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Consucuento, del Sernac, el martes 20

Así dice el aviso: “Detrás de cada compra hay una historia. Porque hoy los consumidores tienen el poder de contar su historia. Participa en el primer concurso nacional de relatos de consumo, de Sernac, Consucuento.

Ven al lanzamiento de Consucuento, el martes 20 de marzo a las 11 horas, en la Plaza de la Constitución, en Santiago, y cuéntanos en vivo la historia de una compra. La mejor historia obtendrá, ese día, un premio de $100.000.

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Miguel I, rey sobreviviente de la II Guerra Mundial

Tomo de Lola Galán, la genial cronista de El País, el siguiente interesante texto sobre un sobreviviente de la historia, el abdicado rey Miguel I de Rumanía (foto):

Miguel I, último rey de Rumanía, es el único superviviente de los jefes de Estado europeos dela II GuerraMundial. Su popularidad actual ha dado nuevo brillo a la monarquía en Bucarest, donde se ha disparado el rumor de que podría restaurarse, aunque en la persona del príncipe Carlos de Inglaterra. Nos atiende en su casa de Ginebra, donde recuerda, a los 90 años, su breve reinado y su largo exilio

No hay bandera ni escudo nacional que distinga este discreto chalé suizo de las residencias que lo rodean. Pero entre sus muros pintados de blanco vive una reliquia del pasado, el último rey de Rumanía. Único caso de monarca asociado con las potencias del Eje primero, y con los Aliados después, que sigue vivo para contarlo. Testigo, poco conocido pero excepcional, de uno de los periodos más trágicos de la historia reciente europea.

El antiguo rey vive en Aubonne, un pueblecito sobre el lago Leman, a media hora de Ginebra. Pero apenas se franquea el umbral de la casa, se impone el aroma de Rumanía que desprenden los pasteles que ha preparado la cocinera de su majestad. Miguel Hohenzollern-Sigmaringen, regele Mihai I de los rumanos, se presenta en el vestíbulo, alto y frágil, vestido con pantalón oscuro y chaqueta de cuadros, a juego con la corbata. La mirada azul, todavía alerta, pese a que cumplió 90 años el 25 de octubre pasado.

El rey Miguel I abdicó el 30 de diciembre de 1947. Rumanía se convirtió esa misma noche en una república socialista, gobernada por un partido comunista a las órdenes de Moscú. Pocos días después, el joven monarca abandonaba el país, acompañado de su madre, la reina Elena, un puñado de sirvientes, cuatro coches reales y poco más.

Su breve reinado (a los 5 años, con una regencia, entre 1927 y 1930; después, a los 18 años, entre 1940 y 1947) es un caso singular en la historia. Fue rey títere del dictador Ion Antonescu, socio dela Alemanianazi, y como tal trató a Hitler y a Mussolini. Pero dio un golpe de Estado en agosto de 1944 y se colocó del lado de los Aliados, lo que le valió condecoraciones e incontables elogios, pero no evitó el drama de que Rumanía quedará bajo la esfera de influencia de Stalin.

Ante la total indiferencia aliada, el rey que abandonó a Hitler para colocarse “del lado de la democracia y la libertad” se encontró en enero de 1948 en el exilio. En terreno de nadie, abandonado, colocado a la intemperie de la historia. El exmonarca no recuerda los detalles del primer encuentro con Hitler, en 1938, todavía como príncipe heredero, ni la entrevista de 1940, recién coronado, de la que hay algunos testimonios gráficos.

“Recuerdo una comida con Hitler, sí, en 1941, en Berlín. Yo no hablaba alemán, mi madre sí, era ella la que llevaba el peso de la conversación”, cuenta Miguel de Rumanía, en un inglés perfecto pero prácticamente inaudible. Su madre, la princesa Elena de Grecia, tía de la reina Sofía de España, era todo un personaje. Su padre, Carol II, un Hohenzollern, fue un ejemplo poco edificante de rey corrupto. Miguel de Rumanía ha prescindido ya del apellido alemán, empeñado en romanizar la dinastía.

Pese a que apenas tenía 20 años cuando compartió mantel con Hitler, el anciano exrey recuerda lo esencial. Dice que el Führer no le causó especial impacto. “Si impresionaba era para mal”, dice. “Tampoco me pareció que tuviera grandes dotes de orador. Tenía ese trato difícil, porque miraba a las personas fijamente. Ya entonces la fama de los nazis dejaba mucho que desear, las cosas fueron luego empeorando, cada vez más. No recuerdo lo que comimos. Pero Hitler no llevaba uniforme. Vestía sus habituales pantalones oscuros y una chaqueta caqui. Había cuatro personas con él. Era frío y estirado”.

