Archivo mensual: febrero 2012

Marcela Paz es Ester Huneeus es Papelucho

Google homenajea hoy a la escritora Marcela Paz (foto), cuyo verdadero nombre era Ester Huneeus Salas de Claro, creadora de un personaje llamado Papelucho, que ya forma parte de la cultura acendrada de Chile. Aunque no ganó aquel concurso en el que dio vida a Papelucho en una novela infantil, fue este mozalbete quien creció en el ánimo colectivo por sobre todos sus competidores, relegados al olvido. No tiene parangón en Chile esta autora de literatura infantil. Pincha aquí para saber algo más de Papelucho.

¿Quién entiende las actitudes del Sernac?

El dicho de “Palo porque bogas, y palo porque no bogas” pudiera aplicarse a lo que ocurre con los precios de los artículos básicos en Chile y la actitud del Servicios Nacional del Consumidor, Sernac (logo). Me refiero a las aberraciones del mercado (“mercado” al que solo los tontos rinden culto incondicional) que consisten en que los fabricantes y comercializadores se ponen de acuerdo para establecer precios similares, y esto se llama “colusión” y riñe con el ordenamiento jurídico. El caso emblemático de esta aberración es el de las farmacias, Ahumada, Cruz Verde y Salcobrand, que se pusieron de acuerdo para fijar precios en medicamentos de consumo masivo y algunos especiales. Ninguno de los responsables está detenido, y tampoco irán a la cárcel, como debería ocurrir en un país que se ufana de democrático y amigo de la libre competencia y los derechos humanos, como Chile. En Estados Unidos o en Europa, estos señores, con todo y sus apellidos, estarían tras las rejas, pero acá no. (Me dicen, porque ignoro el detalle jurídico de ciertas cosas, que la penalización carcelaria para estos “delitos de cuello blanco” un reciente gobierno anterior la eliminó, y todo quedó en simples multas, las cuales, por millonarias que sean, terminan pagándolas los usuarios o clientes, que son los mismos agraviados por la conducta delictiva de esos delincuentes de cuello blanco.)

Es decir, hay un sesgo a favor de los actos delictivos, cuando los delitos se cometen desde elegantes oficinas por señores y señoras perfumados que viven en mansiones, y en contra de las víctimas.

Ese sería el “Palo porque no bogas”, y no bogas a favor de la libre competencia. Y el “Palo porque bogas”, está ejemplificado en la diferencia de precios de ciertos artículos básicos como los útiles y libros escolares. El Sernac, que entabló “acciones judiciales” por la colusión de precios en las farmacias, ahora se escandaliza porque “es notoria la diferencia de precios en los artículos escolares”.

Pero ¿no es acaso esta diferencia de precios la expresión de la libre competencia y el libre mercado? Yo creo que sí.

Sin embargo, es el Sernac el que ocupa espacios de radio, prensa y televisión haciendo “un llamado a las editoriales y a los comercializadores de útiles y libros escolares” para que “evalúen la correcta aplicación de las norma sobre competencia”. ¿Qué?

Me parece que el Sernac tiene que reconsiderar qué es lo que considera “libre competencia” y qué es lo considera “colusión”. Porque en el caso de las farmacias su actitud fue la de defender la diferencia de precios (y condenar la colusión), pero en los útiles y libros escolares su actitud es la de condenar los “precios diferentes” y pedir, tácitamente, que haya más uniformidad. ¿Quién entiende al Sernac?

¿Desacierto de los Óscar con “El artista”?

Con la dispensa del Festival de Viña del Mar, ví la transmisión de la entrega de los premios Óscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de los Estados Unidos por el canal de televisión La Red. Excelentela moderación de Julia Vial, quien tuvo dos expertos comentando la entrega de los premios: Juan Andrés Salfate (un poco prepotente) y Leopoldo (Polo) Muñoz (un poco tímido).

Ví a Salfate furioso por la mediocridad de “El artista”, la cinta que se llevó cinco de las más importantes estatuillas del certamen: 1)mejor Película, 2)mejor Director (Michel Hazanavicius), 3)mejor Actor (Jean Dujardin), 4)mejor Vestuario y 5)mejor Banda Sonora.

Polo Muñoz estuvo de acuerdo en que había sido un desacierto de la Academia premiar una película “sin méritos reales”, desde el punto de vista de “originalidad y propuesta cinematográfica”, porque a su juicio se trató de un “falso homenaje” al cine y, en particular, al cine mudo y en blanco y negro.

Coincidieron Muñoz y Salfate en que “El artista” no merecía ser “la mejor” la película, ni Michel Hazanavicius “el mejor” director (“¿un penca derrotando a monstruos como Woody Allen, Martin Scorsese y Terrence Malick?”, dijo Salfate), y mucho menos Jean Dujardin “el mejor” actor (junto a monstruos como George Clooney, Gary Oldman, Brad Pitt y la destacada actuación del mexicano Demián Bichir).

