Archivo mensual: marzo 2011

Pésimo negocio del presidente Sebastián Piñera

La imagen que vimos todos en Chile era la de una mujer frente a un salón lleno de personas, a quienes les dice que son sus regalones (o preferidos) y, por esa razón, aunque no resultaron afectados por el terremoto y tsunami del 27 de febrero del 2010, ella los incluyó en la lista de damnificados para que el Gobierno central les diera subsidios y ayudas para mejorar sus viviendas o comprar otras.

En la segunda imagen se ve a la misma mujer parada frente a otro salón lleno de personas, quienes resultaron damnificadas por el cataclismo del 27 de febrero del 2011, en tanto no pudieron habitar los edificios que ya estaban siendo terminados pero que el fenómeno telúrico afectó de manera seria. Alguien de los asistentes le pregunta a la mujer que está parada frente, si pueden “desmantelar” (y uso esa palabra, específicamente, “desmantelar”, o sea, tomar mediante hurto, piezas y elementos de esos edificios sin terminar, para ellos usarlo en otro sitio, como tazas de inodoros, lavamanos, llaves de agua, lavaplatos, puertas, etcétera), y la mujer le responde: “Absolutamente, sí”, lo cual fue recibido con una salva de aplausos.

Esa mujer de las dos escenas es la intendenta de la Región del Biobío, Jacqueline van Rysselberghe (foto).

En la primera escena dice que 1) engañó al Gobierno central para ayudarlos, porque son sus “regalones”. Mintió, 2) considerándolos damnificados, para usar dineros de los damnificados reales. Además, 3) anunciaba que iba a quitar dinero a los damnificados para dárselo a quienes no eran damnificados, y 4) el propósito de tamaña inmoralidad y falta de ética pública era abonar prebendas, con recursos estatales, para ablandar el corazón de esas personas y, prácticamente, comprometerlas para que votaran por ella, porque después de la Intendencia su objetivo era el Congreso Nacional.

En la segunda escena, 1) es una autoridad promoviendo el vandalismo, 2) “autorizando” que un bien público, como los edificios sin terminar, sea desmantelado por particulares, y 3) congraciarse con esas personas y ablandarles el corazón para, prácticamente, comprometerlas a fin de que votaran por ella, porque después de la Intendencia su objetivo era el Congreso Nacional.

¡Esa es la intendenta Jacqueline van Rysselberghe que defiende el presidente Sebastián Piñera!

¡Esa es la autoridad por la que la Unión Demócrata Independiente, UDI, busca “cerrar filas” para defender de una acusación constitucional en el Congreso Nacional, que la tiene bien merecida!

Esa funcionaria, inmoral, carente de probidad con sus funciones y con los recursos estatales, es la que tiene ocupado al gobierno, con gasto de tiempo y personal, durante muchas semanas, porque “hay que defenderla”. ¿Por qué defender a un funcionario 1) inmoral, 2) sin ética, 3) no probo? Nadie lo sabe.

Parece una mala apuesta del presidente Sebastián Piñera, un mal negocio que a la larga va a perder. Porque, ciertamente, no se trata de que la señora Frankenstine (la llamo así, por lo monstruosa que es en su actuar) haya “violado la ley”, porque seguramente no alcanzó a consumar el delito, pero las imágenes son irrefutables en cuanto a su intención de burlar la ley.

Es como si alguien fuera sorprendido con un cuchillo en la mano, que tiene levantado para asestarle una puñalada a otra persona. No, no es asesino, pero… O, para poner un ejemplo más acorde con los hechos noticiosos del momento, es como si la policía encontrara a un sujeto con el pene afuera, erecto, sujetando a un niño al que le ha bajado los pantalones. No, no es pedófilo, ni ha violado a nadie, pero…

Talentos en ‘Factor X’ y en ‘Mi nombre es’

Dos programas juveniles marcan hoy la pauta de audiencia en la televisión chilena. Uno se llama “Mi nombre es…” y el otro “Factor X”. Son cazatalentos artísticos, y a fe que hay bastante talento subyacente en Chile, que está saliendo a flote gracias a estos programas de la televisión.

