La noticia lo deja a uno helado, sobre todo viendo la foto. Unas milicias, procedentes de Chad y Sudán, están entrando ilegalmente a Camerún en busca de elefantes. Esas milicias, al parecer, ya exterminaron los elefantes que había en Chad y Centroáfrica, y ahora quieren los del parque nacional de Bouba N’djida, en el norte de Camerún.
Los testimonios hablan de una matanza de 200 elefantes (un tercio de los que viven en la reserva). La descripción que dan los testigos de esos salteadores es que están armados con Kaláshnikov, van caballo, y están asistidos por camellos para llevarse los colmillos de marfil de los elefantes asesinados.
La carne la dejan tirada en el sitio, y después van a los pueblos (Gouna, Sinassi y Koiloungou, por ejemplo) a ofrecerla “de regalo”. Con esta carne de elefantes acribillados por sus manos sucias, esas milicias despiadadas y obtusas quieren “ganar el apoyo de las aldeas”.
El Gobernador de la región, Gambo Haman, se declara impotente, pues los guardas del parque son pocos y están mal armados. Un guía, con tristeza, graficó la situación: “Vemos cómo nuestro trabajo de años (de conservación de los paquidermos) se está quedando en nada”.
Un crimen, igual de aberrante y censurable, cometen los que comen aletas de tiburón, porque los comerciantes se las cortan a esos animales vivos y los lanzan de nuevo al mar, sin que tengan la posibilidad de nadar y mueren. Y también, igual de criminales son los que matan ballenas con el falso argumento de que se trata de estudios “científicos”, pero la carne de estos animales surte los supermercados orientales. En estos dos casos, se trata de supersticiones sexuales, pues teniendo el pene muy chico y siendo eyaculadores precoces, creen que con aletas de tiburón y carne de ballena van a superarse. Imbéciles que son.

















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