Archivo mensual: julio 2011

La literatura vista por Abelardo Castillo

De cuando en cuando pretendo compartir el parecer de escritores sobre el acto de escribir; y más que el acto, sobre la visión del mundo que explica el acto de escribir, y su producto, la literatura. Lo hago, en el tácito entendido de que quienes visitan este blog también asumen la literatura de una manera que va más allá de un momento solamente; tanto como lectores, como escritores. Entonces, ¿cuáles son las “claves” que manejan los escritores renombrados para sentarse frente al computador, la máquina de escribir o el cuaderno de escritura? ¿Bajo qué premisas tienen la seguridad de la razón de ser de lo que hacen? ¿Por qué escritor, y no político o veterinario?, aunque todas las profesiones, es cierto, pueden abordarse de igual manera. Esta vez, algunas briznas de un grande de la literatura, el argentino Abelardo Castillo (foto), extraídas de su libro “Castillo en pedazos: Ser escritor”.

“Si yo fuera pedagogo, recomendaría a los jóvenes que dejen de leer estupideces, se olviden de los dictámenes académicos, y le peguen una ojeadita a los libros de José Ingenieros. Muy pocos hombres pensaron bien y, al mismo tiempo, escribieron bien en nuestro país. Ingenieros fue uno de esos raros”.

“Lo mejor que se ha dicho sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas”.

“Si la palabra mercado te hace pensar “persa”, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura”.

“Estamos atravesando por lo que yo llamaría una crisis universal del sentido. La religión, la ciencia, el arte, ya no dan respuestas a nadie. El fin de la historia, el fin de las ideologías, la muerte de las utopías, quieren decir sencillamente que no le vemos un sentido al mundo. La pregunta, entonces, sería: ¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido. La segunda es precisamente la que hoy no parece estar de moda: el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe”.

“En cuarenta años de literatura aprendí dos o tres cosas más, pero, por decirlo así, son de orden moral. Por ejemplo: corregir encarnizadamente un texto no es una tarea retórica o estilística, es un trabajo espiritual”.

“Una palabra innecesaria puede estropear un buen cuento; una página innecesaria estropea a un buen lector”.

“La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo”.

“Deberás pensar por lo menos una vez por día en esta frase de Nietzsche: ‘Un escritor debería ser considerado como un criminal que, sólo en casos rarísimos, merece el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros’”.

“El papagayo depresivo” de Verissimo

Compraron el papagayo con la garantía de que era un papagayo parlanchín. No cerraba la boca. Iba a ser divertido. No hay nada más divertido que un papagayo, ¿no es verdad? Aquella voz guarra, aquel aire de burlón. Pero este papagayo era diferente. En el momento en que llegó a la casa, el papagayo fue rodeado por los niños. Al rato uno de los niños fue a preguntarle a su padre:

–Papá, ¿quién es Kierkegaard?

–¿Cómo?

El papagayo estaba citando Kierkegaard a los niños. Algo sobre la insignificancia del Ser delante dela Nada. Yhaciendo la salvedad que, al contrario de Kierkegaard, él no encontraba la respuesta en una racionalización de la cosmogonía cristiana. El padre mandó a los niños a apartarse y encaró al papagayo.

–Dame tu pata, Loro.

–¿Por qué? –dijo el papagayo.

–¿Cómo, por qué? Porque sí.

–Esa respuesta es inaceptable. A no ser como corolario de una postura más amplia sobre la gratuidad del gesto en cuanto…

–¡Basta!

–Cierto. Basta. Yo también siento un cierto enfado con mi propia compulsión analítica. ¿Qué fue que dijo el bardo? “El mundo está demás con nosotros”. Pero, ¿qué hacer? Estamos condenados a la autoconciencia. Existir es cuestionar, como dijo…

El padre intentó devolver el papagayo, pero no lo aceptaron de vuelta. La garantía era que el papagayo hablaba. No garantizaron que sería divertido. Y el papagayo, realmente, no paraba de hablar. Un día el padre llegó a la casa y fue recibido con la noticia de que la cocinera había intentado suicidarse. Pero, ¿cómo? ¿La Rosaura, siempre tan bien dispuesta?

–Fue el papagayo.

–¿El papagayo?

–Él le llenó la cabeza de cosas. La futilidad de la existencia, la indiferencia del Universo, qué sé yo.

Aquello no podía continuar así. Los amigos iban de visita, esperando divertirse con la charla del papagayo depresivo. Al principio se reían mucho, sacudían la cabeza y comentaban: “Miren pues, un papagayo filósofo…” Pero en poco tiempo se quedaron serios. Salieron contemplativos. Y deprimidos.