Ambos programas son franquicias, así que no podemos decir de ellos que correspondan al desarrollo autónomo de la televisión nacional. Son programas que se compran (como quien compra en un supermercado paltas y jamón) en grandes eventos de negocios, generalmente realizados en los Estados Unidos. Gracias a estas compras, la televisión abierta tiene programas como “Los Simpson”, “Doctor House” y “A prueba de todo”, por poner algunos ejemplos.

Sobre el contenido de estos dos, “Mi nombre es” y “Factor X”, podemos decir que éste busca la expresión libre de los participantes en el canto, mientras que el primero mencionado tiene la exigencia adicional para el participantes, de tener que parecerse al artista que pretenda imitar. En ambos casos, ha podido verse una enorme cantidad de cantantes talentosos, y anónimos hasta ahora, que se hacen visibles gracias a estas franquicias.

Viendo ahora la enorme sintonía que tienen estos dos programas, es preciso compararlos con otros dos programas juveniles que son, realmente, una mascarada. Y me refiero estrictamente al enorme talento que está surgiendo de los programas nuevos, y en cuestión de días, en contraste con el poco talento que, durante años, exhibieron los programas de televisión “Rojo” y “Yingo”.

De “Rojo” no quedó sino el recuerdo, porque de los jóvenes que cantaban ahí, dos (Mario Guerrero y Carolina Soto), son los que destacan a través del tiempo, y el resto han sido flores de un día. Pero lo grave y molesto es que, sin talento, se mantuvieron 2 o 3 años al aire diariamente, ganando dinero en pagos mensuales.

Lo mismo puede decirse de “Yingo”, donde el talento es aún más escaso, pero los jóvenes derivan sueldos, con seguridad superiores al mínimo porque posan un estilo de vida de rockstars, y lo peor es que resultan ser, por inercia de los medios de comunicación ejemplos para la juventud, cuando no son ejemplos de nada, en realidad.

Mientras “Factor X” y “Mi nombre es” hacen visible en la televisión a los muchos talentos anónimos que se están descubriendo, “Rojo” y “Yingo” son programas que les dan televisión a jóvenes sin talentos, varias horas de lunes a viernes. Pero es la paradoja de la desigualdad humana.

Escribir minicuentos o microrrelatos y concursar

El crítico y ensayista literario, y escritor él mismo, Camilo Marks, dice a la pasada en su último libro, “Canon”, que trata sobre una completísima reseña crítica de la literatura chilena y sus autores, que no es escritor quien pueda hilvanar un par de frases y llamar al resultado “cuento” breve; en el presente post, llamados “minicuentos” o “microrrelatos”.

Pero es una modalidad que gusta a muchos hombres y mujeres, en especial jóvenes, que no pueden con la poesía y ensayan giros deslumbrantes e historias sorprendentes en pocas palabras. Estos textos breves gustan, tal vez, porque no exigen la laboriosidad, la concentración ni la resistencia física y mental de un textos largo, de 5 páginas o más. He aquí un par de ejemplos de microrrelatos, Desaparecido y Piedad:

Desaparecido (Eduardo Jorge Gil Michelena) Cuando abrió los ojos no vió. Se sintió flotar mientras sus manos tocaban el viento y su mente trataba de recordar. Poco vino a su memoria: unos golpes, la capucha, quieto… ¿Estaba aún vivo o estaba muerto? Alguien, sin escuchar su pregunta, respondió: ni vivo, ni muerto, desaparecido.

Piedad (Jame George Frazer) En ocasiones se apela a la piedad de los dioses para que llueva. Cuando sus mieses están agostándose por la solana, los zulúes buscan un “pájaro celestial”, lo matan y lo arrojan a una charca. Después el cielo se apiada con terneza por la muerte del pájaro y “llora por él, lloviendo y llorando una plegaria funeral”.

Pues bien, con la venia de don Camilo Marks, me permito compartirles que el sitio argentino de textos breves Cuentos y más (www.cuentosymas.com.ar) invita a participar en Minicuentos por la identidad, en conmemoración del “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”, de acuerdo a las siguientes bases:

–Se trata de escribir un cuento de hasta 600 caracteres, directa o indirectamente relacionado con la última dictadura militar, o con la identidad avasallada en aquellos nefastos tiempos.

