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Breves consideraciones sobre dudas del aborto

Tengo dudas sobre tres temas que están en el ojo del huracán. Uno de estos temas es el aborto. Se discute en estos días sobre la “necesidad” de aprobar un proyecto de ley mediante el cual se “legaliza el aborto terapéutico”. La palabra clave es “terapéutico”, porque aborto suena muy crudamente, descarnadamente. En verdad, no estoy seguro de esta necesidad de legislar. No por razones distintas a observar los hechos y evaluarlos. Comencemos por decir que si una madre corre riesgos es seguro que los médicos tomen una decisión, con relación a salvarle la vida y ello derive en un aborto. De igual manera, si el bebé lo requiere, el médico dirá que se debe suspender el embarazo. Son decisiones médicas, que están en la órbita del juramento hipocrático de preservar la vida. No habría necesidad de legislar sobre algo que ya tiene un manejo ético y legal, desde la perspectiva médica.

Pero entonces de lo que se habla es de embarazos causados por violación. O mujeres que son violadas y como consecuencia de la conducta criminal quedan embarazadas. Habría, dicen, que abortar. Creo que, probados los hechos, un juez o una jueza están en condiciones de tomar una decisión, actualmente.

Sin embargo, para no ser extremistas y no hablar de “violación sexual”, se habla de “embarazos no deseados”. Aunque un embarazo “no deseado” suena muy ambiguo. Porque la mujer puede tener relaciones sexuales con un hombre y considerar después que “no desea” quedar embarazada. Casi como un sustituto de la píldora anticonceptiva, y aún de la “píldora del día después”, pero tardíamente. No estoy seguro que este tipo de ambigüedades ameriten una ley que de luz verde al aborto. Me parece que lo que se requiere, entonces, es el reforzamiento de los procedimientos educativos.

En los casos que se señalan arriba, se considera necesario legislar, y la verdad es que una mujer puede abortar cuando quiere. Me refiero a causarse una pequeña lesión en el útero. Este puede ser el comienzo de un proceso abortivo, y un médico no se puede negar a atender a esta mujer. Si la paciente llega lesionada de esta manera, lo más seguro es que el médico la atienda para sanarla, y no la censure o la sancione por haberse provocado el aborto, porque estas consideraciones escapan a su órbita.

Yo creería que esto ha ocurrido decenas, centenas y miles de veces, sin necesidad de una ley. Quizás lo que se quiera es que la mujer no pase por el doloroso trance de recurrir a lesiones provocadas, o la ingesta de vomitivos u otros productos de farmacia que causan la interrupción del proceso de gestación y, en consecuencia, se convierte en un abortivo.

Creo que a esto se refieren los que hablan de que la mujer “debe decidir sobre su cuerpo”. Esta decisión es “a posteriori”, ¿y por qué no debe ser “a priori”? A priori requiere una decisión madura. A posteriori, no lo es tanto. Pero, entonces, con el más mínimo ingrediente de discrecionalidad, no habría ya nada de “terapéutico” en estos casos. Por eso, aún tengo dudas sobre este tema. Y me disculpo si soy un indeciso. Tal vez esté equivocado. Solo quiero ejercer mi derecho de opinar. Pero quiero ser sincero, en especial, conmigo mismo. Y si hay fuertes razones que alguien las pueda invocar para darme luces, desde ya les doy buen recibo.

Tengo, también, dudas sobre el “matrimonio” gay, como segundo tema de actualidad, y como tercer tema las hidroeléctricas. Pero de estos me referiré en próximas notas de este blog.

Marcela Paz es Ester Huneeus es Papelucho

Google homenajea hoy a la escritora Marcela Paz (foto), cuyo verdadero nombre era Ester Huneeus Salas de Claro, creadora de un personaje llamado Papelucho, que ya forma parte de la cultura acendrada de Chile. Aunque no ganó aquel concurso en el que dio vida a Papelucho en una novela infantil, fue este mozalbete quien creció en el ánimo colectivo por sobre todos sus competidores, relegados al olvido. No tiene parangón en Chile esta autora de literatura infantil. Pincha aquí para saber algo más de Papelucho.

Divas de antes, al natural

Los criterios de belleza y los métodos para lograrla cambian con los tiempos. Hoy, por ejemplo, una mujer puede ser, prácticamente, “fabricada”, de acuerdo con cierta idea que se tiene de hermosura (bocas hinchadas, senos descomunales y narices de perrito pekinés, entre otras características). Algunas se aventuran en pos de ese “ideal” y acuden a cirugías faciales y abdominales, aplicación de toxina botulínica (botox) o de polímeros de silicio (silicona), la práctica de ritidinoplastía (lifting o estiramiento) y otros tantos recursos artificiosamente, que favorecen el pecado de la vanidad. Una mujer, en estas condiciones, al final del proceso sale convertida en otra.

