Archivo mensual: abril 2011

Se nos fue Ernesto Sábato, ciencia y magia

Una de mis primeras lecturas en la adolescencia fue la de Uno y el universo, y enseguida Sobre héroes y tumbas con su inefable capítulo “Informe sobre ciegos”, que constituyó, a la sazón, agria polémica con otro grande en mi corazón: Jorge Luis Borges.

Pero quizás la lectura universal de Ernesto Sábato (foto) viene a través de El túnel, maravillosa novela sicológica. Y aún más universal sea su lucha sin desmayo porque alguien respondiera su pregunta: ¿Dónde están los detenidos desaparecidos de las dictaduras argentinas?

Ernesto Sábato, el científico que creyó en las fórmulas y hallazgos literarios, y se sumergió en las pipetas y retortas de las letras, se acaba de ir. Cumpliría 100 años en junio próximo. Y este fin de semana sería homenajeado en la Feria del Libro de Argentina.

No se si encuentre paz en su tumba, que es lo que deseo, si nadie ha respondido su pregunta capital. Se va el viejo Sábato y nos deja una obra literaria genial.

Lo que sigue es una edición libre del extenso artículo Poderío e impotencia de Einstein, aparecido en Buenos Aires en abril de 1955, en el cual reflexiona sobre el compromiso de la ciencia y el científico con su entorno, y la magia que le falta a la ciencia y tiene el arte de la literatura:

“La muerte del creador de la relatividad ha acongojado con razón a los espíritus generosos, pues, por encima de toda otra consideración, se sintió que había desaparecido un genio lleno de bondad, tolerante y puro; un ser asombroso en estos tiempos de campos de concentración que mirábamos hacia él con incredulidad. No es sobre este aspecto de la personalidad de Einstein que nos parece necesario meditar, por lo evidente. Es sobre dos o tres hechos y opiniones, muy difundidos ya antes de la muerte del sabio, pero que ahora los periódicos han terminado de consagrar. En primer término, la creencia de que era el mayor genio del siglo. ¿Por qué una afirmación tan terminante, la mayor parte de las veces por profanos que están lejos de comprender sus teorías, o por especialistas científicos que difícilmente admitan o intuyan la genialidad de creadores artísticos o literarios? ¿Y por qué ese unánime y curioso asentimiento popular a una afirmación tan categórica como difícil de probar?

“Es imprescindible plantearse estos interrogantes, que tal vez sorprendan y hasta irriten a muchos lectores, para llegar al núcleo de uno de los más trascendentales problemas de nuestro tiempo: el del poderío y la limitación del conocimiento científico. Nadie protesta por esa decretada primacía de la actividad científica, nadie se atreve a anteponer o por lo menos a aparejar, los nombres de Joyce, Kafka, Proust, Strawinsky, Ravel o Schoenberg al nombre de Einstein. ¿Por qué? Este es el gran misterio que debe ser aclarado. Y, de paso, otro misterio más vinculado a la existencia del gran sabio desaparecido: su confesión de que hubiera preferido ser plomero o haberse dedicado a cualquier otra actividad manual; declaración que en él no constituía una pose y que notoriamente estaba vinculada a su tristeza de los últimos tiempos, a su sensación de impotencia frente a las consecuencias de la bomba atómica.

“Si no queremos incurrir en los cómodos lugares comunes necrológicos sobre un genio en tantos sentidos tan admirable, atrevámonos a enfrentar esos interrogantes.

“Hay dos atributos que siempre confieren prestigio ante las masas: la oscuridad y el poder. Ambos los posee la ciencia en grado supremo, y son la causa de la nueva idolatría.

“Durante siglos, el hombre de la calle tuvo más fe en la hechicería que en el conocimiento científico para ganarse la vida, Kepler debió trabajar de astrólogo; hoy, los astrólogos anuncian en los diarios que sus procedimientos son estrictamente científicos. El ciudadano cree con fervor en la nueva magia; y las mujeres, confundiendo las reivindicaciones feministas con el poder atómico, el sufragio universal con la penetración de las radiaciones del polonio, proclaman la genialidad de Madame Curie.

“Pero, como ya lo había intuido Heráclito de Efeso, todo marcha hacia su contrario, y en virtud de esa extraña oniontiodromía, cuando todo el mundo se pone de rodillas antela Ciencia, por una melancólica paradoja, algunos de sus más lucidos representantes empiezan a no creer en ella. El genial matemático y filósofo Whitehead nos advierte entonces que la ciencia debe aprender de… la poesía; y que cuando un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no expresa fantasías de una ingenua concepción del mundo, sino los hechos concretos de la realidad, que habían sido desnaturalizados por el análisis científico. Que es aproximadamente lo que los existencialistas incriminan a todas las formas del racionalismo.

“Ese proceso de desnaturalización de los hechos concretos a que se refiere el filósofo inglés se debe a la abstracción del conocimiento científico. Y esa abstracción es la raíz de su oscuridad, y por lo tanto de su prestigio popular.

“…el desiderátum del científico es anunciar juicios tan generales que nadie los entienda; eso se logra con la ayuda de las matemáticas. Sólo queda tranquilo cuando la transparente proposición anterior puede ser convertida en algo tan críptico como “la entropía de un sistema aislado aumenta constantemente”. En este instante –cosa digna de ser meditada por psicólogos y personas que aspiran a la demagogia– es cuando el sabio empieza realmente a despertar la pasión amorosa del profano.

“Mientras los físicos hablaban de piedras que caen, balas de cañón y torres o pozos, nadie se inmutaba mayormente: pero cuando Einstein logró generalizar esos conocimientos diciendo que “el tensor G es nulo”, la gente de la calle dio vuelta la cabeza con estupor y corrió a arrodillarse ante el hombre que había emitido una idea tan asombrosa. ¡Qué lástima que Moliere se haya perdido una escena semejante!

“Muy pocos corren a prosternarse, en cambio, ante Tolstoi o Stendhal. Leemos una página de Rojo y Negro y tenemos la curiosa creencia de que cualquiera de nosotros sería capaz de escribir algo parecido; pero tropezamos con una frase como “el tensor G es nulo” y nos ponemos a temblar de pavor y sentimiento de inferioridad.

