Archivo mensual: junio 2011

Estos son los responsables del ilícito en La Polar

Estos son los funcionarios señalados por el directorio de La Polar como los responsables de la manipulación de los créditos, a espaldas de los clientes, que le permitió a la empresa tener un desmedido enriquecimiento ilícito y un bajo indicador de cartera morosa, con lo cual mejoraba los activos para mantener artificialmente el precio alto de la acción en la Bolsa de Valores de Santiago. (No entiendo ¿por qué la llaman Bolsa de “Comercio”, si es Bolsa de “Valores”?) He aquí los nombres de esos responsables y los cargos que ocupaban:

Nicolás Ramírez Cardóen, gerente general al momento del descalabro.

Fabiola Maldonado, Gerente de Contraloría.

Jorge Rojas, Subgerente de Cobranzas

Julián Moreno, mencionado junto a Jorge Rojas y Manuel dela Prida por la ex funcionaria que reveló la manera como delinquían con los créditos de los clientes.

Jaime Ripoll, Gerente de Contabilidad

Marta Bahamondes, Gerente de Control de Gestión

Mario Pérez, Gerente de Informática

Santiago Grage, Gerente Corporativo de Finanzas

Ismael Tapia, Jefe de Proyectos y Análisis

Simón Venegas, Supervisor de Call Center

Manuel Rabanales, Jefe de Proyectos y Análisis

Juan Carlos Leiva, Gerente de Crédito

Manuel de la Prida, Gerente Promociones y Servicio al Cliente.

Todos los anteriormente identificados, fueron despedidos. Entre tanto, los miembros del directorio (foto) al momento de quedar al descubierto el multimillonario fraude que se realizaba en las oficinas call center de la súper tienda La Polar, son los que se mencionan a continuación. (Estos miembros del directorio sabían obviamente de la existencia de ese call center, desde el cual se perpetró el ilícito y ellos visitaban esas instalaciones.)

Pablo Alcalde Saavedra, Ingeniero Comercial

Martín Costabal Llona, Ingeniero Comercial

Manuel Francisco Gana Eguiguren, Ingeniero Civil Industrial

Andrés Ibañez Tardel, Ingeniero Comercial

Fernando Tisné Maritano, Ingeniero Comercial, y

Heriberto Urzúa Sánchez, Ingeniero Comercial

La pregunta ahora es: ¿Cuántos de estos delincuentes veremos en la cárcel, que es donde deberían estar, o será otra pantomima de impunidad como ocurrió con los delincuentes de las farmacias Salcobrand, Cruz Verde y Ahumada (Fasa), que se coludieron para robar a los usuarios de escasos recursos mediante los precios de los medicamentos básicos para la salud, y no están en la cárcel, donde deberían estar, sino que siguen orondos en sus mansiones? ¿Una farsa de la “justicia”?

“Pecado de omisión” de Ana María Matute

A los trece años se le murió la madre, que era lo último que le quedaba. Al quedar huérfano ya hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal de un lado para otro. Su único pariente era un primo de su madre, llamado Emeterio Ruiz Heredia. Emeterio era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo, redonda y rojiza bajo el sol de agosto. Emeterio tenía doscientas cabezas de ganado paciendo por las laderas de Sagrado, y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz no se llevaba bien con aquel primo lejano, y a su viuda, por cumplir, la ayudó buscándole jornales extraordinarios. Luego, al chico, aunque le recogió una vez huérfano, sin herencia ni oficio, no le miró a derechas, y como él los de su casa.

La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:

–¡Lope!
Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.

–Te vas de pastor a Sagrado.

Lope buscó las botas y se las calzó. En la cocina, Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón. Lope las engulló deprisa, con la cuchara de aluminio goteando a cada bocado.

–Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.

–Sí, señor.

–No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.

–Sí, señor.

Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.
–Andando –dijo Emeterio Ruiz Heredia.

Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.

–¿Qué miras? ¡Arreando!

Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro, apoyado en la pared.

Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.

–He visto a Lope –dijo–. Subía para Sagrado. Lástima de chico.

–Sí –dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano–. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El “esgraciado” del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.

–Lo malo –dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta– es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela…

Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:

–¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.

Pidió otra de anís. El maestro dijo que sí, con la cabeza. Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta años y no hablaba casi nunca. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles, aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno.

El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la “collera”: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.

Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.

–¡Vaya roble! –dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.

Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.

Francisca comentó:

–Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.

Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.

–¡Eh! –dijo solamente. O algo parecido.

Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.

–¡Lope! ¡Hombre, Lope…!

¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.

Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.

Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:
–¡Lope! ¡Lope!

Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.

–Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora…

En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.

Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, “Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge…”, Lope sólo lloraba y decía:

–Sí, sí, sí…

Ana María Matute (foto)

Abierto el 21º Premio de Novela “El Mercurio”

El diario El Mercurio abrió el vigésimo primer concurso de novela, cuya recepción de inéditos se cerrará el próximo 12 de agosto. Las bases, son las siguientes:

1)Podrán participar sólo escritores nacionales o extranjeros residentes en el país durante más de cinco años, con una novela original e inédita de una extensión mínima de 90 carillas mecanografiadas a doble espacio.

2)No podrán participar empleados o colaboradores permanentes del diario El Mercurio ni de Empresas CMPC.

3)La inscripción y participación de los concursantes será gratuita.

4)Las obras deberán entregarse en tres copias –mecanografiadas, fotocopiadas o impresas–, en las oficinas de El Mercurio S.A.P. ubicadas en

Avenida Santa María 5542

Vitacura – Santiago

o Bandera 331

Santiago Centro.

También pueden ser enviadas por correo a

Concurso Premio Revista de Libros de El Mercurio

Casilla 13-D, Santiago.

5)Cada copia deberá ser firmada con seudónimo. En sobre aparte y cerrado, el autor consignará los siguientes datos: nombre, dirección, teléfono, mail y un breve curriculum. En el exterior del sobre deberá indicarse el seudónimo elegido y el título de la obra. Los participantes deberán incluir también una carta en la que dejen constancia de que la obra es rigurosamente inédita y no está presentada a ningún otro concurso de pendiente resolución ni ha sido premiada anteriormente en forma total o parcial en concurso alguno. Asimismo, “El Mercurio” se reserva el derecho de iniciar acciones legales contra quienes violen la exigencia de originalidad.

6)La recepción de los trabajos se realizará desde el lunes 9 de mayo hasta el viernes 12 de agosto de 2011 (de 09:00 a 18:00 horas).

7)Habrá un premio único consistente en $ 7.000.000 pesos.