La explicación para el desatino de la Academia, que se le ocurrió a Salfate, fue que las películas en competencia habían sido hechas por gente nacida en el mundo de Hollywood pero que ya no necesitaba de esos estudios para hacer películas (porque Scorsese o Clooney, por ejemplo, pueden hacer la película que se les dé la gana sin tener que pedirle permiso a nadie), y lo que estaban premiando era el circuito del mega negocio de Hollywood.

La furia de Salfate y Polo Muñoz se atenuó con la premiación a Meryl Streep como mejor Actriz, y con la premiación de Woody Allen por el mejor guión original (quien no asistió a la entrega de los Óscar).

¿Cuál será el rumbo del Festival de Viña del Mar?

Parece que asistimos al punto de quiebre del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar (que es su nombre real), porque en este momento se cuestiona si es un festival de la canción, del humor, de artistas extranjeros, de competencia folclórica o un simple programa de televisión que pelea de tú a tú cada punto del rating (o medición on-line) con otros canales.

El que fuera un “festival de playa”, un “festival de verano” se ha convertido en un monstruo de fama internacional, millones de dólares y muchos intereses cruzados, tanto de la empresa privada que lo realiza, como de la ilustre municipalidad de Viña del Mar que lo patrocina (o auspicia). Como tantas cosas en Chile, el festival es también un híbrido.

En la presente edición, la quincuagésima tercera, realizada y transmitida por Chilevisión, el festival sufrió un traspié en su primer día, el pasado miércoles 22 de febrero, al perder en sintonía frente al Canal 13. Mientras el festival estaba con Luis Miguel, como el gran evento del día, el Canal 13 estaba con un reality show llamado Mundos opuestos, que ganó en sintonía.

Esto, sumado a las versiones de hoy, según las cuales anoche el festival planificó su programa de acuerdo con la pauta comercial del Canal 13 (que es el que le compite en sintonía), para hacer también sus “descansos publicitarios”. Encuentro un poco exagerada esta versión, porque el festival, en realidad, no debería competir con nadie. En sí mismo, es una institución. Aunque, ciertamente, se ha desdibujado.

Los críticos acérrimos ponen otro ejemplo de “lo mal” que anda el Festival de Viña. Dicen que el humor ha sido tratado como algo incómodo de encuadrar en el programa del festival, porque no contratan con tiempo a los humoristas, no les pagan lo suficiente, etcétera, y en la noche del jueves 23 de febrero el dueto Dinamita Show (Paul Vásquez “El Flaco”, y Mauricio Medina “El Indio”) duplicó la sintonía (rating) que tuvo Luis Miguel, que era el mega-ídolo del festival. “Dinamita Show” marcó 51 puntos de sintonía, mientras el ídolo solo 26.

Los mismos críticos dicen hoy que anoche, el mítico Steven Patrick Morrissey pidió instalar sus instrumentos en el escenario, en el espacio de tiempo dispuesto en la programación para la competencia de Internacional y Folclórica del festival. Competencia que era, por cierto, la razón de ser del festival, y la que le ha dado fama internacional “al monstruo”. Es decir, un artista internacional puede desplazar a los talentos nuevos que se la juegan en el Festival de Viña.

Destacaron por ganar esta competencia de la canción Ginette Acevedo, Cecilia, Fresia Soto, Gloria Simonetti, Julio Zegers, Fernando Ubiergo, Braulio, Gervasio, Edna Rocío, Álvaro Scaramelli, Gisela y Juan Carlos Duque, entre otros, que hoy son artistas de reconocida trayectoria. La hoy conocida mundialmente Shakira compitió en el Festival de Viña…

Pero esto, la nueva canción (al estilo del Festival de San Remo, en Italia), que era la médula del festival, se ha perdido, y el enfoque de hoy es el espectáculo que puedan dar los invitados internacionales. La esencia del festival ha derivado, pues, en “otra cosa”. Ya no es ese elemento único, que concitaba la atención nacional.

Pero ¿cuál es esa otra cosa? Nadie lo sabe, porque es, justamente, lo que vivimos: el punto de inflexión del Festival Internacional dela Canción de Viña del Mar.

Si compite con otros programas de televisión, entonces es un programa más en uno de los canales de televisión. Si es un festival de la canción, habría que definir si de revelación de talentos o de conocidos talentos internacionales. Si es de la canción, habría que definir, también, si es de la canción folclórica o canción pop. Si un par de humoristas (Dinamita Show) duplican en rating a una mega-estrella (alias “El sol”) como Luis Miguel, entonces qué participación real (de programación y financieramente) debe tener el humor. Si es un programa de televisión, habría que definir a qué audiencia estaría orientado, nacional o internacional. O si decide ser un Festival en vivo, con tickets en mano y derechos parciales de televisión, estaríamos hablando de “otra cosa”. En fin.

