Fui a ver la más reciente película de Alberto Fuguet (foto), Música campesina, y no pude evitar la evocación de Easy Rider, de Peter Fonda, en primer lugar, y de El árbol de los suecos, de Ermanno Olmi, por razones distintas y en proporciones adecuadas. Quizás ésta última, por el ritmo que establece la de Fuguet en los primeros diez o quince minutos, en un ejercicio que podría considerarse como “domesticación del espectador”. Porque esa cámara quieta, esos planos largos, esos silencios, esa inacción, están diciéndonos que esta película se trata de otra cosa distinta a las usuales de estos tiempos, donde las tomas en rápida sucesión y la acción de los protagonistas caracteriza las cintas, tanto como la abundancia de diálogos, a veces inútiles.
En Música campesina la atmósfera creada desde ese comienzo, nos dice que la propuesta va por otro lado. En lo personal, creo que Fuguet se luce en la abundancia de encuadres que pueden llegar a ser hermosos, lo que pone en lugar relevante la fotografía de la película.
Y después está esa tensión que logra el actor Pablo Cerda, encarnando a un Alejandro Tazo, como el nombre del té, que refuerza a cada momento esta atmósfera algo espesa de la desesperanza y la esperanza a la vez. Magnífica la actuación.
La historia cuenta sin grandilocuencia las vicisitudes de un inmigrante latino en los Estados Unidos, y más específicamente en Nashville, la cuna de la música campesina estadounidense. Llega ahí por azar, el azar del amor. O de la emocionalidad, pues conoció a una gringa en Chile, país que recorrieron y después ella decide regresar a Estados Unidos y Alejandro Tazo, como el té, viaja con ella. Pero lo que para ella fue un amor de vacaciones, al parecer, para él es el meollo de su vida. A la deriva, la existencia de este inmigrante latino comienza a recrudecer.
En uno de los diálogos, Alberto Fuguet se confiesa a través de sus personajes, en su gusto por el cine de los años 70s. Menciona la película de Robert Altman sobre la ciudad, e insiste en que Clint Eastwood hizo lo mejor de su filmografía en esa década. La misma década del cine rodante de Busco mi destino y El árbol de los suecos, la de Taxi Driver, Amarcord y La naranja mecánica, por decir algo.
A ese cine aspira Fuguet con la película.
¿Cine arte, el que logra Alberto Fuguet con esta película?, no lo sé, a ciencia cierta. Pero uno termina de verla con una sensación de que vio algo distinto e interesante al cine comercial del momento, y que algo de Alejandro Tazo, como el nombre del té, tenemos todos en algún momento de la vida: desesperanza, desarraigo, desamor, opresión y un rayo de esperanza para continuar la búsqueda…

