Pero hubo un tiempo en que la belleza podía ser más natural, siendo las mujeres ellas mismas. Si parecían bellas, eran bellas en realidad. Si tenían la nariz así, esa era su nariz, y eran bellas con la nariz que tenían. Un poco de maquillaje siempre es válido, pero no tanto como el de ahora, que se hace en un computador y se llama Photoshop.

Las fotografías me las hizo llegar un colega y las tituló “Al natural”. Las divas que se ven son, en orden descendente: Audrey Hepburn, Grace Kelly, Lana Turner, Kim Novak (foto arriba), Katharine Hepburn, Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Ginger Rogers, Rita Hayworth, Vivien Leigh, Bette Davis, Marlene Dietrich, Natalie Wood, Joan Crawford, Marilyn Monroe,  Ava Gardner y Greta Garbo.

 

 

Violeta Parra según Pedro Messone

Pedro Messone (foto), ídolo en los tiempos en que Violeta Parra cantaba sus composiciones y quien recibió la noticia de su suicidio en el camerino de la Quinta de Vergara, durante el Festival de Viña del Mar de 1967, justo antes de salir a cantar “Niña, sube a la lancha”, lo primero que advierte es que Violeta Parra no era comunista. Inclusive, cuenta que muchas veces la oyó quejarse de “¡Estos comunistas!”, porque no la ayudaban, ni siquiera iban a la carpa de La Reina…

Como ese, son varias los comentarios que hace Pedro Messone al ver la película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”. Precisiones que aquilatan, a mi juicio, la contextura folclórica y universal de Violeta Parra.

Las hace Pedro Messone en una nota de Lilián Olivares, en el diario La Segunda, en la que indica que la escena de la película en la que Violeta Parra habla con una especie de curador del Museo de Louvre, y describe sus arpilleras, no debió haber dicho que esa era “su forma de protestar, porque en su país (Chile) no lo puede hacer”, mostrando con el dedo una especie de fusil. Para Messone, no hay cómo ligar a Violeta Parra con la dictadura de Augusto Pinochet, pues todo ocurrió “en la década del 60 y gobernaba Eduardo Frei Montalva entonces”. Conviene en este punto, me parece, precisar que la dictadura de Augusto Pinochet irrumpió en septiembre de 1973.

En este punto es bueno, también, precisar que Pedro Messone se inclinó después por las tendencias más conservadoras, inclusive fue proclive a la dictadura, y se lanzó más tarde a la alcaldía de Buin en 1992, por la Unión Demócrata Independiente, Udi, y perdió. Lo que ahora interesa es su testimonio, como contemporáneo, de alguien que es un merecido mito, como Violeta Parra.

Violeta Parra no vivió, dice Pedro Messone, tan pobremente como puede sugerir la película. Formaba parte de un grupo de folcloristas que iban a Radio Minería y salían en la revista Ritmo, algo semejante a cantar hoy en Cooperativa y aparecer en la revista Wikén. Y también hacían giras. Pedro Messone recuerda una que los llevó al estadio Carlos Dittborn, en Arica, donde cantó con el dúo Rey Silva “y yo saqué a bailar a la Violeta, y quedó gustando tanto que empezamos a cerrar todas las presentaciones bailando los dos la cueca”.

En el Festival de Viña del 67, Messone tuvo que viajar rápidamente a ver a su madre a Santiago, y se le ocurrió ir a la carpa de La Reina. Allí encontró a Violeta “sentada, tal como aparece casi al final de la película, sola.

–¿Quién anda por ahí? –preguntó ella.

–Yo.

–¿Qué andái haciendo aquí?

–Vine a saludarte porque se me ocurrió.

–¿No andan todos los weones en el Festival de Viña, puro leseando?

–Pero si somos jóvenes, nos gusta el leseo.

–Entonces ándate para allá.

Violeta estaba enojada”, según Messone, “porque no le gustaba el Festival, porque pensaba que allí no importaba el folklore, y también porque no la habían invitado”.

Cuenta la nota de Lilián Olivares que Violeta lo echó, y siguió tocando el charango; y continúa: “Días después, deben haber sido las 10 de la noche, Pedro Messone estaba en el camarín de la Quinta Vergara, preparándose para salir al escenario, cuando entra Rolando Alarcón, se apoya en la puerta y les dice: “Cabros, les traigo una muy mala noticia. No es el momento, pero… se murió la Violeta”.

–Bueno, ella sabe, Dios sabe por qué se suicidó –puntualiza Pedro Messone.

Y… Violeta se fue a los cielos.

“Violeta se fue a los cielos” de Andrés Wood

Fui a ver la más reciente película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”, a pesar de que las entradas siempre están agotadas, lo cual es un buen síntoma para el creciente cine chileno. La producción de Wood tiene la particularidad de tratar la vida de Violeta Parra (foto, 1917-1967, que no tengo duda de que está en los cielos) sin enredarse en el enfermizo bipolarismo político actual, que el país no ha podido superar.

Caso de lo que hablo es también “Machuca”, en la que Andrés Wood narra una historia de vida ocurrida en tiempos de la dictadura, sin facilismos partidistas. En la misma línea nos presenta “Violeta…”, que es más que una biografía, o una cronología, de la más grande artista musical que ha tenido Chile en todos los tiempos (y me atrevo a decir que la más grande de Latinoamérica).

