Archivo mensual: agosto 2011

“Ajedrecistas” de Octavio Escobar Giraldo

Tras devolverme el pasaje, la encargada del mostrador aceptó, muy a su pesar, que soportaríamos al menos dos horas de espera porque el aeropuerto de Bogotá estaba cerrado. Le di las gracias –acostumbro agradecer hasta las malas noticias–, y me dirigí a la cafetería.

Buscaba lugar cerca a los ventanales del fondo cuando mis ojos tropezaron con unas piernas femeninas verdaderamente imprescindibles. Miré al sueño completo y a su acompañante, un hombre de rostro redondo y cabello gris, que hacía gestos de invitación hacia su mesa. Después de un momento de vacilación, entendí que el movimiento de la mano me estaba dirigido.

–Disculpe, caballero –me dijo–, no pude evitar ver el libro.

Se refería a mi último trofeo: El exótico mundo del ajedrez, un libro de gran formato, en exceso lujoso para un deporte o un arte que muchos consideran del pasado.

–Es un prodigio –siguió–; en inglés salió hace casi tres años pero su gran virtud no es la actualidad, es la complacencia, ¿no le parece?

Seguí callado y levantó sus kilos de más enfundados en un traje perfecto:

–Perdone mi atrevimiento y mi descortesía, los viejos somos muy impertinentes. Mi nombre es Juan Alfonso Arango… Tatiana es mi prometida.

–Mucho gusto –dije. Contestó, pero no recuerdo las palabras. Su delicado tono de voz puede abrir las bóvedas del Banco dela República.

–Siéntese, por favor, y tome un coctel con nosotros. Supongo que va para Bogotá –inquirió mientras hacia una seña al mesero.

–Sí.

–Y ya sabe que el aeropuerto está cerrado por razones metereológicas.

Asentí bajando la cabeza hacia el paisaje que se extendía por debajo de la mesa.

–Qué tal si pasamos el rato juntos. Lo invito a que juguemos una partida; me imagino que es usted un buen aficionado.

Lo soy. Un tío me enseñó algunos trucos y me previno de otros; también me explicó las aperturas. Aplicaba a la vida la frase de un gran maestro que debió ser campeón mundial pero nunca lo fue, la repetía a menudo: “El exagerado subjetivismo perjudica el desarrollo lógico de una partida de ajedrez”.

–No soy muy bueno –respondí.

–La verdad, yo tampoco. Soy más entusiasmo que cualquier otra cosa –dijo mientras se agachaba para levantar del piso un maletín de cuero negro–. Con la jubilación no me quedó mucho que hacer y alguien me insinuó el ajedrez; comencé a practicarlo, leí sobre Philidor, Capablanca, Fisher, ya sabe usted, me apasioné. Ahora capturo a toda persona que más o menos sepa mover las fichas, pero soy apenas un neófito.

El maletín contenía un tablero de poco más de veinte centímetros de lado, fabricado con piedras comunes y silvestres, tal vez del lecho de un río, pero de un blanco y un negro casi perfectos. Quien había realizado el trabajo superó la artesanía para acercarse a lo sublime.

–Bonito, ¿no? Me lo regaló una pretendiente, no Tatiana, por supuesto –aclaró rozando los muslos enfundados en unas medias veladas muy oscuras. Ella ni sonrió–. Lo que me encanta es que las piezas son las clásicas Staunton, no me gustan los aspavientos.

Hasta la forma en que levantó el peón para enfatizar su afirmación, lo desmentía; también su acompañante, el ajedrez –una verdadera obra de arte–, y la pequeña computadora, poco mayor que una agenda electrónica, que puso sobre la mesa.

–Acostumbro grabar las partidas, quiero mejorar. Las estudio en casa, las comparo con los libros –anotó como si se excusara–. ¿Le importa?

Me permitió iniciar y tras uno o dos minutos de silencio explicó su teoría: la forma en que una persona juega ajedrez dice mucho de su personalidad.

–Usted es un hombre cauto, que no da ninguna ventaja, pérfido. Ese último movimiento suyo, por ejemplo, nos sitúa en terrenos bastante procelosos.