Cuando sea resuelto el asunto, también habría que repensar lo de los galardones (foto): Antorchas y Gaviotas. Esa escala de valoración de 1) antorcha de plata, 2) antorcha de oro, 3) gaviota de plata y 4) gaviota de oro, parece no ser adecuada. Aparentemente, la escala va subiendo de acuerdo con el volumen de aplausos del público, pero los animadores también influyen. Y la propia escala es engorrosa. Un artista puede, por ejemplo, merecer para el públicola Gaviota de Oro, y punto. Otro, la Antorcha de Plata, y punto. No siempre habría que escalar los peldaños.

Anoche, el excelente actor y buen músico Daniel Muñoz quedó más que satisfecho con su Antorcha de Plata, porque para él lo importante no era un galardón sino recuperar el escenario de la QuintaVergara para la cueca, la cueca clásica, la cueca chora y la cueca internacional (la de Argentina, México, Bolivia y Perú). Y anoche dio el primer paso para ello.

Pero ninguna de estas interrogantes sería posible, si el festival no estuviera desperfilado, con relación a lo que, sustancialmente, comenzó siendo.

Pero tampoco hubiéramos llegado a estas inquietudes, si no se presentan los hechos, si no se acumula la experiencia. Es decir, lo que quiera que deba ser el Festival Internacional dela Canción de Viña del Mar, lo será en adelante. Porque el presente ya está saliendo como se reseñó.

Aysén no está contra la democracia

Las protestas no ceden en Aysén, porque los manifestantes sienten que las autoridades de Santiago no prestan atención a sus reclamos, los cuales, el propio ministro de Salud, Jaime Mañalich (foto), consideró “justos” cuando viajó allá. Sin embargo, el ministro Mañalich dijo, al llegar a Santiago, que el movimiento social está patrocinado por Patagonia sin Represas, como si ello fuera algo digno de excomunión. Dijo esto porque, a su entender, uno de los dirigentes cívicos “es empleado” de la ONG ambientalista Patagonia sin Represas. Pero el ministro Mañalich miente, está mal informado (y estar mal informado o mentir es un pecado grave para un ministro), porque la ONG reportó que esa persona señalada por el señor Mañalich dejó de trabajar para ellos desde diciembre pasado. De modo que consideran la manera de actuar del ministro, muy característica del actuar general del gobierno: un paso para adelante y dos pasos para atrás. Y también consideran que su manera de actuar es un truco para satanizar los reclamos sociales. Pues el ministro Mañalich mostró la hilacha (o peló el cobre), y dijo después que el movimiento social de Aysén es “una atentado a la estabilidad de la democracia”. ¿Puede alguien creer esta peregrina afirmación? ¿Puede alguien, y sobre todo estando en la cumbre del poder, ser tan tonto para considerar que la democracia es así de frágil, que una protesta social (de gentes desarrapadas, empobrecidas, abandonadas, a miles de kilómetros de Santiago) va a “desestabilizar la democracia”? Estas afirmaciones del ministro Mañalich son malévolas y lo más de peligrosas, porque alientan sentimientos arcaicos de personas obtusas que creen que todo aquel que no se comporte como una oveja es “una amenaza” para la democracia. Afirmaciones como las del ministro Mañalich son, justamente, las que no le hacen bien a la democracia. Él, el ministro Jaime Mañalich, es una auténtica amenaza para la democracia. Las protestas siguen. Y el gobierno central consideró adecuado delegar el manejo y solución de los reclamos a la intendenta Pilar Cuevas. No sería adecuado que ella apelara a los métodos del ministro Mañalich, de decir una cosa cuando está cerca y otra distinta cuando lejos, y sobre todo, se espera que no mienta. Pero aún más importante, que ella sea consecuente con el desarrollo de su región, que es lo que piden los manifestantes. Porque los reclamos no son en dinero para llevarse a la casa, sino elementos de bienestar social, como atención médica, precios adecuados de los combustibles (tampoco están pidiendo que les regalen la bencina (o gasolina), sino que la cobren a un precio adecuado) y que pueda instalarse un centro de educación técnica y superior en Aysén, para que los jóvenes no deban viajar a otras regiones, encareciendo la educación con gastos de transporte y mantención en otras ciudades. Dios quiera que haya pronto un principio de acuerdo, porque los bloqueos de las vías están causando desabastecimiento de artículos básicos, como harina para el pan, combustibles obviamente, lácteos, carne y elementos de aseo personal. La región de Aysén está quedando, prácticamente, sitiada.