Gritaba continuamente y era difícil meter baza en una conversación en alemán que el Führer monopolizaba. En aquel viaje, al rey y a su madre les acompañaba un ayudante de campo llamado Jacques Vergotti, que dejó constancia en unas memorias mecanografiadas, recogidas por Ivor Porter, biógrafo del rey, de un par de detalles jugosos. Vergotti recordaba haber visto a la madre del monarca, la reina Elena, adornada con una orquídea, obsequio de Hitler, que le dio también un frasco de Pervitin, unas pastillas antidepresivas sin las cuales, según les confesó, no podía vivir.

–¿Cuál fue el motivo oficial de la visita?

–El encuentro se produjo de una forma bastante rara. Mi madre tenía que ir a Florencia a resolver algunos asuntos privados. Pero Antonescu le dijo que ya que tenía que ir a Italia, por qué no iba a ver a Hitler y a Mussolini. La verdad, no alcanzo a ver el sentido de esa visita. Pero el hecho es que terminamos en Berlín.

De allí viajaron a Italia. Los recuerdos de Mussolini son algo más amables. “Las diferencias entre él y Hitler eran muy grandes. Claro, en primer lugar, yo hablo italiano, y eso siempre acerca. Mussolini era más abierto, una persona más cálida, como son los italianos. Recuerdo que mi madre le preguntó cómo se las ingeniaban para vivir los italianos y el país en general con todas las restricciones que sufrían. Su respuesta fue: ‘Pues apretándose un poco el cinturón”.

Ni Hitler ni Mussolini hubieran imaginado nunca que aquel monarca joven e inexperto fuera capaz de cambiar el curso dela II GuerraMundial con un golpe de Estado. O al menos, de acortar en seis meses aquella carnicería. “Oficialmente, lo que hice fue sacar a Rumanía de la guerra, con la esperanza de evitar una sangría. Aunque sabía que los alemanes no iban a aceptarlo, y no lo hicieron: nos bombardearon ese mismo día”, recuerda el exrey.

Pero durante los largos años de exilio no ha dejado de pesarle lo que en el fondo considera una traición de Occidente, y muy en especial del líder británico Winston Churchill. “Rumanía y todos los demás países al este de Alemania fueron abandonados en Yalta”, dice, recordando la conferencia de febrero de 1945 en la que Stalin, Roosevelt y Churchill acordaron un reparto europeo.

El exilio, convertirse en un ciudadano de a pie después de haber vivido en palacios rodeado de atenciones y honores, debió de ser una experiencia difícil. “Salimos solo con las pertenencias personales”, precisa el exrey, acusado después por el Gobierno comunista de haberse llevado al exilio oro y joyas. Según la biografía autorizada de Ivor Porter, la reina Elena había sacado del país, previamente, dos pequeños grecos con destino a una caja fuerte de Zúrich. Y un ayudante del monarca retiró en efectivo algo más de 300.000 francos suizos y franceses y50 libras en vísperas del viaje a Londres, en noviembre de 1947, para asistir a la boda de la entonces princesa Isabel de Inglaterra con Felipe de Edimburgo, los dos primos segundos de Miguel de Rumanía.

Este parentesco y la pasión del heredero británico, Carlos de Gales, por Rumanía han dado pie a los más increíbles rumores sobre una posible coronación de Carlos como Carol III de los rumanos.

Pero en noviembre de 1947 el panorama era otro. Todala Europadel Este estaba bajo la esfera de Stalin, y Miguel I de Rumanía tenía los días contados. Un mes después de la boda inglesa, donde conoció a Ana de Borbón Parma, con la que se casaría al año siguiente, el rey rumano era un exiliado, obligado a ganarse la vida con el sudor de su frente. Miguel había aprendido a pilotar aviones, y esa experiencia le sirvió para sobrevivir en su vida civil. Primero pasó un tiempo en la campiña británica, empeñado con su mujer en sacar adelante una granja avícola. Después, gracias a una oferta de la firma aeronáutica Lear, se instaló en Suiza definitivamente. Entre tanto, llegaban al mundo, una tras otra, las cinco hijas de la pareja. Cuando Lear cerró sus oficinas, el exrey aceptó por un tiempo un empleo como bróker para una firma estadounidense. “Pero no me gustó. Odio estar sentado entre papeles”, dice. El exrey dedicaba parte de su tiempo de ocio a trabajar con algún antiguo Jeep que el Ejército de Estados Unidos había enviado a Rusia, y que llegó a sus manos de forma bastante rocambolesca. Como el que perteneció al general Patton, que el exmonarca restauró y aún conserva.

