Impecable la producción televisiva de Chilevisión en la primera noche del Festival de Viña. El encargado de dar el puntapié inicial fue el argentino Diego Torres, quien refrendó su calidad artística en su presentación, e incluyó un homenaje a dos grandes de la música latinoamericana: Mercedes Sosa y Luis Alberto Espineta. Pero fue el mexicano Luis Miguel quien concitó la mayor complicidad del “monstruo”, que lo adora.
Emol (El Mercurio On Line) reseñó así la presencia del astro: “Con la garganta madura y poderosa de los últimos lustros, y una orquesta impecable para cubrir sus recorridos entre el funk y el bolero, el mexicano se paseó por todos sus éxitos, para el deleite de las mujeres de todas las edades que esta noche repletaron la Quinta Vergara”.
Toda la mitología sobre Luis Miguel, según la cual “no se le puede mirar a los ojos” (recurso bíblico de muy mala factura para un pobre mortal como este cantante), “no quiere saber si es de día o de noche” y por eso echa las cortinas de su suite de hotel, “trajo su propio “switcher” para que no desmejoren en tiros de cámara que afecten su imagen, y “pidió 120 toallas blancas” y un “agua mineral sin sodio” que hubo de traerse de Estados Unidos, etcétera; toda la mitología quedó conjurada con su actuación.
Luis Miguel es un tipo que frisa los 50 años, y se le notan, pues su rostro acusa los desenfrenos (generalmente se acuesta a las 8 a.m., luego de largas noches de farra con amigos o sesiones eróticas con mujeres que desea), su pelo es menos abundante y más platinado y peinado y lacado que siempre, y su cuerpo ya no es el estilizado de su juventud (también mitológica) sino más macizo y pesado. Pero sigue siendo un enorme cantante, sin desafinaciones.
Dicen que hizo sufrir a los músicos y al sonidista (también suyo), pues todo el tiempo (y no es exageración, “todo el tiempo”) hacía señas para que subieran el volumen de sus audífonos (cuyo control tenía en la mano), bajaran el volumen de una trompeta o guitarra, subieran el del parlante frontal, bajaran el del micrófono, bajaran el de los audífonos, subieran el de la trompeta o la guitarra, bajaran el del parlante… y así, todo la noche (y no es exageración, “toda la noche”). Pero los que saben dicen que así hace siempre (“siempre”), pero no es por regañar (o retar) a los músicos y al sonidista, sino porque quiere que “su show” sea perfecto, como en realidad le salió anoche en la Quinta Vergara.
Recibió las Llaves de la Ciudad de Viña del Mar, y una Gaviota de Platino (inédita entrega), que bien merecido lo tuvo.
La producción televisiva de Chilevisión, como dije al comienzo, también fue impecable. El juego de luces, las imágenes puestas en el televisor, los apoyos de iluminación led para los cantantes, todo salió muy bien. Las tarimas dentro del público también lucieron bien, aunque no fueron usadas suficientemente (al fin y al cabo faltan 4 noches, incluyendo la de hoy).
En la competencia Internacional se presentaron los concursantes de Chile (Leandro Martínez), México (Juan Alberto Solís) y Dinamarca (The Kat). Falta que se presenten los concursantes de España, Italia y Panamá.
En la competencia Folclórica estuvieron: Argentina (Claudio Tais), Colombia (Anabella) y Perú (Saywa). Quedaron pendientes los concursantes de Chile, Bolivia y Canadá.
Me gustó el generador de caracteres (GC) usado para presentar a cada participante, sencillo, moderno e informativo, pero falló producción en la entrega de la calificación de cada concursante. Al menos yo, no ví la de Colombia ni la de Perú.

















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La inauguración fue algo hermoso, visual y emocionalmente para muchos. Se recordó la historia del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, sus animadores y, entre éstos, al gran Felipe Camiroaga.
Participaron de la inauguración el maestro Roberto Bravo, Fernando Ubiergo, Florcita Motuda y la hija de Gervasio, MIllaray Viera.