Archivo mensual: septiembre 2011

“Mascarada” de Juan Carlos Onetti

María Esperanza entró al parque por el camino de ladrillos que llevaba hasta el lago entre sombras de árboles y torcía justamente al llegar a la orilla chocando contra la luz de los reflectores, las espaldas todas negras de la gente que miraba deslizarse las lanchas con banderines y música, los danzarines en la isla artificial. Estaba cansada y los tacones, tan altos como nunca los había usado, le hacían arder un dolor como una herida en los tendones de los tobillos. Se detuvo; pero no era ahí, sentía sin saber por qué, que no era y además tenía miedo de aquellas caras absortas, graves o sonrientes, miedo porque eran caras tan semejantes a la suya misma bajo la violenta, blanca, roja y negra pintura con que la había cubierto, miedo de que las caras miraran comprendiendo su fraternidad y la miraran en seguida con odio por estar haciendo algo que no debía hacerse cuando se tenía una cara así, cuando se la había tenido, unas pocas horas antes, sin pintura y limpia frente al espejo, luminosa, alegre, con el cabello goteando agua y sin vergüenza.

Caminó por la orilla del lago que hendía la sombra y la arboleda, con la música de la danza en la isla temblando en el aire que le rodeaba el cuello. Se sentó en un banco y sacó los talones de los zapatos, cerrando los ojos, inflando la cara al suspirar, feliz y soñolienta al abandonarse a lo que contenía la noche, una lejana música y un olor de flores. Pero vino el recuerdo de aquella espantosa cosa negra que había sucedido unas horas antes, en seguida de la presencia de su cara limpia en el espejo y el rostro malicioso del recuerdo amenazaba tocar su corazón, asustar su cuerpo flojo sobre el banco. Se levantó, caminando ahora hacia el lado del parque que daba a la rambla.

A medida que se acercaba a las luces y comenzaba a distinguir los carteles luminosos del circo y las luces de colores de los kioscos, y la música del ballet en el lago moría a sus espaldas mientras las marchas y los tangos de los cafés se acercaban a sus mejillas, iba enderezando el cuerpo, alargando los pasos, haciéndolos más lentos y remedando el andar ensayado antes de salir. También llevaba ahora la última cabeza contemplada en el espejo, muy levantada, con las cejas arqueadas y una promesa de sonrisa.

Ya estaba entre los ruidos de la otra zona del parque, ensordecida por la mezcla de música, risas, llamados a los mozos, frases repetidas por los mozos a los mostradores. Todavía le quedaba, inmediatamente antes de la intensa luz y el estrépito, una sombra de un árbol desde donde mirar los tablados y sus recogidas cortinas. Un trío de zapateadores golpeaba en un escenario, vestidos de marineros.

La mujer, pequeñ­a, se movía entre los dos gigantes. Uno de los hombres tenía una cara clara y triste donde colgaba la nariz; el otro era delgado, de frente estrecha y pelo negro y aceitoso y toda su cabeza, su mismo estrecho cuerpo al balancearse mostraban un incurable, un activo resentimiento con la vida. Ella era rubia y sonreía acalorada, roja, sonreía con dientes de niñ­o, sacudiendo el pelo, marcando de manera excesiva el compás con los brazos, los pies y las caderas, sonreía, con un foco de luz blanca en la cara implacablemente quemando su cara, rayéndole la nariz con su blancura.

A la derecha un hombre de frac mostraba al público un mono encogido sobre una mesa, vestido de groom, mientras otro mono, más grande, triste, de pesados movimientos, guiaba los ojos apretando un acordeón entre los brazos, sacando siempre la misma nota, el mismo soplo que sonaba definitivo. El hombre de frac hablaba muequeando con voz enronquecida y la gente reía a carcajadas, siempre de acuerdo, hacía una pausa de silencio y frescura y volvía a reír de golpe, sin que María Esperanza, riendo apoyada en el árbol, con la mano apretando un nudo de la corteza, pudiera saber si reía del hombre, de lo que decía el hombre o de cual de los monos.

A la izquierda, más lejos, detrás de una hilera de lámparas blancas y azules –un azul tan triste, tan desagradable como nunca había visto, como no imaginaba que pudiera ser nunca un azul– encima de una música de piano que parecía girar repitiendo siempre lo mismo, una mujer vestida de hombre, con gorra y un pañ­uelo rojo al cuello cantaba con voz incomprensible, fumando. Mirando a un lado y otro como si siguiera el viaje de sus palabras en el aire y quisiera saber hasta dónde podrían llegar, hasta dónde lograba empujarlas y encima de la cabeza de qué espectador caían, abajo de que mesa y en qué porción de tierra con pasto aplastado terminaban. Sobre el lejano escenario la mujer vestida de hombre no tenía cara. María Esperanza quedó con las espaldas recortadas al árbol, el mundo en las vértebras. Nada podía saber de lo que la mujer estaba cantando, pero alguna palabra escapada de la fiesta nocturna venía a darle una triste felicidad como la de un rato atrás, perdida en la sombra del banco. El cielo era negro y al mirarlo sintió que un aire frío llegaba de la playa, un aire que podía acabar con su energía y entregarla en forma definitiva al desconsuelo ella y su cuerpo, contemplados por el rostro malicioso del recuerdo en que no debía pensar.

Dejó el árbol y se puso a andar entre las mesas. Al dar un paso nadie la miraba y al mover la otra pierna todas las cabezas se volvían para mirarla, todas las sonrisas, los ojos brillantes, las caras con sudor giraban hacia ella, pero ya al paso siguiente avanzaba sola, no vista por nadie. Se detuvo. Se detuvo indecisa frente a la mesa de un hombre gordo de retinto bigote que bebía un jarro de cerveza, sin mirarla, mirando por encima de la espuma de la cerveza el zapateo en el escenario. Estaba sola como si hubiera traído el árbol consigo, como si escondiera el perfil en la tajeada corteza y la mano pudiera apoyarse, olvidada, en el nudo de borde pulido.

Una mujer movió un sombrero con flores al inclinarse riendo y en seguida las tres caras de los zapateadores estaban mirándola, todos los rostros se habían vuelto hacia ella y por más que caminara, sin perder, oh, gracias a Dios, aquel andar amorosamente ensayado, siempre tenía que pisar tontamente en el sitio donde la luz era más fuerte, donde convergían las luces de colores, las miradas de todas las personas sentadas a las mesas y que paseaban sin prisa, solas, en parejas, con niños, sin prisa por el parque en la fresca noche de verano. María Esperanza cerró los ojos, sintió que tenía una mueca en la boca, volvió a abrir los ojos y avanzó hacia la mesa del hombre gordo que bebía su cerveza y que la descubrió de pronto e hizo una cara de bondad mientras movía un poco con dos dedos el nudo de su corbata, tironeaba de las puntas del chaleco, apartaba sobre la mesa la jarra de cerveza. Mirándola siempre con una expresión bondadosa, tan bondadosa que ella susurró que no y pasó de largo, rozando el cuerpo en una hilera de cañas de hojas filosas que repitieron, arrastrándolo, su susurro.