8 )El jurado, cuyo fallo será inapelable, estará compuesto por la escritora Diamela Eltit, el académico Cedomil Goic y el dramaturgo y narrador Luis Rivano.

9)La obra ganadora será publicada por el sello El Mercurio-Aguilar.

10)Los derechos de autor pertenecerán y quedarán en poder del ganador.

11)Los resultados del concurso se darán a conocer en enero de 2012.

12)Los trabajos no serán devueltos una vez finalizado el concurso.

13)La sola circunstancia de la presentación de los trabajos implicará la aceptación total y plena de las bases del concurso.

“La próxima ola” de Fontanarrosa

Chiquito me dice que mire. A mí mucho no me convence porque me ponen nervioso los prolegómenos de los partidos. Pero ahora, por el tablero del estadio, esta hablando Clinton. Lleva puesta la camiseta del equipo norteamericano y un gorro en la cabeza con las orejas de Mickey. Desea buena suerte a los finalistas y asegura que, para el próximo Mundial, los homosexuales serán admitidos en el team nacional con la condición de que no frecuenten los vestuarios. El público delira. Apenas desaparece Clinton de la pantalla irrumpen las porristas en la cancha. Algunas están muy buenas y saltan y bailan como locas. Ya no se pondrán detrás de los arcos, seguramente, después de que, en el partido contra Italia, Batistuta casi le arranca la cabeza a una de ellas. Estaba sacudiendo uno de esos cosos peludos que agitan y cayó como fulminada por el pelotazo. La sacaron entre cuatro. Un vocero de prensa dela Casa Blancadijo que estaba fuera de peligro, pero ayer Havelange prometió que una tribuna del nuevo estadio japonés, Hokusai Kimoto, llevara su nombre: Susan McDaniel.

Ahora hay una sensacional toma del estadio enfocado desde un satélite artificial. No se ve mucho por la nubosidad del hemisferio norte, pero Nenín comenta que nunca ha visto algo así, salvo en los noticieros del mediodía. Sin embargo, hasta ahora, nada como la cámara metida dentro de la pelota. Ya nos habían sorprendido con los enfoques desde cámaras embutidas en los postes y el travesaño, con las cámaras adosadas a los banderines del corner y con las cámaras disimuladas dentro de las bocas de riego, pero lo del partido Alemania-Grecia, con la cámara metida dentro de la pelota Adidas Sitting Bull, superó todo lo imaginable. Es cierto que el Alex, promediando el primer tiempo de ese alocado ir y venir de la visión por todo el campo comenzó a descomponerse y tuvo que ir al baño a vomitar, pero, sin duda, tardaremos un tiempo en habituar nuestros sentidos a las nuevas posibilidades de la tecnología.

Ahora el público hace la ola. Los norteamericanos, en su mayoría, lucen sombreros que simulan delfines. Otros, cachalotes. Algún pingüino. Es los que más los ha divertido del Mundial y ya se organizan, en ciudades como Detroit y Maine, concursos para ver que parcialidad hace la ola más alta o más veloz. Se habla de organizar un Torneo de Ola que unifique a todo EEUU. Un joven de Michigan, incluso, intentó hacer surf sobre una de las olas y se estrelló contra una de las torres de iluminación. Fernando no puede con sus nervios, ha tomado una barbaridad de café y se fumó dos etiquetas de cigarrillos. Apuesta a como saldrá Basile. El Colorado asegura que saldrá normal, simplemente. Yo no diría lo mismo. Las presiones de la industria son muy grandes. En el arranque contra España, a los técnicos no se les permitía, todavía, salir del banco de suplentes. Luego alguien se dio cuenta de que, al público norteamericano, le enfervorizaba ver a los técnicos abalanzarse sobre la línea de toque y gritarles a sus dirigidos. Ya para la segunda ronda a los técnicos se les exigía abandonar sus asientos. Y en el partido contra México Basile salió vestido de gaucho. El público enloqueció de verdad. Alfio debía simular enojarse cuando los rivales atacaban y revolear frenéticamente su facón cuando nosotros replicábamos. Pero la gente estalló en serio cuando se trabó en lucha contra el técnico azteca vestido de mariachi. Eso estuvo lindo. Alex sostiene que es todo una payasada. Pero, en definitiva, peor le fue a Parreira, el brasileño. Le llegó un fax presionándolo para que saliera vestido de rumbera, tipo Carmen Miranda. Dicen que la eliminación de Brasil le costó a Parreira que no lo contratara el Manchester United. Pero se ganó, en cambio, un suculento contrato para bailar en el Caesar’s Palace de Las Vegas.

Sale Argentina a la cancha. Siento un nudo en el estómago. Y hay otro detalle técnico que nos da vuelta. Ahora es una cámara oculta en la lengueta del botín zurdo de Caniggia. Parece que entráramos todos a la cancha y que fuéramos muy bajitos. Vemos llegar la pelota e irse como un balazo en una visión de vértigo. La barra brava argentina, que ha llegado en el avión presidencial a ver la final, se hace oír en una de las cabeceras del estadio, la más alta, a la que apuntan siempre los bateadores. Justamente, Macaya Márquez hace un sobrevuelo melancólico sobre las estrellas del ayer, José Manuel Moreno, Pedernera, Alfredo Distéfano, Baby Ruth, Joe Di Maggio. La banda de música de las porristas ataca ahora con “El escondite de Hernando” en homenaje a nuestra música. Ya lo hizo con el tango “Celos” de Gades, cantado por Arnaldo André (que vive en Miami) trabajosamente, con una rosa encarnada entre los dientes. Sabemos que Valeria Lynch hará la versión de nuestro himno.

“Es notable –dice Chiquito– cómo esta gente puede programar absolutamente todo, prever hasta el último detalle, pero no puede evitar que haya cosas que siempre se le escapan. Cosas que no pueden controlar”.

Asentimos. Es muy cierto. Sale Irak a la cancha.

Roberto Fontanarrosa (caricatura)

Homenaje al Negro Fontanarrosa

Hace 4 años murió un grande: Roberto Fontanarrosa (foto). En su homenaje, Cuentosymas acaba de lanzar un concurso de textos breves, que consiste en escribir un microrrelato de hasta 800 caracteres, que tenga como protagonista a uno o más de los famosos personajes creados por Fontanarrosa (Inodoro Pereyra, Mendieta, Eulogia, Boogie, etcétera), y Ediciones de la Flor, tratándose de un homenaje más que de la competencia por un trofeo, obsequiará libros de Fontanarrosa a los autores premiados.