Su vida desde entonces ha sido modesta, desde la perspectiva de la realeza. La casa sobre el lago Leman, donde se celebra la entrevista, tampoco es suya. “Es un préstamo”, dice, sin especificar más. Miguel I no recuperó hasta 1997 la nacionalidad que le arrebataron los comunistas. Pero en 2000, una ley que otorga un nuevo estatus a los antiguos jefes de Estado le permitió recuperar todo su patrimonio en Rumanía y disponer del palacio Elisabeth. Aun así, mantiene su residencia en Suiza. De Rumanía llegan continuas delegaciones y emisarios. El patriarca rumano en persona le cantará los oficios navideños, antes de que el exrey viaje a Rumanía a pasar las fiestas.

En el ocaso de su vida, el que fuera Majestatea Sa Regele Mi-hai I al României parece disfrutar de nueva notoriedad. El 25 de octubre pasado, su 90º aniversario fue celebrado por todo lo alto en su país. Con su casi inaudible voz, pronunció su primer discurso tras 64 años de exilio en el Parlamento de Bucarest, gracias a una invitación del Partido Demócrata Liberal (PD-L). También acudió la reina Sofía, prima hermana de Miguel. “Las relaciones con la familia real española son muy buenas. Aunque nos vemos muy poco”, dice el exmonarca. “Nos acerca no solo la proximidad familiar, sino el destino histórico. También la reina Sofía sabe lo que es el exilio. Ella y el Rey de España han dedicado sus vidas a la tarea de apoyar las instituciones democráticas de su país, igual que hemos hecho nosotros en el nuestro”. Miguel estuvo en la boda del príncipe Felipe con Letizia Ortiz, en abril de 2004.

Miguel es consciente de que la monarquía puede muy bien no regresar jamás a Rumanía. Pese a la ayuda indirecta del presidente rumano, Traian Basescu, que ha contribuido a incrementar el apoyo al exrey al acusarle de haber entregado el país a los comunistas. “La acusación no tiene fundamento”, explica el hispanista rumano Horia Barna. “Al rey le obligaron a abdicar. No le quedó más remedio que irse”. Con todo, las posibilidades de que el antiguo régimen regrese son pequeñas. Con frecuencia, la historia no tiene marcha atrás.

“El barranco” de José María Arguedas

En el barranco de K’ello-k’ello se encontraron la tropa de caballos de don Garayar y los becerros de la señora Grimalda. Nicacha y Pablucha gritaron desde la entrada del barranco:

–¡Sujetaychis! ¡Sujetaychis! (¡Sujetad!)

Pero la piara atropelló. En el camino que cruza el barranco, se revolvieron los becerros, llorando.

–¡Sujetaychis! –Los mak’tillos Nicacha y Pablucha subieron, camino arriba, arañando la tierra.

Las mulas se animaron en el camino, sacudiendo sus cabezas; resoplando las narices, entraron a carrera en la quebrada, las madrineras atropellaron por delante. Atorándose con el polvo, los becerritos se arrimaron al cerro, algunos pudieron volverse y corrieron entre la piara. La mula nazqueña de don Garayar levantó sus dos patas y clavó sus cascos en la frente del “Pringo”. El “Pringo” cayó al barranco, rebotó varias veces entre los peñascos y llegó hasta el fondo del abismo. Boqueando sangre murió a la orilla del riachuelo.

La piara siguió, quebrada adentro, levantando polvo.

–¡Antes, uno nomás ha muerto! ¡Hubiera gritado, pues, más fuerte! –Hablando, el mulero de don Garayar se agachó en el canto del camino para mirar el barranco.

–¡Ay señorcito! ¡La señora nos latigueará; seguro nos colgará en el trojal!

–¡Pringuchallaya! ¡Pringucha!

Mirando el barranco, los mak’tillos llamaron a gritos al becerrito muerto.

La Ene, madre del “Pringo”, era la vaca más lechera de la señora Grimalda. Un balde lleno le ordeñaban todos los días La llamaba Ene, porque sobre el lomo negro tenía dibujada una letra N, en piel blanca. La Ene era alta y robusta, ya había dado a la patrona varios novillos grandes y varias lecheras. La patrona la miraba todos los días, contenta:

–¡Es mi vaca! ¡Mi mamacha! (¡Mi madrecita!).

Le hacían cariño, palmeándole en el cuello.

Esta vez, su cría era el “Pringo”. La vaquera lo bautizó con ese nombre desde el primer día. “El Pringo”, porque era blanco entero. El Mayordomo quería llamarlo “Misti”, porque era el más fino y el más grande de todas las crías de su edad.

–Parece extranjero –decía.