Luis Miguel, ‘number one’ en Viña, era de esperarse

Impecable la producción televisiva de Chilevisión en la primera noche del Festival de Viña. El encargado de dar el puntapié inicial fue el argentino Diego Torres, quien refrendó su calidad artística en su presentación, e incluyó un homenaje a dos grandes de la música latinoamericana: Mercedes Sosa y Luis Alberto Espineta. Pero fue el mexicano Luis Miguel quien concitó la mayor complicidad del “monstruo”, que lo adora.

Emol (El Mercurio On Line) reseñó así la presencia del astro: “Con la garganta madura y poderosa de los últimos lustros, y una orquesta impecable para cubrir sus recorridos entre el funk y el bolero, el mexicano se paseó por todos sus éxitos, para el deleite de las mujeres de todas las edades que esta noche repletaron la Quinta Vergara”.

Toda la mitología sobre Luis Miguel, según la cual “no se le puede mirar a los ojos” (recurso bíblico de muy mala factura para un pobre mortal como este cantante), “no quiere saber si es de día o de noche” y por eso echa las cortinas de su suite de hotel, “trajo su propio “switcher” para que no desmejoren en tiros de cámara que afecten su imagen, y “pidió 120 toallas blancas” y un “agua mineral sin sodio” que hubo de traerse de Estados Unidos, etcétera; toda la mitología quedó conjurada con su actuación.

Luis Miguel es un tipo que frisa los 50 años, y se le notan, pues su rostro acusa los desenfrenos (generalmente se acuesta a las 8 a.m., luego de largas noches de farra con amigos o sesiones eróticas con mujeres que desea), su pelo es menos abundante y más platinado y peinado y lacado que siempre, y su cuerpo ya no es el estilizado de su juventud (también mitológica) sino más macizo y pesado. Pero sigue siendo un enorme cantante, sin desafinaciones.

Dicen que hizo sufrir a los músicos y al sonidista (también suyo), pues todo el tiempo (y no es exageración, “todo el tiempo”) hacía señas para que subieran el volumen de sus audífonos (cuyo control tenía en la mano), bajaran el volumen de una trompeta o guitarra, subieran el del parlante frontal, bajaran el del micrófono, bajaran el de los audífonos, subieran el de la trompeta o la guitarra, bajaran el del parlante… y así, todo la noche (y no es exageración, “toda la noche”). Pero los que saben dicen que así hace siempre (“siempre”), pero no es por regañar (o retar) a los músicos y al sonidista, sino porque quiere que “su show” sea perfecto, como en realidad le salió anoche en la Quinta Vergara.

Recibió las Llaves de la Ciudad de Viña del Mar, y una Gaviota de Platino (inédita entrega), que bien merecido lo tuvo.

La producción televisiva de Chilevisión, como dije al comienzo, también fue impecable. El juego de luces, las imágenes puestas en el televisor, los apoyos de iluminación led para los cantantes, todo salió muy bien. Las tarimas dentro del público también lucieron bien, aunque no fueron usadas suficientemente (al fin y al cabo faltan 4 noches, incluyendo la de hoy).

En la competencia Internacional se presentaron los concursantes de Chile (Leandro Martínez), México (Juan Alberto Solís) y Dinamarca (The Kat). Falta que se presenten los concursantes de España, Italia y Panamá.

En la competencia Folclórica estuvieron: Argentina (Claudio Tais), Colombia (Anabella) y Perú (Saywa). Quedaron pendientes los concursantes de Chile, Bolivia y Canadá.

Me gustó el generador de caracteres (GC) usado para presentar a cada participante, sencillo, moderno e informativo, pero falló producción en la entrega de la calificación de cada concursante. Al menos yo, no ví la de Colombia ni la de Perú.

Hoy comienza el 53º Festival de Viña del Mar

Hoy comienza el quincuagésimo tercero Festival Internacional de Viña del Mar. Dos hechos lo enmarcan: una convulsión social en el sur del país, en la Región de Aysén, misma donde se proyecta construir una hidroeléctrica. La gente reclama un precio adecuado de los combustibles, pues allá valen porcentualmente muchísimo más que en el resto del país, condiciones de salud y la creación de una institución de educación superior que atienda a su juventud. Todos, reclamos más que justos.

El otro hecho que enmarca el comienzo del Festival de Viña es la amenaza creada por la expansión de un campo minado en el norte del país. “El ministro de Defensa, Andrés Allamand, informó de la evacuación inmediata, entre el punto de intersección de la Quebrada Escritos y el sur del Río Lluta, además de la Ruta 5 Norte, en la zona fronteriza de la Región de Arica y Parinacota, tras el desplazamiento de minas antipersonales producto de las lluvias del invierno altiplánico”. Lluvias torrenciales arrastraron las minas plantadas en un viejo campo por razones estratégicas y de soberanía, poniendo ahora en riesgo a la población, porque nadie sabe, a ciencia cierta, dónde están en este momento, ni cuántas son.