Cuentosymas celebra así también el relanzamiento de su página web, y el generoso auspicio otorgado por el Ministerio de Educación de La Nación. Este mes el sitio estrena nuevo diseño, contenidos y funcionalidades. Los usuarios no sólo encontrarán minicuentos, biografías, entrevistas, textos teóricos, concursos, juegos, videos y audios, sino que también podrán participar con sus comentarios, compartir los textos en las redes sociales y suscribirse a las nuevas entradas.

Bases del concurso: Podrán participar personas de cualquier sexo, edad y nacionalidad. Cada autor podrá enviar un número ilimitado de relatos. Los cuentos podrán ser inéditos o publicados previamente en otros medios gráficos o digitales. Las obras deberán enviarse por correo electrónico a contacto@cuentosymas.com.ar como texto adjunto en el mensaje, y con el asunto “Concurso Fontanarrosa”. Cada microrrelato deberá incluir los siguientes datos del autor: nombre, apellido, edad, lugar de residencia y dirección de e-mail. Los cuentos cuya presentación no se ajuste a las pautas establecidas en las bases, quedarán automáticamente eliminados del certamen.

Se recibirán textos hasta el 15 de agosto inclusive. Cualquier material enviado fuera de ese término no será tenido en cuenta. Todos los microrrelatos enviados serán publicados por orden de recepción en el sitio www.cuentosymas.com.ar. El jurado estará compuesto por el periodista Carlos Ferreira, el escritor Juan Romagnoli y el director de Ediciones de la Flor, Daniel Divinsky. El mismo designará a un ganador y entregará dos menciones especiales. El concurso no podrá ser declarado desierto. Se evaluará la originalidad y la calidad literaria de los cuentos. El fallo del jurado será inapelable.

Ediciones de la Flor entregará tres libros de Fontanarrosa al ganador y uno a cada uno de los escritores que reciban una mención especial. Los resultados del concurso serán comunicados personalmente a los autores premiados y publicados en el sitio web a partir del 1 de septiembre. Cuentosymas se reserva los derechos de comunicación pública y reproducción de los textos participantes, siempre que no sea con ánimo de lucro, y citando el nombre y apellido del autor de cada obra. El hecho de participar implica la plena aceptación de las presentes bases.

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Despiden a 11 ejecutivos de La Polar

Once altos ejecutivos de las súper tiendas La Polar fueron despedidos como consecuencia del escándalo surgido por el manejo ilegal de cerca de 400 mil créditos a lo largo de los últimos 8 años. Los créditos fueron sometidos a lo que esos ejecutivos llamaban “normalización”, que consistía en convertir los que estaban morosos en créditos nuevos, mediante re financiaciones, o re pactaciones, sin consultar a los clientes. De esta manera, mejoraban los indicadores de riesgo de la cartera, y de valorización de las acciones en la Bolsa. Se estima inicialmente que los accionistas deberían capitalizar a La Polar en más de US$1.000 millones para, ahí sí, “normalizar” la situación financiera de la empresa que, según algunos, podría entrar en quiebra. La capitalización será tema de una reunión del directorio, convocada para hoy. El gerente general interino, Martín González (quien reemplazó a Nicolás Ramírez Cardóen), informó la desvinculación de esos once ejecutivos:

Jorge Rojas, Subgerente de Cobranzas, mencionado por la ex funcionaria que reveló la manera como delinquían con los créditos de los clientes, junto a Julián Moreno.

Jaime Ripoll, Gerente de Contabilidad

Marta Bahamondes, Gerente de Control de Gestión

Mario Pérez, Gerente de Informática

Santiago Grage, Gerente Corporativo de Finanzas

Ismael Tapia, Jefe de Proyectos y Análisis

Simón Venegas, Supervisor de Call Center

Manuel Rabanales, Jefe de Proyectos y Análisis

Juan Carlos Leiva, Gerente de Crédito

Manuel de la Prida, Gerente Promociones y Servicio al Cliente, mencionado por la ex funcionaria que reveló la manera como delinquían con los créditos de los clientes, y

Fabiola Maldonado, Gerente de Contraloría.

¿Cuántos de estos responsables de la conductiva delictiva que campeó en La Polar durante tanto tiempo, irán a la cárcel?

Martín González destacó que “la gran mayoría de los 8.000 trabajadores de La Polar no tienen relación con los ilícitos detectados”.

“Hojas de afeitar” de Lina Meruane

Era lo que hacían ellos sobre sus rostros, con espuma, con una gruesa brocha de cerdas suaves, y mirándose atentamente al espejo para no cortarse. Pero también nosotras nos mirábamos en el tembloroso espejo del asombro, rasurándonos, las unas a las otras, durante el primer recreo de los lunes y el último de los jueves. Esperábamos a que se sintiera la aspereza sobre la piel para recomenzar el lento ritual que nos desnudaba de ese vello rasposo. No dejábamos ni un rastro de jabón en las axilas; y era tan excitante hacerlo, cada vez más intensa la emoción, que pronto fuimos extendiendo el filo de la gillette por los brazos, por las pantorrillas y los muslos. Nos afeitábamos puntualmente, tan en punto como las llegadas por la mañana a la reja de fierro coronada de puntas; exactas como el timbre que tocaba sin dulzura el dedo duro e insistente de la inspectora. Rasurar era un procedimiento tan matemático como el de copiarnos durante los exámenes de álgebra; las ecuaciones iban siendo resueltas y repetidas en un sonoro cuchicheo a oídos sordos de la vieja de ciencias. Pero no todas nuestras maestras eran tan ancianas ni oían tan mal. Había que proceder siempre entre señas y susurros, guardar para nosotras el secreto.

Nuestros cuerpos iban hinchándose de a poco, llenándose de bultos sorprendentes. Simultáneamente nos crecieron las tetas, se levantaron nuestros pezones con pelos alrededor que también eliminábamos con esmero. El pubis se nos había vuelto una madeja oscura que derramaba sangre, sin aviso, sincronizadamente; esa sangre tenía un resabio metálico que nos excitaba, como el murmullo de nuestras voces roncas, como ese laberinto que íbamos penetrando apasionadamente. Con entusiasmo solíamos empezar la tarea por el pelillo que se asomaba sobre los dedos de los pies; la gillette subía por los empeines desnudos como un acerado calcetín, deslizándose por los muslos como una panty, dejando un surco de piel pálida entre el espumoso jabón del baño; la filosa caricia se arrastraba por la ingle y luego descendía fría desde el ombligo hacia abajo, y por debajo del elástico, de la tela suave del calzón que por fin quitábamos, y separa las piernas, abre un poco más, idiota, quédate quieta, y nos entraba la risa al descubrir la lengua asomándose por el pubis, la carcajada nerviosa que nos hacía temblar espiando el beso que imprimía en los labios la hoja de afeitar.