Su absurda interpretación de mis movimientos se convirtió en el fondo sonoro de la partida. Pese a que al principio lo único que me interesaba era disfrutar de la compañía de aquella mujer, el ajedrez produce un efecto extraño: se empieza a jugar por deporte y el orgullo termina involucrado entre las sesenta y cuatro casillas.

Tatiana registraba nuestros movimientos en el pequeño aparato. En la jugada veinte la situación era en extremo difícil. Arango sudaba, subía y bajaba uno de sus talones con nerviosismo. Cuando intenté abrir una diagonal para mi único alfil –una buena posibilidad, peligrosa para su rey–, se levantó mencionando su vejiga de una manera muy complicada. Casi arrebató el computador a Tatiana.

–Es un buen jugador –intenté una conversación.

–Se está enloqueciendo con este juego –respondió con una mueca.

–No parece muy a gusto con él.

Sus labios temblaron. No sé si era natural el tono rojizo de sus cabellos pero estoy convencido de que son grises sus ojos. Un vestido verde ceñía sus curvas, más peligrosas que el más agudo giro en una carretera montañosa. Sólo podía existir un motivo para que estuviera con Arango: dinero.

–Usted no es jubilada, ¿o sí? –pregunté acariciando una pieza que salió del juego: la talla era exquisita.

Antes de que pudiera contestar, volvió Arango. Casi sin acabar de sentarse hizo un movimiento de caballo que resultó definitivo. Cuando las uñas de Tatiana rozaron el teclado, entendí que fue al baño a pedirle consejo al engendro electrónico.

Los cielos se abrieron y ante la puerta de embarque el gordo Arango –había resuelto llamarlo así– se despidió de Tatiana con un beso. Otra vez retuve su mano: nunca contemplé tal enfebrecida gelidez en una mirada. De seguro corrió en su BMW –no podía tener un automóvil distinto– en busca de su amante.

La cháchara del gordo Arango y su presuntuoso vocabulario casi arruinaron el vuelo. Me psicoanalizaba: yo era prudente, analítico, pero después que conocía a mi contrincante podía arriesgarlo todo si existía la posibilidad de un buen ataque. Sonreí y le dije que sí, que tal vez tenía razón. Mientras devorábamos el refrigerio –queso, jamón, ochuvas y croissant–, le pedí la revancha. Aceptó.

Escogimos un bar en el mismo Puente Aéreo, pedimos cerveza y extendimos el tablero. Esta vez comprometí toda mi atención. En la jugada quince percibió que las cosas no iban bien y mientras yo meditaba mi próximo movimiento tecleó con rapidez hasta que actualizó la partida. Entonces se excusó señalando el baño. Cargó con la computadora y de seguro la consultó.

No importa. Su maletín es fino y muy amplio; quedó espacio hasta para el libro que robé enla Nacionalde Cali. Calculo venderlo en más de cincuenta mil pesos. El ajedrez es otra cosa: más de un millón, si tengo paciencia. Tal vez lo conserve. El gordo Arango tiene razón: soy prudente, pero cuando conozco al contrincante lo arriesgo todo si existe la posibilidad de un buen ataque.

Post Scriptum Santafé de Bogotá (Redacción) – Después de semanas de vigilancia, un ladrón especializado en el robo de maletas y objetos de valor en los aeropuertos del país, fue detenido cuando abandonaba el Puente Aéreo. Educado y bien vestido, de unos cuarenta y cinco años de edad, el hombre conocido como “El Pasajero” por las autoridades aeroportuarias, cayó gracias a una maniobra de inteligencia tan compleja como una partida de ajedrez.

Octavio Escobar Giraldo (foto)

El posible salto adelante del gobierno Piñera

Quiero ser optimista. Creer que todo será mejor. Admitir la posibilidad de que lo bueno puede surgir de lo malo. Algo semejante a eso de considerar la crisis, no como el desastre, sino como la posibilidad del cambio.

Mi disposición obedece a una reflexión sobre las consecuencias de los acontecimientos actuales. Y éstos, tienen que ver con una suma de reclamos sociales y políticos, que llegaron a partir de protestas estudiantiles que hace tres meses nadie quiso tomar en la cuenta.