“Y el lenguaje esotérico de la ciencia influye para que el fenómeno psicológico se complete: mientras que la buena literatura se expresa siempre con palabras tan familiares como casa o lluvia, palabras que jamás impresionan a las gentes comunes (como bien lo saben círculos políticos y ciertos malos escritores, que no vacilan en reemplazarlos por inmuebles y precipitaciones pluviales), la ciencia se expresa con palabras tan enigmáticas como geodésica o entropía, ante cuya sola pronunciación los profanos caen en éxtasis, como los negros del África Central ante las palabras esotéricas del brujo.

“Einstein completó la transformación del universo físico en un fantasma matemático. Antes, al menos, los cuerpos eran persistentes trozos de materia que se movían en el espacio. Ahora, el universo es un conjunto de “sucesos” y la materia una mera expresión de la curvatura cósmica. Otros relativistas piensan, además, que no hay pasado, ni presente, ni futuro: como en Platón, el tiempo sería una ilusión más del hombre y las cosas que cree amar y las vidas que parecen transcurrir a su alrededor sólo serían imprecisas y fugaces fantasmagorías.

“De esa manera, la ciencia fue resultando cada vez más ajena a todo lo que de más valioso existe para un ser humano: sus emociones ante la belleza y la justicia, sus sentimientos ante el bien y el mal, sus problemas ante la soledad y la muerte. Si el mundo matemático fuese el único real, no sólo sería ilusorio el sueño que soñamos mientras dormimos, sino el que soñamos cuando nos creemos despiertos”. (…)

Monumento de mármol y bronce a Rey y Coeymans

En días pasados ocurrió un hecho sobre la probidad de los funcionarios públicos que pasó desapercibido en los medios de comunicación masiva. Un hecho que debió haber ocupado las primeras planas de todos los diarios, y las informaciones de las radios, aún de aquellas que se dicen independientes de verdad. Pero ninguno de los medios masivos tradicionales se ocupó del tema, excepto, curiosamente, el “diario del cahuín y la farándula”, Las Últimas Noticias.

Resulta que en la Región Libertador Bernardo O’Higgins (antiguamente “la VI”), vive un matrimonio: el de Patricio Rey y María Isabel Coeymans (foto). Ambos trabajaban para el gobierno regional: él, para la Secretaría Regional Ministerial (Seremi) de Planificación, y ella para la Seremi de Justicia.

El hecho es que a él lo nombraron Intendente, por lo que, automáticamente, se convertiría en jefe de su esposa, la Seremi de Justicia. Pero ella, María Isabel Coeymans, decidió renunciar. Y dijo: “En estricto rigor legal, no hay incompatibilidad expresa. Tomamos la decisión porque es lo más prudente y decente”. (Por cierto, una democracia que se precie de tal, deberá tener un Régimen de Incompatibilidades e Inhabilidades del Funcionario Público. Chile carece de ello.)

Esto, prudencia y decencia, es lo que les falta a muchos funcionarios, y constituyen pilares de la probidad en la administración pública. Huelga recordar que de prudencia y decencia es de lo que carecen muchos funcionarios, caso emblemático el de la ex intendenta de la Regióndel Biobío, Jacqueline van Rysselberghe, absolutamente.

“Fue una decisión netamente profesional”, dijo María Isabel Coeymans, cuando quiso ahondar.

Recuerdo siempre el caso de la presentadora de noticias del canal oficial TVN, Consuelo Saavedra, y el entonces ministro de Hacienda, Andrés Velasco, que no consideraron prudente, ni decente, que la presentadora renunciara a presentar las noticias de su esposo en un canal de televisión estatal.

Adujo, sin prudencia ni decencia, que el canal no es público, lo cual es verdad “en estricto rigor legal”, pero tampoco es privado, en estricto rigor legal. El canal oficial TVN es un híbrido, un engendro estatal, que debe ser conjurado y transparentado, y que ha sido el vocero de los distintos gobiernos, desde el socialista Salvador Allende, pasando por la dictadura de Augusto Pinochet, hasta los 20 años de la alianza política llamada Concertación.

Casi la presentadora salía para decirnos: “Mi marido les manda a decir que el dólar va bien”, o “Mi esposo afirmó que en el 2010, Chile sería un país del primer mundo”, etcétera. Faltó prudencia y decencia, y a mi entender, se violó, durante los 4 años de la presidencia de Michelle Bachelet, la ética periodística y profesional. Pero este es otro asunto, el del periodismo de mala calidad, que podemos tratar en otra ocasión.

Por cierto que amerita un espacio aparte, para mencionar también la concepción ética del señor Velasco sobre “el ejercicio de la política de los funcionarios públicos”. Concepción de la que un demócrata desprevenido (y decente, claro) sentiría náuseas.

Un monumento, pues, de mármol y bronce, para Patricio Rey y María Isabel Coeymans, por ser funcionarios prudentes, decentes y profesionales en la toma de decisiones, tanto administrativas como personales. ¡Loor a ellos, porque devuelven la esperanza de un país cada vez mejor!

Murió Gonzalo Rojas, el poeta

Gonzalo Rojas (foto) nació en Lebu, Región del Biobío, Chile, en 1917. Murió esta madrugada. Poeta de los kilates de Pablo Neruda o Vicente Huidobro. En 1992 recibió los premios Nacional de Literatura y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, y en el 2003 el Premio Cervantes. También fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Andrés Bello. Huía del tumulto urbano y quiso refugiarse, a su regreso a Chile en 1995, de donde había salido en 1970, en Chillán, también de la Región del Biobío. Con el pintor Roberto Matta hicieron un pequeño y hermoso libro titulado Duotto, publicado por el Fondo de Cultura Económica, del que tomo, al azar, algunos poemas suyos, in memoria.

Escarabajo

Las estrellas: allá

ellas. El Tiempo es más bien escarabajo

de jade, puede ser, de

zafiro, todo lo usted quiera. De

zafiro, de jade. De respiración.

Escarabajo de pura respiración.

Me gusta ver de día las estrellas y ese es tal vez con

usted mi mayor acuerdo: la imaginación. Tan harto

como estoy del villorrio del Mundo, donde todo

es pudrición: de la televisión al fútbol sin parar,

pasando por la disipación y el estruendo del éxito.

Cada cual cultiva su Sida como puede, la peste,

la globalización.

