‘Aquel encuentro’ de Isabel Lipthay

Sabía que él estaba muerto pero de todos modos se sentó a su mesa para quizás conversar, sólo si él quería, claro. No tenía la certeza de si los muertos hablaban o no con los vivos; a lo más, que se aparecían en sueños y eso. Pero esta vez él estaba sentado allí fumando con fervor mientras leía el diario y ella estaba despierta y era la única en aquel café que lo sabía. Se veía alto y tenía aquel rostro que siempre se negó a envejecer. Desde su adolescencia había visto las fotos en las contratapas de sus libros cuando era obligatorio leerlos en el colegio. Se decía que era una enfermedad, eso de la no vejez.

Había una cierta sin prisa en aquel encuentro fortuito, ella lo presentía sin saber por qué. Al sentarse, ella se dio cuenta de que los cordones de sus propios zapatos estaban sueltos. Se agachó y se los abrochó parsimoniosamente, saboreando de antemano la presencia de aquel hombre que sin haberlo visto antes había marcado tantos momentos en su vida. Los cordones estaban en su sitio; ahora debía enderezarse en la silla ¿y entonces?
Todo el aplomo del primer impulso se desarmó en su interior. ¿Cómo abordar a un muerto célebre sentado al frente en la propia mesa? No se le ocurrió absolutamente nada. Simplemente se enderezó y se lo quedó mirando seria, las manos sobre la falda. El seguía concentrado en un artículo y tanteando a ciegas una taza de café con una mano, bebiendo de vez en cuando sin quitar la vista de su lectura. Después de beber, repetía el tanteo en dirección al cenicero. Todos los movimientos los hacía con calmada precisión, sin volcar jamás la taza ni tomar el cigarrillo al revés. ¿Tendría dinero en el bolsillo? ¿Desaparecería de pronto, sin pagar? Su ropa se veía en estado normal, y claro, no era de esos que planchan o dejan planchar sus camisas y pantalones, lo sabía, pero estaba todo en orden, las telas un poco gastadas, descuidadas pero nobles, limpias, de buena calidad.

Perdió de a poco la timidez y siguió observándolo casi con descaro. ¿Cómo serían los zapatos de un muerto? Se agachó otra vez. Los pies grandes calzaban unas viejas sandalias de cuero café, cómodas, anchas. Al enderezarse otra vez le llegó una bocanada de humo en pleno rostro. Ella comenzó a toser. El hombre la miró doblando el diario:

–Disculpe, por favor!

Puso el cigarrillo en la otra mano visiblemente confundido, mirándola una vez más de reojo. Ella sonrió levemente y apartó la vista llamando al camarero. Pidió un jugo de naranjas. El siguió leyendo y repitiendo la ceremonia anterior de tres acciones al mismo tiempo, diario, fumar, beber, sin confundirse de sitio aunque hubiera cambiado el cigarrillo de mano. Estaba perpleja. Comenzó a sentir algo parecido al miedo mientras el mozo depositaba el vaso al frente y ella bebía el jugo a pequeños sorbos, parapetada en un rincón de sí misma, imaginando su propia muerte.

Allí estaba. Quería preguntarle, contarle tantas cosas. Los sueños que en ella había despertado, los sentimientos revolucionarios, la bohemia en París que no conocía, los regresos a Buenos Aires, preguntarle acerca de su sentimiento de identidad, etc. etc. y sobre todo, cómo era eso de estar muerto y ver el mundo desde esa visión.

En eso cayó en la cuenta que “disculpe, por favor” se lo había dicho en castellano y eso que estaban en Francia. ¿Sabía él quién era ella, o sería por lo morena, el pelo oscuro, que supo que era latina? ¿O es que pese a los muchos años que vivió en París, se negaba a hablar francés? Conocía a muchos latinos así.

Ella carraspeó y aventuró a murmurar:

–Los juegos en el cementerio los puedo hacer yo solo.

El dobló el diario lentamente y la miró divertido.

–¡Ah! Mi personaje Oliveira y sus juegos. Tiene usted buena memoria. De los libros que escribí es el que más quiero…

Entonces su expresión se volvió seria sin dejar de mirarla, mientras ella trataba de disimular que temblaba.

Dejó de temblar.

–¿Cómo es…?

Se interrumpió.

–¿Cómo es qué? ¿Mi estado?

Ella asintió.

–¿Realmente nada?

–¡Pero usted está hablando conmigo!

–¡Sht!

El miró alrededor y bajó la voz.

El miró de pronto su reloj. Su rostro se alteró.

–¿Puedo verlo otra vez?

Se levantó. Bebió el café hasta el último sorbo. Le dio la mano y sujetó la suya por un largo instante. Era grande y cálida.

–¿Cómo lo sabe?

En aquel instante supo que no habían casualidades.

Isabel Lipthay (foto)

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