Los sencillos reclamos iniciales de una educación gratuita y de mejor calidad, fueron considerados como “caprichos de cabros chicos”. Pero la voluntad de hierro que han mostrado los estudiantes, ha hecho brotar en todos los chilenos nuevas esperanzas, y ofrecerle a la gente la capacidad de reacción para enarbolar otros reclamos.

Todo lo anterior ha causado “una crisis al actual gobierno”, que es distinto a “una crisis de gobernabilidad”, la que, estrictamente, no parece estar ocurriendo.

El gobierno se ha sentido abrumado, y con razón. Porque es tal la avalancha de peticiones, que por momentos se siente sobrepasado. Entonces, responde diciendo que muchas de las inquietudes planteadas, no solo del estudiantado sino de sectores sindicales y políticos, “vienen arrastrándose” y no son de su exclusiva responsabilidad.

De modo que a la educación gratuita y de calidad, se suma la reducción de la tasa de interés bancaria permitida que se aplica a los créditos, la necesidad de acabar con la camisa de fuerza del bipartidismo, la revisión equitativa de los sistemas de préstamos de las tiendas por departamentos y el mejoramiento de sueldos de los médicos y la atención primaria como políticas públicas de la salud, entre otros varios reclamos.

Ahí tiene, pues, el gobierno del presidente Sebastián Piñera (foto), la oportunidad de lucirse para la historia.

Si bien es cierto que muchos de estos problemas se arrastran desde hace varios años, se han acumulado a un punto en que es necesario darles soluciones.

Y el taco producido por el caudal de peticiones, ha condensado la situación en forma de crisis.

Pero conociendo, como se conoce al presidente Sebastián Piñera, se sabe que él es un hombre acostumbrado a situaciones extremas, a actuar en los límites de las cosas, y convertir lo malo en bueno. Convertir la pérdida en ganancia.

De la misma manera que en sus negocios, puede hacer ahora en su gobierno: convertir todos los reclamos sociales (que se arrastran por tantos años) en soluciones.

Esta decisión de derribar obstáculos, que corresponde a la personalidad del presidente, lo colocaría, como él quiere, en la senda de la historia de los grandes gobernantes.

Transformaría la crisis en posibilidad, como él mismo lo ha dicho públicamente tantas veces. Haría de su gobierno, considerado conservador, un gobierno progresista, liberal, que haría dar a Chile un salto histórico, del oscuro pasado al luminoso porvenir.

Es momento, pues, de considerar lo que comúnmente llamamos “crisis”, no como el desastre, sino como la posibilidad del cambio. El presente no es más que la posibilidad histórica de que lo bueno puede surgir de lo aparentemente malo. Por eso, soy optimista. Quiero creer que todo será mejor.

Gonzalo Arango, Fayad y Britto García, breves

La monja y el río

Nunca pude escribir la historia de esa monjita de Pereira, que me contó el doctor Uribe. Era sobre una niñita que había quedado huérfana a los dos años, y desde entonces vivía enclaustrada en el convento, sin ver el mundo. Ahora tiene 20, y estaba enferma, y quizá iba a morir. Al convento sólo podía entrar un hombre, y eso en casos desesperados.

Ese hombre era mi amigo, el médico, una especie de patriarca, el único mortal con licencia para penetrar en aquellos muros inexpugnables. Cuando examinó a la monjita en su lecho, ella tenía el rostro oculto tras un velo negro, como usan las mujeres en Oriente. A través del velo se podía adivinar una belleza lánguida que lentamente se extinguía en la fiebre. El médico, que sólo hacía preguntas profesionales, se atrevió a preguntar a la monjita algo que lindaba en los terrenos de la poesía, y que podía quedar como la expresión de su última voluntad. Era esto:

–Monjita, ¿qué es lo que más te gustaría conocer del mundo de afuera?

Y ella contestó dulcemente:

–Un río.