Pero todos los concertados de la señora, los becerreros y la gente del pueblo lo llamaron “Pringo”. Es un nombre más cariñoso, más de indios, por eso quedó.

Los becerreros entraron llorando a la casa de la señora. Doña Grimalda salió al corredor para saber. Entonces los becerreros subieron las gradas, atropellándose; se arrodillaron en el suelo del corredor; y sin decir nada todavía, besaron el traje de la patrona; se taparon la cara con la falda de su dueña, y gimieron, atorándose con su saliva y con sus lágrimas.

–¡Mamitay!

–¡No pues! ¡Mamitay!

Doña Grimalda gritó, empujando con los pies a los muchachos.

–¡Caray! ¿Qué pasa?

–“Pringo” pues, mamitay. En K’ello-k’ello, empujando mulas de don Garayar.

–¡”Pringo” pues! ¡Muriendo ya, mamitay!

Ganándose, ganándose, los becerreros abrazaron los pies de doña Grimalda, uno más que otro; querían besar los pies de la patrona.

–¡Ay Dios mío! ¡Mi becerritol ¡Santusa, Federico, Antonio…!

Bajó las gradas y llamó a sus concertados desde el patio.

–iCorran a K’ello-k’ello! ¡Se ha desbarrancado el “Pringo”! ¿Qué hacen esos, amontonados allí? ¡Vayan, por delante!

Los becerreros saltaron las gradas y pasaron al zaguán, arrastrando sus ponchos. Toda la gente de la señora salió tras de ellos.

Trajeron cargado al “Pringo”. Lo tendieron sobre un poncho, en el corredor. Doña Grimalda, lloró, largo rato, de cuclillas junto al becerrito muerto. Pero la vaquera y los mak’tillos, lloraron todo el día, hasta que entró el sol.

–¡Mi papacito! ¡Pringuchallaya!

–¡Ay niñito, súmak’wawacha! (¡Criatura hermosa!).

–¡Súmak’ wawacha!

Mientras el Mayordomo le abría el cuerpo con su cuchillo grande; mientras le sacaba el cuerito; mientras hundía sus puños en la carne, para separar el cuero, la vaquera y los mak’tillos, seguían llamando:

–¡Niñucha! ¡Por qué pues!

–¡Por qué pues, súmak’wawacha!

Al día siguiente, temprano, la Ene bajaría el cerro bramando en el camino. Guiando a las lecheras vendría como siempre. Llamaría primero desde el zaguán. A esa hora, ya goteaba leche de sus pezones hinchados.

Pero el Mayordomo le dio un consejo a la señora.

–Así he hecho yo también, mamita, en mi chacra de las punas –le dijo.

Y la señora aceptó.

Rayando la aurora, don Fermín clavó dos estacas en el patio de ordeñar, y sobre las estacas un palo de lambras. Después trajo al patio el cuero del “Pringo”, lo tendió sobre el palo, estirándolo y ajustando las puntas con clavos, sobre la tierra.

A la salida del sol, las vacas lecheras estaban ya en el callejón llamando a sus crías.La Enese paraba frente al zaguán; y desde allí bramaba sin descanso, hasta que le abrían la puerta. Gritando todavía pasaba el patio y entraba al corral de ordeñar.

Esa mañana,la Enellegó apurada; rozando su hocico en el zaguán, llamó a su “Pringo”. El mismo don Fermín le abrió la puerta. La vaca pasó corriendo el patio. La señora se había levantado ya, y estaba sentada en las gradas del corredor.

La Eneentró al corral. Estirando el cuello, bramando despacito, se acercó donde su “Pringo”; empezó a lamerle, como todas las mañanas. Grande le lamía, su lengua áspera señalaba el cuero del becerrito. La vaquera le maniató bien; ordeñándole un poquito humedeció los pezones, para empezar. La leche hacía ruido sobre el balde.

–¡Mamaya! ¡Y’astá mamaya! –llamando a gritos pasó del corral al patio, el Pablucha.

La señora entró al corral, y vió a su vaca. Estaba lamiendo el cuerito del “Pringo”, mirándolo tranquila, con sus ojos dulces.

Así fue, todas las mañanas; hasta que la vaquera y el Mayordomo, se cansaron de clavar y desclavar el cuero del “Pringo”. Cuando la leche dela Eneempezó a secarse, tiraban nomás el cuerito sobre un montón de piedras que había en el corral, al pie del muro. La vaca corría hasta el extremo del corral, buscando a su hijo; se paraba junto al cerco, mirando el cuero del becerrito. Todas las mañanas lavaba con su lengua el cuero del “Pringo”. Y la vaquera la ordeñaba, hasta la última gota.