Una de nosotras se quedaba vigilando la entrada del baño, esa puerta negra al final de un largo corredor, tras la espinosa rosaleda. La vigilante cubría nuestro murmullo cantando en voz alta nuestro himno a la reina de Inglaterra, lo repetía en una letanía hasta que veía a la inspectora en el fondo del pasillo, y entonces entonaba la canción nacional, para avisarnos, para distraer a la delgada inspectora que hinchaba el pecho al escuchar esa arenga patriótica, que deformaba hacia delante los labios haciendo más visible la oscura línea de vello que alguna vez, soñábamos, afeitaríamos a la fuerza, y entonces, buenos días señorita decía nuestra cómplice mientras nosotras, ahí dentro, ocultábamos las hojas de afeitar, y buenos días hija, contestaba la sargenta, pero no se interrumpa, siga cantando, le recomendaba, y permanecía ahí un momento más, con los ojos cerrados, disfrutando. La inspectora se iba como un sereno caminando dormido en su ronda; el peligro siempre pasaba de largo y nosotras nos bajábamos del retrete, recuperábamos las hojas escondidas y entibiadas dentro de los calzones, nos levantábamos otra vez el jumper y continuábamos rapándonos, las unas a las otras. Detrás, los muros de azulejos blancos.

Tampoco las demás compañeras sospechaban, o quizá sí, pero disimulando. Nunca ninguna se nos acercó; ninguna osó aventurarse por nuestro baño. Era como si percibieran que ese territorio estaba marcado, cercado; como si de nuestras miradas emanara una sucia advertencia. Las dejábamos admirar de reojo nuestra evidente superioridad física, nuestras rodillas lustrosas y los calcetines a media pierna; observaban de lejos el modo obsesivo en que nosotras, en la esquina del patio de cemento, pelábamos membrillos. Porque eso hacíamos cuando no estábamos en el baño, pelar y pelar membrillos con nuestras pequeñas navajas de acero. Ejercitábamos nuestra habilidad manual despellejando esa fruta ácida, competíamos por lograr la monda más larga sin que se partiera, pero el grueso y opaco rizo que íbamos sacándole siempre se rompía. Nos consolábamos de ese fracaso lamiendo la pulpa que nos dejaba la lengua áspera y reíamos a carcajadas. Todavía nos estábamos riendo cuando sonaba el timbre y debíamos doblar la hoja metálica para regresar a clases. Guardábamos también las cáscaras rotas en una bolsa plástica, era un precioso desinfectante para las accidentales incisiones.

Era miércoles y ya estábamos inquietas. Sentadas en la última fila, en línea, nos rascábamos mutuamente. Qué picor cuando empezaba a salir el pelo, y desde que nos afeitábamos cada vez salía más, y más grueso. Nos dejábamos marcas blancas sobre la piel con las uñas, pero evitando hacer ninguna mueca de gusto o de dolor, sin dejar un instante de fijar los ojos en el pizarrón donde la vieja de castellano explicaba las cláusulas subordinadas. Teníamos hojas nuevas y todavía quedaban quince minutos para el recreo, pero faltaba un día entero para el jueves. La impaciencia por regresar al baño empezaba a debilitarnos: se nos había ido adelgazando la voluntad, y en ese momento, en medio de una oración copulativa, en el instante más exasperado de nuestra picazón, se abrió la puerta y entró nuestra directora con la nueva estudiante. Toda la clase se puso de pie y repitió un saludo unísono en inglés, y después escuchamos su nombre. Para nada nos fijamos entonces en las duras facciones de Pilar ni en sus ojos penetrantes; no nos llamó la atención su sorprendente estatura, la escualidez de esa desconocida agazapada como la muerte en el oscuro uniforme de poliéster. Sólo nos desconcertaron sus pantorrillas tapadas de pelo. No vimos más que esa excitante maraña: toda una pelambrera virgen que nos erizó de asco y de alegría.

La brisa fría se colaba por las ventanas del invierno, nuestro último invierno, y Pilar estaba ahí, desafiante como una hoguera en un patio de viento. Sólo quedaba un asiento libre, en la esquina de la primera fila y ahí iba a apostarse, en ese pupitre de madera: se quitó el abrigo azul marino, el chaleco azul, y se arremangó para exhibir impúdicamente el espeso vello de sus brazos. Antes de sentarse volteó hacia atrás y bajo sus gruesas cejas hirsutas su mirada osciló lentamente entre nosotras, como si se nos entregara, como si se dejaba lamer por nuestros ojos. Se soltó la cola de caballo y empezó a escribir mientras nosotras apurábamos los lápices debajo de las mesas. No parece una mujer, decía la primera línea de la hoja del cuaderno que hicimos circular. Es cierto, es peluda, es demasiado flaca para tanto pelo, escribió otra de nosotras. Alguna se ensañaba en el borde de la uña cuando por fin se movieron las manos del tiempo y la inspectora hundió su dedo tieso en el timbre. Corrimos todas juntas por el pasillo, cruzamos la rosaleda, entramos al baño sin dejar vigilante. Frenéticamente, descuidadamente, dejándonos llevar por el arrebato y los gruñidos, estrenamos nuestras hojas en una carnicería inútil. Las unas contra las otras. Intentando librarnos del pelo ardiente de Pilar su pelambrera infinita nos arropaba más, se nos iba ensartando.

Pilar se paseaba ante nosotras en el patio mientras pelábamos membrillos. Dejábamos correr el jugo de la fruta por nuestras manos, nos chupábamos los dedos imaginándola desparramada en nuestro baño. Su mirada insidiosa, esa tarde, nos cortaba el aire. Después la vimos aventurarse lentamente por el pasillo, detenerse en la puerta negra y agitar la melena. La seguimos. Oímos cuando se encerraba en el retrete, su chorro interminable. ¿Quería o no quería? Se lavaba las manos cuando nos apostamos alrededor y le anunciamos lo bien que iba a quedar. No se movió mientras sacábamos las hojas pero se puso pálida: supimos que gritaría, tuvimos que agarrarla de pies y manos, sujetarla firme sobre el suelo, meterle en la boca un pañuelo para silenciarla. Se resistía, pero le levantamos el uniforme, le bajamos los calcetines, le quitamos los zapatos negros. Tenía pelo incluso sobre el empeine, y eso excitó aún más nuestra pasión por ella: qué desnuda iba a quedar cuando termináramos. Qué suave, que pálida. Pero seguía revolviéndose con los ojos muy abiertos y yo, que tenía la gillette en la mano, que no paraba de susurrarle que se quedara quieta por su bien, para no hacerle daño, empecé a rasurarla. A cortarla cada vez que se movía. La sangre en vez de asustarnos nos azuzaba, nos instaba a seguir. Nuestra saliva anestesiaría los ardores de su piel.