Un escándalo de aplausos resonó allá a la izquierda, mientras la mujer vestida de hombre se inclinaba, la gorra en la mano, el pelo desparramado hasta casi tocar las lamparillas blancas y azules de aquel azul repugnante que era capaz de enfermarla a ella María Esperanza, sudando, sintiendo como se ablandaba la pintura de su cara y el dolor que le hacían los tacones se le hundía como un filo en los tobillos.

Y en seguida de los aplausos otra vez se pusieron, todo el mundo se puso a mirarla y la tonadillera que apareció dando una vuelta por el escenario después de los zapateadores, caminando rápidamente mientras la orquesta tocaba rápidamente un paso doble, se clavó una mano en la cintura y cantó riendo, mirándola, caminó dos o tres pasos y volvió a cantar para ella, mirándola, burlándose, conversando solamente con ella mientras un temblor de risa se corría por las cabezas del público en las mesas.

Entonces abandonó la pared de cañas y se acercó a un hombre flaco, que fumaba sin moverse, con un sombrero de paja abandonado contra la nuca y se detuvo a punto de tocarlo, mirándole la cara. El hombre continuó fumando y sus ojos pequeñ­os y tristes miraban siempre hacia adelante. Ella giró velozmente y fue, recta, pero ahora con la marcha suya de todos los días, despacio, las manos colgando, hasta la mesa del hombre gordo que está bebiendo una segunda jarra de cerveza que dejó en seguida, al verla llegar, para repetir su sonrisa de bondad hasta que ella se sentó a su lado en la mesita de hierro. Vio que por un instante el hombre gordo la estuvo mirando con su cara de bondad. Luego la ensombreció para llamar al mozo, volvió a sonreír –aquella gruesa dulzura de jarabe que parecía explicar que ella, María Esperanza, era hija de un hombre gordo de bigote negro que tomaba cerveza en el parque en la fresca noche de verano–, le tomó una mano del regazo la llevó siempre cubierta por la suya hasta encima de la mesa y le hizo una pregunta, una risa, otra pregunta por todo dos preguntas que ella no alcanzó a comprender.

Juan Carlos Onetti (foto)

Una víctima de la publicidad

Conocí a un chico, fallecido el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se había hecho este razonamiento: “El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible”. A partir de aquel día, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código de vida. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.

Claude adquirió un terreno formado por tierras de aluvión donde sólo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida según un sistema novedoso, temblaba cuando hacía viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fumívoros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres eléctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados según un modelo excelente, se habían convertido en horribles cloacas; los muebles, que debían obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.

Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.

El infortunado Claude no sufría sólo en sus propiedades sino también en su persona: la ropa se le rompía en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidación total. Un día me lo encontré completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le había ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar había hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y él estaba encantado porque –según decía– ahora podría usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionaría un cabello negro dos veces más espeso que su antiguo pelo rubio.

No hablaré de todos los potingues que se tomó. Era robusto pero se quedó escuálido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empezó a asesinarlo. Se creyó enfermo y se automedicó según las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicación fuera más efectiva siguió todos los tratamientos a la vez, hallándose confuso ante la idéntica cantidad de elogios que cada producto recibía.

La publicidad tampoco respetó su inteligencia. Llenó su biblioteca con libros que los periódicos le recomendaron. La clasificación que adoptó fue de lo más ingeniosa: ordenó los volúmenes por orden de mérito, quiero decir, según el mayor o menor lirismo de los artículos pagados por los editores. Allí se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contemporáneas. Jamás se vio un montón de ignominias semejante. Y además, Claude había tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo había hecho comprar. Así, cuando abría un libro, sabía por adelantado el entusiasmo que debía manifestar; reía o lloraba según la fórmula. Con ese régimen, llegó a ser completamente idiota.

El último acto de este drama fue lastimoso. Tras haber leído que había una sonámbula que curaba todos los males, Claude se apresuró a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no tenía. La sonámbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indicándole la forma para no tener más de dieciséis años. Se trataba simplemente de darse un baño y de beber determinada agua. Se tragó el agua, se metió en el baño y se rejuveneció en él de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.

Claude fue víctima de la publicidad hasta después de muerto. Según su testamento, había querido ser enterrado en un ataúd de embalsamamiento instantáneo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ataúd se abrió en dos, y el miserable cadáver cayó al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cartón piedra y en imitación de mármol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada más que un montón de podredumbre sin nombre.

Émile Zola (foto)

Aquellos días en Odessa

Hacía mucho frío en Odessa aquellos días. Cada mañana íbamos al aeropuerto en grandes y ruidosos camiones, por la carretera mal adoquinada. Allí esperábamos, muertos de frío, a los grandes pájaros grises que rodaban por el campo de aterrizaje. Pero los dos primeros días, cuando estábamos a punto de subir a bordo, llegó una orden en sentido contrario, porque sobre el mar Negro había una niebla muy densa, o bien demasiadas nubes, y volvimos a subir a los grandes y ruidosos camiones y regresamos al cuartel por la carretera empedrada. El cuartel era muy grande. Estaba sucio y lleno de piojos. Pasábamos el rato sentados en el suelo o bien nos acordábamos en las mugrientas mesas y jugábamos a las cartas, o cantábamos. Siempre esperábamos una ocasión para saltar el muro y hacer una escapada. En el cuartel había muchos soldados que esperaban para entrar en combate, y no se nos permitía ir a la ciudad. Los dos primeros días habíamos intentado escabullirnos, pero nos atraparon, y como castigo nos hicieron transportar las grandes cafeteras llenas de café hirviente y descargar panes. Mientras descargábamos los panes nos vigilaba el contador, que llevaba un magnífico abrigo de pieles, el cual, sin duda, estaba destinado al frente. El contador contaba los panes para que no desapareciese ninguno. El cielo de Odessa estaba siempre nublado y oscuro, y los centinelas paseaban arriba y abajo, a lo largo de los negros y sucios muros del cuartel.

El tercer día esperamos a que hubiera oscurecido del todo y nos dirigimos simplemente a la entrada principal. Cuando el centinela nos dio el alto, gritamos “comando Seltscbáni”, y nos dejó pasar. Éramos tres, Kurt, Erich y yo. Caminábamos muy despacio. Sólo eran las cuatro y ya estaba oscuro. Lo único que habíamos ansiado era salir de aquellos altos, negros y sucios muros, y ahora que estábamos fuera casi habríamos preferido estar dentro otra vez. Sólo hacía ocho semanas que nos habían movilizado y teníamos mucho miedo. Pero nos dábamos cuenta de que, si hubiéramos estado otra vez en el cuartel, habríamos querido salir a toda costa, y entonces habría sido imposible. Eran sólo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos.