 

Mi cerebro de llama féretro

Mi cerebro se llama féretro por la E

de eternidad, se llama dalia

de velorio, galaxia

por el big-bang, está compuesto

de 80 circunvalaciones, Safo

y Catulo a la vez, como

cualquier otro cóndor concupiscente

ciego de ver y de transver, y orejas,

unas trescientas mil orejas.

Pensándolo bien hoy es 21,

jueves 21, Matta

estará pintando allá en Tarqüinia,

¿qué estará pintando Matta? Figúrate

una mosca irreal a escala

de Dios, ¿todo está hueco,

indiscutiblemente todo esta hueco?

 

América es la casa

América es la casa: ¿dónde la nebulosa?

Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo

para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre

lúgubremente solo.

Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,

sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.

Pero el dinero pudre con su peste las aguas.

Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil

víboras

cráter de las ciudades bellamente viciosas.

Cementerio volante: ¿dónde la realidad?

Hubo una vez un niño.

 

La reniñez

Dicen que el siglo se va, que el milenio se va, ¿cuál milenio?,

¿cuál siglo, ¿de la era de qué?

A lo mejor debiera uno callarse. Pero no. Todavía no. Por lo

menos todavía no. Estoy viviendo un reverdecimiento en el

mejor sentido, una reniñez, una espontaneidad que casi no me

explico. Es como si yo dejara que escribiera el lenguaje por mí.

Perece descuido, y es el desvelo mayor. Estoy dejando que las

aguas hablen, que suban las aguas, y que ellas mismas hablen.

Superpoblado y todo, el Hueco, cada día está mas Hueco.

¿Y qué pasa por último si nos cansamos y nos vamos?

Las personas no mueren: quedan encantadas, ya sabe usted.

Elsa Arana Freire entrevistó a Mauricio Wacquez

Esta entrevista fue publicada el domingo 25 de marzo del 2001 en El Mercurio. La peruana Elsa Arana Freire (foto) la hizo de tal manera que pareciera que el entrevistado, Mauricio Wacquez, hablara solo. Ella fue amiga de Wacquez, y vecina suya en la localidad de Calaceite, Cataluña. Dice Elsa Arana Freire que la prosa de Wacquez “trasciende con largueza la mirada anecdótica y limitada de un memorialista o la visión nostálgica de un cronista criollo”, pese a que su obra es autobiográfica.

Eres un escritor chileno con apellido extranjero…   Soy un escritor chileno, pero claro, como todos los chilenos y en general los latinoamericanos, soy más bien una mezcla de muchas cosas. Mi padre era francés y viajó a Chile a enseñarles a los chilenos a hacer vino. Era enólogo, de Burdeos, aunque él nació en una casa de verano en Biarritz, de donde es la familia de mi abuela. La familia de mi abuelo Wacquez seguramente proviene de Flandes y a su vez de familias que pertenecieron a los tercios españoles de Carlos V. De ahí puede ser esa rareza de mi apellido con doble v. Pero investigar demasiado en mis orígenes me parece una pérdida de tiempo.

¿Tú eres hijo de una segunda camada de tu padre?   En primeras nupcias mi padre casó en Chile con una francesa, hija de franceses medio belgas, cuyo uno de sus apellidos, o sea que no tiene nada que ver conmigo, es de Warni, nombre este que yo he elegido para el personaje de mi novela actual y de mi novela anterior (Frente a un hombre armado). Genéticamente yo con Warni no tengo absolutamente nada que ver. Son mis hermanos mayores (dos hombres y una mujer) que nacieron respectivamente en 1909, 1912 y 1913, los del apellido. Los chilenos de una cierta extracción social son más o menos impuros y mestizos. Yo soy eso, hijo de un francés con una chilena criolla de vieja raigambre.

¿Y quién fue tu madre?   Mi madre se llama Rosenda Arellano, una mujer bastante ilustrada. Mi padre, que en realidad aparte de ser un lector bastante bueno, nunca tuvo una preocupación por transmitirnos este gusto que tenía por la lectura, en cambio mi madre sí. Ella era colchagüina y fue en Colchagua donde se conoció con mi padre. El era un señor cercano a los 60 años y fue mi abuela en realidad la que hizo el matrimonio.

Cómo era tu relación familiar. ¿Afectiva, distante…?   Con mi padre tuve siempre una relación divina, pese a que era casi 60 años mayor que yo, pero eso no me importaba. Yo sabía que tenía una privanza por mí. Con mi madre fue una relación maravillosa, en primer lugar porque ella me enseñó a leer. Es de los placeres que yo conozco en mi vida, muy lejos, pero muy lejanamente relacionado con el sexo. El placer sexual para mí es indecoroso al lado de la maravilla que representaba leer. Comprenderás que no podía salir otra cosa que un enfermo de la lectura como lo fui yo. En mi preadolescencia llegué a leer novelones como Por siempre Ambar o una novela que terminé traduciéndola, como es Salambo. Estos eran libros de la mesita de noche de mi madre. Cuando ella sabía que había demasiada pilucha adentro, no me los dejaba leer, pero yo me los robaba y los leía de todas maneras. Luego leí El caballo audaz y más tarde a Vargas Vila.

Aparte de tu familia íntima, ¿tenías amigos, amigas?   Yo fui un niño muy rebelde. Tenía un círculo de amigos que no tenía nada que ver con mi mundo social: el hijo del mayordomo de mi padre, el hijo del bodeguero, que eran niños chilenos maravillosos, con ojotas. A mí me daba vergüenza andar con zapatos. Y andaba con ojotas en verano y bien peinadito. Otro problema que yo tenía, aparte del social, era que yo era rubio, pero rubio casi blanco. Me decían rucio, caldo de choro y gringo, que era lo que me indignaba más. Mis primos y amigos venían de Santiago y les daba los caballos más malos y así me vengaba de esos señoritos santiaguinos. Yo era absolutamente campesino.

¿Eras buen alumno en el colegio?   No, pésimo. Estudiaba cuando quería o cuando tenía que dar algún examen, pero nunca repetí curso. Nunca en mi vida fui un jeune premier, por suerte. Fui destacado alumno y el primero de mi promoción en la Universidad de Chile. En Francia, mi diploma y mi doctorado era Bien o Assez bien. Aparte de mi tifus, paratifus y problemas digestivos, tuve un soplo al corazón a los 13 años. Mi recuerdo es que me parece que me he pasado toda la infancia en cama, así que ahora estoy mucho más alentado que antes. Allí fue el estallido de mi vida, porque al mismo tiempo de convertirme en un escritor (creo que me convertí en escritor en ese momento), me convertí en hombre, descubrí la sexualidad.