Gonzalo Arango (foto)

 

Mensaje de medianoche

Desde hacía un mes la rata rondaba todas las noches por el apartamento. Leoncio la oía, dueña del lugar, y había ensayado deshacerse de ella instalando trampas y rociando veneno por el piso. También en vano obstruyó los agujeros de los rincones y se paró amenazante con una escoba detrás de las puertas. Al cabo del mes Leoncio se notó a sí mismo con el carácter cambiado, y escribió una nota: «Por favor, déjeme tranquilo». La colocó en el piso de la cocina y se acostó confiado, pero lo único que varió durante la noche fue el pasearse impaciente de la rata, y a la mañana siguiente, cuando leyó de nuevo la nota, Leoncio tuvo la impresión de que iba dirigida a él.

Luis Fayad

 

El campeonato mundial de pajaritas

Abierto oficialmente el campeonato mundial de pajaritas el señor Pereira se dirige al proscenio, toma una hoja de papel, la dobla, la vuelve a doblar, y de los pliegues surgen lentamente una montaña, y un arroyo, y un arco iris que desciende hasta que junto a él fulguran las nubes y finalmente las estrellas. Un gran aplauso resuena, el señor Pereira se inclina y baja lentamente a la sala.

Acto seguido se instala en el proscenio el señor Noguchi, quien toma en cada mano una hoja de papel, la mano izquierda dobla, dobla, sale una paloma, sosteniendo el pico con los dedos anular y meñique y tirando de la cola con los dedos índice y medio las alas suben bajan suben bajan, la paloma vuela, entretanto la mano derecha dobla, dobla, sale un halcón, colocando el dedo índice en el buche y presionando con el pulgar en las patas, las poderosas alas suben bajan bajan suben, el halcón vuela, persigue a la paloma, la atrapa, cae al suelo, la devora.

Grandes y entusiásticos aplausos.

Sube al proscenio el señor Iturriza, quien es calvo, viejo, tímido y usa unos lentencitos con montura de oro. En medio de un gran silencio el señor Iturriza se inclina ante el público, hace una contorsión, se vuelve de espaldas. La segunda contorsión la despliega, asume una forma extraña, y luego viene la tercera, la cuarta, la quinta contorsión, la apertura del pliegue longitudinal, y la vuelta del conjunto. La sexta y la séptima contorsiones son apenas visibles pero definitivas, la gente va a aplaudir pero no aplaude, en el proscenio el señor Iturriza deshace su último pliegue y se transforma en una límpida, solitaria, gran hoja cuadrada de papel blanco.

Luis Britto García

“El sacerdote” de William Faulkner

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas dela Gloriade Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

–A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras”.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán amantes? –se preguntó–. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso enla Calle Canal.Chicas que iban a casa para almorzar –el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser–, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿0 esla Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”.

“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó.

“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejóla Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.

Ave María, deam gratiam… torre de marfil, rosa del Líbano…

William Faulkner (foto)

“El álbum” de Antón Chéjov

El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:

–Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud…

–Durante más de diez años –le sopló Zacoucine.

–Durante más de diez años… ¡Jum!… En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con…

–Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso –añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.

–Y que –concluyó– su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.

Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.

–Señores –dijo con voz temblorosa–, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades… Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades… ha sido siempre en bien de todos ustedes…

Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.

En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.

–Señores –dijo en el momento de los postres–, hace dos horas he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.

Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.

–¡Qué bonito es! –dijo Olga, la hija de Serlavis–. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él… ¡Es tan bonito!

Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.

–Papá, mira, un monumento.

Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.

–Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.

Antón Chéjov (foto)

Para una versión del I Ching

El porvenir es tan irrevocable

como el rígido ayer. No hay una cosa

que no sea una letra silenciosa

de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

es la senda futura y recorrida.

El rigor ha tejido la madeja.

Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te arredres. La ergástula es oscura,

la firme trama es de incesante hierro

pero en algún recodo de tu encierro

puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha

pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges (foto)

Lo que hoy reclaman los chilenos

Hay un dicho que hace referencia a que “la procesión va por dentro”, considerando que la apariencia pueda no traslucir aquel dolor. Es algo así lo que pasa hoy con Chile, que mientras los otros países de Latinoamérica lo puedan ver como “país modelo”, los chilenos consideran que el modelo fracasó, quedó rebasado por las necesidades sociales y es, no solamente necesario, sino urgente, su cambio.