No queríamos morir, no queríamos ir a Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo día tirados en aquel cuartel sucio y negro que olía a café de malta, donde siempre descargaban panes destinados al frente y donde siempre había un contador con abrigo de pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba y contaba los panes para que no desapareciese ninguno. En realidad, no sé lo que queríamos. Avanzábamos lentamente por aquella callejuela del suburbio, oscura y llena de hoyos. Entre las casitas, donde no se veía una sola luz, la noche estaba cercada por unas cuantas estacas de madera podrida, y más allá, en algún lugar, debía de haber páramos, tierras baldías, como en nuestro país, donde siempre dicen que se va a construir una carretera y abren zanjas y van de aquí para allá con varas de medir, y después no se habla más de la carretera y echan en las zanjas escombros, cenizas y basura, y vuelve a crecer la hierba, mala hierba áspera, indómita y exuberante, hasta que el letrero “Prohibido tirar escombros” queda cubierto por los escombros…

Caminábamos muy despacio porque aún era muy pronto. En la oscuridad nos cruzamos con otros soldados que iban al cuartel, y otros que venían del cuartel nos adelantaban. Teníamos miedo de las patrullas y habríamos preferido volver, pero sabíamos también que si nos hallásemos otra vez en el cuartel estaríamos desesperados, y era mejor tener miedo que sentir sólo desesperación entre los negros y sucios muros del cuartel, donde siempre había que llevar café de aquí para allá y descargar panes para el frente, siempre panes para el frente, y donde vigilaban los contadores con sus magníficos abrigos, mientras nosotros nos moríamos de frío.

De vez en cuando, a uno y otro lado de la callejuela, veíamos una casa en cuyas ventanas brillaba una mortecina luz amarilla, y oíamos el murmullo de unas voces claras, extranjeras e inquietantes. Y después encontramos, en medio de la oscuridad, una ventana muy iluminada de la que salía mucho ruido, y oímos voces de soldados que cantaban “El sol de México”.

Abrimos la puerta y entramos. La estancia estaba caliente y llena de humo. Había en ella un grupo de soldados, ocho o diez, algunos de los cuales tenían mujeres con ellos. Bebían y cantaban, y uno de ellos se rió muy fuerte cuando entramos nosotros. Éramos muy jóvenes, los más jóvenes de toda la compañía. Nuestros uniformes eran completamente nuevos, y la fibra de madera nos pinchaba los brazos y las piernas; las camisetas y calzoncillos nos producían un terrible picor. También los jerseys eran nuevos y ásperos.

Kurt, el más joven, pasó delante y eligió una mesa. Kurt era aprendiz en una fábrica de cuero, y nos había contado de dónde procedían las pieles, aunque la cosa se consideraba secreto industrial. Nos había explicado incluso los beneficios que se obtenían con ello, aunque eso era también un secreto industrial muy celosamente guardado. Nos sentamos los tres.

De detrás del mostrador vino hacia nosotros una mujer gorda, de cabello oscuro y cara bondadosa, y nos preguntó qué queríamos beber. Preguntamos primero cuánto costaba el vino, pues habíamos oído decir que en Odessa todo era muy caro. Nos dijo que eran cinco marcos la botella, y pedimos tres botellas. Habíamos perdido mucho dinero jugando a las cartas y nos habíamos repartido el resto: teníamos diez marcos cada uno. Algunos de los soldados comían carne asada, que humeaba aún, con rebanadas de pan blanco, y unas salchichas que olían a ajo, y entonces nos dimos cuenta por primera vez de que teníamos hambre. Cuando la mujer trajo el vino le preguntamos cuánto costaba la comida. Nos dijo que las salchichas costaban cinco marcos y la carne con pan, ocho. Dijo que la carne era de cerdo y fresca, pero nosotros le pedimos salchichas. Los soldados besaban a las mujeres y las abrazaban sin disimulo, y nosotros no sabíamos a dónde mirar. Las salchichas eran grasas y calientes, y el vino era muy seco. Cuando nos hubimos comido las salchichas, no supimos qué hacer. No teníamos ya nada que decirnos, pues nos habíamos pasado dos semanas echados en el mismo vagón del tren y nos lo habíamos contado todo. Kurt había trabajado en una fábrica de cuero, Erich en una granja y yo estaba en la escuela. Todavía teníamos miedo, pero se nos había quitado el frío.

Los soldados que habían estado besando a las mujeres se pusieron ahora los cinturones y salieron con ellas afuera. Eran tres chicas; sus caras eran redondas y bonitas; reían y bromeaban, pero se iban con seis soldados, creo que eran seis, o, por lo menos, cinco. Quedaron en la sala sólo los borrachos, los que antes cantaban “El sol de México”. Uno que estaba junto al mostrador, cabo primero, alto y rubio, se volvió hacia nosotros y se echó a reír otra vez; creo que nuestro aspecto hacía pensar que estábamos en alguna clase del cuartel, allí sentados a la mesa muy silenciosos y correctos, con las manos en las rodillas. El cabo le dijo algo a la mujer y ésta nos trajo tres vasos bastante grandes de aguardiente blanco.

–Hemos de brindar a su salud –dijo Erich, golpeándonos con la rodilla. Yo llamé varias veces al cabo hasta que él se fijó en mí; Erich nos hizo otra vez una señal con las rodillas, y nos pusimos en pie diciendo al unísono: –A su salud, cabo…

Los otros soldados se echaron a reír a carcajadas, pero el cabo levantó su vaso y nos respondió:

–A su salud, soldados…

El aguardiente era fuerte y amargo, pero nos calentó, y nos habríamos tomado otro vaso.

El cabo le hizo una seña a Kurt para que se acercase. Kurt lo hizo, habló unas palabras con él y nos hizo una seña a nosotros. El hombre nos dijo que estábamos locos, que no teníamos dinero y que teníamos que vendernos algo. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde estábamos destinados. Le dijimos que estábamos en el cuartel esperando que nos llevasen a Crimea. Se puso muy serio y no dijo nada. Yo le pregunté qué podíamos vender, y él me respondió que cualquier cosa: abrigos, gorras, ropa interior, relojes, plumas estilográficas… Ninguno de nosotros quería venderse el abrigo. Estaba prohibido y teníamos miedo, y además en Odessa hacía mucho frío. Nos vaciamos los bolsillos: Kurt tenía una pluma estilográfica, yo un reloj y Erich un portamonedas nuevo, de cuero, que había ganado en una rifa del cuartel. El cabo tomó los tres objetos y le pregunté a la mujer cuánto daba por ellos. Ella los examinó detenidamente, dijo que eran cosas malas y nos ofreció doscientos cincuenta marcos, ciento ochenta sólo por el reloj.