Se trata de una “historia emocional”, de una “biografía emocional”, o como lo dijo el propio Wood: “Una cinta que carece de contexto”.

Fue la mejor decisión. Esto no quiere decir que no pueda defraudar a quienes esperan ver una película panfletaria, llena de “compañero, compañero”. Sin duda, la película va a defraudar a estas personas. Pero quienes quieren ver cine, es una buena cinta.

Para infortunio de otros, tampoco canta “Gracias a la vida”, pero la película misma es un canto a la vida. Es la exaltación de la folclorista insuperable (hasta ahora), que fue Violeta Parra.

La película de Wood pareciera haberse inspirado en el verso de Nicanor Parra –grande poeta, grande–: “Eres un manantial inagotable / de vida humana. / ¡Violeta volcánica!”

Así muestra Andrés Wood a Violeta Parra: como un volcán, siempre activo, lanzando un magma incandescente. La fuerza poderosa en el propósito de sus metas, queda patente: expuso su obra artesanal en el Louvre, mismo espacio compartido con Leonardo da Vinci y otros de dimensión admirable.

Así mismo, cantó en el burgués Club de La Unión, y en un lote ubicado en el actual barrio La Reina, en Santiago, plantó su carpa de vivencia musical. Tuvo Violeta Parra un amor, enorme y frustrado, el de Gilbert Favre, su Run Run que se fue para el norte…

La película sabe recoger esas vivencias de la artista, en sus grandezas y miserias, sus sonrisas y sus llantos.

Como cine, “Violeta se fue a los cielos” es una cinta de fácil pronóstico, en cuanto a que desde ya hace parte del acerbo nacional, y de de la historiografía chilena.

Viene bien terminar esta nota con otro verso de su hermano Nicanor: “Se te acusa de esto y de lo otro / Yo te conozco y digo quién eres / ¡Oh corderillo disfrazado de lobo! / Violeta Parra”.

“Hojas de afeitar” de Lina Meruane

Era lo que hacían ellos sobre sus rostros, con espuma, con una gruesa brocha de cerdas suaves, y mirándose atentamente al espejo para no cortarse. Pero también nosotras nos mirábamos en el tembloroso espejo del asombro, rasurándonos, las unas a las otras, durante el primer recreo de los lunes y el último de los jueves. Esperábamos a que se sintiera la aspereza sobre la piel para recomenzar el lento ritual que nos desnudaba de ese vello rasposo. No dejábamos ni un rastro de jabón en las axilas; y era tan excitante hacerlo, cada vez más intensa la emoción, que pronto fuimos extendiendo el filo de la gillette por los brazos, por las pantorrillas y los muslos. Nos afeitábamos puntualmente, tan en punto como las llegadas por la mañana a la reja de fierro coronada de puntas; exactas como el timbre que tocaba sin dulzura el dedo duro e insistente de la inspectora. Rasurar era un procedimiento tan matemático como el de copiarnos durante los exámenes de álgebra; las ecuaciones iban siendo resueltas y repetidas en un sonoro cuchicheo a oídos sordos de la vieja de ciencias. Pero no todas nuestras maestras eran tan ancianas ni oían tan mal. Había que proceder siempre entre señas y susurros, guardar para nosotras el secreto.

Nuestros cuerpos iban hinchándose de a poco, llenándose de bultos sorprendentes. Simultáneamente nos crecieron las tetas, se levantaron nuestros pezones con pelos alrededor que también eliminábamos con esmero. El pubis se nos había vuelto una madeja oscura que derramaba sangre, sin aviso, sincronizadamente; esa sangre tenía un resabio metálico que nos excitaba, como el murmullo de nuestras voces roncas, como ese laberinto que íbamos penetrando apasionadamente. Con entusiasmo solíamos empezar la tarea por el pelillo que se asomaba sobre los dedos de los pies; la gillette subía por los empeines desnudos como un acerado calcetín, deslizándose por los muslos como una panty, dejando un surco de piel pálida entre el espumoso jabón del baño; la filosa caricia se arrastraba por la ingle y luego descendía fría desde el ombligo hacia abajo, y por debajo del elástico, de la tela suave del calzón que por fin quitábamos, y separa las piernas, abre un poco más, idiota, quédate quieta, y nos entraba la risa al descubrir la lengua asomándose por el pubis, la carcajada nerviosa que nos hacía temblar espiando el beso que imprimía en los labios la hoja de afeitar.