Como todas las vacas,la Enetambién, acabado el ordeño, empezaba a rumiar, después se echaba en el suelo, junto al cuerito seco del “Pringo”, y seguía, con los ojos medio cerrados. Mientras, el sol alto despejaba las nubes, alumbraba fuerte y caldeaba la gran quebrada.

José María Arguedas (foto)

“El sacerdote” de William Faulkner

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas dela Gloriade Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

–A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras”.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán amantes? –se preguntó–. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso enla Calle Canal.Chicas que iban a casa para almorzar –el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser–, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿0 esla Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”.

“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó.

“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejóla Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.

Ave María, deam gratiam… torre de marfil, rosa del Líbano…

William Faulkner (foto)

Violeta Parra según Pedro Messone

Pedro Messone (foto), ídolo en los tiempos en que Violeta Parra cantaba sus composiciones y quien recibió la noticia de su suicidio en el camerino de la Quinta de Vergara, durante el Festival de Viña del Mar de 1967, justo antes de salir a cantar “Niña, sube a la lancha”, lo primero que advierte es que Violeta Parra no era comunista. Inclusive, cuenta que muchas veces la oyó quejarse de “¡Estos comunistas!”, porque no la ayudaban, ni siquiera iban a la carpa de La Reina…

Como ese, son varias los comentarios que hace Pedro Messone al ver la película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”. Precisiones que aquilatan, a mi juicio, la contextura folclórica y universal de Violeta Parra.

Las hace Pedro Messone en una nota de Lilián Olivares, en el diario La Segunda, en la que indica que la escena de la película en la que Violeta Parra habla con una especie de curador del Museo de Louvre, y describe sus arpilleras, no debió haber dicho que esa era “su forma de protestar, porque en su país (Chile) no lo puede hacer”, mostrando con el dedo una especie de fusil. Para Messone, no hay cómo ligar a Violeta Parra con la dictadura de Augusto Pinochet, pues todo ocurrió “en la década del 60 y gobernaba Eduardo Frei Montalva entonces”. Conviene en este punto, me parece, precisar que la dictadura de Augusto Pinochet irrumpió en septiembre de 1973.

En este punto es bueno, también, precisar que Pedro Messone se inclinó después por las tendencias más conservadoras, inclusive fue proclive a la dictadura, y se lanzó más tarde a la alcaldía de Buin en 1992, por la Unión Demócrata Independiente, Udi, y perdió. Lo que ahora interesa es su testimonio, como contemporáneo, de alguien que es un merecido mito, como Violeta Parra.

Violeta Parra no vivió, dice Pedro Messone, tan pobremente como puede sugerir la película. Formaba parte de un grupo de folcloristas que iban a Radio Minería y salían en la revista Ritmo, algo semejante a cantar hoy en Cooperativa y aparecer en la revista Wikén. Y también hacían giras. Pedro Messone recuerda una que los llevó al estadio Carlos Dittborn, en Arica, donde cantó con el dúo Rey Silva “y yo saqué a bailar a la Violeta, y quedó gustando tanto que empezamos a cerrar todas las presentaciones bailando los dos la cueca”.

En el Festival de Viña del 67, Messone tuvo que viajar rápidamente a ver a su madre a Santiago, y se le ocurrió ir a la carpa de La Reina. Allí encontró a Violeta “sentada, tal como aparece casi al final de la película, sola.

–¿Quién anda por ahí? –preguntó ella.

–Yo.

–¿Qué andái haciendo aquí?

–Vine a saludarte porque se me ocurrió.

–¿No andan todos los weones en el Festival de Viña, puro leseando?

–Pero si somos jóvenes, nos gusta el leseo.

–Entonces ándate para allá.

Violeta estaba enojada”, según Messone, “porque no le gustaba el Festival, porque pensaba que allí no importaba el folklore, y también porque no la habían invitado”.

Cuenta la nota de Lilián Olivares que Violeta lo echó, y siguió tocando el charango; y continúa: “Días después, deben haber sido las 10 de la noche, Pedro Messone estaba en el camarín de la Quinta Vergara, preparándose para salir al escenario, cuando entra Rolando Alarcón, se apoya en la puerta y les dice: “Cabros, les traigo una muy mala noticia. No es el momento, pero… se murió la Violeta”.

–Bueno, ella sabe, Dios sabe por qué se suicidó –puntualiza Pedro Messone.

Y… Violeta se fue a los cielos.

“Violeta se fue a los cielos” de Andrés Wood

Fui a ver la más reciente película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”, a pesar de que las entradas siempre están agotadas, lo cual es un buen síntoma para el creciente cine chileno. La producción de Wood tiene la particularidad de tratar la vida de Violeta Parra (foto, 1917-1967, que no tengo duda de que está en los cielos) sin enredarse en el enfermizo bipolarismo político actual, que el país no ha podido superar.