El cabo nos dijo que doscientos cincuenta era poco, pero que estaba seguro de que no nos daría más y que aceptásemos, porque quizás a la mañana siguiente nos llevarían a Crimea y entonces todo daría igual.

Dos de los soldados que cantaban antes “El sol de México” se levantaron de sus mesas y le dieron al cabo unas palmadas en el hombro; el cabo nos saludó y salió con ellos. La mujer me había dado a mí todo el dinero, y yo le pedí dos trozos de carne con pan para cada uno y un vaso grande de aguardiente. Después nos comimos aún cada uno un trozo más de carne y nos bebimos otro vaso de aguardiente. La carne estaba muy caliente, era fresca, grasa y casi dulce, y el pan estaba todo empapado de grasa. Después nos tomamos otro aguardiente. Entonces nos dijo la mujer que ya no le quedaba carne, sólo salchichas, y comimos salchichas acompañadas de cerveza, una cerveza oscura y espesa. Después nos tomamos cada uno otro vaso de aguardiente y nos hicimos traer pasteles, unos pasteles planos y secos de nuez molida. Después bebimos aún más aguardiente, pero no estábamos borrachos en absoluto; teníamos calor y nos sentíamos bien, y no pensábamos en el picor de las fibras de madera de nuestra ropa. Llegaron otros soldados y cantamos todos juntos “El sol de México”…

A las seis, nos habíamos gastado todo el dinero y seguíamos sin estar borrachos. Como no teníamos nada más que vender, regresamos al cuartel. En la oscura calle llena de hoyos no se veía ya ninguna luz y, cuando llegamos, el centinela nos dijo que nos presentásemos en el puesto de guardia. Allí se estaba caliente y no había humedad, estaba sucio y olía a tabaco. El sargento nos echó una bronca y nos dijo que habríamos de atenernos a las consecuencias. Pero aquella noche dormimos muy bien. A la mañana siguiente fuimos al aeropuerto en los ruidosos camiones por la carretera empedrada. Hacia frío en Odessa. El tiempo era magnífico; el cielo estaba despejado. Subimos por fin a los aviones, y, cuando despegábamos, nos dimos cuenta de pronto de que no volveríamos nunca, nunca…

Heinrich Böll (foto)

El alcalde Cristián Labbé quiere crear un gueto

Queda uno sin palabras ante actitudes como la del alcalde de la comuna de Providencia, en Santiago de Chile, Cristián Labbé Galilea (foto), quien ordenó a los carabineros desalojar las tomas pacíficas de los estudiantes en los colegios y liceos de su jurisdicción y dar por concluido el año escolar, y además anunció que en el 2012 no recibirá estudiantes que no sean de la propia comuna.

Es evidente que un simple alcalde comunal no tiene tal potestad. Me refiero a la de ordenar que se concluya el año escolar, y menos negarle el derecho a los niños y jóvenes de Chile de estudiar en un colegio o liceo de esa comuna.

Usurpó funciones, el señor Labbé, del ministerio de Educación.

Por cierto que esos liceos y colegios existen gracias a recursos del Estado, es decir, de todos los contribuyentes. Por tanto, tampoco tiene potestad de disponer de los recursos nacionales para aplacar un capricho personal.

Los estudiantes, como se sabe, están en paro y movilizaciones desde hace 4 meses, en procura de 1) mejores condiciones financieras para estudiar en la secundaria y, especialmente, en la universidad, es decir, democratizar la educación que se está volviendo privativa de un grupo social, y 2) en procura de elevar la calidad de los contenidos, incluida, supongo, mejorar la calidad profesional de los profesores.

Lo verdaderamente increíble es que un alcalde decida hacer de su comuna un gueto (ghetto), una zona de exclusión, como en los tiempos de Berlín y Bonn.

Es fastidioso tener que mencionar que el señor Labbé fue militar cercano al dictador Augusto Pinochet, y esa mentalidad, obviamente, no la ha podido superar. Como ha sido elegido varias veces alcalde de Providencia, dada la enorme cantidad de militares y exmilitares que viven en la comuna y votan por él, creerá que es omnipotente, todopoderoso, y que está mandando tropa y no ciudadanos.

En todo caso, resulta curioso, por decir lo menos, que hoy día, septiembre 27 del año 2011, un funcionario pretenda gobernar con el capricho personal, por encima de 1) las leyes y 2) la estructura de Estado y 3) la propia Constitución, discriminando a las personas, en clara contraposición con los derechos ciudadanos, y revivir sus tiempos de gloria cuando era el factotum de un dictador. Algunos lo llaman Labbé(stia).

Divas de antes, al natural

Los criterios de belleza y los métodos para lograrla cambian con los tiempos. Hoy, por ejemplo, una mujer puede ser, prácticamente, “fabricada”, de acuerdo con cierta idea que se tiene de hermosura (bocas hinchadas, senos descomunales y narices de perrito pekinés, entre otras características). Algunas se aventuran en pos de ese “ideal” y acuden a cirugías faciales y abdominales, aplicación de toxina botulínica (botox) o de polímeros de silicio (silicona), la práctica de ritidinoplastía (lifting o estiramiento) y otros tantos recursos artificiosamente, que favorecen el pecado de la vanidad. Una mujer, en estas condiciones, al final del proceso sale convertida en otra.

Pero hubo un tiempo en que la belleza podía ser más natural, siendo las mujeres ellas mismas. Si parecían bellas, eran bellas en realidad. Si tenían la nariz así, esa era su nariz, y eran bellas con la nariz que tenían. Un poco de maquillaje siempre es válido, pero no tanto como el de ahora, que se hace en un computador y se llama Photoshop.

Las fotografías me las hizo llegar un colega y las tituló “Al natural”. Las divas que se ven son, en orden descendente: Audrey Hepburn, Grace Kelly, Lana Turner, Kim Novak (foto arriba), Katharine Hepburn, Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Ginger Rogers, Rita Hayworth, Vivien Leigh, Bette Davis, Marlene Dietrich, Natalie Wood, Joan Crawford, Marilyn Monroe,  Ava Gardner y Greta Garbo.

 

 

Murió el escritor José Miguel Varas

Murió en Ñuñoa, comuna de Santiago de Chile, el escritor José Miguel Varas (foto). Había nacido el 12 de marzo de 1928 en Santiago. Fue director del diario El Siglo, de Radio Magallanes y de Televisión Nacional, y estuvo exiliado en Moscú. Su primer libro, “Cahuín”, publicado en 1946, le valió pronta admiración como escritor. Entre las varias distinciones ganó el Premio Altazor de Literatura en tres ocasiones (2002, 2008 y 2010) y el Premio Nacional de Literatura de Chile en el 2006. El siguiente cuento, Mal, es una muestra de su habilidad con la pluma:

La Rosa Colmillo era grande y cuadrada, dura para el trabajo y seca para el trago. Se sujetaba el pelo en un moño siempre mal hecho y a punto de caer. Era una de las mujeres que encontraba doña Herminda cuando llegaba el tiempo de las nueces, mujeres prefería porque rendían parejo y reclamaban menos.