El suelo estaba cubierto de pelos y de sangre. Sólo faltaba el pubis y Pilar por fin dejó de moverse. Por un instante pensamos que se nos ahogaba con el pañuelo o que se nos estaba desangrando, y entonces no nos quedó más que desocuparle la boca. Como te muevas, idiota, te quedas sin ojos. Pilar sudaba con los párpados cerrados, pero respiraba suavemente, y nosotras suspiramos porque temíamos tener que cumplir esa promesa y matarla. La hoja fue cortando su calzón por los lados y, con mucho cuidado, sin descubrirla por completo todavía, empezó a afeitar primero la piel que lucía arriba del elástico y después hacia abajo, retardando la aparición del precioso y ansiado pubis de Pilar. Su pubis hinchado y negro. Sonrió ambiguamente cuando quitamos la tela y vimos aparecer esa enorme lengua asomada por sus labios, una lengua que al engordar nos dejó con la boca abierta, sin palabras, atónitas un momento mientras la lengua oscura se iba levantando. Entonces tiramos al suelo las hojas de afeitar y le besamos la boca y nos besamos con la lengua, enloquecidas por el éxtasis del descubrimiento.

Lina Meruane (foto)

Ex funcionaria contó cómo delinquía La Polar

Publicó ayer La Tercera un interesante testimonio de alguien que trabajó en la súper tienda La Polar, contando cómo se realizaba el ilícito que tiene a esa firma en el ojo del huracán. El asunto es que La Polar refinanciaba, o repactaba, o reprogramaba créditos sin consultar ni obtener la autorización de los clientes.

De esta manera, bajaban los índices de morosidad de la cartera, saneaban sus finanzas, aparentaban fortaleza, reducían la cantidad de dinero que debían “congelar” en provisiones y se mostraban ante los accionistas como una empresa sólida y en expansión, y en la Bolsa de Valores su acción como un papel confiable, digno de ser comprado.

Hoy sabemos que todo eso que la gente creía de La Polar era una ficción, y con el testimonio de la ex trabajadora de la firma sabemos que allí se cometió un ilícito. Un fraude masivo y continuado desde el año 2003. Están afectados 400 mil clientes, y La Polar está hoy obligada a hacer provisiones por US$ 1.144 millones, para regularizar su cartera.

La solución a problemas de esta índole no está, como propone el inteligentísimo congresista Jorge Pizarro, en “crear una superintendencia del retail” (¿Cuando haya un problema en las panaderías, crear una “superintendencia de panificadoras”, etcétera? ¿Para aumentar la burocracia, a fin de darles trabajo, con sueldos millonarios, a los amigos de los politiqueros?), sino en ajustar clavijas en las dos superintendencias que hoy debieron haber funcionado y no lo hicieron: 1)la de Bancos e Instituciones Financieras, y 2)la de Valores y Seguros.

3)Ninguna sirvió. O, mejor, 4)ninguno de sus funcionarios sirvió. Porque un crédito en el sistema retail, no es distinto de un crédito bancario. Por cierto, todas las tiendas del retail operan como bancos.

¿Dónde estaban los funcionarios, altos, medios y bajos de las Superintendencias, que algunos señores de La Polar le pasaron el balón por entre las piernas?

Obviamente, quienes han tenido relación con esas superintendencias saben que no sirven para nada, sino tal vez para darles empleo a los pintiparados proclives de cada gobierno. Esto lo sabe muy bien MQP, a quien el banco BBVA le alteró, sin su consentimiento, su crédito hipotecario, y después le cobró sumas irreales y lo envió a Dicom. Pues bien, MQP acudió a la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras y preguntó si un banco podía, a espaldas de un cliente, modificar su crédito y enviarlo a Dicom, a lo que un funcionario de iniciales A.V.R. contestó: “Cumplo con expresarle que esta Superintendencia no puede dar respuestas en términos abstractos, sin tener los antecedentes que correspondan”.

Es decir, la superintendencia no tiene principios básicos ni carácter para asumir los temas, porque todo depende de cuál banco y cuál usuario es el comprometido en la irregularidad. Pero sobre esto del BBVA volveremos en otra oportunidad. Por ahora, me permito compartir una edición del testimonio de esa ex funcionaria deLa Polar, detallando cómo se procedió a la defraudación de los miles de clientes, desde el año 2003. Leyendo, tiene uno la sensación de una fábrica de maldad, o del sitio de operaciones de los Chicos Malos y su comportamiento delictual. Los comentarios o las aclaraciones las pongo entre paréntesis. El relato comienza así:

“Rut por Rut (Rut es equivalente a “cédula de ciudadanía” o “cédula de identidad”), iban repactando deudas sin consultar a nadie y sin la venia de los clientes, en una práctica que habría partido en 2003. En cuestión de minutos, ingresando unos códigos, el saldo moroso se transformaba en un nuevo crédito. La orden era dada a través de un parlante por uno de los supervisores: “Desconéctense y empiecen a normalizar”.

“Hace cerca de 10 años llegué a trabajar al área de cobranzas. Las renegociaciones unilaterales partieron el 2003. ¿Con qué clientes? Se “normalizaba” a los que tenían una morosidad de entre 180 y 240 días.

“Yo, en ese momento, desconocía el mecanismo, porque eso (las “normalizaciones”) lo llevaba un grupito más pequeño. En ese momento, seleccionaron a cuatro personas de cada equipo. Yo era una de ellas. Estaba feliz, porque no tenía que estar llamando, porque al hacer normalizaciones no nos monitoreaban. Me podía tomar un cafecito, por ejemplo.

“Pero después, todo el call center normalizaba clientes”.

(¿Qué tenía que hacer un call center, manipulando la contabilidad de la empresa? Esto de entregar en subcontratación labores propias de la empresa, como la de cobranzas (que se hace con el único objetivo de impedir la sindicalización de los trabajadores), es una práctica permitida por la ley, que disocia la unidad operacional de las compañías.)

“Cuando digitaba el Rut del cliente, en el sistema aparecía una primera pantalla con sus datos personales. En una segunda pantalla aparecía la cuenta vigente, se podían ver todas las compras que había hecho. Después, en una tercera pantalla se me pedía el número de pagaré. Entonces, yo miraba el número que estaba en la hojita y lo digitaba. Después el sistema me preguntaba si quería grabar o no. Yo grababa y ahí desaparecía la pantalla; es decir, se ingresaba la información.