En cuanto al Festival de Viña se dice:

–Que el cantante mexicano Luis Miguel ya no abrirá el festival, como se dijo al principio, sino que cerrará el primer día, porque “el monstruo” suele pedir “otra, otra” canción a sus ídolos, y si lo ponen al comienzo “descuadra” todo el programa. En cambio, al final, se pueden quedar hasta la madrugada oyéndolo, aún después de que sea despedida la transmisión por televisión.

–Pero que Luis Miguel dijo que cantará 90 minutos, ni un minuto más.

–Que Luis Miguel presentará shows parecidos en Panamá y en Honduras, en los primeros días de marzo, y mientras allá cobró $200.000 dólares, acá cobró $800.000 dólares. (“Nos ven la cara”, dijo el periodista Víctor Gutiérrez en La Red.)

–Que el humor sigue siendo un aspecto descuidado del Festival de Viña del Mar. El año pasado, con humoristas homofóbicos y lumpescos, fue “el punto negro”. Sin embargo, el humor es parte del plato fuerte que espera la gente cada noche. Se dice que al dueto Dinamita Show (integrado por El Indio y El Flaco, que ya ha triunfado en Viña) le ofrecieron un dinero y luego les bajaron la tarifa. Nadie se ocupa de atenderlos, para que estén confortables, en contraste con los artistas extranjeros que les pagan bien y tratan como a príncipes.

–Que muchos creen que el humorista Zip Zup (Ricardo Rodríguez) fue incluido como “carne para el monstruo”. Yo le deseo todo el éxito, porque hace un humor blanco, de buena calidad, y espero que esto lo refrende cuando deba estar sobre el escenario de Viña. Éxito, Zip Zup.

–Que dan como la menos “Top one” de la parrilla de artistas a… Rosana.

–Que Chilevisión, el canal que este año 2012 está realizando el Festival de Viña del Mar, introdujo una modificación al escenario, para extenderlo hasta platea. Inclusive hasta “galería”, a fin de que los artistas y los animadores estén “más en contacto” con la gente (o “el monstruo”). Éxitos en esta buena iniciativa. Suena bien la novedad.

–Que, como todos los años, el LIII Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar (que es su nombre real) está imperdible. Cierto.

¿Cuánto durará la dicha por la ‘ley Dicom’?

La semana pasada se promulgo la “ley Dicom”, pero al entrar en vigencia el presidente Sebastián Piñera quiso obtener su cuota de popularidad y lanzó una imprecisión. Estando promulgada, dijo: “El proyecto de ley borra y elimina por única vez de los registros de Dicom”, etcétera.

¿Quién le hace los discursos al Presidente? Ya no es “proyecto de ley”, sino “Ley de la República”. Este “lapsus” genera en el inconciente inseguridad: ¿Será que sí la van a aplicar?, ¿o será que todavía está en estudio? Algunos pueden decir que es una tontera esta anotación que hago, pero tratándose de un Jefe de Estado, de un Presidente de la República nada es tontera. Nada.

La ley subsana una aberración colosal, que los chilenos habían soportado estoicamente, casi vilmente, pues el conocido “Dicom” es la agencia de “predicción de riesgo” estadounidense llamada Equifax, que los bancos y comercios (y otras entidades) utilizan para otorgar credibilidad a sus clientes.

Y cuando digo “otras entidades” me refiero a universidades, hospitales y, en general, empresas. Lo cual era una aberración colosal. Porque Dicom servía para que las universidades admitieran a los estudiantes, según la situación de morosidad financiera de los padres; para que las clínicas y hospitales permitieran o no el ingreso de pacientes de urgencias, en tanto podía no ser confiable para el pago de la cuenta final; para la postulación a un cargo público(¡!), y casi para casi todas las empresas que “pedían el Dicom” junto con el curriculum vitae para ver si contrataba a la persona.

Todos estos casos son, francamente, una aberración. Casi me atrevo a decir, una entrega de soberanía a una empresa privada extranjera.

Visto objetivamente, Dicom se había convertido en un pequeño dios, que daba el “visto bueno” para dar empleo, para atención médica y para acceso a la educación superior.

¿Y por qué una empresa privada, con un simple “predictor” se había convertido en el juez supremo de la vida de los chilenos? Nadie ha sido capaz de responder la pregunta.

Y quizás nadie la conteste jamás, porque pasado este “perdonazo” de la llamada “ley Dicom”, es posible que sus tentáculos sigan siendo útiles en cuanto sean solicitados sus reportes para husmear la situación financiera de las personas que quieran solicitar créditos bancarios, o empleos nuevamente, o deban pagar cuentas en clínicas y universidades.