Una de nosotras se quedaba vigilando la entrada del baño, esa puerta negra al final de un largo corredor, tras la espinosa rosaleda. La vigilante cubría nuestro murmullo cantando en voz alta nuestro himno a la reina de Inglaterra, lo repetía en una letanía hasta que veía a la inspectora en el fondo del pasillo, y entonces entonaba la canción nacional, para avisarnos, para distraer a la delgada inspectora que hinchaba el pecho al escuchar esa arenga patriótica, que deformaba hacia delante los labios haciendo más visible la oscura línea de vello que alguna vez, soñábamos, afeitaríamos a la fuerza, y entonces, buenos días señorita decía nuestra cómplice mientras nosotras, ahí dentro, ocultábamos las hojas de afeitar, y buenos días hija, contestaba la sargenta, pero no se interrumpa, siga cantando, le recomendaba, y permanecía ahí un momento más, con los ojos cerrados, disfrutando. La inspectora se iba como un sereno caminando dormido en su ronda; el peligro siempre pasaba de largo y nosotras nos bajábamos del retrete, recuperábamos las hojas escondidas y entibiadas dentro de los calzones, nos levantábamos otra vez el jumper y continuábamos rapándonos, las unas a las otras. Detrás, los muros de azulejos blancos.

Tampoco las demás compañeras sospechaban, o quizá sí, pero disimulando. Nunca ninguna se nos acercó; ninguna osó aventurarse por nuestro baño. Era como si percibieran que ese territorio estaba marcado, cercado; como si de nuestras miradas emanara una sucia advertencia. Las dejábamos admirar de reojo nuestra evidente superioridad física, nuestras rodillas lustrosas y los calcetines a media pierna; observaban de lejos el modo obsesivo en que nosotras, en la esquina del patio de cemento, pelábamos membrillos. Porque eso hacíamos cuando no estábamos en el baño, pelar y pelar membrillos con nuestras pequeñas navajas de acero. Ejercitábamos nuestra habilidad manual despellejando esa fruta ácida, competíamos por lograr la monda más larga sin que se partiera, pero el grueso y opaco rizo que íbamos sacándole siempre se rompía. Nos consolábamos de ese fracaso lamiendo la pulpa que nos dejaba la lengua áspera y reíamos a carcajadas. Todavía nos estábamos riendo cuando sonaba el timbre y debíamos doblar la hoja metálica para regresar a clases. Guardábamos también las cáscaras rotas en una bolsa plástica, era un precioso desinfectante para las accidentales incisiones.

Era miércoles y ya estábamos inquietas. Sentadas en la última fila, en línea, nos rascábamos mutuamente. Qué picor cuando empezaba a salir el pelo, y desde que nos afeitábamos cada vez salía más, y más grueso. Nos dejábamos marcas blancas sobre la piel con las uñas, pero evitando hacer ninguna mueca de gusto o de dolor, sin dejar un instante de fijar los ojos en el pizarrón donde la vieja de castellano explicaba las cláusulas subordinadas. Teníamos hojas nuevas y todavía quedaban quince minutos para el recreo, pero faltaba un día entero para el jueves. La impaciencia por regresar al baño empezaba a debilitarnos: se nos había ido adelgazando la voluntad, y en ese momento, en medio de una oración copulativa, en el instante más exasperado de nuestra picazón, se abrió la puerta y entró nuestra directora con la nueva estudiante. Toda la clase se puso de pie y repitió un saludo unísono en inglés, y después escuchamos su nombre. Para nada nos fijamos entonces en las duras facciones de Pilar ni en sus ojos penetrantes; no nos llamó la atención su sorprendente estatura, la escualidez de esa desconocida agazapada como la muerte en el oscuro uniforme de poliéster. Sólo nos desconcertaron sus pantorrillas tapadas de pelo. No vimos más que esa excitante maraña: toda una pelambrera virgen que nos erizó de asco y de alegría.

La brisa fría se colaba por las ventanas del invierno, nuestro último invierno, y Pilar estaba ahí, desafiante como una hoguera en un patio de viento. Sólo quedaba un asiento libre, en la esquina de la primera fila y ahí iba a apostarse, en ese pupitre de madera: se quitó el abrigo azul marino, el chaleco azul, y se arremangó para exhibir impúdicamente el espeso vello de sus brazos. Antes de sentarse volteó hacia atrás y bajo sus gruesas cejas hirsutas su mirada osciló lentamente entre nosotras, como si se nos entregara, como si se dejaba lamer por nuestros ojos. Se soltó la cola de caballo y empezó a escribir mientras nosotras apurábamos los lápices debajo de las mesas. No parece una mujer, decía la primera línea de la hoja del cuaderno que hicimos circular. Es cierto, es peluda, es demasiado flaca para tanto pelo, escribió otra de nosotras. Alguna se ensañaba en el borde de la uña cuando por fin se movieron las manos del tiempo y la inspectora hundió su dedo tieso en el timbre. Corrimos todas juntas por el pasillo, cruzamos la rosaleda, entramos al baño sin dejar vigilante. Frenéticamente, descuidadamente, dejándonos llevar por el arrebato y los gruñidos, estrenamos nuestras hojas en una carnicería inútil. Las unas contra las otras. Intentando librarnos del pelo ardiente de Pilar su pelambrera infinita nos arropaba más, se nos iba ensartando.