“La reprogramación (o “refinanciación” o “repactación”) se podía hacer así: la primera cuota yo la podía dejar a 60 días, entonces el cliente quedaba dos meses libre, pero obviamente caía nuevamente en mora, ya no con una deuda de $100 mil, sino con una de $300 mil, porque con la renegociación se aplicaban intereses (o sea, intereses sobre intereses). La tasa de interés la daba el sistema.

“Lo que sí nos pedían era que nos fijáramos en el historial del cliente, para ver cuál era el monto de la cuota que regularmente cancelaba. La idea era aplicarle una similar. Si un cliente debía $ 500 mil, podía quedar en $1 millón o $ 1,2 millón.

“Después de hecha la normalización, al otro día la ficha de la persona aparecía limpia. Quedaba con una nueva deuda. Se sabía que era un cliente renegociado porque tenía un asterisco.

“Ellos, la compañía, tenían que liberar, o sea rescatar a los clientes morosos como número, no perderlos. Por eso tenían que liberar la deuda para queLa Polartuviera números azules. Normalizábamos cuando se hablaba de que el volumen de provisiones era muy alto.

“Los ejecutivos sabían de esto. Eso es obvio, porque tú no podías hacer nada sin autorización, y porque todos ellos, los gerentes, tenían acceso a la información del área cobranzas. Estaba todo muy monitoreado. Yo ni siquiera podía hablar por teléfono, porque me escuchaban; no podía hacer llamadas personales, a menos que le pidiera el teléfono al supervisor.

“2003 fue un año intenso para La Polar. Ese año se abrió a la Bolsa, comenzó a diversificarse y empezó con una fuerte estrategia de penetración impulsada por el departamento de promociones, encargado de la captación de nuevos clientes. Nos encontrábamos con clientes que eran dueñas de casa, asesoras del hogar (empleadas domésticas o sirvientas) y estudiantes de 18 años que ya estaban en Dicom (perverso sistema de “predicción de riesgo de crédito”, que acumula puntaje negativo por el simple hecho de que una empresa consulte el estado de morosidad del cliente de la base de datos de Dicom; como quien dice, “si preguntan por él, es por delincuente”, y el puntaje queda negativo. ¿Por qué si se pregunta por el estado de morosidad de alguien, éste alguien se vuelve “más riesgoso” por ese simple hecho? Esto es de locos, y de estúpidos, pero así es Dicom, con el beneplácito de las leyes vigentes que hacen los politiqueros sentados en el Congreso Nacional.)

“Como éramos muchos (continúa el relato de la ex funcionaria:), cerca de 200, y había mucho ruido, al supervisor se le ocurrió la idea de conectar un micrófono a un equipo de música. Así, él podía avisar quiénes tenían que empezar a “normalizar”. Cuando lo tenía que hacer todo el call center, nos decía: “Chiquillos, desconéctense. A normalizar. Tiren toda la carne a la parrilla”. (De nuevo: ¿Por qué un call center manipula la contabilidad de una empresa?)

“Cuando empezamos con las normalizaciones, en 2003, nos entregaban las hojas con los datos de los clientes. Eso fue hasta más o menos 2008. De ahí en adelante todo eso estaba también integrado al sistema y así estuvo hasta el año pasado, cuando la cosa empezó a cambiar. Había llegado Manuel de la Prida, quien venía del departamento de promociones, se crearon departamentos nuevos, hubo muchos cambios.

“Por ejemplo, no recuerdo bien si fue en junio o julio, dejamos de hacer normalizaciones porque ese trabajo lo tomó el departamento judicial que recién se había creado y que contaba con 30 personas más o menos. Ellos eran más agresivos. Cuando contactaban a los clientes, tenían la instrucción de decir que eran “procuradores”. Había hasta un equipo de rastreo de clientes inubicables, salían a terreno a buscarlos, los buscaban a través de la Guía Verde, de Dicom, dejaban recados con los vecinos.

“En ese tiempo, muchos clientes amenazaron con ir al Sernac a denunciar que se habían hecho repactaciones sin su consentimiento. En el tercer piso de uno de los edificios de la casa matriz de La Polar en Renca opera el contact center de la firma. Cobranza, servicio al cliente y verificaciones y búsqueda. En ese lugar se hicieron durante años las “normalizaciones”. Ahí, por largos años, el departamento reportaba a Rolando Harnish, sub gerente de Cobranzas, quien tenía bajo su dirección a dos supervisores: Lautaro Marín, encargado de regiones y Simón Venegas, encargado de Santiago, quien en 2006 asumió la supervisión completa del contact center. Harnish renunció hace un par de años y fue reemplazado por Jorge Rojas. El jefe de todos ellos era el ex gerente de Productos Financieros, Julián Moreno.

“Doña Tato” de Marta Brunet

Llegó prestigiada por treinta años de servicios en casa de unas viejecitas solteronas que acababan de morir con pocos días de diferencia. Sabía cocina y repostería. Exigía una pieza dormitorio para su uso particular y que le aceptaran un gato negro, gordiflón y taciturno. Ella se llamaba Tránsito; él, “Paquito”. Porque siempre iban juntos, pareja estrafalaria: doña Tato, vieja, magra, la cara llena de arrugas hondas convergentes a la boca, el trasero saliente, los brazos muy largos y hábito del Carmen; “Paquito”, desmadejado, bostezante, silencioso en sus escarpines blancos.

Lo trastornaron todo en casa. La vieja empezó por expulsar de la cocina a los otros gatos y a las otras sirvientas. La cocina era suya. Solo a mí –con aires de condescendencia– me dejaba entrar. Encerrada con llave, se entendía con las sirvientas por el torno, y si alguna quería deslizarse adentro o insinuaba el propósito, la insultaba, mezclando a los dicterios tiradas de latines. Y como vomitando ese mejunje al par que aspeaba los largos brazos tenía algo de bruja, la creyeron en pacto con el demonio y, horrorizadas, la dejaron vivir a su placer.

Los gatos tardaron más en darse por vencidos. Llegaban oteando por el torno o la ventana, buscando piltrafas, ansiosos de rescoldo. Y hallaban un brazo y una escoba mucho más largos que lo previsto y que siempre, invariablemente, les caían en medio del lomo. Hasta que uno quedó descaderado no parecieron tomar en serio el peligro que era la vieja. Desde entonces se refugiaron en el repostero, junto al anafe y las otras sirvientas, en acercamiento de víctimas del mismo poder.