Como bien lo dijo el presidente Piñera, se trata de una ley que “borra y elimina por única vez de los registros de Dicom todas aquellas deudas al 31 de diciembre del año pasado, inferiores a $2,5 millones en términos de capital”. Repito, por una única vez, y tampoco incluye los intereses de los créditos ni reajustes.

Aberrantemente, Dicom era (¿es?) quien disponía en Chile quién trabajaba, quién podía comprar un electrodoméstico y quién podía obtener un crédito para vivienda.

Veremos cuánto tiempo dura este paraíso, y no estaremos en 5 o 6 años, apelando a otra “ley Dicom” porque el pulpo volvió a crecer, como la cola de las lagartijas.

El ministro de Hacienda, Felipe Larraín, insistió en que la información financiera, bancaria o comercial de las personas, “solo podrá ser requerida por el comercio establecido o entidades financieras para la evaluación de riesgo comercial y el proceso de otorgamiento de un crédito”.

Faltó que dijera que Dicom es un mal “predictor”, porque acumula como puntos negativos para el cliente, las veces que una cualquiera entidad comercial o bancaria o médica o académica, consulta su informe. Como si el hecho de que alguien mire nuestro registro nos convierta automáticamente en un mal cliente.

“Sacando viruta” de Germán Marín

… Esa mañana esperaba tranquilo la jornada en casa, al margen de las preocupaciones de la calle, dispuesto a continuar la novela que, casi a diario, escribía sin apuro de forma manuscrita. Una cuartilla al término de trabajo me dejaba satisfecho, aunque la cantidad no era excesiva, lo cual distaba de preocuparme pues más que nada me interesaba el proceso, la generación misma de inventar. El brillo del verano todavía estaba presente tras la ventana, pero si observaba el cielo con alguna detención, se advertía para mi desánimo como empezaba, siendo aún mediados de marzo, a formarse una densa niebla de esmog, cada vez más extensa, que persistía durante meses. Recordaba que el contorno nunca me había influido, ni siquiera cuando paraba en Buenos Aires en unas melancólicas piezas de hotel cuyas vistas daban casi siempre a patios interiores. No obstante hoy ese estado de ánimo era distinto debido quizás a la edad. En cualquier caso, gozaba todavía esa mañana de la posibilidad de contemplar los árboles de las casas vecinas, cargados de unas hojas que, frente al próximo cambio de estación, resultaban cada vez menos verdes y tiernas. Sin embargo, resplandecían bajo el sol, translúcidas aún. Esos momentos antes de sentarme a trabajar me provocaban cierta inquietud pues, a pesar de acompañarme el deseo de retomar la escritura, algo extraño, torvo, me susurraba que dentro de un instante comprobaría que las palabras se habían secado en mí. No tendría nada más que decir, echado a este lado estéril de la vida, si es que alguna vez había poseído aquel don. El silencio que me rodeaba solo era interrumpido apagadamente por el ruido que venía del edificio en construcción a la vuelta de casa, en la cale Matilde Salamanca, pues acostumbrado desde meses a escuchar esos golpes monocordes y grises no hacía caso de ellos, como tampoco de la música populachera de una radio que, más o menos a esa hora, sintonizaba alguien del barrio. En fin. Empero respiraba satisfecho ese día a mitad de mañana, libre de todo compromiso laboral, sin obligación de salir a aturdirme, donde sentía cada vez con más fuerza el rechazo que me causaba Santiago. Evitaba incluso los cafés que me resultaban familiares ya que, aparte de considerarlos tediosos, de mal servicio al cliente, me topaba con unos grupillos de la movida que prefería eludir pues, al tanto de sus vidas, repetían las mismas monsergas. En consecuencia era mejor seguir de largo a casa, donde nadie me provocaría la ansiedad de preguntarme algo, de invadirme con su presencia inoportuna. El llamado telefónico interrumpió el soliloquio en que estaba sumido frente a la ventana y, a decir verdad, no solo representó cortarme el hilo de aquel momento de introspección sino que condujo principalmente a crearme un desordenado ovillo que, como se verá, no desenredé a través de las semanas. Todo se debió a una ligereza mía motivada por el imprevisto de ese llamado telefónico que nadie me obligaba a contestar. El representante de la Editorial Alfaguara, un señor Sandoval de quien no sabía nada, me expresó luego de las formalidades, quizá con algo de timidez, el interés de que participara en una antología literaria en preparación, dedicada por lo que entendí a ilustrar diversas enfermedades mentales. Fue así como pensé en los casos de Nietzsche, de Artaud, en un repaso a los mitos que admiraba. Me habló de una fobia social que podía desarrollar, agregándome que, para una mejor información acerca de esta, tomara contacto con el doctor Patricio Olivos mientras yo decía cómo no, claro, sin atreverme a dar una respuesta negativa, él me documentaría ampliamente en una charla en su consultorio. En seguida se refirió cada vez más seguro de sí mismo, a causa tal vez de mi retracción, luego de señalarme los honorarios por derecho de autor, que debía entregar el cuento hacia el 30 del mes siguiente. Le queda tiempo me acotó la persona, de quien conocía solo la voz, pero que, a través del diálogo, empezaba a imaginar su persona. Cuando colgué el teléfono advertí que, aparte de haber dicho que sí contra mi voluntad, deseoso de ponerle término a la conversación, sentía en la boca una sequedad como si hubiera cruzado el desierto. Había asumido un compromiso que podía llevar a un desenlace humillante, a una página en blanco digamos, porque nunca había escrito por encargo acerca de un tema determinado. Tranquilo como estaba esa mañana de marzo, dispuesto a proseguir en la escritura de la novela, de pronto había sido conducido a algo ajeno, distante, que me exponía por el pedido a un juicio personal. Bajo el propósito de superar la interrupción indeseada, abrí el cuaderno escolar de líneas cuadriculadas donde pacientemente, aislado del mundo en un pequeño departamento, pergeñaba de a poco el original titulado Cartago de manera provisoria. Tras intentar engancharme en este, después de consumir un segundo o tercer cigarrillo, advertí que la molestia se colaba en mi interior y que, no obstante el propósito de rechazarla, se adhería pegajosamente al recordarme