Pilar se paseaba ante nosotras en el patio mientras pelábamos membrillos. Dejábamos correr el jugo de la fruta por nuestras manos, nos chupábamos los dedos imaginándola desparramada en nuestro baño. Su mirada insidiosa, esa tarde, nos cortaba el aire. Después la vimos aventurarse lentamente por el pasillo, detenerse en la puerta negra y agitar la melena. La seguimos. Oímos cuando se encerraba en el retrete, su chorro interminable. ¿Quería o no quería? Se lavaba las manos cuando nos apostamos alrededor y le anunciamos lo bien que iba a quedar. No se movió mientras sacábamos las hojas pero se puso pálida: supimos que gritaría, tuvimos que agarrarla de pies y manos, sujetarla firme sobre el suelo, meterle en la boca un pañuelo para silenciarla. Se resistía, pero le levantamos el uniforme, le bajamos los calcetines, le quitamos los zapatos negros. Tenía pelo incluso sobre el empeine, y eso excitó aún más nuestra pasión por ella: qué desnuda iba a quedar cuando termináramos. Qué suave, que pálida. Pero seguía revolviéndose con los ojos muy abiertos y yo, que tenía la gillette en la mano, que no paraba de susurrarle que se quedara quieta por su bien, para no hacerle daño, empecé a rasurarla. A cortarla cada vez que se movía. La sangre en vez de asustarnos nos azuzaba, nos instaba a seguir. Nuestra saliva anestesiaría los ardores de su piel.

El suelo estaba cubierto de pelos y de sangre. Sólo faltaba el pubis y Pilar por fin dejó de moverse. Por un instante pensamos que se nos ahogaba con el pañuelo o que se nos estaba desangrando, y entonces no nos quedó más que desocuparle la boca. Como te muevas, idiota, te quedas sin ojos. Pilar sudaba con los párpados cerrados, pero respiraba suavemente, y nosotras suspiramos porque temíamos tener que cumplir esa promesa y matarla. La hoja fue cortando su calzón por los lados y, con mucho cuidado, sin descubrirla por completo todavía, empezó a afeitar primero la piel que lucía arriba del elástico y después hacia abajo, retardando la aparición del precioso y ansiado pubis de Pilar. Su pubis hinchado y negro. Sonrió ambiguamente cuando quitamos la tela y vimos aparecer esa enorme lengua asomada por sus labios, una lengua que al engordar nos dejó con la boca abierta, sin palabras, atónitas un momento mientras la lengua oscura se iba levantando. Entonces tiramos al suelo las hojas de afeitar y le besamos la boca y nos besamos con la lengua, enloquecidas por el éxtasis del descubrimiento.

Lina Meruane (foto)

“Doña Tato” de Marta Brunet

Llegó prestigiada por treinta años de servicios en casa de unas viejecitas solteronas que acababan de morir con pocos días de diferencia. Sabía cocina y repostería. Exigía una pieza dormitorio para su uso particular y que le aceptaran un gato negro, gordiflón y taciturno. Ella se llamaba Tránsito; él, “Paquito”. Porque siempre iban juntos, pareja estrafalaria: doña Tato, vieja, magra, la cara llena de arrugas hondas convergentes a la boca, el trasero saliente, los brazos muy largos y hábito del Carmen; “Paquito”, desmadejado, bostezante, silencioso en sus escarpines blancos.

Lo trastornaron todo en casa. La vieja empezó por expulsar de la cocina a los otros gatos y a las otras sirvientas. La cocina era suya. Solo a mí –con aires de condescendencia– me dejaba entrar. Encerrada con llave, se entendía con las sirvientas por el torno, y si alguna quería deslizarse adentro o insinuaba el propósito, la insultaba, mezclando a los dicterios tiradas de latines. Y como vomitando ese mejunje al par que aspeaba los largos brazos tenía algo de bruja, la creyeron en pacto con el demonio y, horrorizadas, la dejaron vivir a su placer.

Los gatos tardaron más en darse por vencidos. Llegaban oteando por el torno o la ventana, buscando piltrafas, ansiosos de rescoldo. Y hallaban un brazo y una escoba mucho más largos que lo previsto y que siempre, invariablemente, les caían en medio del lomo. Hasta que uno quedó descaderado no parecieron tomar en serio el peligro que era la vieja. Desde entonces se refugiaron en el repostero, junto al anafe y las otras sirvientas, en acercamiento de víctimas del mismo poder.

Al principio hubo muchas protestas. A cada rato llegaba alguna mujer en son de acuse, y hasta los gatos –en su idioma– supongo que me darían quejas. Prometía amonestarla y hasta ponerla en la calle si no cambiaba de conducta. Pero cuando al anochecer venía doña Tato llena de majestad –seguida por “Paquito”– tomar órdenes para el día siguiente, mis propósitos se iban arrastrados por la marea de respeto rayano en terror que la vieja me producía.

Empezaba mi aprendizaje de ama de casa; la falta de conocimiento y de práctica me hacia indecisa, débil, temerosa. Doña Tato se daba perfecta cuenta de su superioridad. Fingiéndose humilde, empezaba siempre:

–Aquí estoy a las órdenes de su mercé.