Caso de lo que hablo es también “Machuca”, en la que Andrés Wood narra una historia de vida ocurrida en tiempos de la dictadura, sin facilismos partidistas. En la misma línea nos presenta “Violeta…”, que es más que una biografía, o una cronología, de la más grande artista musical que ha tenido Chile en todos los tiempos (y me atrevo a decir que la más grande de Latinoamérica).

Se trata de una “historia emocional”, de una “biografía emocional”, o como lo dijo el propio Wood: “Una cinta que carece de contexto”.

Fue la mejor decisión. Esto no quiere decir que no pueda defraudar a quienes esperan ver una película panfletaria, llena de “compañero, compañero”. Sin duda, la película va a defraudar a estas personas. Pero quienes quieren ver cine, es una buena cinta.

Para infortunio de otros, tampoco canta “Gracias a la vida”, pero la película misma es un canto a la vida. Es la exaltación de la folclorista insuperable (hasta ahora), que fue Violeta Parra.

La película de Wood pareciera haberse inspirado en el verso de Nicanor Parra –grande poeta, grande–: “Eres un manantial inagotable / de vida humana. / ¡Violeta volcánica!”

Así muestra Andrés Wood a Violeta Parra: como un volcán, siempre activo, lanzando un magma incandescente. La fuerza poderosa en el propósito de sus metas, queda patente: expuso su obra artesanal en el Louvre, mismo espacio compartido con Leonardo da Vinci y otros de dimensión admirable.

Así mismo, cantó en el burgués Club de La Unión, y en un lote ubicado en el actual barrio La Reina, en Santiago, plantó su carpa de vivencia musical. Tuvo Violeta Parra un amor, enorme y frustrado, el de Gilbert Favre, su Run Run que se fue para el norte…

La película sabe recoger esas vivencias de la artista, en sus grandezas y miserias, sus sonrisas y sus llantos.

Como cine, “Violeta se fue a los cielos” es una cinta de fácil pronóstico, en cuanto a que desde ya hace parte del acerbo nacional, y de de la historiografía chilena.

Viene bien terminar esta nota con otro verso de su hermano Nicanor: “Se te acusa de esto y de lo otro / Yo te conozco y digo quién eres / ¡Oh corderillo disfrazado de lobo! / Violeta Parra”.

VII-Muñecos vudú en juicio a arquitecta fatal

La fiscalía logró que el juzgado aceptara sumar al acerbo probatorio contra la arquitecta María del Pilar Pérez varios muñecos vudú que al parecer tendrían relación con los crímenes del joven Diego Schmidt-Hebbel, de su ex esposo Francisco Zamorano y la pareja homosexual de éste, Héctor Arévalo, que se le imputan.

Los muñecos vudú, hechos de tela y rellenos de algodón, tienen las caras de la madre de una de las hijas de Julio Castillo, quien habría tenido relaciones sentimentales con María del Pilar, apodada por la prensa como “La Quintrala”, y también de una hija de Castillo y un ex suegro de Castillo.

Los objetos tenían alfileres en el rostro y las piernas, además de una cinta negra que les cruzaba el cuello. La defensa de la arquitecta mortal alegó que esos objetos no tienen nada que ver con los hechos por los cuales el Ministerio Público llevó a María del Pilar Pérez y el sicario que ésta contrató, José Ruz, a juicio.

El fiscal Carlos Gajardo se puso unos guantes de latex y sacó de las pertenencias de la acusada los muñecos vudú.

A su vez, el detective Patricio Díaz, quien fue el perito en la escena del crimen de Francisco Zamorano y Héctor Arévalo, muertos de un disparo en la nuca, tipo ejecución, confirmó la vinculación de José Ruz, quien en el momento de ser capturado admitió la autoría y el contrato que le ofreció “La Quintrala” para matarlos.

“En este informe se concluye que las lesiones de los señores Zamorano y Arévalo eran compatibles con la confesión del señor Ruz. Cuando se analizaron los cuerpos se confirmó que era un doble homicidio y que la persona que disparó tuvo que haber sido alguien cercano”, dijo el detective.

El abogado de José Ruz, Boris Hrzic, ha tratado de evitar que la confesión que entregó su representado sea abordada en el juicio. El profesional ha insistido en que se trató de una declaración ilegal, ya que fue tomada sin la presencia de un abogado defensor.

Un pacto de silencio hicieron los 33 mineros

Viendo la entrevista que hizo esta noche de sábado Aldo Schiappacasse (foto) en el Canal 13 a 5 de los 33 mineros sepultados 2 meses en la mina San José quedé con la impresión de que ellos se sintieron, realmente atrapados, los primeros 17 días.