el cometido a efectuar. Siempre he sido un tanto obsesivo al grado de que, mientras pensaba en dicha persona desconocida, empecé a construir un retrato de esta, gravitante como ya se observará. Está demás que lo esboce en el marco de una fotografía pues, aparte del ceño entrejunto que imaginé en el posible rostro de aquel señor Sandoval, semejante por su anonimato al de cualquier mortal que divisara por la calle, exhibía un gesto desdeñoso fácil también de encontrar frente a uno en la vida diaria, debido a lo cual esos rasgos inventados me hacían identificarlo, pero, a la vez, volver conjeturable su imagen, tornadiza en la otra punta de la línea telefónica, como fue agregarle por momentos una tibia sonrisa que veía amarilla. Ahora bien. Molesto conmigo mismo bajo el efecto de la interrupción, la mañana transcurrió lentamente frente a la ventana, prosiguiendo hasta donde podía con el original de la novela al escurrirse lo que pretendía fijar, aunque esto no era una novedad. A veces me sucedía en unos raros desplazamientos. El mal sabor del imprevisto se diluyó durante el día hasta solo constituir algo así como un hilo de tabaco en los labios que despedí sin darme cuenta. A esa jornada en casa vino la siguiente, dedicada afuera a diversos trajines algunos postergados, entre los cuales, si hago memoria, debía asistir a última hora a un acto social ineludible organizado por una sociedad de beneficencia, lleno de gente el salón de fiesta del que salí ahogado escapando a la primera. Dichas reuniones, formadas de pequeños grupos, me hacen daño, pues aunque reconozca a algunos invitados me siento intimidado, evitando acercarme. Fue así como quedó atrás el llamado del señor Sandoval al olvidarme por completo de él, arrinconándolo en la oscuridad a medida que pasaban los días, envuelto en la preocupación de mis cosas cuyos altibajos me resultaban sabidos, aun cuando a diferencia del lapso de la semana anterior, la vida tendía ahora, no sé por qué, a transcurrir de un modo más fácil, incluso más placentero, debido tal vez a la presencia de Mónica. Había regresado a Chile hacía poco tiempo y, alojada en casa de una prima, me juntaba con ella llevándola a visitar, gracias a las tardes aún gratas, levemente tibias y rosadas, los viejos lugares de antaño tales como el Parque Cousiño. La ciudad le resultaba casi desconocida al volver después de treinta años y prefería, como me indicara, caminar por donde latían los recuerdos de su adolescencia, pues el otro Santiago, modificado o desarrollado durante esta ausencia, la hacía sentirse extranjera. Mónica me agregaría que los años pasados en Bélgica sin acontecimientos, en blanco de pronto, le parecían robados de su vida. A esta altura de los hechos cabe destacar que cierta noche, luego de ir a dejar a Mónica, tuve un sueño digamos más bien ridículo, aunque a la vez inquietante, que, entre otros aspectos, me trajo la posible imagen del señor Sandoval, quien estaba bajo el dintel de una puerta que daba aparentemente a cierto patio de colegio, custodiado desde arriba por unas garitas de vigilantes. Yo permanecía en una larga cola a la espera de entrar a clases. Más que sorprenderme la austera presencia de este, dedicado como inspector a controlar el orden, me llamaba la atención aparecer confundido en medio del grupo de escolares, a mi vuelta al colegio según deducía de la escena que soñaba. Seguido por esa mirada acusadora a la que rehuía, avanzaba paso a paso encadenado por la vergüenza, pues regresar a ese comienzo de la vida significaba muchas cosas, entre otras la impostura mantenida como adulto y no digamos como escritor. El patio desolado cubierto de grava, semejante al que llamaban La Siberia en el Internado Barros Arana, donde había sido alumno, se divisaba envuelto en la niebla de un día de invierno, emanado al parecer de muchos años atrás. Fue un alivio despertar de esa angustia, volver a mí mismo sin el peso del fracaso, en que junto con sentirme un anciano irremediable en esa fila de colegiales me sentía ridículo, casi obsceno, ya que no podía contener cierto temblor que acusaban las manos. El aspecto que la pesadilla dejaría como recuerdo era la intranquilidad de haber asomado la figura de aquel señor Sandoval, a quien yo considerara desterrado de mis preocupaciones. Ahora a la luz del día tenía presente otra vez, sino la persistencia de su mirada en la helada galería del patio, al menos la voz por el teléfono que, sin decir mucho, había logrado comprometerme en algo que estaba lejos de los propósitos que me guiaban. Él constituía el prójimo desconocido al que no deseaba acercarme. Puestas así las cosas me di cuenta de que, si algo debía escribir para sacarme de encima la molestia del encargo, podía ser el relato de aquel sueño tenido hacía pocas noches a fin de demostrar, de cara al tema del libro, que a mí también me zumbaba algo. Redacté el texto con mayores o menores detalles y le puse como título Sacando viruta, expresión acerca de quien arranca. Sobre todo me preocupé de reseñar el secreto, obvio cuando desperté, entre la mirada acusatoria del señor Sandoval y la confusión que me embargaba, dispuesto a desaparecer de la fila que avanzaba de manera irremediable hacia la puerta. Dudoso del resultado literario, abandoné las cuartillas en un cajón del escritorio, dispuesto a olvidarme de estas ya que, como además pensaba, solo eran cristalizaciones de un mal sueño, residuos de una noche dejada a la zaga. Como advertía cada mañana a través de la ventana, adonde dirigía mi mirada para constatar el giro de la rueda de la vida, el otoño avanzaba en una progresiva opacidad asomando los primeros grises de la extinción. Sin embargo, no había podido hasta ese instante borrar de la mente a quien me llamara por teléfono, preocupado de la incapacidad de zafarme de él, pastoso como sentía su recuerdo a pesar de las semanas, pronto a cumplirse el plazo que había determinado para que entregara el dichoso cuento. Seguro de que este tal cual quedara no llegaría a sus manos, decidí escribir algo más amplio que por caso recogiera la vigilia existente hasta ahí pues, aun cuando deseara hacerlo invisible, aquel señor Sandoval proseguía siendo real y, en los próximos días, debería conocerlo en persona en su oficina. No me sería fácil luego de todo lo ocurrido.