La Rosa había pasado la noche en buena compañía, parece. No está claro si tan buena. En todo caso, en compañía. Cuando salió a trabajar serían las diez, las otras ya llevaban más de tres horas recogiendo. Venía con el cuerpo malo, agria y un poco verde, con la boca torcida. Doña Herminda la recibió en los cachos, le dijo de una a cien. Se anduvo sobrepasando, pensaron las otras, pero no dijeron nada.La Rosa no le hizo juicio y se dejó caer debajo de un carretón viejo que daba sombra. Durmió de un tirón hasta pasadas las doce.

Las mujeres estaban terminando los porotos, algunas estaban haciendo su atadito con media galleta o galleta entera para comer después o para llevarle a las crías, cuando llegó la Rosa Colmillo con los ojos y la cara hinchados a sentarse en la mesa. Doña Herminda ya no se sobrepasó, ahora se propasó. Le dedicó versos escogidos: la perla llegaba a trabajar tarde por el mal vivir, dormía toda la mañana y encima quería almorzar la muy fresca. Todo esto, bien condimentado.

La Rosa Colmillo la miró como si no le creyera: “No me va a dar de comer”, le preguntó.
“¡Miren qué prosa!”, dijo doña Herminda, “los porotos hay que ganárselos”.

La Rosa Colmillo se ofendió: “Esto le va a pesar, señora”, fue lo único que dijo. Dio media vuelta y partió. Todas se quedaron paralizadas, como con susto. Se sentía zumbar un coliguacho en el jardín.

“Mejor, no quiero verla más. Ya me tenía colmadala Colmillo con sus modos”, dijo doña Herminda.

Pero en la tarde, mientras podaba los rosales, se enterró una espina en el dedo del corazón. Se la sacó con cuidado y no le dio importancia. En la noche despertó varias veces porque el dedo le dolía con latidos. Al otro día le amaneció hinchado y negro, de muy feo aspecto. Lo puso en agüita de libur, pero la hinchazón no bajó.

Mandó un niño al pueblo, como a cuatro leguas, a llamar al practicante para que viniera y le zajara, pero la señora mandó a decir que andaba varios días en las tomas y no había para cuando.

Consiguió con don Este que la llevara al consultorio nuevo, que estaba como a diez kilómetros en las casas del fundo el Columpio. Por el camino le venían mareos, no sabía si por infección del dedo o por el traqueteo del tractor. Tuvo que esperar como tres horas al doctorcito, éste metió una cuchillita y saltó el chorro de sangre mala. Le hizo una curación completa y doña Herminda se ponía pálida cuando apretaba. Le puso tintura de yodo y una venda muy firme.

Estuvo mejor un día, pero al otro volvió a empeorar. Entonces doña Herminda se acordó de lo que dijo la Rosa Colmillo y pensó que era un mal. Mandó preguntar por ella, pero nadie la había visto hacía tiempo. Fue y la acusó en el retén de carabineros, pero el cabo se rascaba mucho la cabeza y no hallaba cómo, le dijo que iban a tratar de ubicarla. Parece que no pudieron.

En esto apareció providencial don Beña, un ciego de virtud, y doña Herminda lo consultó: “Este es mal y del más fuerte”, dijo él con la cabeza inclinada, como si escuchara, mientras la palpaba muy suave el dedo, que ya parecía un sapo, “la falangeta la tiene perdida”.

Doña Herminda fumaba y fumaba para aguantar el dolor y dijo: “Qué importa. Perdida o no perdida, haga algo para sanarme, don Beña”.

Don Beña se fue con la niñita que lo guía y volvió en la tarde con una pastita verde. Se la puso en el dedo entre rezos, conjuros y sahumerio. Cuatro días, por la mañana y por la tarde, le repitió el tratamiento. Al quinto día, cuando se sacó la venda, se desprendió también la primera falange del dedo, con uña y todo.

Doña Herminda se quedó con un dedito corto, medio torcido y puntiagudo, como una garrita, hasta el día de hoy. Lo lamentó, pero fue agradecida con don Beña y le regaló una pavita.

A veces se acuerda de la Rosa Colmillo, dura para el trabajo y seca para el trago, qué será de ella, ¿no?, pero el caso es que no se ha vuelto a ver por este lado, señor.

“El viento” de Salarrué

La Palazón se bañaba alegre y desnuda en el viento. El sol era mareño en la mañana azul. La basura iba y venía, arrastrada por la mecida del aire. Hojas que rodaban como caracoles, polvo como espuma sucia en aquella marea.

Los charcos, en medio del camino barrioso y barrido, se secaban dejando prieta la tierra, y blandita como para meter el pie. Un ruidal de ramadas llenaba la costa entera, desde aquí quera verdeante, hasta allá lejoslejos quera azul.

También las yeguas sintieron dentrar el viento en su alegrón y se echaron a correr por el llano. A la par de las yeguas del viento, iban las yeguas de sangre, atropellándose unas con otras, soplando las narices valientes, la crin al cielo y el casco al suelo; ¡patacán, patacán, patacán!… Dejaban jumazón en la fueya, como si quemaran su libertá. Paraban su desboco, cuando ya no sentían el suelo, por miedo al vuelo desconocido. El heroísmo es un exceso de vida que puede a veces producir la muerte.

A ratos, el norte ponía mujeres de polvo, bailando vertiginosas por las veredas; bailando en puntas y cogiendo al paso mantos de nube, para enrollarse girámbulas. Venía el chuchito perdido, arrastrando una larga pita por el camino: era negro, lagartijo, encogido y despavorido. Echaba las orejas hacia atrás; la cola entre las patas; un vivo amarillo de espanto le rodeaba los ojos polvosos. En aquella anchísima soledad, ensordecida por el viento era como un dolor extraviado. La fuerza del oleaje le hacía tambalearse. Se paraba y ponía vanos empeños por amarrar el cabo del olfato. Volvía tímido la cabeza, para mirar cuán solo estaba. Entonces su grito lastimero hacía un rasguño en el viento. Volvía atrás con igual premura; miraba al andar hacia el cielo, como si nadara. La pita lo seguía dócil, marcando un surco en el polvo por un instante. Era como un amor náufrago. Buscaba al amo, perdido en el ventarrón. A lo lejos, como un punto negro en la explanada, iba nadando hacia lo incierto. Aquella cosa tan mísera, bajo el furor del cielo, era un dolor grandioso.