Siendo un hombre de letras, ¿por qué eliges filosofía en la universidad?   Precisamente por eso. Para mí hay cosas que son incomunicables. Una de ellas es el misterio del lenguaje, el misterio de la literatura. Es algo que, como experiencia profunda, nunca fue comunicable. Es un arte que no se puede enseñar. Si yo hubiera creído que se puede enseñar, habría estudiado español, castellano o letras. Pero las letras son para mí un misterio tal, que preferí iniciarme en una sabiduría, en una experiencia y en muchas disciplinas afines. Por ejemplo, soy o me hice actor enla Universidad de Chile, pero de noche. Y me recibí. Tuve una columna en mi vida que fue Magdalena Lozano, mi maestra de pintura. Era una española republicana que llegó el año 39. Con ellos empecé a estudiar la sociología, con José Medina, un gran profesor que inventó la sociología en Chile, la sacó de la nada y comenzó una enseñanza paralela. Yo iba a clases de yeso, sobre todo con Israel Roa, o bien con José Balmes, enla Facultad de Bellas Artes. Hacía cursos nocturnos sobre modelo fijo, sobre esculturas, luego dos años de croquis sobre modelo vivo y dibujos más rápidos, apuntes. Con mi maestra, pintaba naturalezas muertas. Es decir, todo lo que se propone como valores de la pintura. Por cierto que de aquella época, y por suerte, ya no existe nada de eso, Se acabó todo.

¿Quiénes de tus amigos tenían tus mismas inclinaciones literarias o vocación de escritor, en esa época?   Están todos vivos. Algunos han venido para acá. Federico Schopf, de origen alemán; Skarmeta, de origen yugoslavo; Dorfman, que era de mi quinta, de mi generación.

¿Estabas lejos de la generación de Enrique Lafourcade?   Esa es la generación del 50. Yo los llamo la generación de los cincuenteros. Hasta que Juan Agustín Palazuelos dio origen y nombre a mi generación, a los Novísimos. Los Novísimos nacen porque Pepe Donoso, para arropar a su delfín que era Juan Agustín Palazuelos, crea toda esta generación que es Skármeta, yo y otros tipos. En un artículo de Pepe en la revista Ercilla, yo aparezco como autor de un libro de cuentos y una novela terminada. Me saca una foto terrible en que estoy entre estos escritores con mi libro debajo del brazo. Auténtico. Este libro era mi primera novela: Toda la luz del mediodía, de la cual muchos amigos todavía me dicen: Ay, pero si esa es la mejor novela que tú has escrito. Nunca escribirás nada mejor que eso. Entonces, lo único que piensas es en pegarte un tiro.

¿Cuándo te pones a escribir La Oscuridad?   El 82, hace 18 años. Pero para escribir diariamente, rutinariamente, con disciplina, diría que desde el año 1992. Tomo todo el material anterior y lo ordeno de alguna manera.

Hablemos ahora en general de tus obras.   Hablemos de lo que he escrito. He escrito poco. No es que sea un proyecto ad infinitum esto de escribir poco porque ahora termino el primer tomo de una trilogía que ya tiene 800 páginas. Así que no puedo decir que yo sea un escritor parco, pero lo he sido hasta el momento. He sido parco y sobre todo muy autocrítico. De los libros que he publicado no me arrepiento de ninguno. Es decir, tengo la lucidez suficiente para darme cuenta que los dos primeros (Cinco y una ficciones, cuentos y una novela, y Toda la luz del mediodía), tienen todos los defectos de la premura, de la juventud. La narrativa es un arte que necesita mucha experiencia, más que en cualquier arte. Más que en la pintura. Y sobre todo, más que en la poesía porque hay poetas que lo son porque lo tienen en los genes y son tan buenos poetas, como por ejemplo Nicolás Guillén, cuya poesía, aparte de la samba, no me dice absolutamente nada. Pero hay otra poesía que es la poesía de los sentidos, la poesía voluptuosa, la poesía de Neruda. El ejemplo del siglo XX es Pablo Neruda. Pero para mí, como lector de poesía personal, me quedo con el tercer nivel, que es la de Rainer Maria Rilke, la poesía de la reflexión, de la metafísica, de los límites de la vida humana.

¿César Vallejo no se aproxima a la poesía de Rilke?   Sí, evidentemente y más joven que Vallejo, Enrique Lihn, que escribió aquel verso repetitivo que termina diciendo: “porque escribí estoy vivo”. La narrativa es más un oficio o ejercicio para escritores de experiencia. Estoy seguro de que cuando Radiguet escribió sus dos obras maestras, sólo tenía 18 años pero una experiencia y sobre todo una inteligencia para mirar la experiencia que lo convertía en un hombre muy maduro, escritor maduro. Las grandes novelas se han escrito por gente que ya tenía una gran experiencia, como por ejemplo Stendhal y para qué decirte Flaubert, o Nabokov, quien escribió Ada a los 70 años. Se nota cuando la experiencia está gobernando ese tipo de arte.