–Sabes que algunas cosas que él dijo…

–Yo nunca había pensado en esa cuestión que él señaló, de la transitoriedad de la materia…

Los vecinos reclamaron. El negativismo del papagayo llenaba el patio de luz del edificio y entraba por las cocinas. Como si no tuvieran bastantes preocupaciones con el precio de los porotos, ¿y aún tenían que pensar en la finitud humana? El papagayo precisaba ser silenciado.

Fue en la madrugada. El papá entró en la cocina. Prendió la luz, interrumpiendo una disertación crítica sobre Camus que el papagayo –que era sartreano– hacía en la oscuridad. Tomó un cuchillo.

–Hmmm –dijo el papagayo–. Entonces va a ser así.

–Va.

–Estás en lo correcto. Tú tienes el poder. Y el cuchillo. Yo soy apenas un papagayo, y estoy preso en este gallinero. Pero, ¿tú ya pensaste bien en lo que vas a hacer?

–Es la única solución. A no ser que prometas que nunca más abrirás tu boca.

–Eso no lo puedo hacer. Soy un papagayo hablador. Biología es destino.

–Entonces…

–Espera. Piensa en la inmoralidad de tu gesto.

–Pero si tú mismo dijiste que la moral es relativa. En términos absolutos, en un mundo absurdo ningún gesto es más o menos moral que otro.

–Sí, pero estamos hablando de tu moral burguesa. Incluso ilusoria, ella existe en cuanto determina tu sistema de valores.

–Sí, pero…

–Espera. Déjame terminar. Siéntate ahí y vamos a discutir esta cuestión. Wittgenstein decía que…

Luis Fernando Verissimo (foto)

Senadores designados y atraso político

La cúpula de la Unión Demócrata Independiente, Udi, que nombra, a puerta cerrada desde Santiago, a los candidatos al Congreso, ahora también nombra, directamente, a los congresistas. La sola mención de la situación es aberrante. Pero en realidad no lo es tanto, si se considera que el sistema político de Chile es tan atrasado, desde el punto de vista de la Democracia, con relación a otras democracias de Latinoamérica, que el hecho de que un partido esté nombrando, libre albedrío, congresistas, no es culpa de esa organización, sino del sistema político.

Tan atrasado es, que el voto del pueblo no tiene importancia, pues el gobierno nombra, libre albedrío, a congresistas que el pueblo eligió para un período, a fin de que ocupen cargos en La Moneda. Nombramientos que desconocen, obviamente, esa voluntad electoral. Pero “no contraviene ninguna ley” (como se llenan la boca en decirlo). Y ciertamente, no se viola ninguna ley, sino la ética política, la moral ciudadana y la probidad en la administración pública.

El primo presidente, Sebastián Piñera (foto), nombró al primo congresista, Andrés Chadwick, para que sea su vocero. Lo nombró ahí, porque salió de su gabinete la vocera inicial, Ena von Baer, a la que, de inmediato, la Udi nombró en el Congreso.

Ocurren estas cosas, que no son chiste ni despotismo, porque no hay un “Régimen de Inhabilidades e Incompatibilidades de la Administración Pública”, que impida hacer y deshacer impunemente.

No hay nada por fuera de la Ley, simplemente porque… ¡no hay Ley! (Es de este tamaño, el atraso político de Chile.)

Pero no es algo que caracterice al presidente derechista Sebastián Piñera, pues al mismo procedimiento apeló la presidenta socialista Michelle Bachelet, cuando nombró a la congresista Carolina Tohá, como su vocera de gobierno.

Alguien dijo que estos nombramientos a dedo, burlando el voto del pueblo, recuerdan cierta práctica del “senador designado”.

En todo caso, el primo Presidente (primo del ahora vocero suyo, Andrés Chadwick), nombró a otro connotado congresista, Pablo Longueira, como ministro de Economía. Obviamente, el señor Longueira debe ser reemplazado en el Congreso, y la Udi, libre albedrío, designó a Ena von Baer.

El primo vocero, Andrés Chadwick (sí, es verdad que Piñera y Chadwick son primos, caminando en la peligrosa cuerda floja del nepotismo), será reemplazado en el Congreso, mediante designación de la Udi, por Alejandro García-Huidobro (quien era diputado, y será reemplazado, según han dicho, por un secretario regional ministerial (Seremi), quien será designado a dedo, sin votación popular, para ocupar ese puesto en la Cámara de Diputados).

