‘El cumbión de los arrepentidos’ de McCausland

El día en que reveló ante la feligresía sus carismas divinos, el músico Efrain Mejía no pidió perdón por los pecados habituales de un hombre común, sino que se arrepintió de dos de sus más populares canciones, Diabólico mapalé y La danza de las diablesas.

Desde ese día, el líder de la mítica Cumbia Soledeña hizo de cuenta que jamás había gestado esa herejía, deshaciéndose así de dos de las más vibrantes piezas de su repertorio, las mismas que electrizaban multitudes en aquellos tiempos cuando la rueda de la cumbia era el centro radial de la vida.

La pública confesión significó el regocijo de sus compañeros de feligresía, que siempre lo habían mirado con recelo, bajo la sospecha de que un hombre que le cantaba con semejante entusiasmo al demonio, no podía ser un buen católico. De nada habían valido las explicaciones de que las canciones no eran manifiestos de simpatía por el diablo –como la pieza famosa de los Rolling Stones–, sino una apelación metafórica, tan inocente como la muletilla popular de “ritmo endiablado”.

Pero Efrain Mejía no sólo cambió los golpes de tambora por los de pecho, sino que se convirtió en cazador de letras heréticas, y no tardó en descubrir que su compadre Miguel Beltrán –patriarca de la otra gran dinastía soledeña– tenía en su repertorio una pieza aun más iconoclasta que las que él acababa de mandar al diablo: El muerto borrachón, un frenético cumbión sin coros que anticipaba en cinco estrofas la llegada de Beltrán a los cielos, y que comenzaba diciendo:

El día en que Miguel se muera, / lo llaman el vagabundo, / ojalá ustedes lo vieran / bebiendo en el otro mundo.

Para el cazador de blasfemias, esta primera estrofa no era tan grave como la cuarta: Ya me dieron el permiso / para mandar en la gloria / con esta cumbia de pito / todos los santos me adoran.

Es decir, el viejo Miguel Beltrán se había llevado en banda, con cuatro simples versos, la hegemonía de Dios y la gracia de los santos. No hablar de la segunda estrofa, en que anuncia la gran guachafita nada más y nada menos que con San Gabriel bendito.

Efraín Mejía concluyó entonces: “Tengo que convencer a mi compadre de que se arrepienta”. Dura labor, si se tiene en cuenta que Beltrán estaba más viejo y más terco que nunca, llevando su tambora de paraje en paraje, curando las peores mordeduras de culebra en la zona de Achí, más preocupado por ganarse lo de la comida que por pedirles excusas a los santos. Pero para Efraín Mejía aquello se convirtió en una misión sagrada, una especie de inquisición cumbiambera que debía ejecutar antes de que fuera demasiado tarde.

Mejía también había sido pecador una vez. No sólo por los dos mapalés de los que habría de arrepentirse años después, sino por todas las andanzas de la vida en el cumbión, tan terrenal y libertina que una vez produjo la siguiente décima memorable: Si acaso el río Magdalena, en ron blanco se convierte / y el mar en rico aguardiente sería una cosa muy buena. / Y en una tarde serena, después del sol ocultado, / a pasos agigantados correría yo a toda prisa / hasta Bocas de Ceniza pa’bebérmelo ligado.

El colmo de colmos tuvo lugar en un fiestón en la casa de su compadre Mauricio Pérez, cuando Efraín Mejía se levantó al baño y se orinó en un rincón de la sala, delante de todos los invitados. Esa noche Mejía abrió mucho más que la bragueta. También los ojos. Así, en el 76, se volvió carismático, pero no abandonó su vasta trayectoria musical, que lo había llevado a componer más de 200 canciones, a grabar más de 150 elepés y a viajar por el mundo entero, llevando la música que heredó de su bisabuelo Desiderio Barceló. Al asumir su nueva vida, Mejía comenzó a predicar antes de sus presentaciones de cumbión.

Dos meses después de haberle puesto el ojo al Muerto borrachón, Mejía se enteró de que el viejo Miguel Beltrán acababa de ser llevado de emergencia a la clínica Las Mercedes de Barranquilla y allá se fue con su Biblia. El viejo Beltrán estaba débil e indefenso en una cama de cuidados intensivos. Se habían esfumado aquellos bríos que lo llevaron a interpretar la gaita de seis huecos en maratónicas parrandas. Parecía más bien una llama a punto de extinguirse. El visitante fue directo al grano:

–Compadre, le tocó arrepentirse.

Tozudo como era, el viejo se resistió. ¿Cómo podía un coloso del folclor renegar de su obra más popular, la misma que le había condimentado su vida y le había dado fama? ¿No era aquello, guardando las debidas proporciones, una versión tamborera de Picasso arrepintiéndose de Guernica o Bach del Concierto de Brandenburg?

Pero Mejía, Biblia en mano, insistió como si se tratara de uno de aquellos duelos de tambora que ambas dinastías protagonizaban en Soledad. El viejo terminó cediendo. Ambos compadres, los mismos que inundaron de gaitas y flautas las noches de bullerengue a la luz de las antorchas, susurraron una oración entonces en la penumbra azul de aquella habitación de clínica. Dos días después, el viejo Miguel murió.

Murió sin decirle a nadie que se había arrepentido y sin un presagio siquiera de que dos años después Diomedes Díaz grabaría la canción, vendiendo 400.000 discos de larga duración y produciendo una millonada. Las regalías, por supuesto, terminaron en poder de los herederos, que gozaron en la tierra lo que el viejo Miguel había decidido no gozar en el cielo.

Ernesto McCausland, q.e.p.d. (foto)

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2 Respuestas a “‘El cumbión de los arrepentidos’ de McCausland

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. El Tiempo: “Adiós al cronista barranquillero Ernesto McCausland”
    http://www.eltiempo.com/gente/murio-el-periodista-barranquillero-ernesto-mccausland_12393049-4


    El Espectador: “Ernesto McCausland, adiós a un narrador”
    http://www.elespectador.com/noticias/cultura/gente/articulo-388254-ernesto-mccausland-adios-un-narrador

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