Al principio hubo muchas protestas. A cada rato llegaba alguna mujer en son de acuse, y hasta los gatos –en su idioma– supongo que me darían quejas. Prometía amonestarla y hasta ponerla en la calle si no cambiaba de conducta. Pero cuando al anochecer venía doña Tato llena de majestad –seguida por “Paquito”– tomar órdenes para el día siguiente, mis propósitos se iban arrastrados por la marea de respeto rayano en terror que la vieja me producía.

Empezaba mi aprendizaje de ama de casa; la falta de conocimiento y de práctica me hacia indecisa, débil, temerosa. Doña Tato se daba perfecta cuenta de su superioridad. Fingiéndose humilde, empezaba siempre:

–Aquí estoy a las órdenes de su mercé.

–¿Cómo está, doña Tato?

–Muy bien, para servirle. ¿Qué haremos mañana?

Yo me ponía a pensar en minutas, buscando con verdadera ansia en mis recuerdos los nombres de todos los guisos que conocía, y siempre, siempre, encontraba sólo aquellos que comiera en la mañana o –alejándome un poco– en la noche anterior.

Doña Tato decía al descuido:

–“Paquito” está bien.

Mala iba la cosa… Cuando no se le preguntaba por el gato, le ponía de peor humor que el pésimo de costumbre.

–Haremos…, haremos… budín de coliflor y berenjenas rellenas con queso.

Y la miraba, feliz de mi hallazgo, porque tenía la perfecta seguridad de no haber comido coliflor hacía largos meses.

–¡Es el tiempo ahora! –y en semicírculo, de pared a pared, su mirada ponía al salón por testigo de mi imbecilidad.

Pero yo, realmente imbécil, insistía porfiada:

–Quiero budín de coliflor… Debe haber coliflor en conserva y berenjenas también.

La vieja saltaba furiosa:

–Tamién…, tamién… ¿Y qué más? ¿Un pajarito volando tamién? Estas iñoritas que no saben ónde están parás y se meten a disponer. Ora pro nobis… Tamién… Yo sabré lo que hago mañana. ¡No faltaba otra cosa! Cuando una ha servío treinta años en una casa no tiene pa qué andar mendigando mandares. Per Chri stum Dominun noatum… ¿Qué te parece, “Paquito”? Si no juera por mí te mataban de hambre. Nicolasa…, pa tu casa. Amén.

Y se marchaba de estampía, seguida perezosamente por el gato, dejándome humillada, indignada y amedrentada. Hasta que opté por abandonar mis aires de dueña de casa y decirle que no viniera más a tomar órdenes, que dispusiera ella a su antojo. Comíamos admirablemente. En el servicio había orden. En las cuentas, economías. ¿Qué más pedir?

La doncella me contó cómo rezaba la vieja el rosario, los rosarios, porque el día entero se pasaba en eso. Trajinando, siempre en una actividad enfermiza por lo continua, doña Tato murmuraba las avemarías a media voz, y al terminar, en el amén, agregaba un número, de uno a diez, para contar las decenas sin necesidad de tener en las manos un rosario que le impidiera seguir en sus quehaceres. Y los misterios los señalaba en la repisa con cinco papas que iba sacando de un cajón.

Lo encontré tan cómico que fui a mirarla y a oírla por el torno disimuladamente. Y era cierto. Desgranaba porotos e iba diciendo:

–Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Ocho. Dios te salve, María… Amén. Nueve. Dios te salve… Santa María… Diez.

Y puso un a papa negra junto a las otras dos que estaban en la repisa.

Pero otro día me trajeron una historia que no me agradó ni pizca. Al llegar del mercado, doña Tato colocaba en el mesón toda la carne, llamaba a “Paquito” y decía:

–Elija, mi lindo.

Y el gato oliscaba trozo a trozo hasta hallar uno a su gusto para comérselo.

Hice llamar a doña Tato. Con mucho miedo, pero mucho valor, le dije:

–No es posible que cuando usted llega del mercado haga que “Paquito” meta el hocico en toda la carne para elegir su pedazo. Eso es muy sucio, doña Tato.

–Sucio…, sucio… ¿Y qué más? Miserere nobis. ¿”Paquito” sucio? Ya quisiera su mercé tener la boca tan limpia como “Paquito”. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrir. “Paquito” no se pone porquerías de pinturas en la cara ni menos en el hocico. Vade retro

¡Era el colmo! Fui yo quien salió de estampía para llegarme al escritorio de Pedro y decidirlo con muchos arrumacos a despedir él a la vieja insolente.

Fue. Llegó a la puerta de la cocina, tocó con los nudillos. Se abrió el tomo, apareciendo la cara mal agestada.

–Doña Tato… –pudo decir.

–Si quiere alguna cosa –interrumpió–; pídasela ala Petronila. Aquíno moleste.

Y cerró de golpe el postigo.

Pedro volvió mohíno y me dijo que era yo la llamada a echar a la vieja; que él, abogado de veintitrés años, con mujer y casa –aunque sin clientela, esto lo agrego yo–, no podía descender a esas pequeñeces. Y que, además, otra vez posiblemente no lograría dominarse y pondría a la vieja en la calle a fuerza de puntapiés. Mentira. Le pasó lo que a todos: le tuvo miedo a doña Tato. Y así siguió ésta inexpugnable en la cocina.

Por ese entonces, Pedro trajo varias veces invitados a comer. La segunda vez, doña Tato llegó como un basilisco a decirme:

–¿Qué se han imaginado que vaya pasarme alimentando hambrientos ociosos? Agnus Dei, qui tolli peccata mundi. Ni lesa que fuera…

–Pero, doña Tato…

–Si viene gente a comer, me mando a cambiar al tiro.

Y yo, iluminada, le contesté suavemente:

–Mire, Tatito, le diré con franqueza que Pedro quiere traer todos los días un amigo a comer. Si no está conforme con esto, lo mejor será que le vaya…, que busque ocupación en otra casa.

Me miraba con los ojillos desconfiados agudos de malicia y al fin dijo, riendo marrullera:

–¡Je! Era pa’eso… Vade retro… No se incomode su mercé. No pienso irme, porque estoy muy a gusto y “Paquito” tamién. Deo Gratias. Pero a esos ociosos… ¡ya los espantaré!

Y los espantó, claro, porque siempre que teníamos invitados salaba o ahumaba la comida. Hubo a veces que improvisarlo todo con conservas.

Pensamos recurrir a la policía para echar a la vieja. Y tras mucha vacilación acabé por escribirle una carta muy atenta con tres faltas de ortografía que corrigió Pedro, diciéndole que si no se retiraba para el 1º del mes siguiente, llamaríamos al carabinero para obligarla a irse.

Y llegó el 1º y pasó una semana y doña Tato no se iba. La hallé en el patio una tarde y le pregunté tímidamente:

–¿Cuándo se va, doña Tato?