Estos nombramientos los realizó la Udi, para mantener el mismo estandarte político. Una lógica que no se aplicó en el caso de la comuna de La Florida, en la Región Metropolitana, cuando renunció, por razones de salud, el alcalde socialista Jorge Gajardo, y fue reemplazado por un concejal de la Udi. Asunto que fue noticia y escándalo nacional. Pero aquí, se aplicó el criterio de la mayor votación del sucesor, y la mayor votación, después del socialista, era la del derechista Rodrigo Carter.

Una vez más, el sistema político, desde el punto de vista de la Democracia, está muy atrasado.

Pero fue tal la vergüenza del episodio (es lo que quiero pensar), que el primo Presidente se apresuró a anunciar la inmediata presentación ante el Congreso, de un proyecto de ley que establece la figura del “reemplazante” para los congresistas.

La verdad, no es mucho el avance, pero es un paso. Al menos, ahora la gente sabe que vota por “el principal” y un “suplente”. Es decir, sabe quién va a reemplazar al principal, en caso de que éste falte. Estaremos atentos al destino de esta iniciativa presidencial.

Pero el proyecto no establece la prohibición de que el principal no puede faltar al Congreso (sin completar su período electoral) porque sea nombrado en el Gobierno. La falta del principal debe ser por fallecimiento, lesiones graves, situación catastrófica o comparecimiento ante la justicia penal, que amerite su retiro, para que lo sustituya el suplente.

Juego sucio de la institucionalidad con River

Preguntó el diario La Tercera: “¿Qué opinas del cambio de formato del torneo en Argentina?”, y las 12.563 respuestas se distribuían así, en ese momento:

–Es un chiste, 62%

–Es una maniobra para que suba River Plate, 28%

–Da lo mismo, 7%

–Es una buena idea, 2%, y

–Habría que ver cómo funciona, 2%

La pregunta de La Tercera está junto al siguiente titular: “Vocero de la AFA: ‘Si River no hubiese descendido, el torneo no se habría cambiado’”. Y la declaración es de Ernesto Cherquis Bialo, quien argumentó que el cambio es “para mantener a los mejores y la televisación” en el mismo torneo.

Independientemente de las razones, este es un caso típico y exótico. Es absolutamente insólito que la institucionalidad cambie las reglas de juego para premiar a un equipo que fue eliminado en el torneo. Si perdió River Plate, que asuma su deficiencia, y haga méritos para ascender. (Obviamente, no es de “los mejores”, pues por algo descendió.)

Pero lo que se hizo es tanto como decir, al lanzar la moneda: “Con cara pierde usted, con sello gano yo”. No hay justicia.

Mueve a risa, sin duda. Pero es deplorable. El caso ocurrió en Argentina, como si el fútbol no fuera algo serio.

Deplorable, porque es nada menos que la institucionalidad al servicio de la minoría. No es juego limpio, sino, al contrario, juego sucio. La institucionalidad de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) jugó el juego sucio. Riñe con la probidad.

Después de esto, ¿qué más dá?

“Otro verano” de Amalia Jamilis

A veces nos sucede en medio de un solo de guitarra de Grapelly, aunque también me acuerdo de una vez que pusieron “Cotton tail”, con Ermelín, y debió tratarse sin duda de una asociación de ideas, porque en el “Cheyenne” nunca hubo nada de Ermelín, pero igual Bayón y yo nos miramos un rato en silencio, y era que yo me acordaba del snipe, de la mujer que vigilaba la máquina tragamonedas, de la casita de San Clemente, y antes que nada, de la línea horizontal de la playa, que Belén, enfundada en su malla verde, tan ceñida, no interrumpe como antes, no puede ahora interrumpir.

Yo me acuerdo Bayón, de tu casa de San Clemente, con aquel olor persistente a laurel, que tal vez venía de la ligustrina, y que combinado con las ráfagas saladas, inundaba las habitaciones. Me acuerdo del snipe –medio arruinado– que por aquel entonces tenías y que después tu viejo, que para eso es el dueño dela Herboquímicadel Sud y puede –te lo cambió por un lightning, con el cual hicimos regatas y también, algo después, para olvidamos un poco– un viaje al Uruguay con Funes y Mazzini.

Me acuerdo sobre todo de tu prima Belén, que vino a Pinamar, ya bastante quemada queriendo que le enseñásemos el manejo del snipe, insistiendo en que debíamos mostrarle el sitio donde tomábamos sol: un foso detrás de unos pinos, junto a un sendero de despojos, que olía fuertemente a resina.

