces que Ciardelli gritó, que empezó a patalear furiosamente, y siguió pataleando entre las demás botellas que lo atacaban desde la orilla, acaso imaginando la multitud de cuerpos que, si llegaba a hundirse, lo esperaban en las profundidades.

Juan Gabriel Vásquez (foto)

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