Pero si no hay un primer peldaño, ¿cómo subes por la escalera?   Poniendo el pie en el tercer peldaño. No te puedo decir otra cosa. Y eso es lo que me pasó a partir de esos dos primeros libros. Cuando ya era treintón, con un buen libro de cuentos que se llama Excesos e inmediatamente con una de las novelas que más me demoré en escribir, del año 68 al 75, en que se publica, que es Paréntesis, que tenía o tiene 80 páginas. Y para que te lo diga de una vez y no me vuelvas a preguntar, todos los libros que yo escribo, o casi todos, tienen el 95 por ciento de autobiográficos. Podrán no reconocerse muchas cosas pero yo las reconozco y sé a qué se refieren. Trato de que los textos funcionen independientemente de lo biográfico. No son buenos porque pertenezcan a una determinada vida, sino porque el arte está referido a una cierta alquimia que produce la realidad y que la realidad niega al mismo tiempo porque está convertida en literatura. Así es que cuando yo repaso los cuentos de Excesos, Paréntesis y luego las dos novelas siguientes (Frente a un hombre armado y Ella o el sueño de nadie), me encuentro que representan unos momentos definitorios de mi personalidad y de mi vida en general. Eso no me impide inventar ciertas cosas, porque la invención es parte del mismo juego, pero yo estaré siempre muy lejos de un genio como Julio Verne, porque no es lo mío. En Frente a un hombre armado, quise hacer un homenaje a un mundo anterior, en Francia. Allí se juega con los elementos que se integran en la vida de mi padre, pero claro, con mucha soltura, porque debía imaginarlo todo, porque tenía pocos datos históricos. Resultó una novela bastante impresionista como es Paréntesis, o un poco menos ya, Ella o el sueño de nadie, que es una anécdota centrada en el colegio de los Maristas, donde yo estudié. Allí ya hay un primer testimonio de lo que va a ser la literatura para mí a partir de eso. Es decir, un poco más entendible, realista, objetiva, que las novelas que había escrito hasta ese momento. En toda esta visión algo más realista de mi literatura, ésta se cuaja. Bueno, en realidad, en esta trilogía que estoy escribiendo ahora, cuaja realmente todo. Aquí se manifiesta casi todo lo que estaba larvado en mis escritos anteriores, pero especialmente casi todo lo que estaba larvado en el personaje que se llama Mauricio Wacquez.

No utilizas, sin embargo, a Mauricio Wacquez como el relator de primera persona.   Claro que no. Pero está el narrador, testigo omnisciente de casi todo. Hay un momento en que dice: “No crean que nosotros, un nosotros vago, nos contentábamos con cosas pequeñas”. Hay un hablante que es el narrador, pero es un narrador que está muy cerquita del personaje, del héroe de esta novela, que es Santiago de Warni, que en realidad, el mismo Santiago no dice de Warni, sino Warni. En Latinoamérica somos lo suficientemente libres para amarrarnos a grafís históricas. Sería interesante en esta novela de La Oscuridad, dilucidar quién es quién en la narrativa.

¿Eso a veces suele resultar peligroso?   Por ejemplo, por los apellidos. Ya sé que van a decir que es una anfibología de Wacquez. Pero no lo es; es un apellido (Warni) de la familia de mi padre. La anfibiología es lo que reemplaza a la verdad o una interpretación libre. Y no es eso. Yo he tomado mis apellidos, perdón, los apellidos de Santiago de Warni, de Santiago Warni, son Warni Aránguiz, que ya no puede ser más mateo y Aránguiz es lo más chileno de los chilenos y de lo criollo, criollísimo, del siglo XVII. Cuando uno pertenece a esa gente vieja, tiene todos los apellidos que quiera. Allí uno tiene casi todos los apellidos chilenos. Lo de Warni te lo digo como un ejemplo, pero en toda la novela hay un correlato con la realidad, que no es fruto de la imaginación.

Diríamos que tu novela Frente a un hombre armado y también Ella o el sueño de nadie, son como desgajos de esta gran novela que estás escribiendo, como partes de ella que lo reúne todo.   Sí, claro. Hay que darse con una piedra en el pecho. Es decir, que todas las novelas son copias de todas las novelas. Son todos capítulos de una misma novela, aquella que uno escribe durante toda su vida. Si no tienes un temperamento demasiado ínclito en la política o en la historia, se te verá el plumero de tu vida en toda la obra. Las novelas de los escritores realistas, como por ejemplo La Colmena, de Cela, una obra maravillosa, o incluso Pascual Duarte, representan un esfuerzo por compartir la realidad vista con la realidad imaginada y sobre todo, sentida, que es lo subjetivo. Lo objetivo pertenece a un mundo que desconozco. Eso que los pobres del nouveau roman dijeran que la celosía es la celosía y punto, yo no lo entiendo. Por suerte siempre existirá el filtro del escritor. Y si quieren hacer una novela verdaderamente objetiva, terminarán escribiendo la guía de teléfonos. Porque todo lo subjetivo es un antojo. Cuando te enfrentas a un texto verdadero, tienes que caer en la subjetividad, que es la fuente de todo acto verdadero.

Cuando empiezas hace 18 años este libro que estas terminando, le pones varios títulos. Vas cambiándolo. Pero el título genérico es uno solo, pero ahora por su extensión y por otras razones, va a constituir una trilogía. El título genérico es La Oscuridad. ¿Por qué La Oscuridad y cuales son los otros títulos?   La Oscuridad, porque es la única realidad que prima finalmente en este negocio en el que estamos en la vida humana. Porque la oscuridad es la verdad. La vida no es más que un chispazo entre dos oscuridades. Entre la vida prenatal y la muerte. Por eso es que el primer tomo se llama Epifanía de la luz, la aparición de una sombra en el espacio. El segundo se llama La costumbre de la luz y el tercero, Del negro al negro, que describe un color otoñal entre el declive de la vida y la muerte. Bueno, la luz es eso. Sólo veinte años el del medio. El primero va hasta los 20 años. De los20 a los 40 el segundo y de los40 a los 60 el tercero de los libros. Y ahí termina, pero no finaliza con la muerte de nadie.

Según tu tesis o tu propósito, a los 40 años prácticamente se hace la noche. Tú vas a cumplir 60 años dentro de pocas semanas y ahí no es la noche la que te espera.   Puede ser que lo que me espera es la noche y si no quieres hacer cualquier gesto de entusiasmo, corre por tu cuenta y riesgo. Yo no me sumo a la exaltación de la vida. El hecho de cumplir los 60 años no invalida la realidad del negro al negro. Ya hubo un negro y va a haber otro negro que no sabes cuándo llega. Puedo escribir diez libros entre medio, a lo mejor. A lo mejor no.

Mauricio Wacquez falleció el 14 de septiembre del año 2000, a los 60 años de edad.