Entre madejas de polvo y cáscaras doradas, apoyado al tanteyo en el palo y al tanteyo la mano en el cielo, el viejo topó a una alambrada y llamó ya sin esperanza:

–¡Mirto, Mirto!…

Salvador Salazar Arrué (foto)

Admiración por los padres de familia en Chile

El tesón de los padres de los estudiantes que están en paro porque reclaman una reforma educativa de fondo, merece todo respeto. Y admiración. Porque no es fácil, en el mundo monetizado de hoy, donde las conciencias se compran y se venden, encontrar gente con tales  convicciones.

Esos padres se están jugando, junto con sus hijos, el todo por el todo: obtener la posibilidad de una educación superior al alcance de sus presupuestos familiares. Es preferible perder un año escolar, que estar endeudados por 20 años debido a un crédito estudiantil a tasas de usura, como hasta ahora. Eso es lo que piensan. Y tienen la razón.

Lo que piden los estudiantes es una reforma educativa. Es decir, cambios en la calidad de los contenidos y en los indicadores de financiación. Algo bastante justo.

¿Por qué el valor de la matrícula y del arancel (pago mensual, o mensualidad) de las universidades públicas no se establece, por ejemplo, con base en la declaración de renta de los padres? De esta manera, el que tiene más que pague más, y el que tiene menos que pague menos.

¿Por qué la universidad pública es excluyente, destinada a una élite social? ¿Por qué los profesores de las universidades públicas tienen que ganar 12 millones de pesos mensuales, y 15 millones mensuales y hasta 18 millones de pesos mensuales? De esta forma, la universidad no es un centro del conocimiento, sino una empresa cuyos ejecutivos están resultando muy costosos.

¿Por qué el Estado tiene que financiar a algunos privados, que decidieron que su giro económico sería el de los colegios?

¿Por qué el Gobierno cree que todo anda bien y que el sistema educativo no amerita ningún cambio?

Pero no lo dice claramente, derechamente, sino que se ocupa en desprestigiar y demonizar el movimiento estudiantil (foto), y tratar de quebrantar la voluntad de los padres de familia.

El Gobierno ya no tiene que ponerse a discutir que la llamada “Concertación” estuvo en el poder 20 años y no hizo nada, sino asumir el protagonismo de los cambios históricos y dar el paso adelante.

Pero en el Gobierno hay muchos que creen que ceder en unas pocas peticiones “es debilidad”, y entonces se mantiene brutamente en una posición estacada.

Por lo demás, si el Gobierno dejara de pensar en los egoísmos de la Unión Demócrata Independiente y los egoísmos de Renovación Nacional, y en los politiqueros, y en cambio pensara en el país, y en que en el futuro pueden continuar en el poder, haría el cambio que es necesario.

El Gobierno puede hacer los cambios.

Es lo que piden los estudiantes y sus padres. Pero cree, erróneamente, que hay “una inconveniencia” en “ceder”, desde el punto de vista de “la política”. Bien, la política es el arte de gobernar, y gobernar significa democratizar el bienestar entre los ciudadanos.

Este Gobierno puede hacer los cambios.

Desde la perspectiva de mantenerse en el poder, la llamada “Alianza” tiene una hermosa oportunidad histórica para materializar ese sueño. Contando, si quiere, con el desprestigio de la llamada “Concertación”, cuyo apoyo de la gente solo llega al 17%, según las encuestas.

¿Qué le pasa, pues, al Gobierno?

Entre tanto, es de admirar la tenacidad de los estudiantes y la de sus padres, al mantener enarboladas las peticiones, justas por lo demás. En contraste, un Gobierno terco cuyos actos dicen que todo está bien, de maravilla, y no hay nada que cambiar. Que lo que ocurre es que hay un grupito de revoltosos que no quieren estudiar. Triste, ¿no?

“El Sombrerón” de Miguel Ángel Asturias

En aquel apartado rincón del mundo, tierra prometida a una Reina por un Navegante loco, la mano religiosa había construido el más hermoso templo al lado de las divinidades que en cercanas horas fueran testigos de la idolatría del hombre –el pecado más abominable a los ojos de Dios–, y al abrigo de los tiempos de montañas y volcanes detenían con sus inmensas moles.

Los religiosos encargados del culto, corderos de corazón de león, por flaqueza humana, sed de conocimientos, vanidad ante un mundo nuevo o solicitud hacia la tradición espiritual que acarreaban navegantes y clérigos, se entregaron al cultivo de las bellas artes y al estudio de las ciencias y la filosofía, descuidando sus obligaciones y deberes a tal punto, que, como se sabrá el Día del juicio, olvidábanse de abrir al templo, después de llamar a misa, y de cerrarlo concluidos los oficios…

Y era de ver y era de oír y de saber las discusiones en que por días y noches se enredaban los mas eruditos, trayendo a tal ocurrencia citas de textos sagrados, los más raros y refundidos.

Y era de ver y era de oír y de saber la plácida tertulia de los poetas, el dulce arrebato de los músicos y la inaplazable labor de los pintores, todos entregados a construir mundos sobrenaturales con los recados y privilegios del arte.

Reza en viejas crónicas, entre apostillas frondosas de letra irregular, que a nada se redujo la conversación de los filósofos y los sabios; pues, ni mencionan sus nombres, para confundirlesla Suprema Sabiduríales hizo oír una voz que les mandaba se ahorraran el tiempo de escribir sus obras. Conversaron un siglo sin entenderse nunca ni dar una plumada, y dizque cavilaban en tamaños errores.

De los artistas no hay mayores noticias. Nada se sabe de los músicos. En las iglesias se topan pinturas empolvadas de imágenes que se destacan en fondos pardos al pie de ventanas abiertas sobre panoramas curiosos por la novedad del cielo y el sin número de volcanes. Entre los pintores hubo imagineros y a juzgar por las esculturas de Cristos y Dolorosas que dejaron, deben haber sido tristes y españoles. Eran admirables. Los literatos componían en verso, pero de su obra sólo se conocen palabras sueltas.

Prosigamos. Mucho me he detenido en contar cuentos viejos, como dice Bernal Díaz del Castillo en “La Conquistade Nueva España”, historia que escribió para contradecir a otro historiador; en suma, lo que hacen los historiadores.

Prosigamos con los monjes…

Entre los unos, sabios y filósofos, y los otros, artistas y locos, había uno a quien llamaban a secas el Monje, por su celo religioso y santo temor de Dios y porque se negaba a tomar parte en las discusiones de aquéllos en los pasatiempos de éstos, juzgándoles a todos víctimas del demonio.

El Monje vivía en oración dulces y buenos días, cuando acertó a pasar, por la calle que circunda los muros del convento, un niño jugando con una pelotita de hule. Y sucedió…

Y sucedió, repito para tomar aliento, que por la pequeña y única ventana de su celda, en uno de los rebotes, colóse la pelotita.