La idea de que Chile es como “la Suiza de Suramérica” o “el europeo del barrio”, ya no tiene validez. Chile tiene tantos problemas sociales como cualquier otro país de Latinoamérica: Venezuela, Panamá, Honduras o Uruguay. O como Perú, Argentina, El Salvador y México.

Para los que no están informados, desde hace más de dos meses los estudiantes chilenos, tanto de enseñanza media (bachillerato) como universitaria, están protestando porque la educación se ha vuelto excluyente, en tanto la gente no tiene dinero para pagarla, aún la estatal. La educación de los colegios que reciben subvención del Estado por cada alumno que educa, no solo se ha privatizado sino convertido en un negocio de mala calidad.

Han hecho manifestaciones, marchas, performances, paros, tomas, y han tenido el apoyo de la población mediante “cacerolazos”, que se han dejado escuchar contra el Gobierno en varias oportunidades, por todo el país. En este momento, hay varios estudiantes en huelga de hambre, y al menos una joven en riesgo vital. Pero nadie quiere ceder, en tanto el Gobierno hace oídos sordos.

Los partidos de la oposición (Partido Socialista, Democracia Cristiana, Partido Radial y Partido Por la Democracia, que conforman la alianza llamada “Concertación”), han solidarizado, a costa de ser considerados “oportunistas” que “se suben al carro” al último minuto, según el gobierno. También han solidarizado los profesores, los padres de familia y ahora la Central Unitaria de Trabajadores, CUT, la cual convocó para mañana, un paro.

Todo lo anterior pone en evidencia que Chile no es el niño bueno del vecindario, el país perfecto y “el primero de los del Tercer Mundo en llegar al Primer Mundo” y ser considerado “país desarrollado”.

Todavía debe recorrer un camino de mejoras sociales, tan de hondo calado como las de cualquier otro país latinoamericano, en materia pensional, laboral, tributaria, educativa y política. ¿Cuáles son las motivaciones que tiene la CUT para llamar a este paro? Las siguientes, son sus motivaciones actuales:

1.- Reforma Tributaria. La trasnacionales, los consorcios nacionales y extranjeros, las grandes empresas, los más ricos, pueden y deben pagar más impuestos que permitan al país tener recursos para enfrentar los problemas sociales. Esos impuestos deben servir para el desarrollo de las regiones donde están instaladas dichas empresas.

2.- Cambio del sistema de previsión social. En el actual sistema de pensiones radica el empobrecimiento de millones de pensionados y de la gente de la tercera edad. El sistema de pensiones de capitalización individual  con fines de lucro, permite el enriquecimiento de los grupos económicos que manejan las AFPs (Administradoras de Fondos de Pensiones) y las empresas donde estos capitales se invierten. El Estado debe jugar un rol preponderante en materia de previsión social y las empresas deben  aportar para las pensiones de sus trabajadores y trabajadoras.

3.- Mejorar la salud de todas y todos los chilenos. Las Isapres tienen planes especulativos y no logran satisfacer las necesidades de los usuarios y, además, producen endeudamiento.  Se requiere una profunda reforma ala Ley de Isapres para terminar con los planes abusivos y el estado debe aumentar los recursos para una salud pública de calidad y oportuna.

4.- Nueva institucionalidad para la educación.  La CUT  respalda las justas y coherentes demandas de Estudiantes, Profesores y Asistentes dela Educación y exigimos una  nueva institucionalidad parala Educación Pública.  Exigimos  terminar con el lucro a costa de platas del Estado y garantizar el real acceso a la educación y, la participación de todos los estamentos en las decisiones de  la Educación.

5- Nuevo Código del Trabajo. Es en el  trabajo donde se producen las grandes desigualdades sociales, afectando a millones de trabajadoras y trabajadores con empleo precario, de mala calidad y con salario de pobreza. Demandamos un nuevo Código Laboral que garantice una verdadera libertad sindical, negociación colectiva sectorial y por servicios, real derecho a huelga, termino al despido por necesidades de la empresa y fin al MultiRut*, entre otros.