La Leontina, de Mauricio Wacquez

–¡Vaya a saer una, Virgen Santísima! ¿Pa qué me pregunta a mí? Lo vi leantarse temprano, peir el caallo y cortar p’al Sauce. Yo no lu haulo. ¿Después que le salió el machito y me ijo no sé cuántas porquerías? ¡Venga no más! Pero la señora lu atrincó, le ijo que no tenía por qué faltarme. Hasta que no me pía perdón me queo en las mías. Un amor debe tener, si crecen como la mala yerba. Una que le limpió la caca reciencito y ya lo ve jinete y enamorao. ¿Pa ónde corta? ¡sepa Dios! Ejante la señora ice que los curas lo mandaron retobao y que queó pegao en la mesma clase…

Y usté, ¿de qué se ríe?, ¿tengo monos en la cara? ¡Venaiga no más!, usté es el tapaera, si andan acolleraos a sol y a sombra ¿cómo no van a mandarlos de güelta pa la casa? La señora ice que son las malas juntas las que ponen flojo al niño. Lo más bien que cuando era chiquitito sabía portarse y cuidaba la ropa. Si hasta feo se está poniendo con esos pelos guachos en la cara…

Mi acuerdo qui una vez, ¡hace tiempo d’esto!, pilló al caballero con la cabeza caliente y de dos aguantas lo ejó coloriando. Vino pa que yo lo efendiera pero n’hubo caso; me lo quitaban de las manos, pataliaba, hast’a mi me llegaron algunos trinches.

Nu hay forma de aburrirse en esta casa. Entre las peleas d’ellos con el niño, una que tiene que estar en too y las empliás qui ahora no sirven pa ná. Ni porqui una las reta aprenden; se lo llevan pensando en el lacho, en la película, en ponerse esas mugres en la cara. Ya son tres las que la señora ha echao por hacerse muzarañas con el niño. ¡Chiquillo e moleera! Pero en justicia la culpa nu es d’el: la señora que lo malenseña; lo ejaba salir con los traajaores y aprendía cochinás. Ahora no sé qué cosas icen en el pueulo, ¡es tan haulaora la gente! Su mamá de usté, pué… ¡Virgen Santa!, no me vaya a castigar Dios.

Así son las cosas, Robertito. Una se mata traajando pa qu’el perla goce. Tamos en agosto y ya salió a vacaciones; él es el mejor puesto. Al principio lo ejaron encerrao en la galería. Se lo pasaba leyendo y aburrío. Pero a la semana lo pillé aguaitando la hora en qu’el caballero sale p’al campo pa correrse callaito. ¡Ejante vieja qu’está una y tapándole las espaldas! ¡No igo yo!; tanto vigilarlo, que no s’estruya, pa qui un día se güele como si ná.

Mi señora es recontra güena y el patrón, un caballero muy caballero. Si casi lo crié a él, ¡no le miento! Van a ser treinta años questoy en los Pintaos. Misiá Rosa, qu’en paz descanse, me trajo p’acá como patrona, dueñ’e casa que le icen.

Pero no se le dé ná, Robertito. Nu hay que creer lo que ice la gente. El niño es diaulo pero no malo. ¡Cómo va–ser cierto, Diosito santo! Su mamá di usté, pué… itá loca la gente! Yo sé qu’el niño hace diauluras, ¡me lo icen a mí que le miro la ropa!; pero diai a que sea cierto que lo ven salir de su casa di usté en la mañana, hay mucho trecho pué. El lunes eché ala Magda, la laandera, por andar corriendo esos cuentos. Decía qu’el niño y la mamá di usté pues Robertito, se encontraban en los potreros del Sauce, que los habían visto cómo qu’esta boca es mía. ¡Hábrase visto! Se jue tranquíando, me ijo no le ayan a manchar a su niño me ijo. Son puros cuentos de la gente envidiosa, no saen qué ecir. Too porque su mamá es viuda, si se deería irse pa Santiago más mejor. Hasta ahora no venía más que pa las vacaciones y este año se queó pegá. ¡Juerza qui haule la gente!, no tienen más entretención qui haular.

íNo se ponga así, mire! Usté lo conoce más que naiden. Yo creo que toa la custión se va acaar cuando manden al niño a Viñ’el Mar. Mientras tanto ¡paciencia! Ahora me tengo qu’ir pa dentro qui hay mucho traajo. Pase tamién si quiere, espérelo sentaíto en el liing.

Mauricio Wacquez (foto) París, Marzo 1968

No debemos cargar kilos de grasa adicional

Se discute por estos días en Chile el daño que causa a la niñez el exceso de azúcar y sodio en los alimentos manufacturados, que están produciendo una nueva generación de obesos. La obesidad no es solamente un montón de gorditos simpaticones, como en la canción, en la que la pinta es lo de menos. La obesidad acarrea aumentos significativos de demandas de salud en el sistema público. Y, además, produce gente que laboralmente tiene problemas de desempeño. La obesidad oculta otras cosas, como hipertensión, ictus, diabetes y complicaciones cardíacas. En resumen, es malo ser obeso. Muy malo.

Confieso que debido a la suspensión que hice del consumo del cigarrillo, hace unos años, me volví un consumidor compulsivo de golosinas y comida chatarra (churros llenos de chocolate o manjar, berlineses, etcétera) y alcancé el módico peso de107 kilogramos. Uno suda para manipular los cordones de los zapatos, para subir un piso de escaleras, para alcanzar el Transantiago o el Metro. Todo el día suda y está escaso de aire, por lo que la respiración se vuelve ruidosa y difícil. El aspecto, por lo demás, es de más vejez de la real.

Me propuse bajar de peso. Y lo logré. Estoy volviendo a ser la persona que era antes, relativamente delgada, flexible, dispuesta a caminar y reírme sin ahogarme. Ser obeso, gordo o guatón (como se dice en Chile), es una desgracia. Un desastre. A nadie se lo deseo. Por estos días muestran en YouTube a un niño oriental que con solo 3 años pesa 80 o 90 kilos, y siento una punzada de tristeza en el corazón. No, no es un gordito simpático, rellenito y esponjoso, sino un niño que sufre y que va camino a la tumba. Los canales locales han desplegado, también, informes de otro niño, uno chileno, que pesa 180 kilos con apenas 13 o 14 años de edad. Fui testigo en Concepción de una señora que murió pesando 220 kilos, con apenas 29 o 30 años.

La obesidad es un mal, que ataca por igual a hombre y mujeres, niños y adultos. Estoy de acuerdo con que esos alimentos dulces y sabrosos son una tentación, como un helado de chocolate o de tres leches. Estoy de acuerdo con que uno no debería privarse de consumir esas cosas deliciosas. Pero tengo claro que la gordura, y después la obesidad, se producen por consumos desmedidos de azúcares.