El resto del tiempo, hasta el día del rescate físico de aquella caverna, fue de aguante. De espera. Pero los primeros 17 días fueron, al parecer, de desespero, de quebrarse, de enloquecer.

Durante este período inicial pudo haber ocurrido un maremagno, pero no lo sabremos hasta cuando pase el tiempo. Porque los 33 mineros, antes de salir a la superficie, hicieron un pacto de silencio.

“En algún momento contaremos todo lo que pasó, pero por ahora no”, dijeron en el programa “A tu día le falta Aldo”. ¿Qué pudo haber ocurrido, entonces? En principio, parece que uno o dos de los mineros no quería mover ni un dedo, literalmente, en las primeras horas, no querían ni ponerse de pies, y solamente se querían morir ahí mismo.

En efecto, muchos creímos, pasados los primeros 10 días, que ya estaban muertos. Y ahora, escuchándolos en el programa del Canal 13, se intuye que el sonido que ellos percibieron, desde un principio, de los taladros del sondaje, fue lo que los mantuvo vivos.

Contaron que ese sonido les devolvió la esperanza. Podían, incluso, sumar cuántos segmentos de taladro tenía cada sondaje. Y junto con el sonido de los sondajes, la permanente oración que invocaba José Enríquez, “El pastor”, mantuvo el ánimo y explica que hayan permanecido vivos hasta cuando tuvieron ocasión de pegar al cabezal de la sonda, ese telegrama que ya le ha dado la vuelta al mundo, que decía: “Estamos bien en el refugio los 33”.

Después, fue cuestión de esperar.

Contaron que llegaron dos sondas al sitio donde estaban. Por uno de los ductos les bajaban agua, aire y comunicaciones, y por el otro ducto les enviaban la “paloma” con alimentos.

Los cinco entrevistados: Víctor Zamora, Mario Gómez, Ariel Ticona, Carlos Barrios y Esteban Rojas, coincidieron en que, en realidad, allá abajo no eran, permanentemente, 33 sino 34: el otro era Dios.

Cada cual, al momento de responder las atropelladas preguntas de Aldo Schiappacasse, se refirió a que, haber seguido vivos, “es un milagro”, y a que Dios hizo posible ese milagro.

“Éramos 34 todo ese tiempo”, dijeron sin dudar.

Los 33 mineros aprendiendo a vivir de nuevo

Semejante a lo que ocurre después de una borrachera, cuando la persona se da cuenta de que las coordenadas son otras a las que creía, deben estar pasándola los 33 mineros rescatados. (Qué bueno haber pasado de la expresión “los mineros atrapados”, a “los mineros rescatados”.) Nada parece ser lo mismo para cada uno de ellos.

De hecho, el canal de televisión Chilevisión mostró anoche que uno de los mineros rescatados, Claudio Yáñez Lagos, de 34 años, habría causado indignación en su familia y el barrio de Copiapó, donde viven su madre y su hermanastra, por su aparente desplante después de salir de aquella tumba San José. En su estilo, La Cuarta narra así el episodio:

“…un altercado telefónico con su mami provocó que a la progenitora le diera un soponcio, por lo cual se tuvo que llamar una ambulancia, cuyos paramédicos asistieron a la señora en el mismo lugar. Claudio le habría dicho a la mamá que no iría a su casa copiapina porque la señora se lleva como la mona con la prometida del minero, a quien él llama su “Negra”. Pero la ira estaba ya desatada. Jennifer Navarrete Lagos, hermanastra del titán, salió a hacer declaraciones a la calle y le mandó un mensaje a su familiar: “Claudio, soy harto penca. Le dijiste cosas a mi mami que no son verdad. Olvídate de que tenís familia. Quédate con tu señora. Tú pa’ mí moriste, weón”.

Quedamos con una mala sensación en el corazón cuando vimos el episodio en la pantalla chica, tanto como Macarena Pizarro, la excelente presentadora de ese canal, quien lo lamentó y dijo que, ciertamente, los mineros no son más que seres humanos, que traían sus vidas y sus historias y ahora tratan de acomodarse de nuevo a sus realidades.

Realidades como la de Jhonny Barrios, el minero con conocimientos de enfermería, quien fue recibido por su “otra señora” en la boca del ducto, en lugar de “la legítima”. Ésta, Marta Salinas (foto), dijo al respecto: “Estoy contenta porque se salvó, es un milagro de Dios, pero yo no iré a ver el rescate. Él me lo pidió, pero resulta que también invitó a la otra señora, y yo tengo decencia. La cosa es clara: ella o yo”.