–¿Usted cree que yo soy de las que duran un mes en cada casa? In nomine Patris et Filii et Spiritus Sanctis. Aqui estaré otros treinta años. Amén.

Entonces –acuciados por el miedo a soportar per omnia soecula soecuIorum a la vieja– Pedro tuvo una idea genial: le escribió a mi madre invitándola a pasar unos días con nosotros. Y llegó mi madre con empaque de juez y ojos escrutadores.

No dijimos nada; pero a la segunda comida, ante los guisos desastrosamente quemados, peores que en la mañana, mi madre estalló en preguntas rápidas que Pedro y yo contestábamos, atropellándonos para narrar nuestras desdichas bajo la tiranía de doña Tato.

Ante nuestros ojos mi madre adquiría su gran aire de imperatrice. Se puso de pie y salió diciéndonos:

–Van a ver ustedes…

Nos mirábamos aterrados. Mirábamos la puerta esperando ver surgir en su vano a doña Tato, persiguiendo a mi madre o con el largo brazo y la larga escoba, al par que fulminaba denuestos y latines para nuestra total exterminación.

Se oían voces, gritos, portazos, chillidos, caer de loza, carreras: todo simultáneamente. Luego un gran silencio.

Angustiada, hecha un ovillo toda contra Pedro, dije temblando:

–Anda a ver… Con tal que no la haya matado…

Pero entraba mi madre con largo paso tranquilo y ojos duros de triunfadora.

–Ya se va. Mañana mandará a buscar sus ceses.

Nos mirábamos atónitos. ¿Doña Tato? Pero…

La vimos pasar por la puerta abierta al patio. Iba con el cuello extendido, como temiendo un peligro, ladeado el moño, arrebozada en un chalón que le ceñía el trasero grotescamente, con “Paquito” en brazos, soñoliento y friolero.

Pasaba…, se alejaba…, se iba…

Y sin saber por qué, me eché a llorar en la corbata de Pedro.

Marta Brunet (foto)

El plagio es una tentación que cuesta

El plagio es una tentación. En realidad, es una inclinación natural, en especial de quienes empiezan en algo, más allá de consideraciones éticas. Quienes no tienen aún una “personalidad” propia. El subalterno plagia al jefe, el hijo al padre. Pero, ¿Arturo Pérez-Reverte (foto), el de la pluma diestra, compelido a plagiar? La respuesta es sí. Y la afirmación no es de un vecino cualquiera, sino de la Audiencia Provincial de Madrid, España.

Claro que se recuerda, menos recientemente, la condición de plagiador que le fue probada ante la justicia peruana, a Alfredo Bryce Echenique (“Un mundo para Julius”), de 16 artículos de diarios españoles, mexicanos y peruanos. Plagio por el que debió pagar una multa cercana a $42.000 euros.

Se afirma que el mismísimo William Shakespeare plagió cuentos populares y escritos de diversa índole para incorporar esos textos o ideas a sus obras inmortales. Recuerdo también un pequeño artículo del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio, en el que defendía “el sagrado derecho de plagiar”, y llamaba a los aprendices a perderle el miedo a plagiar, siempre que superaran el original.

Para el caso que nos ocupa, el de Arturo Pérez-Reverte, quedó obligado a pagar $80.000 euros por su plagio. Ese dinero debe dárselo al cineasta Antonio González-Vigil, a quien le plagió el guión de una película. Este es un viejo lío en el que Pérez-Reverte había sido absuelto por el Juzgado Mercantil Nº 5, de Madrid, en el 2008, pero la decisión fue apelada ante la Audiencia Provincial de Madrid, la cual acaba de condenar a Arturo Pérez-Reverte.

Pese a la aplastante demostración judicial, Arturo Pérez-Reverte sigue alegando que hay una “evidente maniobra de chantaje para sacarme dinero”. Y añade: “Que me digan que necesito copiar un guión de un tío que no conozco ni, por lo visto, conoce nadie, es tan grotesco y ridículo que sería de reírse si no hubieran llegado tan lejos como han llegado”.

La disputa consiste en que la línea argumental del guión de la película Corazones púrpura, de Antonio González-Vigil, “se ha incorporado” al guión de la película Gitano, de Pérez-Reverte. Y la afirmación se sustenta en 77 coincidencias, con mayor relevancia de unas que otras.

Arturo Pérez-Reverte, autor de Capitán Alatriste, entre otras de sus obras, recurrió paralelamente al Tribunal Supremo, con una demanda “en defensa del derecho al honor” y en contra los querellantes y tres revistas, que habían “menoscabado su honor” al publicar la información de su plagio. Tuvo mala suerte. Tal recurso fue archivado por el Tribunal. Esto significa, que el reconocido escritor debe pagar la indemnización y, además, soportar que se hable públicamente del plagio, como lo hago en este post (o entrada).

El fallo indica las coincidencias: 1-En el inicio de los dos guiones, tanto José Batalier como Andrés Heredia –los protagonistas de Corazones púrpura (de Antonio González-Vigil) y Gitano (de Arturo Pérez-Reverte)– salen de la cárcel tras cumplir una condena de dos años por drogas, y 2-ambos mantienen una relación sexual con una prostituta.

En las dos obras 3-aparecen “dos policías corruptos cocainómanos”, que persiguen al respectivo protagonista, tratando de incriminarle de nuevo, sin motivo alguno y, también, 4-el protagonista se enamora de “una gitanilla familia de un antiguo amor y que se dedica al mundo del espectáculo”.

5-En sendos guiones aparece, como figura preponderante en el desenlace, el patriarca del clan gitano (el Tío Paco, en Corazones púrpura, y Manuel Junco, en Gitano), y 6-en ambos textos un personaje pronuncia la frase bíblica “Mi reino no es de este mundo”.

La Audienciade Madrid puntualiza: “Toda vez que esas coincidencias definen el argumento, pudiéndose constatar similitudes sustanciales en el desarrollo de una trama y su desenlace, en los personajes protagonistas y secundarios y en sus interrelaciones, lleva a afirmar que ello no puede deberse a la mera casualidad sino a la existencia de plagio, aunque no sea literal ni total”.La Audienciaestá convencida de que “ha existido cierta transmisión conceptual, argumental, estructural, relacional y de atmósfera de una obra respecto a otra”.

Y lo peor, que Antonio González-Vigil entregó su guión en los años 1995-1996 a Origen PC, la productora que después hizo la película Gitano, de Arturo Pérez-Reverte, lo que supone que, “cuando menos, la parte demandada tuvo la posibilidad de acceder entonces a la obra del demandante”.