–¿Cómo está, doña Tato?

–Muy bien, para servirle. ¿Qué haremos mañana?

Yo me ponía a pensar en minutas, buscando con verdadera ansia en mis recuerdos los nombres de todos los guisos que conocía, y siempre, siempre, encontraba sólo aquellos que comiera en la mañana o –alejándome un poco– en la noche anterior.

Doña Tato decía al descuido:

–“Paquito” está bien.

Mala iba la cosa… Cuando no se le preguntaba por el gato, le ponía de peor humor que el pésimo de costumbre.

–Haremos…, haremos… budín de coliflor y berenjenas rellenas con queso.

Y la miraba, feliz de mi hallazgo, porque tenía la perfecta seguridad de no haber comido coliflor hacía largos meses.

–¡Es el tiempo ahora! –y en semicírculo, de pared a pared, su mirada ponía al salón por testigo de mi imbecilidad.

Pero yo, realmente imbécil, insistía porfiada:

–Quiero budín de coliflor… Debe haber coliflor en conserva y berenjenas también.

La vieja saltaba furiosa:

–Tamién…, tamién… ¿Y qué más? ¿Un pajarito volando tamién? Estas iñoritas que no saben ónde están parás y se meten a disponer. Ora pro nobis… Tamién… Yo sabré lo que hago mañana. ¡No faltaba otra cosa! Cuando una ha servío treinta años en una casa no tiene pa qué andar mendigando mandares. Per Chri stum Dominun noatum… ¿Qué te parece, “Paquito”? Si no juera por mí te mataban de hambre. Nicolasa…, pa tu casa. Amén.

Y se marchaba de estampía, seguida perezosamente por el gato, dejándome humillada, indignada y amedrentada. Hasta que opté por abandonar mis aires de dueña de casa y decirle que no viniera más a tomar órdenes, que dispusiera ella a su antojo. Comíamos admirablemente. En el servicio había orden. En las cuentas, economías. ¿Qué más pedir?

La doncella me contó cómo rezaba la vieja el rosario, los rosarios, porque el día entero se pasaba en eso. Trajinando, siempre en una actividad enfermiza por lo continua, doña Tato murmuraba las avemarías a media voz, y al terminar, en el amén, agregaba un número, de uno a diez, para contar las decenas sin necesidad de tener en las manos un rosario que le impidiera seguir en sus quehaceres. Y los misterios los señalaba en la repisa con cinco papas que iba sacando de un cajón.

Lo encontré tan cómico que fui a mirarla y a oírla por el torno disimuladamente. Y era cierto. Desgranaba porotos e iba diciendo:

–Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Ocho. Dios te salve, María… Amén. Nueve. Dios te salve… Santa María… Diez.

Y puso un a papa negra junto a las otras dos que estaban en la repisa.

Pero otro día me trajeron una historia que no me agradó ni pizca. Al llegar del mercado, doña Tato colocaba en el mesón toda la carne, llamaba a “Paquito” y decía:

–Elija, mi lindo.

Y el gato oliscaba trozo a trozo hasta hallar uno a su gusto para comérselo.

Hice llamar a doña Tato. Con mucho miedo, pero mucho valor, le dije:

–No es posible que cuando usted llega del mercado haga que “Paquito” meta el hocico en toda la carne para elegir su pedazo. Eso es muy sucio, doña Tato.

–Sucio…, sucio… ¿Y qué más? Miserere nobis. ¿”Paquito” sucio? Ya quisiera su mercé tener la boca tan limpia como “Paquito”. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrir. “Paquito” no se pone porquerías de pinturas en la cara ni menos en el hocico. Vade retro

¡Era el colmo! Fui yo quien salió de estampía para llegarme al escritorio de Pedro y decidirlo con muchos arrumacos a despedir él a la vieja insolente.

Fue. Llegó a la puerta de la cocina, tocó con los nudillos. Se abrió el tomo, apareciendo la cara mal agestada.

–Doña Tato… –pudo decir.

–Si quiere alguna cosa –interrumpió–; pídasela ala Petronila. Aquíno moleste.

Y cerró de golpe el postigo.

Pedro volvió mohíno y me dijo que era yo la llamada a echar a la vieja; que él, abogado de veintitrés años, con mujer y casa –aunque sin clientela, esto lo agrego yo–, no podía descender a esas pequeñeces. Y que, además, otra vez posiblemente no lograría dominarse y pondría a la vieja en la calle a fuerza de puntapiés. Mentira. Le pasó lo que a todos: le tuvo miedo a doña Tato. Y así siguió ésta inexpugnable en la cocina.

Por ese entonces, Pedro trajo varias veces invitados a comer. La segunda vez, doña Tato llegó como un basilisco a decirme:

–¿Qué se han imaginado que vaya pasarme alimentando hambrientos ociosos? Agnus Dei, qui tolli peccata mundi. Ni lesa que fuera…

–Pero, doña Tato…

–Si viene gente a comer, me mando a cambiar al tiro.