Fuimos nosotros quienes le enseñamos a armar sus primeros cigarrillos y a amar las grandes formaciones de nubes y las masas de eucaliptus que se funden con el cielo. Fuiste vos Bayón, el que un día empezó a mirarla como a un juguete, como algo más que un juguete. Yo, al principio, también me creía que era un juguete, con esa mata de pelo rojo, como licor derramándose sobre sus hombros. Con su cara redonda e infantil, con un vago sabor a malicia y a juegos de chicos. Después el asunto se puso serio. Navegábamos los tres en el snipe, manejando por turno, sintiendo a nuestras espaldas las luchas fraguadas, cortadas por risas, por bruscos silencios, viendo de soslayo el humo de tus eternos cigarrillos negros, Bayón, la malla verde cubriendo un cuerpo apenas ondulado.

Por las noches nos íbamos a vagabundear por ahí, sintiendo una ligera nostalgia por el snipe, amarrado junto al muelle, viendo emerger en las esquinas la sombra azul de prusia de un pino. Entonces nos metíamos en el primer café con máquina tragamonedas, preferíamos ostensiblemente el “Cheyenne”. Había allí discos de la primera época de Coltrane, de Grapelly, de Chet Beker. La patrona, una mujer de ojos eternamente hipnotizados, seguía con pasión de entendida los ritmos, y nosotros la mirábamos con un ligero pudor.

Era como un juego, pero a esa altura ya sabíamos que no era un juego, y la quisimos a Belén. La quise sin habilidad, con torpeza de muchacho que tiene miedo. Vos también Bayón, extendido con nosotros en el foso, junto a los pinos, mientras el sol nos tostaba vuelta y vuelta, la quisiste, soñando con un estanque con hojas de ceibo y achiras, y ella y vos juntos. Sé que la quisiste y que soñabas con eso, sé que yo soñaba.

El foso era profundo. Un foso amarillo y profundo, de arenas doradas, que relucían con un extraño color ocre, cerca del mediodía. Entonces Belén se adormecía, cansada de navegar y de jugar con el perro del bañero. Era preciso despertarla y sacudirla fuertemente y ver otra vez sus ojos selváticos, olvidados de la vida.

Decidimos que se lo dirías, que le hablarías de ese sentimiento doloroso de quererla. Para que ella, sin pensarlo, contestara luego lo único que no debió contestar, aquello que finalmente nos impulsaría a la acción.

Fue un día nublado, con corvinas que parecían talladas debajo del agua. Los pescadores nos saludaban desde lejos, desde las lanchas con grandes gritos, agitando las gorras.
Mucho después supe –me lo dijiste abruptamente Bayón, sabiendo que esos instantes algún día habrían de dolerme muy hondo– que ella se te rió en la cara. Que le hablaste de tu amor que era el mío y que se rió con largas carcajadas. Que dijo que no, que muchas gracias; que para eso todavía había mucho tiempo, muchos años. Y esa risa se te clavaba, se me clavó como un gran alfiler rojo. Entonces fue que nos decidimos. Porque no tuvimos durante ese largo verano otra cosa que el doble dolor de amarla, y sabíamos que de alguna manera misteriosa ese sentimiento iba a marcarnos para toda la vida.
Aquella mañana fuimos como otras mañanas a ver subir las aguavivas, esos húmedos cuerpos sin forma. –Mejor vayamos a tomar sol –insistía Belén–. Vos, Bayón, me acuerdo, me miraste.

–Todavía no –le contesté–. Vale la pena mirar las aguavivas. Parecen cuarzo.

–Es por el sol –dijiste vos.

–Eso, sol –dijo Belén–. Quiero tostarme, tomar sol.

Entonces fuimos al foso. A lo lejos se oían voces. Las de los pescadores que regresaban a la playa. La del bañero llamando al perro. Vos, fríamente, encendiste un cigarrillo. Belén estiró las piernas, esas piernas largas que nos hacían pensar en una bailarina o en una gimnasta. Yo miré hacia la playa, soñando con su quietud amodorrada, con nuestra espera.

Nos observamos, Bayón, y sé que pensaste como yo que éramos cobardes, que estábamos desesperados, que estábamos locos. Que después, para el otoño, cuando volviésemos a Buenos Aires, no podríamos recordar esa franja de playa sin un escalofrío. Igual agarramos las palas, que la noche anterior habíamos ocultado bajo los despojos del camino. Igual arrojamos sobre el cuerpo quieto, estirado perezosamente, los primeros grandes puñados de arena, y vimos como se agitaba primero, quería luego erguirse y caía abatido después. Cómo la arena seguía cubriendo la malla, las largas piernas, el pelo color caoba, hasta tapar el foso por completo.