6.- Nueva Constitución Política.  Chile como país requiere de una nueva Constitución Política, que de rango constitucional a  los derechos fundamentales de los trabajadores y trabajadoras y que establezca el plebiscito como una forma de resolver los grandes temas nacionales para que chilenas y chilenos puedan opinar y decidir respecto de los grandes temas del país.

7.- Chile puede y deber ser distinto. El actual estado de cosas puede cambiar  si los trabajadores y ciudadanos nos decidimos a empujar para cambiar la  desigualdad que nos afecta y avanzar hacia más democracia y justicia social.

(*) “MultiRut” es una extraña práctica permitida por la ley, consistente en que las grandes empresas crean firmas de papel para contratar, en pequeños grupos, a sus muchos trabajadores, a fin de impedirles los derechos de asociación, reclamo y negociación laboral de sueldos y horarios. Esas firmas de papel están debidamente registradas ante el Servicio de Impuestos Internos (SII), entidad que les otorga un RUT, o número de identificación tributaria. Entonces, la compañía que tiene 300 trabajadores, puede contratarlos en grupos de 8, mediante los RUT de 35 o más empresas de papel, que esa misma firma controla. Son “empresas de papel” porque no tienen ningún otro propósito que dividir, pero actúan legalmente como “proveedoras” de la firma principal, y pagan el impuesto correspondiente.

Para decirlo como les encanta a los cínicos: el MultiRut “es legal”. Sí, es legal, pero con una ley que es inmoral, poco proba, y que no se condice con la democracia, ni con el bienestar del pueblo que se quiere gobernar.

“A pilas” de Adriana Ballesteros

Duz, el pequeño delfín del gran mar, vio un tubito flotando entre las olas. Duz que era (como todos los delfines) muy inteligente supo de inmediato tres cosas: eso no era un pez, eso no era una planta, y “eso” no era bueno.

Llamó a su mamá.

–Déjalo –dijo la mamá delfina–, la corriente se lo llevará. Sólo espero que no vengan más tubitos como ese por aquí.

Pero esta historia, (que no termina así) no comienza acá sino en la habitación de Nina y Nicolás… El león de felpa fue el primero en verlo: –Es gris, grande y tiene casco –anunció.

–¡Gris, grande y con casco!… ¡uf, otro guerrero! –resopló el oso.

–¡Qué tienes contra los guerreros! –se enojó Max el luchador.

–Chist no peleen –los calmó la danzarina–, recibamos como corresponde al nuevo.

Nina entró corriendo, colocó al “nuevo” (que estaba brillante y reluciente, como todos los recién llegados) en el piso y le tocó un botón.

De inmediato el cuarto se llenó de un ruido agudo, chirriante en clave de fa.

–Nina ven un minuto –se escuchó la voz de Laura, su mamá.

La niña se dio media vuelta y dejó al nuevo con su redoble incesante.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó a los gritos la danzarina.

–UUUUUU –fue la monótona y ensordecedora respuesta.

–¿UUUU? Que nombre extraño –se asombró el perro de paño lenci.

–¿Que te sorprende? Tú te llamas Grrr.

De pronto Nico entró como una tromba.

–¡Nina! –gritó–. ¡No lo vuelvas a tocar! –y apretó el botón del juguete antes de marcharse.

El ruido cesó de inmediato. –Al fin– suspiraron todos.

Al fin –suspiró el nuevo– no soy UUU, aun no tengo nombre.

–No te preocupes, pronto te van a elegir uno, yo soyla Doñaneja–se presentó la coneja de felpa.

En ese momento llegó Nina en puntas de pie y con los bolsillos llenos de cucharitas. Miró hacia los costados, tomó al juguete (pero para alivio de todos, no lo encendió), le presentó a las cucharitas y comenzó a jugar.

Y esa tarde el nuevo fue nave, fue gigante y fue robot. Las cucharitas fueron duendes, fueron hadas y princesas con flores de alelí. Y cuando el nuevo invitó a Doñaneja a bailar se oyó el sonido de la llave sobre la puerta.

Nina, dejó al muñeco como lo había encontrado, guardó las cucharitas en el cajón de los juguetes y corrió a saludar a su papá.