Y yo, iluminada, le contesté suavemente:

–Mire, Tatito, le diré con franqueza que Pedro quiere traer todos los días un amigo a comer. Si no está conforme con esto, lo mejor será que le vaya…, que busque ocupación en otra casa.

Me miraba con los ojillos desconfiados agudos de malicia y al fin dijo, riendo marrullera:

–¡Je! Era pa’eso… Vade retro… No se incomode su mercé. No pienso irme, porque estoy muy a gusto y “Paquito” tamién. Deo Gratias. Pero a esos ociosos… ¡ya los espantaré!

Y los espantó, claro, porque siempre que teníamos invitados salaba o ahumaba la comida. Hubo a veces que improvisarlo todo con conservas.

Pensamos recurrir a la policía para echar a la vieja. Y tras mucha vacilación acabé por escribirle una carta muy atenta con tres faltas de ortografía que corrigió Pedro, diciéndole que si no se retiraba para el 1º del mes siguiente, llamaríamos al carabinero para obligarla a irse.

Y llegó el 1º y pasó una semana y doña Tato no se iba. La hallé en el patio una tarde y le pregunté tímidamente:

–¿Cuándo se va, doña Tato?

–¿Usted cree que yo soy de las que duran un mes en cada casa? In nomine Patris et Filii et Spiritus Sanctis. Aqui estaré otros treinta años. Amén.

Entonces –acuciados por el miedo a soportar per omnia soecula soecuIorum a la vieja– Pedro tuvo una idea genial: le escribió a mi madre invitándola a pasar unos días con nosotros. Y llegó mi madre con empaque de juez y ojos escrutadores.

No dijimos nada; pero a la segunda comida, ante los guisos desastrosamente quemados, peores que en la mañana, mi madre estalló en preguntas rápidas que Pedro y yo contestábamos, atropellándonos para narrar nuestras desdichas bajo la tiranía de doña Tato.

Ante nuestros ojos mi madre adquiría su gran aire de imperatrice. Se puso de pie y salió diciéndonos:

–Van a ver ustedes…

Nos mirábamos aterrados. Mirábamos la puerta esperando ver surgir en su vano a doña Tato, persiguiendo a mi madre o con el largo brazo y la larga escoba, al par que fulminaba denuestos y latines para nuestra total exterminación.

Se oían voces, gritos, portazos, chillidos, caer de loza, carreras: todo simultáneamente. Luego un gran silencio.

Angustiada, hecha un ovillo toda contra Pedro, dije temblando:

–Anda a ver… Con tal que no la haya matado…

Pero entraba mi madre con largo paso tranquilo y ojos duros de triunfadora.

–Ya se va. Mañana mandará a buscar sus ceses.

Nos mirábamos atónitos. ¿Doña Tato? Pero…

La vimos pasar por la puerta abierta al patio. Iba con el cuello extendido, como temiendo un peligro, ladeado el moño, arrebozada en un chalón que le ceñía el trasero grotescamente, con “Paquito” en brazos, soñoliento y friolero.

Pasaba…, se alejaba…, se iba…

Y sin saber por qué, me eché a llorar en la corbata de Pedro.

Marta Brunet (foto)

Bin Laden, el “Negro” Piñera y la “Quintrala”

El “Negro” Piñera se llama Miguel (foto) y es hermano del presidente de Chile, Sebastián Piñera Echenique. Cincuentón, chico (de baja estatura) y barrigón como un Buda, calvo y conocido como “El rey de la noche”, el “Negro” cayó en depresión. Tuvieron que internarlo en una clínica psiquiátrica. Eso dijeron. ¿La causa? Su esposa Belén Hidalgo, veinte años más joven, esbelta, alta, guapísima, modelo, lo dejó. Se hartó de que él pudiera estar todas las noches carreteando (rumbeando, parrandeando) y ella, sola, permaneciera en la casa esperándolo, pero cuando ella modelaba él se ponía como un erizo. El “Negro”, chico guatón (barrigón) dijo, más o menos: “La he llevado a viajar por el mundo, le doy flores, ropa y auto, ¿qué más quiere?”, para descalificar en un programa de televisión la actitud de su angustiada esposa. La respuesta la pudo decir ella, aunque no la ha dicho: “Yo lo que quiero es un hombre, un compañero”. Pero por momentos me tientan los malos pensamientos, digo yo, y creo que internarse en un pabellón psiquiátrico puede ser solo una estratagema (para causarle compasión “a la Beléncita”, con este procedimiento de choque, para que lo reciba de nuevo; dicen que todo es válido en el amor).