Germán Marín (foto)

El exterminio de elefantes es obra de las milicias

La noticia lo deja a uno helado, sobre todo viendo la foto. Unas milicias, procedentes de Chad y Sudán, están entrando ilegalmente a Camerún en busca de elefantes. Esas milicias, al parecer, ya exterminaron los elefantes que había en Chad y Centroáfrica, y ahora quieren los del parque nacional de Bouba N’djida, en el norte de Camerún.

Los testimonios hablan de una matanza de 200 elefantes (un tercio de los que viven en la reserva). La descripción que dan los testigos de esos salteadores es que están armados con Kaláshnikov, van caballo, y están asistidos por camellos para llevarse los colmillos de marfil de los elefantes asesinados.

La carne la dejan tirada en el sitio, y después van a los pueblos (Gouna, Sinassi y Koiloungou, por ejemplo) a ofrecerla “de regalo”. Con esta carne de elefantes acribillados por sus manos sucias, esas milicias despiadadas y obtusas quieren “ganar el apoyo de las aldeas”.

El Gobernador de la región, Gambo Haman, se declara impotente, pues los guardas del parque son pocos y están mal armados. Un guía, con tristeza, graficó la situación: “Vemos cómo nuestro trabajo de años (de conservación de los paquidermos) se está quedando en nada”.

Un crimen, igual de aberrante y censurable, cometen los que comen aletas de tiburón, porque los comerciantes se las cortan a esos animales vivos y los lanzan de nuevo al mar, sin que tengan la posibilidad de nadar y mueren. Y también, igual de criminales son los que matan ballenas con el falso argumento de que se trata de estudios “científicos”, pero la carne de estos animales surte los supermercados orientales. En estos dos casos, se trata de supersticiones sexuales, pues teniendo el pene muy chico y siendo eyaculadores precoces, creen que con aletas de tiburón y carne de ballena van a superarse. Imbéciles que son.