–No habrás tocado mi robot –dijo Nico a modo de saludo.

–No – mintió la niña.

–No encuentro las cucharitas –comentó la mamá–. ¿Dónde las habré puesto?

Mientras tanto Nico y el papa se pusieron a jugar con el nuevo robot. Este anduvo un buen rato al compás de su chirrido por el comedor cuando de pronto se quedó quieto, inmóvil.

–¿Qué pasa?

–Nada. Simplemente se le terminaron las pilas, mañana te traigo otras –dijo el papa y arrojó las viejas pilas a la basura.

Esa noche los basureros dejaron las bolsas en el basural. Esa madrugada se largó a llover y la lluvia arrastró las pilas al lago, la corriente las llevó al río y finalmente llegaron al mar.

Esa mañana en el cuarto, Nina, el robot ya con nombre (Bonzo) pero sin pilas, el oso y las cucharitas inventaron muchos juegos.

Bonzo fue camión, fue nave, fue príncipe y dragón, las cucharitas fueron viajeras y fueron bailarinas y fueron amigas del robot.

Esa tarde el papa llegó con Nico de la escuela y una novedad: traía una cajita con pilas dentro.

–Son recargables –explicó–. Cuando se gastan se recargan y se vuelven a poner.

Resultaron muy útiles para la radio, porque Bonzo no se las quiso colocar. Nico lo entendió y jugó con él a que eran guerreros imbatibles, corsarios de metal y robots.

Esa noche comieron el flan con cucharas de sopa.

–No encuentro las cucharitas por ningún lado –explicó la mama.

Y Nina (que recordaba donde estaban) no dijo nada porque sabía que ellas querían ser hadas, querían ser duendes y querían jugar.

Adriana Ballesteros (foto)

Violeta Parra según Pedro Messone

Pedro Messone (foto), ídolo en los tiempos en que Violeta Parra cantaba sus composiciones y quien recibió la noticia de su suicidio en el camerino de la Quinta de Vergara, durante el Festival de Viña del Mar de 1967, justo antes de salir a cantar “Niña, sube a la lancha”, lo primero que advierte es que Violeta Parra no era comunista. Inclusive, cuenta que muchas veces la oyó quejarse de “¡Estos comunistas!”, porque no la ayudaban, ni siquiera iban a la carpa de La Reina…

Como ese, son varias los comentarios que hace Pedro Messone al ver la película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”. Precisiones que aquilatan, a mi juicio, la contextura folclórica y universal de Violeta Parra.

Las hace Pedro Messone en una nota de Lilián Olivares, en el diario La Segunda, en la que indica que la escena de la película en la que Violeta Parra habla con una especie de curador del Museo de Louvre, y describe sus arpilleras, no debió haber dicho que esa era “su forma de protestar, porque en su país (Chile) no lo puede hacer”, mostrando con el dedo una especie de fusil. Para Messone, no hay cómo ligar a Violeta Parra con la dictadura de Augusto Pinochet, pues todo ocurrió “en la década del 60 y gobernaba Eduardo Frei Montalva entonces”. Conviene en este punto, me parece, precisar que la dictadura de Augusto Pinochet irrumpió en septiembre de 1973.

En este punto es bueno, también, precisar que Pedro Messone se inclinó después por las tendencias más conservadoras, inclusive fue proclive a la dictadura, y se lanzó más tarde a la alcaldía de Buin en 1992, por la Unión Demócrata Independiente, Udi, y perdió. Lo que ahora interesa es su testimonio, como contemporáneo, de alguien que es un merecido mito, como Violeta Parra.

Violeta Parra no vivió, dice Pedro Messone, tan pobremente como puede sugerir la película. Formaba parte de un grupo de folcloristas que iban a Radio Minería y salían en la revista Ritmo, algo semejante a cantar hoy en Cooperativa y aparecer en la revista Wikén. Y también hacían giras. Pedro Messone recuerda una que los llevó al estadio Carlos Dittborn, en Arica, donde cantó con el dúo Rey Silva “y yo saqué a bailar a la Violeta, y quedó gustando tanto que empezamos a cerrar todas las presentaciones bailando los dos la cueca”.