Se come vorazmente y se hincha uno. Y estando gordo, duelen las coyunturas, las plantas de los pies, la espalda, porque está uno cargando un bulto de grasa, para lo cual no está diseñado el cuerpo humano. Ni la columna, ni los músculos, ni la proporción del esqueleto y sus órganos están hechos para consumos excesivos. Los intestinos no están hechos para procesar tanta basura. Ni los riñones, ni el hígado, ni los pulmones pueden solventar de oxígeno la poca sangre que debe alimentar toda la carne en exceso que nos echamos encima, por el gusto momentáneo de comer una golosina.

Mi propuesta es, sabiendo que la gordura y la obesidad son malas para el desempeño laboral y la salud general de las personas, que comamos de todo, pero en pequeñas cantidades. ¿Por qué no comerme un buen helado, una vez a la semana? ¿Por qué no un rico pan o berlinés, una vez a la semana? ¿Por qué tenemos que atracarnos de comida?

Quizás la comida esté encubriendo otra cosa, como ansiedad. Como timidez. Como carencia de afectos. Entonces estamos hablando de complicaciones silenciosas que se expresan en forma de bola de cebo. Como quiera que sea, la gordura, la obesidad y los estados mórbidos de talla y peso, deben ser responsabilidad, en primer lugar, de cada persona, de cada familia, y luego del Estado. Hay que caminar, dejar de usar las escaleras eléctricas. Hay que despojarse de la pereza y hacer un poco de ejercicio, así sean flexiones de brazos o de piernas, en la casa. Pero hay que movilizar las energías, porque la gordura y la obesidad son energías malsanas.

Comentando titulares de prensa chilena

Titular de El Mercurio: Raúl Castro plantea limitar a diez años la permanencia en cargos políticos y estatales. “Hoy afrontamos las consecuencias de no contar con una reserva de sustitutos preparados”, dijo en el Congreso del Partido Comunista Cubano.

Comentario: Qué buen revolucionario.

Titular de El Mercurio: Por créditos hipotecarios Banca puede ganar hasta $4.600 millones en intereses. El cobro se calcula desde que el deudor firma el crédito, aún cuando, con los trámites, el traspaso del monto al vendedor demore 120 días, dicen en la industria.

Comentario: ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Detengan al ladrón!

Titular de La Tercera: Acusan nuevamente de fraude a Natalie Portman. La reciente ganadora del Óscar a mejor actriz por su protagónico en Cisne negro, enfrenta la acusación de una joven estudiante irlandesa, quien asegura haber recibido $300 euros por realizar una escena en la película Your Highness.

Comentario: Con tu papel de Matilda, ya has ganado todos los óscares, Natalie.

Titular de La Cuarta: Cardenal Errázuriz pidió perdón a las víctimas de Karadima. Explicó que al principio no creyó en las denuncias, pero después se arrepintió cuando se dio cuenta que eran ciertas.

Comentario: ¿Cómo puedes ser Cardenal, y creerle más al lobo que a las ovejas de tu rebaño?

Titular de La Segunda: Alberto Kassis, tras comprar cecinas Winter: Holding venderá US$ 400 millones en 2011 y espera duplicar su tamaño en “5 ó 7 años”.

Comentario: Acumular es de avaros, don Alberto.

Canción de la vida profunda, de Barba Jacob

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,

como las leves briznas al viento y al azar.

Tal vez bajo otro cielola Glorianos sonríe.

La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,

como en abril el campo, que tiembla de pasión:

bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,

el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,

como la entraña obscura de oscuro pedernal:

la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…

(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)

que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,

y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

que nos depara en vano su carne la mujer:

tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar.

El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,

y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día…

en que levamos anclas para jamás volver…

Un día en que discurren vientos ineluctables

¡un día en que ya nadie nos puede retener!

Porfirio Barba Jacob (foto)

Historia para una ventana, de Pía Barros

Hay que ir, rápido, pronto estará oscuro del todo y no podrá ver el acercamiento del cigarrillo y el color de la camisa limpia que trae puesta.

Empezó hace mucho, cuando se desvestía presurosa intentando no romper la secuencia lunes-viernes. Lo vio aunque fuese sábado y las monjas no estuvieran y sólo su padre y el resto de la familia continuaran esa alicaída y ritual sobremesa de campo en el verano. (¿Seguirá subiendo el dólar?… Ese cuento de los desaparecidos me tiene hasta la coronilla…) Lo vio desde lejos y se zambulló en las sábanas con el temor de que descubriera el recién estrenado sostén que se quitó bajo las ropas de la cama sin apartar los ojos de esas pupilas que se le adherían a través del vidrio.

Ha aprendido el lenguaje silencioso de sábado a domingo, verano a verano, quitándose las ropas lenta (un verano hasta el sostén), y a espiar curiosa la reacción del muchachito que crece tras el cristal siempre manchado por las últimas lluvias.

Luego ha sido desnudarse por entero y quedar así, a merced del desconocimiento y el temor. Otro verano, adivinarse centímetro a centímetro la piel que le escuece al sentir que la observan y palparse con deleite la curva del seno ante la brasa de cigarrillo adolescente.

En el colegio acostumbraba sonreír sin motivo, lejana, con la sensación de que todo podría sospecharse y ya no le pertenecería. Deambulaba nuevas caricias, innovaba para llegar el sábado hasta los ojos que se acercaban cada vez más, porque ahora muchacho, brasa y cigarrillo se apoyaban sobre los palos de la verja. Ella descendía los dedos, paseaba sobre el borde del calzón y jugaba a inventarse, a ser cabalgada por esa tácita convención de silencio en la ventana.

Ha visto el pantalón tensarse una vez y esa ha sido la recompensa esperada cada sábado, lo soñado de lunes a viernes entre hábitos negros y pasos sigilosos, entre genuflexiones y cruces aterradoras a la cabecera de la cama.

Su yegua ha tratado de encontrarlo entre las espigas y ese vaho deformador del horizonte que ostenta enero como un símbolo. Siempre está lejos, rodeado de otros peones que pasean el trigo o encierran las vacas. En la distancia, sus ojos la retenían, la replegaban a su sitio tras la ventana y la oscuridad.