No te miré Bayón. No pude mirarte. Estaba cansado y tenía los ojos cerrados; un silencio implacable empezaba a crecer dentro de mí.

El mismo silencio que, a veces, en medio de un solo de guitarra de Grapelly o de Reinhardt, nos reúne de nuevo con la línea horizontal de la playa, con el cuerpo adolescente, enfundado en una malla verde, unas largas piernas, un pelo rojo, como licor derramado sobre sus hombros. Otro verano.

Amalia Jamilis (foto)

“La frontera” de Edmundo Paz Soldán

A la entrada de la mina La Frontera, que creía abandonada, se hallan dos hombres. Tienen el rostro terroso, apariencia de mineros en la vestimenta desastrada, y pancartas en alto condenando el cierre de las minas decretado por Paz Estenssoro. La escena me parece curiosa; detengo el jeep, me bajo y me acerco a ellos. Hace años que no venía por este camino abandonado, hace años que no visitaba la finca de Sergio. Bien puede esperar unos minutos, me digo, y perdonar al periodista que siempre hay en mí.

De cerca, confirmo que son mineros. Los rayos del sol refulgen en todas partes menos en sus cascos, tan viejos y oxidados que carecen de fuerzas para reflejar cualquier cosa. Los mineros no mueven un músculo cuando me acerco a ellos, no pestañean, miran a través de mí. Sus pies de abarcas destrozadas se hallan encima de huesos blanquinegros. Miro el suelo, y descubro que yo también estoy posando mis pies sobre huesos: de todos los tamaños y formas, algunos sólidos y otros muy frágiles, pulverizándose al roce de mis zapatos. En mi corazón se instala algo parecido al pavor.

Las minas fueron cerradas hace más de siete años.

Muchos mineros entraron en huelga, pero al final terminaron aceptando lo inevitable y marcharon hacia su forzosa relocalización, a las ciudades o a cosechar coca al Chapare.

¿Podía ser, me pregunto, que la noticia del fin de la huelga no hubiera llegado hasta ahora a los mineros de esta mina? La región de Sergio progresó con la inauguración del camino asfaltado, y aquí quedaron, abandonados, esta mina y el camino viejo.

Les pregunto qué están protestando.

Silencio.

Después de un par de minutos insisto esta vez tartamudeando, acaso dirigiendo la pregunta más a mí mismo que a ellos. Y entonces veo un leve movimiento en la boca de uno de ellos. Un par de músculos faciales se estiran, quiere decirme algo.

Pero el esfuerzo es demasiado. Boquiabierto, veo el quebrarse de la reseca piel de las mejillas y el pesado caer de la pancarta: luego, súbitamente, el rostro se contrae sobre sí mismo y la carne se torna polvo y se derrumba y del minero no queda más que un montón de huesos blancos y secos.

Pienso que es hora de no hacer más preguntas, de reemprender mi camino, de aparentar, una vez más, no haber visto nada.

Edmundo Paz Soldán (foto)

Tensión en los cuerpos de Lucian Freud, q.e.p.d.

Murió el nieto de Sigmund Freud, el pintor aristócrata de seres pueriles en tensión, Lucian Freud (foto). Tras conocerse la noticia, el director de las galerías británicas Tate, Nicholas Serota, dijo: “La vitalidad de sus desnudos, la intensidad de sus naturalezas muertas y la presencia de sus retratos de familiares y amigos garantizan a Lucian Freud un lugar único en el panteón del arte del siglo XX tardío”. Y añadió: “Sus primeros cuadros redefinieron el arte británico y sus últimos trabajos pueden compararse con el de los grandes pintores figurativos de cualquier época”. El crítico de arte John Berger definió la pintura de Freud como “fotografías retocadas en manzanas podridas”. Contrario a muchos pintores que no llegan a dominar el dibujo y se esconden en manchones que tildan de “abstraccionismo”, Lucian Freud hizo el recorrido contrario: del surrealismo hacia la figuración próxima a la “objetividad”. Formó parte dela Escuelade Londres, junto a Frank Auerbach y a Francis Bacon. En la reseña de la agencia española de noticias EFE, Judith Mora dijo que “sus obras, que tanto pueden ser íntimas y afectuosas como en algunos casos perturbadoras, aunque siempre francas, se caracterizan por la penetración psicológica que hace el artista de sus modelos, a los que disecciona con los trazos de su pincel”. Lucian Freud decía que su pintura era autobiográfica, que pintaba “a la gente que le interesaba y que le importaba”, en las habitaciones en las que vivía y que conocía bien. Lucian Freud nació en Berlín en 1922 y emigró con su familia al Reino Unido en 1933, cuando tenía 10 años, escapando del incipiente nazismo. Se convirtió en ciudadano británico en 1939.