–Podrán participar personas de cualquier sexo, edad y nacionalidad.

–Cada autor podrá enviar un número ilimitado de relatos.

–Los cuentos podrán ser inéditos o publicados previamente en otros medios gráficos o digitales.

–Las obras deberán enviarse por correo electrónico a: contacto@cuentosymas.com.ar.

–Cada microrrelato deberá incluir los siguientes datos del autor: nombre, apellido, edad, lugar de residencia y dirección de e-mail.

–Se recibirán textos hasta el 15 de abril inclusive. Cualquier material enviado fuera de ese término no será tenido en cuenta.

–Todos los textos que se presenten serán publicados por orden de recepción en el sitio www.cuentosymas.com.ar.

–Se sortearán entre los participantes 10 libros de la Editorial Alfaguara y Capital Intelectual.

–Los resultados del sorteo serán comunicados personalmente a los ganadores y publicados en el sitio web a partir del 30 de abril.

–Cuentosymas se reserva los derechos de comunicación pública y reproducción de los textos participantes, siempre que no sea con ánimo de lucro, y citando el nombre y apellido del autor de cada obra.

–El hecho de participar implica la plena aceptación de las presentes bases.

El periodismo en Chile, desperfilado

El periodismo en Chile es de muy regular calidad. Es especial, no hay rigor en las fuentes, muchas de las cuales son amigas de los periodistas, y el lenguaje usado por estos para transmitir las informaciones es bastante pobre (algunos manejan menos de 50 palabras distintas para decir lo que tienen que decir; un vocabulario muy empobrecido).

Una entrevista cualquiera puede ser, más o menos, así:

Periodista: Buenos días (o buenas tardes, o buenas noches) Juan Pablo.

Fuente: Buenos días (o buenas tardes, o buenas noches) Luis.

P: ¿Cómo has estado?

F: Bien, gracias, ¿y tú?

P: Bien, Juan Pablo.

F: Me alegra.

P: Te llamaba para preguntarte… (y aquí el periodista suele hacer una disquisición kilométrica, y exponer sus argumentos, como si lo importante fuera lo que él piensa de tal o cual cosa, y no el hecho sobre el cual se va a entrevistar a, en este caso, Juan Pablo, no “el médico Juan Pablo”, “el senador Juan Pablo”, “el albañil Juan Pablo”, sino “Juan Pablo” a secas).

Cualquiera que oiga desprevenidamente, sabrá que Juan Pablo y Luis son amigos, que Luis emite sus opiniones, y que no logra captar bien el tema porque lo van diluyendo, porque resulta que es el periodista, inclusive por encima de la fuente, el importante. Y alguien más  podrá preguntarse si de verdad este es el periodismo que se hace en Chile. La respuesta, lamentablemente, es: “Sí, este es el talante del periodismo en Chile”.

Otra mala costumbre de todos los periodistas en Chile, es a interrumpir permanentemente al entrevistado, y cuando éste va a decir “quién lo mató”, el bendito periodista interrumpe, y no para ahondar, sino para hablar de otra cosa, cambiar de tema.

Porque eso caracteriza al periodismo en Chile, salpicar cada entrevista con diez temas a la vez. Ningún periodista puede concentrarse en uno, porque tiene que demostrar que es muy inteligente, lo cual, justamente, muestra lo contrario: son ignorantes de la vida, de los temas y de las normas mínimas del Periodismo.

Es en este contexto de mal periodismo, que ha surgido en ese ambiente contaminado la pregunta de si el periodista debe ligar su nombre y profesión a asuntos que no son de su competencia, como la publicidad.

Mi respuesta categórica es “No”. Pero el periodismo también se ejerce en Chile (y repito Chile, porque conozco otros periodismos que no tienen los vicios que aquí se ven y ahora señalo), en medio de “menciones” publicitarias. El periodista termina una entrevista, y dice, tranquilamente, por ejemplo:

“Hemos hablado con Juan Pablo, a nombre del Banco de Chile, el banco con más servicios…”

Es decir, la ética periodística en Chile está muy manoseada.