La muerte de Osama Bin Laden ha provocado suspicacias. Ya corren las versiones de que mataron a “un doble”, de que no es Osama y por eso no muestran fotos de su cadáver, de que Osama es solamente una ficción inventada porla CIA (o un agente suyo), a todo lo cual pusieron, enhorabuena, punto final. Una primera versión de su muerte indicó que Bin Laden resistió 40 minutos un intenso tiroteo, antes de recibir dos impactos: uno sobre el ojo izquierdo y otro en el pecho. Una segunda versión da cuenta de que estaba desarmado al momento del asalto de los Seal estadounidense sobre la casa donde se refugiaba (lo cual no resta la potencial peligrosidad de Bin Laden). Qué hacían más de 20 niños en esa casa, según leí en alguna parte, ¿como cinturón de seguridad? (¿Bin Laden “usa” a los niños?) Algunos dijeron que “por fin se acabó” el terrorismo, pero otros creen que Al Qaeda puede enervarse, y causar daño indiscriminado en cualquier parte del mundo, siendo Estados Unidos el blanco inicial. Otros dicen que Al Qaeda no existe, que es solamente una oficina de la CIA que sirve de catalizador a los intereses estadounidense en las áreas petroleras del mundo. Como en el lema del canal de televisión Infinito, “la realidad supera la ficción”. ¿Y fue solo una ficción? ¿Y despertamos del sueño? O tal vez no lo sea, y ahora se siga con las versiones de quienes quedaron vivos, familiares de Osama, que hablarán, obviamente, de que aquel asalto de los Seal fue una verdadera masacre.

La arquitecta María del Pilar Pérez, apodada por los medios de comunicación como “La Quintrala” (en recuerdo de la mujer desalmada de la vieja otrora Santiago), deberá pasar el resto de su vida en la cárcel, por los crímenes de su ex esposo, el compañero homosexual de éste, y el novio de su sobrina. ¡Tres asesinatos! También deberá pagar 240 millones de pesos, por compensación de daños al resto de la familia, que también intentó matar (según lo confesó el sicario que fue condenado con ella) y a una nuera a quien causó lesiones graves, al lanzarla escaleras abajo, en lo que habría sido el intento de otro homicidio más. María del Pilar Pérez había apelado la condena ante la Corte Suprema de Justicia, y ésta respondió confirmando todo lo actuado por la justicia ordinaria. Es increíble la voracidad de la codicia de María del Pilar Pérez, quien ya tenía casi toda la fortuna que había dejado su padre, pero quería aún más. Tal quedó claro que era el móvil de su insensato proceder. Quería dejar sin nada al resto de la familia, incluyendo a su madre (quien declaró en contra de María del Pilar en el juicio) y a sus hijos (quienes declararon en contra de María del Pilar en el juicio). O quizás se trate de una enajenada (pero el Servicio de Medicina Legal la consideró lúcida y responsable en la comprensión de los conceptos del Bien y del Mal). Si María del Pilar desea apelar el castigo, lo podrá hacer dentro de 25 años. Para entonces tendrá más de 80 años. Mató su vida.

Todos los días son de la mujer – 8 marzo

La mujer fuerte (Gabriela Mistral)

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,

mujer de saya azul y de tostada frente,

que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía

vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

Alzaba en la taberna, honda la copa impura

el que te apegó un hijo al pecho de azucena,

y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,

caía la simiente de tu mano, serena.

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,

y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,

agrandados al par de maravilla y llanto.

Y el lodo de tus pies todavía besara,

porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara

¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

Si Dios fuera una mujer (Mario Benedetti)

¿Y si Dios fuera mujer?,

pregunta Juan sin inmutarse,

vaya, vaya si Dios fuera mujer

es posible que agnósticos y ateos

no dijéramos no con la cabeza

y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez

para besar sus pies no de bronce,

su pubis no de piedra,

sus pechos no de mármol,

sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos

para arrancarla de su lontananza

y no habría que jurar

hasta que la muerte nos separe

ya que sería inmortal por antonomasia

y en vez de transmitirnos sida o pánico

nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría

lejana en el reino de los cielos,

sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,

con sus brazos no cerrados,

su rosa no de plástico

y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío

si hasta siempre y desde siempre

fueras una mujer

qué lindo escándalo sería,

qué venturosa, espléndida, imposible,

prodigiosa blasfemia.

Poema 1 (Pablo Neruda)

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,

te pareces al mundo en tu actitud de entrega.

Mi cuerpo de labriego salvaje te socava

y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros

y en mí la noche entraba su invasión poderosa.

Para sobrevivirme te forjé como un arma,

como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.

Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.

Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!

Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.

Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!

Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,

y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

No hay más, solo mujer (Jaime Sabines)

No hay más. Sólo mujer para alegrarnos,

sólo ojos de mujer para reconfortarnos,

sólo cuerpos desnudos,

territorios en que no se cansa el hombre.

Si no es posible dedicarse a Dios

en la época del crecimiento,

¿qué darle al corazón afligido

sino el círculo de muerte necesaria

que es la mujer?

Estamos en el sexo, belleza pura,

corazón solo y limpio.

Piscinazo de la Reina del Festival de Viña

Andrea Dellacasa fue escogida por la prensa acreditada en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar 2011 como la “Reina del Festival”. En las fotografías, esta tarde durante el tradicional “piscinazo” de las soberanas.