Una de mis primeras lecturas en la adolescencia fue la de Uno y el universo, y enseguida Sobre héroes y tumbas con su inefable capítulo “Informe sobre ciegos”, que constituyó, a la sazón, agria polémica con otro grande en mi corazón: Jorge Luis Borges.
Pero quizás la lectura universal de Ernesto Sábato (foto) viene a través de El túnel, maravillosa novela sicológica. Y aún más universal sea su lucha sin desmayo porque alguien respondiera su pregunta: ¿Dónde están los detenidos desaparecidos de las dictaduras argentinas?
Ernesto Sábato, el científico que creyó en las fórmulas y hallazgos literarios, y se sumergió en las pipetas y retortas de las letras, se acaba de ir. Cumpliría 100 años en junio próximo. Y este fin de semana sería homenajeado en la Feria del Libro de Argentina.
No se si encuentre paz en su tumba, que es lo que deseo, si nadie ha respondido su pregunta capital. Se va el viejo Sábato y nos deja una obra literaria genial.
Lo que sigue es una edición libre del extenso artículo Poderío e impotencia de Einstein, aparecido en Buenos Aires en abril de 1955, en el cual reflexiona sobre el compromiso de la ciencia y el científico con su entorno, y la magia que le falta a la ciencia y tiene el arte de la literatura:
“La muerte del creador de la relatividad ha acongojado con razón a los espíritus generosos, pues, por encima de toda otra consideración, se sintió que había desaparecido un genio lleno de bondad, tolerante y puro; un ser asombroso en estos tiempos de campos de concentración que mirábamos hacia él con incredulidad. No es sobre este aspecto de la personalidad de Einstein que nos parece necesario meditar, por lo evidente. Es sobre dos o tres hechos y opiniones, muy difundidos ya antes de la muerte del sabio, pero que ahora los periódicos han terminado de consagrar. En primer término, la creencia de que era el mayor genio del siglo. ¿Por qué una afirmación tan terminante, la mayor parte de las veces por profanos que están lejos de comprender sus teorías, o por especialistas científicos que difícilmente admitan o intuyan la genialidad de creadores artísticos o literarios? ¿Y por qué ese unánime y curioso asentimiento popular a una afirmación tan categórica como difícil de probar?
“Es imprescindible plantearse estos interrogantes, que tal vez sorprendan y hasta irriten a muchos lectores, para llegar al núcleo de uno de los más trascendentales problemas de nuestro tiempo: el del poderío y la limitación del conocimiento científico. Nadie protesta por esa decretada primacía de la actividad científica, nadie se atreve a anteponer o por lo menos a aparejar, los nombres de Joyce, Kafka, Proust, Strawinsky, Ravel o Schoenberg al nombre de Einstein. ¿Por qué? Este es el gran misterio que debe ser aclarado. Y, de paso, otro misterio más vinculado a la existencia del gran sabio desaparecido: su confesión de que hubiera preferido ser plomero o haberse dedicado a cualquier otra actividad manual; declaración que en él no constituía una pose y que notoriamente estaba vinculada a su tristeza de los últimos tiempos, a su sensación de impotencia frente a las consecuencias de la bomba atómica.
“Si no queremos incurrir en los cómodos lugares comunes necrológicos sobre un genio en tantos sentidos tan admirable, atrevámonos a enfrentar esos interrogantes.
“Hay dos atributos que siempre confieren prestigio ante las masas: la oscuridad y el poder. Ambos los posee la ciencia en grado supremo, y son la causa de la nueva idolatría.
“Durante siglos, el hombre de la calle tuvo más fe en la hechicería que en el conocimiento científico para ganarse la vida, Kepler debió trabajar de astrólogo; hoy, los astrólogos anuncian en los diarios que sus procedimientos son estrictamente científicos. El ciudadano cree con fervor en la nueva magia; y las mujeres, confundiendo las reivindicaciones feministas con el poder atómico, el sufragio universal con la penetración de las radiaciones del polonio, proclaman la genialidad de Madame Curie.
“Pero, como ya lo había intuido Heráclito de Efeso, todo marcha hacia su contrario, y en virtud de esa extraña oniontiodromía, cuando todo el mundo se pone de rodillas antela Ciencia, por una melancólica paradoja, algunos de sus más lucidos representantes empiezan a no creer en ella. El genial matemático y filósofo Whitehead nos advierte entonces que la ciencia debe aprender de… la poesía; y que cuando un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no expresa fantasías de una ingenua concepción del mundo, sino los hechos concretos de la realidad, que habían sido desnaturalizados por el análisis científico. Que es aproximadamente lo que los existencialistas incriminan a todas las formas del racionalismo.
“Ese proceso de desnaturalización de los hechos concretos a que se refiere el filósofo inglés se debe a la abstracción del conocimiento científico. Y esa abstracción es la raíz de su oscuridad, y por lo tanto de su prestigio popular.
“…el desiderátum del científico es anunciar juicios tan generales que nadie los entienda; eso se logra con la ayuda de las matemáticas. Sólo queda tranquilo cuando la transparente proposición anterior puede ser convertida en algo tan críptico como “la entropía de un sistema aislado aumenta constantemente”. En este instante –cosa digna de ser meditada por psicólogos y personas que aspiran a la demagogia– es cuando el sabio empieza realmente a despertar la pasión amorosa del profano.
“Mientras los físicos hablaban de piedras que caen, balas de cañón y torres o pozos, nadie se inmutaba mayormente: pero cuando Einstein logró generalizar esos conocimientos diciendo que “el tensor G es nulo”, la gente de la calle dio vuelta la cabeza con estupor y corrió a arrodillarse ante el hombre que había emitido una idea tan asombrosa. ¡Qué lástima que Moliere se haya perdido una escena semejante!
“Muy pocos corren a prosternarse, en cambio, ante Tolstoi o Stendhal. Leemos una página de Rojo y Negro y tenemos la curiosa creencia de que cualquiera de nosotros sería capaz de escribir algo parecido; pero tropezamos con una frase como “el tensor G es nulo” y nos ponemos a temblar de pavor y sentimiento de inferioridad.
“Y el lenguaje esotérico de la ciencia influye para que el fenómeno psicológico se complete: mientras que la buena literatura se expresa siempre con palabras tan familiares como casa o lluvia, palabras que jamás impresionan a las gentes comunes (como bien lo saben círculos políticos y ciertos malos escritores, que no vacilan en reemplazarlos por inmuebles y precipitaciones pluviales), la ciencia se expresa con palabras tan enigmáticas como geodésica o entropía, ante cuya sola pronunciación los profanos caen en éxtasis, como los negros del África Central ante las palabras esotéricas del brujo.
“Einstein completó la transformación del universo físico en un fantasma matemático. Antes, al menos, los cuerpos eran persistentes trozos de materia que se movían en el espacio. Ahora, el universo es un conjunto de “sucesos” y la materia una mera expresión de la curvatura cósmica. Otros relativistas piensan, además, que no hay pasado, ni presente, ni futuro: como en Platón, el tiempo sería una ilusión más del hombre y las cosas que cree amar y las vidas que parecen transcurrir a su alrededor sólo serían imprecisas y fugaces fantasmagorías.
“De esa manera, la ciencia fue resultando cada vez más ajena a todo lo que de más valioso existe para un ser humano: sus emociones ante la belleza y la justicia, sus sentimientos ante el bien y el mal, sus problemas ante la soledad y la muerte. Si el mundo matemático fuese el único real, no sólo sería ilusorio el sueño que soñamos mientras dormimos, sino el que soñamos cuando nos creemos despiertos”. (…)
