La discusión reciente se produce a propósito de la salida de la periodista Soledad Onetto (foto) del Canal 13, donde ejercía como la presentadora de los noticieros de la tarde y noche, o sea, como los llaman pomposamente: “Los noticieros centrales” (como si el resto del día los noticieros fueran “marginales”, es decir, las noticias no tuvieran importancia).

Salió de Canal 13 porque fue animadora del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Como el ambiente está enrarecido en términos de ética periodística, cuando se le preguntaba a alguien si estaba bien que una periodista presentara un show de una semana en Viña del Mar, la respuesta era, más o menos: “¿Y por qué no?”, “No nos pongamos graves”, etcétera.

O sea, no nos preocupemos de esas cosas menores, como la ética, la seriedad y la credibilidad periodística.

Estoy un ciento por ciento con Montserrat Álvarez, una de las pocas periodistas que merecen mi respeto. Al ser interrogada por el caso Onetto, dijo: “No se puede hipotecar la credibilidad periodística siendo rostro de una marca. No me lo han ofrecido, pero sí usar ciertos productos auspiciados, y he dicho que no”.

Porque además de animar el show de Viña del Mar, Soledad Onetto era “rostro” de una marca que vende artículos de computación.

Lo de Onetto, algunos lo consideran un “desperfilamiento” profesional en el área noticiosa, pero yo lo llamo directamente, falta de ética periodística.

A esta altura no falta quien se pregunte: ¿Por qué solamente ahora vienen a darse cuenta de eso, si “la Sole” venía haciéndolo hace rato? La respuesta es esta: Porque antes había una Dirección de prensa (Enrique García, y temporalmente Eliana Rozas Ortúzar), permisiva e ignorante de los valores y criterios periodísticos, a quien también sacaron, y ahora hay un nuevo Director de prensa (Jorge Cabezas), quien tiene conceptos más modernos, rigurosos y profesionales sobre el ejercicio del Periodismo.

Hay otros casos de falta de ética periodística, como el de Consuelo Saavedra, la esposa del ex ministro de Hacienda, san Andrés Velasco, pero será tema de otro post, porque las características, fortalezas y debilidades del periodismo en Chile, son un asunto que tiene mucha tela de dónde cortar.

Aprendiendo a sufrir con el tenis

Estoy aprendiendo a ver el tenis. Lo intenté jugar cuando era un muchacho, en canchas públicas y gratuitas en Bogotá, pero suele requerir la afiliación a un club. A lo largo de los años va uno adquiriendo sentimientos de admiración y rechazo, aún sin haber prestado la suficiente atención, ni tener explicaciones racionales.

Por ejemplo, siempre me desagradó Nicolay Davydenko, no sé si es por su estilo, que más parece un universitario pasado de moda, y asustado. Pero es quizás su oportunismo de mercenario, es el que me desagrada. Es ucraniano, nacionalizado ruso, pero vive en Suiza. Me parece, y es algo mío solamente, una mezcla desagradable.

En cambio, Rafael Nadal siempre me ha parecido excelente. Pero más parecido a una máquina que a un hombre. Más parecido a un robot. Tiene fortaleza en la mano izquierda, con saques que lanza la bola a 250 kilómetros por hora, sabe plantarse y correr, pero tiene un tic desagradable: sacarse cada cinco minutos el calzoncillo que se le mete entre las nalgas. Y tenía otro que, por fortuna, ya dejó: escupir.

En la antípoda está Roger Federer, delgado y estilista, el único que no toma la raqueta a dos manos para ejecutar un revés. Me agrada. Es sencillo y tiene el record histórico de 16 triunfos de Grand Slam, por encima de Pete Sampras, un señor del deporte blanco. Pero me molesta que no es contundente desde el principio, como Nadal, sino que sus triunfos están llenos de agonía, adrenalina y suspenso. Más agonía que suspenso.

Me agrada, también, Novak Djokovic (foto), que siempre juega con la certeza de ser el mejor, el número uno, aunque un día era el número 100, y ya va en el segundo peldaño. Es empeñoso, repentista, creativo (a diferencia de Nadal) y concentrado. También me agrada Andy Roddick, con su estilo un poco atropellado, ansioso, hiperkinético, con un movimiento en su servicio que me parece gracioso.