Uno de los tres primeros mineros en salir ayer del hospital, Edison Peña, se asomó a la ventana de su casa y desde allí gritó: “Yo no tengo nada especial, soy como ustedes, y les agradezco que hayan venido”. Los vecinos se arremolinaban en el frente. Él, cerró la ventana y continuó su reencuentro con la familia.

Este aterrizaje al mundo de las verdades (y las mezquindades) debe ser difícil para ellos. O eso es lo que uno cree. Quizás ellos (los 33 mineros) sean más fuertes de lo que pensamos y están en condiciones de recibir todos los presentes, como el de ir una semana de vacaciones a Grecia, atendiendo la invitación del gremio minero de ese país, o asistir a un clásico del Real Madrid, sin siquiera pestañear.

En el Congreso Nacional se gestiona un proyecto de ley para otorgar una pensión meritoria a los 33 mineros. El multimillonario Leonardo Farkas, dueño de minas en Chile, les regaló 5 millones de pesos a cada uno, e invitó a todos los empresarios a crear un fondo de un millón de dólares para asegurarles un retiro digno en la vejez.

Franklin Lobos, ex delantero del Cobresal, el mago de los tiros libres de la década de los 60 (cuando los futbolistas jugaban por pasión a sus clubes y no por las cuentas bancarias que pudieran poseer, como ahora), recibió la oferta de enseñar el manejo del balón a los chiquillos para formar futbolistas de excelencia, como él lo fue, y nunca más vuelva a pisar una mina.

Cada uno, pues, va despertando a la realidad de esta vida burda, después de los 2 meses de existencia sobrenatural, a 700 metros bajo tierra. O quizás sea más preciso decir que cada cual está despertando a este sueño burdo, donde su condición de héroes los pueda echar a perder. Es cosa de dejar pasar los días.

Yo digo que esto de los 33 mineros fue un milagro

Yo digo que esto fue un milagro. El pasado 5 de agosto se supo que en la mina San José, en Copiapó, hubo un derrumbe. Se supo que 33 mineros habían quedado atrapados. De inmediato, se puso manos a la obra para lanzar sondajes de detección de los mineros, para sacarlos de ahí.

¡Y pasaron 17 días! ¡Diecisiete días! El ministro de Minería, Laurence Golborne, en un momento bajó los brazos, los ojos se le llenaron de lágrimas, y prácticamente se inclinaba por dar por muertos a los mineros. Confieso que, antes que el ministro Golborne, di por muertos a los 33 mineros.

Y de pronto se confirmó que el taladro había llegado hasta la profundidad estimada, y había que retraerlo para hacer mantenimiento al cabezal. Pero minutos después, se supo que el taladro traía una nota, perfectamente redactada, que decía: “Estamos bien en el refugio los 33”.

Un grito de júbilo se oyó en todo Chile, y muchos ojos se llenaron de lágrimas, de pura emoción. ¡La emoción sublime que produce la felicidad de un milagro!

Lo demás es suficientemente conocido: nuevos sondajes y el uso de una máquina monstruosa, la T-130, que abrió el túnel por el que hoy salieron, después de muchas semanas, los 33 mineros atrapados aquel 5 de agosto.

Yo digo que esto fue un milagro.

Si algunos creen que los milagros los hacen David Copperfield, Harry Houdini o Criss Angel, allá ellos. Si otros creen que los milagros no existen, racionalmente, allá ellos.

Otros creemos que hay eventos imponderables en los que se cuela lo extraordinario. A esto lo llamamos milagro. Y ¿no es milagro que pasaran 17 días, al cabo de los cuales, una vocecita en forma de papel escrito, “Estamos bien en el refugio los 33”, se hiciera escuchar cuando el desánimo cundía?

Un milagro que un día laboral corriente se haya convertido en el hecho histórico en el mundo de la minería en la Tierra. La mayor cantidad de mineros atrapados a la mayor cantidad de metros de profundidad durante la mayor cantidad de tiempo. Un hecho inédito en el planeta.

Yo digo que esto fue un milagro.

Un milagro por sobre la irresponsabilidad de los propietarios de la mina San José, cuya falta de medidas de seguridad permitió que la desgracia ocurriera. Un milagro que entre los 33 estuviera uno, Luis Urzúa (foto, de verde), quien lideró todo el proceso, desde el 5 de agosto hasta el día de hoy.

Luis Urzúa salió a las 9:56 de esta noche, el último en emerger de las entrañas de la tierra. En el momento en que el presidente Sebastián Piñera se acercó a saludarlo, le dijo: “Le entrego el turno y espero que esto no vuelva a ocurrir”.

Yo creo que esto fue un milagro.