Silvia come poco y rápido. Espera luego en su cuarto las pisadas que harán crujir las ramas. Lo ve apoyarse, buscar en los bolsillos, encender un cigarro y ella entonces puede empezar a desnudarse, esta vez incluir el calzón, los dedos rozando el vello del pubis, los ojos aferrados al cristal esperando los pequeños movimientos de los músculos faciales que la harán detenerse, continuar o languidecer.

Un gesto nuevo la hizo tenderse en la cama, las piernas abiertas al cristal, los dedos temblorosos… Un asentimiento enérgico la obligó a explotarse por primera vez (monjas-cruces-internado-infierno), y ahora no importó. Un gemido débil se le escapaba y él, al otro lado, se llevó un dedo a los labios adivinando el error. Ella calló ante el mandato. Unas gotas minúsculas resbalaban por sus sienes. Él la obligó a proseguir entre recuerdos de cruces delatoras y monjas devastadoramente negras. Lo vio y se vio estremecer en la retina negra a través de la ventana, con el pitillo colgando de los labios y las manos firmemente asidas a la cerca.

Mamá pregunta si ha pasado mala noche. No, es que como se acercan los exámenes… Sí, ya serás toda una señorita, hasta irás a la universidad…

No había contado con eso. Un año fuera, sin la ventana, sin el cigarrillo, sin esa presencia que la retrocede al secreto de su fuerza. Papá dice que marzo se acerca y que tiene una sorpresa… Ella tiene ganas de gritarle que no se moverá de casa sin la ventana, porque ahora los días son augurios de la noche tibia y soñarse el peso de un cigarrillo que trae todo…

Los primos, su cumpleaños y reunidos en el living, con esa enervante costumbre de alargar la sobremesa aferrando hasta el último hálito de los invitados, porque todos serán el obligado comentario de los atardeceres en que no hay más que cerros y verde, hasta que algo los vuelva a atraer y se truequen los hechos por otros hechos, por otros “¿Te acuerdas … ?”

El primo Alberto la ha seguido hasta su cuarto y la sorprende desvistiéndose ante la ventana. Le besa los pechos y ella horrorizada abraza los ojos al cristal y la brasa que descienden poco en la comisura, sorprendida como ella, estática, vejada… Es el primo que recorre con los dedos el borde de su ropa interior y abre sus pantalones para mostrarle algo que la asusta y desconcierta… Lo aparta, porque él no es el muchacho del cigarrillo, “Se lo diré mañana a papá”, “Total no importa, dice tu papá que tomarás el avión mañana en la noche, es una sorpresa que te hace falta, eres tan niña y no tienes mundo… se lo vas a agradecer después, cuatro años en Europa para estudiar…”. Pero el primo Alberto es empujado hasta la puerta.

Aterrada, sin ventana, sin el cristal manchado de lluvias anteriores… Un nuevo cigarrillo se enciende tras el vidrio. Cuatro años es toda una vida, casi como nunca más…

Desnuda, sin el breve calzón, se recorre con urgencia. Los pezones le arden… Se acerca al cuadrado transparente y lo abre de par en par. Él mira preguntando en la espera con los ojos y ella asiente. Entonces, con dos zancadas, brasa, cigarrillo y muchacho llegan hasta su piel.

De cerca tiene un vago olor a cebollas, ajo y sudor, pero no importa: cada detalle lleva años de suposiciones y atisbos de certeza.

Él cubre su boca al penetrarla para ahogar el quejido.

Por la mañana, revolviendo con desgano la taza de café de su desayuno, dice:

–Papá, creo que deberías despedir a Juan Avellaneda… Lo sorprendí espiándome.

–¿Estás segura?

Aprieta los labios, quiere llorar…

–Sí, estoy segura.

Mientras cierra las maletas mira el cigarrillo que se consumió y dejó su rastro de ceniza y surco negro en la madera de la mesita de noche.

Toma las maletas y sale.

La ventana la deja abierta.

Pía Barros (foto)

¿Rysselberghe reemplazaría a Juan Lobos?

Ayer un colega periodista dejó caer una perla de aquellas. Ocurrió durante el funeral del diputado de la Unión Demócrata Independiente (Udi), Juan Lobos. El congresista oriundo de Los Ángeles, Región del Biobío, murió como consecuencia de un equino que se atravesó en la ruta a Cabrero, por donde él iba. Iba con su hija María Teresa, de 21 años, quien permanece internada en el hospital. El diputado Juan Lobos, de 50 años, perdió la vida tras volcarse y girar varias veces su auto.

Congresistas de diversas bancadas, vale decir, no solamente de la Coalición por el Cambio (Udi y Renovación Nacional) sino también de la oposición (Partido Por la Democracia, Partido Socialista, Democracia Cristiana, Movimiento Amplio Social y Partido Radical) convergieron en las honras fúnebres del médico y diputado Juan Lobos, un hombre apreciado por igual.

En uno de los noticieros de televisión, un periodista dijo, para horror de la democracia, que el fallecido Juan Lobos, efectivamente militante de la Udi, sería reemplazado, merced al sistema amarrado “binominal”, por… ¡Jacqueline van Rysselberghe!, adalid de la Udi, según este gobierno.

Di un salto. ¿Cómo? ¿Van a premiar la politiquería barata de la ex intendenta con un asiento en el Congreso? No puede ser cierto.

Y quiero pensar que el colega que informó eso, lo hizo de manera irresponsable. Y si no fue irresponsable, resultó ser un inocente que se dejó llevar por un rumor malintencionado.

Porque sería una pésima señal, no solamente para la “clase política”, o para quienes aspiren a ella, sino para el pueblo en general. Y la señal sería: no sean probos en los cargos públicos, falten a la ética y las buenas maneras de administrar, mientan y alteren documentos, que en este gobierno los van a premiar.

Si la ex intendenta de la Región del Biobío, que salió de la Intendencia del Biobío por hacer de la política y los cargos públicos algo sucio, es nombrada como el reemplazo del alma de Dios que fue el diputado Juan Lobos, quiere decir que la juventud y la gente de bien de Chile no tienen esperanzas de actuar sanamente, sino que deben jugar sucio para ascender y recibir premios sociales.

Pero quiero creer, tener las esperanzas, de que se trató de un error involuntario del colega periodista. Tan bajo no podemos caer.