Es probable que Djokovic llegue al primer lugar, aunque no sé cuándo. Y sería toda una hazaña, aunque ostente el laurel por solamente unas cuantas semanas, como el chileno Marcelo “Chino” Ríos lo hizo, siendo el número uno por 6 semanas, en 1998. Mismo tiempo que Thomas Muster y Yevgeny Kafelnikov. Y menos de 6 semanas, Carlos Moyá ha estado 2, en tanto Patrick Rafter, una semana solamente, en 1999.

Todos estos, datos sueltos, porque solamente ahora empiezo a prestar mayor atención al tenis, y a interesarme, hasta el punto de la taquicardia. Hay partidos de infarto.

De habla hispana, hay dos españoles en el ranking del Top Ten: David Ferrer (6) y Fernando Verdasco (9). Y en el grupo de los 100 mejores tenistas del mundo, están también los españoles Nicolás Almagro (12), Albert Montañés (22), Guillermo García-López (26), Feliciano López (41), Juan Carlos Ferrero (50), Marcel Granollers (55), Daniel Gimeno-Traver (61), Pablo Andujar (69), Pere Riba (74) y Rubén Ramírez Hidalgo (94).

Entre los 100 mejores del mundo figuran varios argentinos: David Nalbandian (19), Juan Ignacio Chela (28), Juan Mónaco (35), Juan Martín Del Potro (51), Carlos Berlocq (72), Horacio Zeballos (88) y Máximo González (98).

Otros latinoamericanos en este grupo selecto de los 100: los brasileños Thomaz Belluci (30), Ricardo Mello (79) y Marcos Daniel (97), el colombiano Santiago Giraldo (46) y el uruguayo Pablo Cuevas (67). Hoy por hoy, no figura ningún chileno entre los 100 mejores del mundo.

Lo interesante está en la cabeza del Top Ten, donde Rafael Nadal se mantiene como el número 1, mientras que el 2 es Novack Djokovic, quien desplazó a Roger Federer al puesto 3.

Los otros puestos del Top Ten, son: 4- Robin Soderling (Suiza), 5- Andy Murray (Gran Bretaña), 6- David Ferrer (España), 7- Tomas Berdych (República Checa), 8- Andy Roddick (E.U.), 9- Fernando Verdasco (España) y 10- Jurgen Melzer (Austria).

El número 100 es hoy el ruso Dmitry Tursunov.

Dos eventos noticiosos: Karadima y Obama

Llama la atención que mientras la Corte de Apelaciones negó el nombramiento de un “ministro en visita” (o un “juez de dedicación exclusiva”) para avanzar en el caso contra el cura pedófilo Fernando Karadima, la Corte Suprema de Justicia abrió la posibilidad de hacerlo, porque la indagación y presentación de pruebas aún no se ha agotado. Y no solo abrió la posibilidad, sino que procedió a nombrar a la jueza Jessica González, “ministro en visita”. ¿Por qué la Corte de Apelación no vio lo que sí vio la Suprema Corte de Justicia? Tiende uno, de mala gana, a pensar en estos casos que hay intereses cruzados entre la de Apelaciones y la Curia, para que se le quisiera echar tierra y dar por concluido el tema.

Relacionado con el cura pedófilo Fernando Karadima es la afirmación en un programa de televisión de una de sus víctimas, el médico James Hamilton (foto), acusando al entonces arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, de “criminal”, por haber hecho de la vista gorda las denuncias contra el pedófilo, que se hicieron desde el 2004. Me pareció razonable la ira santa de Hamilton contra sistemas morosos, burocráticos y cómplices como el señalado por él.

El otro hecho noticioso estuvo en cabeza del presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, quien visitó a Santiago para enviar desde acá un mensaje a las Américas. Sin embargo, los colegas periodistas le preguntaban al Canciller chileno por qué no había preparado él la visita, y evitado, por ejemplo, cerrar algunas calles del centro de la ciudad para dejar pasar la caravana presidencial. Otro colega le preguntaba al alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett que cuándo se le ocurrió entregar las Llaves de la Ciudad al presidente Obama y declararlo “Visitante Ilustre”, ignorando por completo los protocolos mínimos en estos casos. De hecho, la noticia que enlazo aquí, ni siquiera menciona por el nombre completo del alcalde, y narra los hechos con tono burlón. A esto es lo que considero una mala calidad del periodismo chileno. Los colegas periodistas son los más ignorantes, los menos informados y los más sorprendidos por los básicos hechos protocolares.