Renunció ministro por eventual conflicto de interés

Con este título acaba de publicar Emol la decisión de Fernando Echeverría Vial (foto), que no dudo un instante en considerar que es un ejemplo de la ética, la moral y el pundonor que deben llevar en su mente y su espíritu todos los servidores públicos.

Duró tres días como ministro. Pero es una persona decente. Por sobre las mieles del poder, consideró que debía llevar la frente en alto en el futuro, algo que otros, aunque lo aparenten, no lo podrán hacer, porque no son personas decentes. En realidad, puede que el problema no sea legal, necesariamente. Aunque, desde luego, no le vendría mal a Chile tener un Régimen de Inhabilidades e Incompatibilidades de la Administración Pública. Como sólido cimiento de la democracia.

Dijo el señor Echeverría Vial, al presentar su renuncia en La Moneda: “Como ministro tenía que hacer mi declaración de intereses y al analizar la declaración descubrí que no había ninguna dificultad legal para ejercer el cargo de ministro de Energía, pero descubrí que había intereses de las empresas que yo represento que podrían interpretarse el día de mañana en contra del Gobierno y en contra mía”. Se aplaude esta actitud.

Gestos como el del señor Echeverría Vial devuelven la esperanza en un mundo mejor.

“El canto de las sirenas” de Mario Arregui

Cierta noche Juan soñó un sueño. Soñó que él y once hombres más habían sido condenados a muerte. Los doce fueron alineados a lo largo de un paredón altísimo, con las manos atadas a la espalda y bien amarrados a unos postes provistos de argollas de hierro. Juan quedó colocado en cuarto lugar a contar desde su derecha. Era tal vez el amanecer y había una luz quieta y sin origen, una extraña luz verdosa, submarina. El verdugo, armado de un gran espadón curvo, comenzó su tarea desde la izquierda de Juan. Con un único y repetido y preciso golpe seco, fue cercenando una a una las cabezas de los condenados. Estas caían al suelo, sin sangrar, y a veces rebotaban y rodaban pero siempre quedaban verticales, bien plantadas sobre el corte del cuello, y movían los ojos y más aún los labios. La verdad es que movían apasionadamente los labios pero ninguna voz se oía: todo acaecía en un mundo sin sonido, en un silencio tan extraño y submarino como la luz. Ocho cabezas cayeron; el verdugo se enfrentó a Juan y levantó su espadón; Juan tembló de miedo y el miedo lo despertó.

La mano de Juan encontró el interruptor de la lámpara y sacó de la oscuridad las paredes y los muebles del dormitorio. Estaba sentado en la cama, sudoroso de un sudor que rápidamente se enfriaba. Respiró muy hondo, con un grandísimo alivio, y casi sonrió. Su mujer dormía a su lado, un tanto impersonal y con esa inocencia tan sexuada con que suelen dormir las mujeres. Otra vez respiró hondo, paseando por la habitación una mirada recuperadora. En seguida irguió un poco el torso y logró ver su cara en el espejo del ropero, y entonces, cariñosamente, se saludó con una sonrisa ahora abierta. Después apagó la lámpara, se apretó contra el cuerpo de la mujer, volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó como todos los días, y luego, cuando canturreaba bajo la ducha, recordó de golpe su pesadilla. El recuerdo lo asaltó con una prodigiosa nitidez, tanto más asombrosa cuanto que normalmente no era de los capaces de reconstruir sus sueños. Dejó de canturrear y quedó mirando las baldosas del piso, como si esperara ver las cabezas cortadas entre los minúsculos arroyitos de agua jabonosa. Al asombro se unían, asociadas, la sensación de haber sido invadido a traición por alguien o algo que jugaba con él y una angustia que nacía en su pecho pero apenas era suya. Esa angustia rarísima le preguntaba (o hacía que se preguntara, acuciosamente) por qué recordaba así y qué decían las cabezas gesticulantes. Nada podía contestar o contestarse, y seguía quieto, como ahuecado, como sin tiempo propio, mirando el agua que corría con mansedumbre, sintiéndose víctima caída en una trampa. Ocasionalmente creyó ver en la movilidad del agua fugaces bocetos de cabezas que hablaban, incluso llegó a inclinarse y a aguzar el oído para escuchar las voces imposibles… Mucho le costó salir de aquel trance.
Mientras se vestía, se propuso -sin saber por qué, sin preguntárselo- no contar a nadie lo que acababa de ocurrirle. Le dijo un casi distante “Hasta luego” a la mujer y salió a la calle; caminando hacia la parada del ómnibus, pensó que muy pronto olvidaría todo y que podría seguir viviendo con la despreocupada semifelicidad de siempre.