El religioso, que leíala Anunciaciónde Nuestra Señora en un libro de antes, vio entrar el cuerpecito extraño, no sin turbarse, entrar y rebotar con agilidad midiendo piso y pared, pared y piso, hasta perder el impulso y rodar a sus pies, como un pajarito muerto. ¡Lo sobrenatural! Un escalofrío le cepilló la espalda.

El corazón le daba martillazos, como ala Virgendesustanciada en presencia del Arcángel. Poco, necesitó, sin embargo, para recobrarse y reír entre dientes de la pelotita. Sin cerrar el libro ni levantarse de su asiento, agachóse para tomarla del suelo y devolverla, y a devolverla iba cuando una alegría inexplicable le hizo cambiar de pensamiento: su contacto le produjo gozos de santo, gozos de artista, gozos de niño…

Sorprendido, sin abrir bien sus ojillos de elefante, cálidos y castos, la apretó con toda la mano, como quien hace un cariño, y la dejó caer en seguida, como quien suelta una brasa; mas la pelotita, caprichosa y coqueta, dando un rebote en el piso, devolvióse a sus manos tan ágil y tan presta que apenas si tuvo tiempo de tomarla en el aire y correr a ocultarse con ella en la esquina más oscura de la celda, como el que ha cometido un crimen.

Poco a poco se apoderaba del santo hombre un deseo loco de saltar y saltar como la pelotita. Si su primer intento había sido devolverla, ahora no pensaba en semejante cosa, palpando con los dedos complacidos su redondez de fruto, recreándose en su blancura de armiño, tentado de llevársela a los labios y estrecharla contra sus dientes manchados de tabaco; en el cielo de la boca le palpitaba un millar de estrellas…

–¡La Tierradebe ser esto en manos del Creador! –pensó.

No lo dijo porque en ese instante se le fue de las manos –rebotadora inquietud–, devolviéndose en el acto, con voluntad extraña, tras un salto, como una inquietud.

–¿Extraña o diabólica?…

Fruncía las cejas –brochas en las que la atención riega dentífrico invisible– y, tras vanos temores, reconciliábase con la pelotita, digna de él y de toda alma justa, por su afán elástico de levantarse al cielo.

Y así fue como en aquel convento, en tanto unos monjes cultivaban las Bellas Artes y otros las Ciencias yla Filosofía, el nuestro jugaba en los corredores con la pelotita.

Nubes, cielo, tamarindos… Ni un alma en la pereza del camino. De vez en cuando, el paso celeroso de bandadas de pericas domingueras comiéndose el silencio. El día salía de las narices de los bueyes, blanco, caliente, perfumado.

A la puerta del templo esperaba el monje, después de llamar a misa, la llegada de los feligreses jugando con la pelotita que había olvidado en la celda. ¡Tan liviana, tan ágil, tan blanca!, repetíase mentalmente. Luego, de viva voz, y entonces el eco contestaba en la iglesia, saltando como un pensamiento: ¡Tan liviana, tan ágil, tan blanca!… Sería una lástima perderla. Esto le apenaba, arreglándoselas para afirmar que no la perdería, que nunca le sería infiel, que con él la enterrarían…, tan liviana, tan ágil, tan blanca… ¿Y si fuese el demonio?

Una sonrisa disipaba sus temores: era menos endemoniada que el Arte, las Ciencias yla Filosofía, y, para no dejarse mal aconsejar por el miedo, tornaba a las andadas, tentando de ir a traerla, enjuagándose con ella de rebote en rebote…, tan liviana, tan ágil, tan blanca…

Por los caminos –aún no había calles en la ciudad trazada por un teniente para ahorcar– llegaban a la iglesia hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes, sin que el religioso se diera cuenta, arrobado como estaba en sus pensamientos. La iglesia era de piedras grandes; pero, en la hondura del cielo, sus torres y cúpula perdían peso, haciéndose ligeras, aliviadas, sutiles. Tenía tres puertas mayores en la entrada principal, y entre ellas, grupos de columnas salomónicas, y altares dorados, y bóvedas y pisos de un suave color azul. Los santos estaban como peces inmóviles en el acuoso resplandor del templo.

Por la atmósfera sosegada se esparcían tuteos de palomas, balidos de ganados, trotes de recuas, gritos de arrieros. Los gritos abríanse como lazos en argollas infinitas, abarcándolo todo: alas, besos, cantos. Los rebaños, al ir subiendo por las colinas, formaban caminos blancos, que al cabo se borraban. Caminos blancos, caminos móviles, caminitos de humo para jugar una pelota con un monje en la mañana azul…

–¡Buenos días le dé Dios, señor!

La voz de una mujer sacó al monje de sus pensamientos. Traía de la mano a un niño triste.

–¡Vengo, señor, a que, por vida suya, le eche los Evangelios a mi hijo, que desde hace días está llora que llora, desde que perdió aquí, al costado del convento, una pelota que, ha de saber su merced, los vecinos aseguraban era la imagen del demonio…

(…tan liviana, tan ágil, tan blanca…)

El monje se detuvo de la puerta para no caer del susto, y, dando la espalda a la madre y al niño, escapó hacia su celda, sin decir palabra, con los ojos nublados y los brazos en alto.

Llegar allí y despedir la pelotita, todo fue uno.

–¡Lejos de mí, Satán! ¡Lejos de mí, Satán!

La pelota cayó fuera del convento –fiesta de brincos y rebrincos de corderillo en libertad–, y, dando su salto inusitado, abrióse como por encanto en forma de sombrero negro sobre la cabeza del niño, que corría tras ella. Era el sombrero del demonio.
Y así nace al mundo el Sombrerón.

Miguel Ángel Asturias (foto)

Re-fundar a Chile, plantea monseñor Ricardo Ezzati

El Arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati (foto), se apoyó para su homilía del Te Deum Ecuménico de ayer, durante las fiestas patrias, en los textos de Filipenses 4, 4:8 y Juan 15, 1:5 de la Biblia.

Esta es una versión editada: “Hemos venido para encontrarnos con el Señor, darle gracias, y pedir de Él la luz y la fuerza necesarias para seguir con mayor ardor en el camino de la justicia, la prosperidad y la paz.

“¡Cuantos valores humanos, sociales, morales y espirituales encuentran espacio en este concepto (de patria) y cuántos propósitos de vida, de generosidad, de justicia y solidaridad brotan de él para toda persona y para la comunidad humana que vive bajo el mismo cielo y comparte la misma tierra!

“Del término “padre”, trae origen también el término “patrimonio”, que los diccionarios definen como “el conjunto de bienes que se heredan de los propios ascendientes”, o “como el bien común de una colectividad o de un grupo de personas, considerado como herencia valiosa, transmitida por los antepasados”.