Juan Gabriel Vásquez ganó el Alfaguara 2011

La Revista Arcadia retoma una información de la agencia española de noticias EFE, según la cual, por unanimidad del jurado, el joven escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (foto) ganó el Premio Alfaguara 2011 de novela.

La obra de Juan Gabriel Vásquez, quien usó el seudónimo “Raúl K.Fen”, se titula “El ruido de las cosas al caer”, la que obtuvo beneplácito de todos los jurados: Gustavo Guerrero, Lola Larumbe, Candela Peña, Inma Turbau y Juan González.

La narración empieza con la fuga y caza de un hipopótamo que formaba parte del imposible zoológico, con el cual el narcotraficante colombiano Pablo Escobar exhibía su poder. Esta es la chispa que dispara los mecanismos de la memoria de Antonio Yammara, protagonista de la novela.

El jurado destacó que “la prosa recrea una atmósfera original y atractiva, un espacio propio, habitado por personajes que acompañarán mucho tiempo al lector”. Ambientada en la Colombia contemporánea, “la trama narra el viaje de un hombre que busca en el pasado una explicación de su situación y la de su país. Una lectura conmovedora sobre el amor y la superación del miedo”. La novela premiada trata de los miedos, en este caso de los colombianos, de sus consecuencias y del intento de superarlo.

Nacido en Bogotá en 1973 pero residenciado en Barcelona desde hace 12, Juan Gabriel Vásquez es considerado uno de los escritores latinoamericanos menores de 40 años, más importantes. Es autor de las novelas “Persona”, “Alina suplicante” y “Los informantes”, además del libro de relatos “Los amantes de todos los Santos”. Con “El ruido de las cosas al caer”, ganó 123.000 euros (175.000 dólares).

El año pasado el Premio Alfaguara lo ganó el chileno Hernán Rivera Letelier con la novela “El arte de la resurrección”.

Ella

Ella daba dos pasos hacia delante

daba dos pasos hacia atrás

El primer paso decía buenos días señor

el segundo paso decía buenos días señora

Y los otros decían cómo está la familia

hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo

Ella llevaba una camisa ardiente

Ella tenía ojos de adormecedora de mares

Ella había escondido un sueño en un armario oscuro

Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos

Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para

esperarla

Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina

Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad

Era hermosa como un cielo bajo una paloma.

Tenía una boca de acero

y una bandera mortal dibujada entre los labios

Reía como el mar que siente carbones en su vientre

como el mar cuando la luna se mira ahogarse

como el mar que ha mordido todas las playas

el mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia

Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas

antes que el viento norte abra sus ojos

Era hermosa en sus horizontes de huesos

con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado

como el cielo a caballo sobre las palomas

Vicente Huidobro

‘Los días del arcoíris’ de Skármeta gana Planeta

Antonio Skármeta (foto, Il postino) repitió: ganó el Premio Planeta, esta vez otorgado como “Planeta–Casa de América”, que va ya en su cuarta versión. La primera vez que ganó fue en el 2003, por la novela “El baile de la victoria”. Esta vez, “Los días del arcoíris” fue la pobra galardonada. La novela de Skármeta fue una de las 15 obras finalistas, de entre un total de 639 recibidas, de 33 países. Esta novela recoge los tiempos del fin de la dictadura en Chile, mediante el plebiscito que sacó de La Moneda al dictador Augusto Pinochet.

Es el segundo chileno que gana la modalidad Planeta–Casa de América: en el 2008 obtuvo el premio Jorge Edwards, con la novela “La casa de Dostoievsky”, con el colombiano Fernando Quiroz, como finalista, con la novela “Justos por pecadores”.

Este premio se entrega en distintos países. Ya había sido entregado en Colombia, Argentina y México, y la IV edición debió haberse entregado en marzo del 2010, en Valparaíso, Chile, coincidiendo con el Congreso Internacional de la Lengua Española, pero no pudo ser así por el terremoto del 27 de febrero.