Pero pasaban los días sin que se borrara en lo más mínimo el recuerdo, la obsesión, de las cabezas caídas. Y se fue convirtiendo, casi, en dos hombres: uno, el que cursaba lo cotidiano con una cara que fingía ser la de antes; el otro, el reciente que se ensimismaba y a menudo se perdía en un hermético y recurrente soliloquio. ¿Qué decían las cabezas? ¿Eran en verdad inaudibles? ¿Eran inaudibles siempre y para todos? No ignoraba que el mundo de los sueños es infinitamente más vasto que el de la vigilia y que un despertar puede ser un vertiginoso empobrecimiento, y se decía que aquel despertar que tanto lo alegrara había sido algo del orden de un robo, una estafa, un escamoteo. De no haber despertado, se decía, el verdugo lo hubiera decapitado y su cabeza erguida a sus pies hubiera hablado lo mismo que las otras y él hubiera oído su voz de muerto o la voz de su muerte; y su muerte, o mejor dicho la muerte, o mejor dicho desde la muerte… Sí, su cabeza ya en la eternidad hubiera pronunciado, con boca más suya que nunca, los nombres o las metáforas de las cosas que solamente un Dios, si lo hay, puede saber, y él, un pobre ser hecho de tiempo y de interrogación en el tiempo, hubiera podido escuchar -más acá o más allá de aquel silencio que sin duda no era tal- las palabras de aquella cabeza, ¡tan ajena y tan suya!, instalada en el centro mismo de las sabidurías. Si, sí y otra vez sí: de no haber despertado hubiera tenido las claves de mil y un secretos…o la clave de un solitario y severo secreto padre de todos los secretos.

Noche a noche esperó Juan que los demiurgos de sus sueños retomaran la historia de las cabezas cortadas. Fue una espera en vano: el verdugo y su espadón no volvieron a visitarlo. Despertaba defraudado, siempre. Un día cualquiera comenzó a decirse que sólo en la muerte podría perseguir la continuación de su aventura, que sólo siendo un muerto podría alcanzar la revelación que falazmente le había prometido la más tentadora de las pesadillas.

No importan las vacilaciones de su nuevo soliloquio y tampoco importa el numero de los sellos para dormir. Baste saber que hay una noche en que finalmente decide tomarlos. Esa noche se acuesta como todas las noches y duerme y tal vez sueña. Duerme profundamente y en algún momento deja de soñar. Su mujer, hacia el alba, lo notará frío y saltará, aullando, de la cama.

Mario Arregui (foto)

“Asunto de familia” de Salvador Garmendia

Por aquella época, se conocían los fotógrafos ambulantes que solían ser también barberos. Se decía que podían volar y tal vez por eso nadie los veía llegar a los lugares. Este era un hombrecito sonajoso, toda la ropa cubierta de santos y espejitos colgantes, que hacían un ruido menudo y alegre cuando caminaba. Parecía un caballo flaco, la cara de caballo y unos dientes largos y amarillos y la melena que parecía de almíbar, larga, amarillosa, tendida a la espalda.

Armó su cámara en el corredor y se pareció todavía más a un caballo cuando metió la cabeza y los hombros bajo el trapo negro. La caja se abría por un lado y adentro se veía un gusano negro lleno de arrugas.

Yo, que era un muchacho, me retraté sentado en un cojín, hincado mejor dicho y con las manos juntas, rezando y mi mamá que era gorda y llenaba toda la poltrona, me ponía una mano en la cabeza y me miraba como si de veras fuera un santo. Creí que iba a salir como Guido de Fongaland, todo brillante, de porcelana blanca acabada de frotar, pero salí amarillo y dormido, los ojos vacíos como si fuera un albino. Papá salió con una mano en el pecho mirándonos a todos con asombro y a mi tía Gardita, que se llamaba Hildegardis, el vestido de pinticas negras se le destiñó por completo y también le salió harina en la cabeza. Por último a mi tío Juan lo obligaron a retratarse, lo pararon en la pared con su banda negra de viudo en el brazo derecho y lo retrataron.