En el Festival de Viña del 67, Messone tuvo que viajar rápidamente a ver a su madre a Santiago, y se le ocurrió ir a la carpa de La Reina. Allí encontró a Violeta “sentada, tal como aparece casi al final de la película, sola.

–¿Quién anda por ahí? –preguntó ella.

–Yo.

–¿Qué andái haciendo aquí?

–Vine a saludarte porque se me ocurrió.

–¿No andan todos los weones en el Festival de Viña, puro leseando?

–Pero si somos jóvenes, nos gusta el leseo.

–Entonces ándate para allá.

Violeta estaba enojada”, según Messone, “porque no le gustaba el Festival, porque pensaba que allí no importaba el folklore, y también porque no la habían invitado”.

Cuenta la nota de Lilián Olivares que Violeta lo echó, y siguió tocando el charango; y continúa: “Días después, deben haber sido las 10 de la noche, Pedro Messone estaba en el camarín de la Quinta Vergara, preparándose para salir al escenario, cuando entra Rolando Alarcón, se apoya en la puerta y les dice: “Cabros, les traigo una muy mala noticia. No es el momento, pero… se murió la Violeta”.

–Bueno, ella sabe, Dios sabe por qué se suicidó –puntualiza Pedro Messone.

Y… Violeta se fue a los cielos.

“Violeta se fue a los cielos” de Andrés Wood

Fui a ver la más reciente película de Andrés Wood, “Violeta se fue a los cielos”, a pesar de que las entradas siempre están agotadas, lo cual es un buen síntoma para el creciente cine chileno. La producción de Wood tiene la particularidad de tratar la vida de Violeta Parra (foto, 1917-1967, que no tengo duda de que está en los cielos) sin enredarse en el enfermizo bipolarismo político actual, que el país no ha podido superar.

Caso de lo que hablo es también “Machuca”, en la que Andrés Wood narra una historia de vida ocurrida en tiempos de la dictadura, sin facilismos partidistas. En la misma línea nos presenta “Violeta…”, que es más que una biografía, o una cronología, de la más grande artista musical que ha tenido Chile en todos los tiempos (y me atrevo a decir que la más grande de Latinoamérica).

Se trata de una “historia emocional”, de una “biografía emocional”, o como lo dijo el propio Wood: “Una cinta que carece de contexto”.

Fue la mejor decisión. Esto no quiere decir que no pueda defraudar a quienes esperan ver una película panfletaria, llena de “compañero, compañero”. Sin duda, la película va a defraudar a estas personas. Pero quienes quieren ver cine, es una buena cinta.

Para infortunio de otros, tampoco canta “Gracias a la vida”, pero la película misma es un canto a la vida. Es la exaltación de la folclorista insuperable (hasta ahora), que fue Violeta Parra.

La película de Wood pareciera haberse inspirado en el verso de Nicanor Parra –grande poeta, grande–: “Eres un manantial inagotable / de vida humana. / ¡Violeta volcánica!”

Así muestra Andrés Wood a Violeta Parra: como un volcán, siempre activo, lanzando un magma incandescente. La fuerza poderosa en el propósito de sus metas, queda patente: expuso su obra artesanal en el Louvre, mismo espacio compartido con Leonardo da Vinci y otros de dimensión admirable.

Así mismo, cantó en el burgués Club de La Unión, y en un lote ubicado en el actual barrio La Reina, en Santiago, plantó su carpa de vivencia musical. Tuvo Violeta Parra un amor, enorme y frustrado, el de Gilbert Favre, su Run Run que se fue para el norte…

La película sabe recoger esas vivencias de la artista, en sus grandezas y miserias, sus sonrisas y sus llantos.

Como cine, “Violeta se fue a los cielos” es una cinta de fácil pronóstico, en cuanto a que desde ya hace parte del acerbo nacional, y de de la historiografía chilena.

Viene bien terminar esta nota con otro verso de su hermano Nicanor: “Se te acusa de esto y de lo otro / Yo te conozco y digo quién eres / ¡Oh corderillo disfrazado de lobo! / Violeta Parra”.