El jurado que galardonó a Antonio Skármeta estuvo compuesto por el español Alvaro Pombo, el argentino Guillermo Martínez y la colombiana Ángela Becerra, quien ganó el premio en el 2009 con la novela “Ella que lo tuvo todo”, además de Imma Turbau, directora general de Casa de América, y Alberto Díaz, director editorial de Planeta Argentina.

Los días del arcoíris será lanzada a fines de abril, de manera simultánea en 12 países de Hispanoamérica. Antonio Skármeta ha recibido el Premio Casa de las Américas (Cuba) en 1968, por Desnudo en el tejado; en el 2000 ganó el Premio Altazor, en Chile, por “La Boda del Poeta”, la Mejor Novela del año; en 2001 recibió el Medicis extranjero (Francia), por La boda del poeta, y en 2003 el Planeta (España) por El baile de la victoria.

He aquí uno de los cuentos de Antonio Skármeta, titulado “La cenicienta en San Francisco”:

Así que cuando Garth Winslow y Suzie Sun sacaron la guitarra del desvencijado armario, y Winslow se escupió las manos y afinó un minuto después la guitarra tocando un prístino “la” en la primera cuerda, y Suzie no hacía otra cosa que humedecerse los labios que la fláccida cerveza americana había secado al fluir entre sus dientes, y todo parecía indicar que el asunto iba a andar bien, y que Winslow estaba dispuesto a poner patas abajo el mundo y estacionar el corazón en su justo lugar, y después de cantar esos blues y canciones mexicanas no cabía duda que entraría airoso en el cuerpo de Suzie Sun descargando su amor al mundo acumulado en las pacíficas noches de Roble Road, sobre la meseta de Berkeley, y sería recibido amablemente, me dí vuelta hacia Abby, que agujereaba una lata de la sucia cerveza Blue Star, y le dije en un perfecto y natural inglés que “bueno”. Este bueno indicaba a la mano de Abby, que ahora extendía sus delgados dedos sobre mi mano y los oprimía haciéndome sentir la fragilidad de sus huesos, que aceptaba ir con ella hacia la escalera de servicio del edificio, treparla, embromar a los pacíficos vecinos que reposaban de sus tiernas actividades en sincopado y ruidoso diálogo sobre las almohadas con los crujidos de sus apolillados escalones y alcanzar así a lo que ella llamaba con sugerente voz el attic y que resultó ser, cuando estuvimos arriba, un mugriento y adorable entretecho igual al de mi tía en su casa de tres pisos en Santiago. Solo que aquí tú veías la bahía de San Francisco, y cuando la noche empezaba, la noche clara de San Francisco, si entrecerrabas los ojos y mirabas por la ventanilla, que tuviste que limpiar pasándole los dedos para lograr una visibilidad aceptable, la multitud de coches que atravesaban el puente que une la península con Okland y Berkeley, donde esa misma tarde me había echado una despanzurrada siesta en la casa de J. L. Stevenson (echa pedazos y poblada de perros pulguientos que René Deans amamantaba con maternal ternura, la misma de J. Stevenson, el cochino pirata del que me había tragado una tarde de infancia en Antofagasta su “Isla del Tesoro”), parecía un movimiento de cosas como estrellas, lagartos luminosos, gigantes reptiles que hicieron bien a mi alma. Y después le hicieron mal, porque evoqué con una especie de extraña intensidad una leyenda mapuche que dice que aquel niño que ve una noche por primera vez luciérnagas sobre las matas de maqui y la segunda vez parece no saber lo que las inquietas vibraciones lumínicas del aire significan, no las reconoce como luciérnagas, hijas de dioses opacos y subterráneos, no tardará la muerte en enredarlo, y generalmente es una crecida del río, y el cuerpo flotando golpeando contra las ramas quebradas de la ribera, o la casa desierta y la madre, sin una mueca en el rostro, esperando meses que el hijo baje de los cerros, el hijo que ella sabe reposa en las vísceras de un puma que se lo ha almorzado sin asco, o petrificado, cercano al volcán, tallado en la nieve de la majestuosa montaña que nos dio por baluarte el señor. Y eso fue lo que hizo mal a mi maldita alma, porque San Francisco me tenía cogido en su enigma, en su ciudad de muerte, nutriendo su bestial heroísmo de misterio, de las luces arrancadas al enigma por la gente que se ama silenciosamente, sin hacer alardes, demasiado sabios para tirar a la broma la vida.