Al otro día por la mañana, cuando el fotógrafo paseaba por la plaza y todos los muchachos y los perros de la cuadra le andaban detrás, a mi tío le dio un síncope, se le rompió una bolsa de sangre en la cabeza y se murió. Cayó en el baño de un solo golpe, tieso como si la carne se le hubiera secado de golpe y el ruido que hizo fue tan grande que resonó en toda la casa. Mi tía Gardita que estaba cosiendo los libros del Registro, porque era encuadernadora, salió dando gritos y diciendo que lo había visto caer de largo a largo, como si se hubiera desprendido del techo en medio de aquella mesa grande donde trabajaba.

Lo enterraron. Al otro día llamaron al fotógrafo, que la noche anterior, mientras las personas rezaban en el corredor y yo estaba llorando en mi cuarto, montó los cascos delanteros en la ventana que daba al jardín y por allí asomó su cara de caballo, larga, llena de huesos. El fotógrafo se llevó el retrato de mi tío y como a la semana, cuando todavía los días eran largos y no se oían los pasos, regresó con una ampliación grande que colgaron de una vez en la sala.

Era un retrato de cuerpo entero; mi tío era gordo, rosado y había perdido la mitad del pelo. Estaba parado, vestido de blanco y los brazos pegados al cuerpo como un soldado.
Aquel día, el fotógrafo me puso una mano en la cabeza y era tan pesada que la estuve sintiendo, fría, en el pelo durante muchos días. No lo vimos más.

Un día, mi tía Gardita –tenía las manos pegajosas de cola y la nariz llena de venas–, dijo que el traje negro que llevaba mi tío en el retrato, lo mismo que el chaleco y los botines se los había puesto el día del matrimonio y que no los había usado nunca más. Ese traje estaba todavía en su cuarto, colgado detrás de la puerta: uno lo sacudía con miedo y de adentro salían cucarachas que corrían como ciegas por aquel paño negro y cubierto de polvo.

Con los meses, mi tío enflaqueció, además; la cara se le puso afilada y el pelo negro peinado a la pluma brillaba como aceite; vestía de dril oscuro y se le veían las manos largas y blancas. Mamá lo encontraba parecido a mi tío Roberto que murió muy joven; pero mi tío Roberto tenía la frente más despejada y el cuello más largo.

Un día apareció a caballo, de botas y polainas y un sombrero de fieltro. Se veía muy alto, duro, parecido a una estatua. Estaba más gordo y la cara se le había redondeado: mamá decía que mirando muy bien, se podía ver, apenas, en ese humo desteñido del fondo, a mi papá montado también a caballo; pero esto no fue posible verificarlo, de modo que después de un tiempo se olvidó. Por esa época, se apareció mi tía Servilia y despertó la casa. Viendo a mi tío en un sillón con aquel cuello enorme donde latía una vena y aquel pecho inflado y unas manos pesadas, dijo que era una lástima que hubiera muerto tan joven.

Mi tía Servilia caminaba todo el día por la casa, afanada y sin parar de hablar. Hablaba de nada, contaba las cosas que iba haciendo y a veces se reía de lo que pensaba. Por debajo del camisón le salían unos hombrecitos alocados que corrían delante de ella removiendo sillas y materos y todo lo que podían encontrar. Todo era ruido en la casa y el día se iba volando. Entonces inventó cambiar todo de sitio, vaciar los cuartos, todo. Cuando rodamos los escaparates, salieron las lagartijas en volandas y todos zapateábamos. Quedaba una mancha de polvo y aparecían cosas que se habían perdido hacía siglos.

Cuando fueron a quitar el retrato de mi tío, un pedazo del encalado se desprendió y el retrato se vino al suelo. Corrí a mirar. Estaba el vidrio hecho pedazos, ennegrecido por el polvo y el marco desclavado en una esquina. Mamá y mi tía gritaban. El retrato estaba tan oscuro, lleno de peladuras y lamparones, que apenas era posible distinguir la figura. Se veía un poco la cara de mi tío, pero como hacía ya mucho tiempo de su muerte, yo no lo recordaba.

Mi tía Servilia dijo que no valía la pena hacer nada por recuperarlo, y me mandó botarlo en el solar.

Salvador Garmendia (foto)