“Desde esta vertiente, que recuerda valores y rasgos esenciales de identidad y convivencia ciudadana, surge la responsabilidad de cuidar, y enriquecer el patrimonio que nos pertenece, como también transmitirlo a las nuevas generaciones.

“La vocación de libertad y de paz, ha plasmado un sistema democrático que, a pesar de sus deficiencias, es estable y abierto al desarrollo. Constatamos la voluntad de dar una educación de calidad a todos los chilenos, el anhelo de mayor equidad, transparencia y honestidad, la creatividad de quienes impulsan la producción y el comercio y crean nuevas fuentes de trabajo.

“Con alegría constatamos el florecimiento del voluntariado solidario, sobre todo entre los jóvenes, y la capacidad misionera de encender con su fe en Cristo a quienes lo buscan.

“Reaccionamos unidos como una gran familia, con hondo dolor, con gran solidaridad, y con una profunda fe cuando nos azotó el terremoto de febrero de 2010, y cuando el país entero vibró con la hazaña del rescate con vida de los 33 mineros atrapados en el vientre de la tierra. Sufrimos hondamente con los 81 encarcelados que murieron en la cárcel de San Miguel y con sus familias, y surgió con fuerza la voluntad de tratar de otra manera, con misericordia y conforme a su dignidad a quienes perdieron su libertad por delitos cometidos. Y en nuestra patria no se apaga ni la tristeza ni la admiración por quienes perdieron sus vidas en misión de solidaridad con los hermanos del archipiélago Juan Fernández. El país entero los ha encomendado a la misericordia de Dios pidiéndole que muchos chilenos sigan sus huellas de generosidad, de solidaridad y de amor desinteresado.

“Cada uno de estos acontecimientos, ha sido un llamado a re-fundar Chile, a orientar la mirada hacia su mejor futuro, a consolidar “el alma de Chile”.

“Lo primero que debemos recuperar en nuestro mundo, es la primacía de Dios, porque esta primacía nos permite volver a encontrar la verdad de lo que somos… La historia demuestra dramáticamente, que el objetivo de asegurar a todos el desarrollo, el bienestar material y la paz prescindiendo de Dios, se ha resuelto en dar a los hombres piedras en lugar de pan”.

“Las movilizaciones sociales de los últimos meses, más allá de los signos ambiguos reportados por la cronología, invitan a una reflexión sincera y profunda. ¿No encierran sueños y anhelos de una humanidad más plena, más justa y solidaria? ¿Cómo discernir las semillas de verdad que contienen y cómo recoger los auténticos desafíos que postulan?

“Dicho de otra manera, ¿será suficiente fomentar una “antropología instrumental”, es decir, centrada en preparar personas competitivas con el mercado global, capaces de enfrentar los requerimientos de la tecnología más avanzada, olvidando la “antropología de sentido” que se pregunta por la esencia de la persona humana, por su vocación personal y social, que es consciente de sí y de sus talentos y capaz de desempeñarse éticamente en la vida personal y social?

“¿Crece, de verdad, entre nosotros el auténtico sentido de la vocación humana, el amor social y el respeto por los derechos de todos? o por el contrario, ¿crecen los egoísmos, el afán competitivo, la tendencia a dominar descalificando a los otros, la búsqueda del éxito fácil, la inclinación a explotar todo el progreso productivo con la finalidad de dominar sobre los demás, o en favor de tal o cual ideología o grupo de poder?

“Patrimonio de Chile, en primer lugar, es el respeto irrestricto y el amor a la vida. Todos los habitantes de la patria tienen derecho a una vida plena, propias de hijos de Dios, vivida en condiciones más humanas y más dignas. Vida libre de toda amenaza y forma de violencia; vida enriquecida por la real posibilidad de desarrollar los talentos recibidos y con derecho a acceder, en forma equitativa, a oportunidades semejantes.

“Conocemos las amenazas que se ciernen constantemente sobre la vida humana, incluso bajo la responsabilidad de quienes han recibido la especial tarea de cuidarla como bien público. Los cristianos no dejaremos de levantar la voz para proclamar que la vida es un regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos acoger y cuidar con esmero y derecho anterior al Estado, que nunca es lícito relativizar. No dejaremos de proclamar la buena noticia del matrimonio y de la familia, fundada en el amor y en la donación mutua de un hombre y de una mujer, abierta al don de la vida.

“Riqueza de extraordinario valor, patrimonio dela Patriason los niños y los jóvenes. Ellos representan un enorme potencial para el presente y el futuro del país. También sobre este patrimonio se ciernen nuevas y preocupantes inquietudes, especialmente las que vienen de la permanente emergencia educativa.

“Dios quiera que la voluntad de diálogo responsable sobre los reales problemas que afectan a la educación logre dar vida a una legislación educativa que sepa integrar armónicamente derecho y libertad de educación, responsabilidad pública y privada, y que tenga como eje central el crecimiento integral de toda persona y de todas las personas, especialmente de las más desposeídas, en comunión y solidaridad de destino.

“Agradecemos las iniciativas públicas orientadas a aliviar las necesidades de los más necesitados, y sobre todo, los cambios estructurales que permitirán más justicia y equidad en la distribución de los bienes.

“¿La comunidad política no nace, justamente, para buscar la justicia, la solidaridad y todas aquellas condiciones de vida social, a través de las cuales personas, familias y asociaciones pueden lograr mayor plenitud y felicidad?

“Conversando con la gente, especialmente con jóvenes que se definen a sí mismos como “indignados”, desencantados de las soluciones que se les ofrece, se puede percibir la urgencia de una verdadera conversión de quienes se dedican a al servicio público.

“El poder no puede ser la meta de sus aspiraciones o de sus organizaciones; el fin es servir a la justicia y trabajar por la dignificación de las personas. Sólo así la política podrá recuperar el aprecio de la gente y podrá re-encantar a los jóvenes.

“El trabajo es un derecho fundamental y un bien para las personas. Es por eso, alentamos todos los esfuerzos destinados a crear nuevas fuentes laborales que permitan superar el flagelo de la cesantía y el perfeccionamiento de la legislación que promueva los derechos de los trabajadores.

“No es bueno para el futuro de Chile permitir que “el aspecto de conquista y de explotación de los recursos, llegue a predominar y a amenazar la misma capacidad de acogida del medio ambiente y que el ambiente como “recurso” ponga en peligro el ambiente como “casa”.

“Distinguidas Autoridades, Apreciados amigos y hermanos: Las dificultades del momento presente constituyen una oportunidad, irrepetible y desafiante de pensar y proyectar lo más bello y lo más noble de nuestra identidad.

“En este día de fiesta y siempre, todo nuestro pueblo experimente la cercanía del Señor y encuentre en Él la esperanza que no defrauda. María, Nuestra Señora del Carmen, Reina y Madre de Chile, nos sostenga en el camino y sea la estrella que nos indica la meta a la cual llegar”.

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