Saqué los ojos del puente y me dí vuelta hacia Abby que me miraba concentrada, pensando quizás qué diantres era lo que me pasaba por la cabeza que me hacía parpadear con las cejas fruncidas y meterme distraído los dedos en las narices y rascarme los pelillos interiores, hasta sacar algunos y limpiármelos sobre el pantalón. Intenté ver si en la habitación había algún diván, o una alfombra o cualquier cosa blanda sobre la cual echar a Abby para que no se ensuciara cuando me echase encima y le contara cierto secreto con el aliento y la alegría de un cuerpo compañero, destrozándome en gotas grasas y gelatinosas que se anidarían con ternura en el hogar estrellado del planeta. Pero lo cierto es que no había allí ni siquiera un ejemplar del “San Francisco Herald Tribune” que pudiésemos extender y hacer las cosas como un par de seres civilizados. Al mismo tiempo me bajaron grandes ganas de hacer orina de cerveza yanki, y me daba no se qué arrimarme a la pared y hacerlo delante de Abby, y entonces, pretextando una extraña necesidad de soledad en un inglés que ni el mismísimo diablo entendería, la abandoné, fui hasta la escalera, y oriné como un gran señor sobre cada uno de los peldaños. Luego, sólo por hacer tiempo, pasé el pie derecho sobre la charca y traté de limpiarla por lo que pudiera pasar. Descendí a tientas, sintiendo en mis manos el polvo fresco de la baranda y llegando al entrepiso, cogí la caja con seis cervezas que se me había ocurrido traer por si se nos secaban las gargantas. Cuando volví al entretecho, Abby estaba apoyada contra la ventana, el rostro vuelto hacia el interior del cuarto de modo que los reflejos venidos de las luces exteriores, semáforos y luminosos, eliminaban sus rasgos y diseñaban a gruesos trazos sus formas. Uno no sabía si era la misma Abby que había dejado allí minutos atrás, o una niñita de ocho años mirando entrar, desde su mundo infantil, a su cueva al oso que yo parecía ser envuelto en mi chaquetón marrón con cuello de pieles. Como sea, la imagen suscitada en mí, la presa justa para el animal desraizado hambriento de ternura, alteró mis pasos nerviosos, y abriendo ambos brazos como dispuesto a ahogarla en un apretado encuentro, empecé a caminar hacia ella levantando las rodillas y marcando con estrépito los aletargados troncos como vi alguna vez que lo hacen los osos que trabajan en las películas. La muchacha se echó a reír sin ambages, poniéndose las uñas sobre la boca, gesticulando como atemorizada, aunque sin moverse, con gestos que ahora lograba percibir habituado a la penumbra, y agradecí en silencio que ella continuara este juego, esta especie de jungla que había establecido con el propósito de poderla coger primero, como jugando, y luego apretar mis piernas contra sus muslos y luego besarla en la boca y tocarla en los senos, a ver si resultaba algo de todo eso. Cuando estuve a un paso para acentuar la emoción del momento me detuve y me golpeé la caja torácica con ambos puños acompañando la acción de ciertos supuestos gruñidos de oso hambriento. Luego me acerqué más aún y mientras ella se apretaba contra la pared lancé como zarpazos los brazos intentando aferrarla. Justo en ese momento se escurrió y fui a dar de cabeza contra la pared en tanto la muchacha corría presurosa a refugiarse en la esquina opuesta de la habitación, burlándose del pobre animal que como un crucificado se apoyaba sobre el muro y asomaba su cara risueña por la ventana, mirando otra vez las luces de los autos sobre el puente y el inmenso luminoso “Hertz Rent a Car” que había sido encendido a la distancia. Aquí se me hizo presente que el juego cobraba dos alternativas; me ponía a perseguirla por toda la habitación gruñendo y saltando como un oso eficiente hasta atraparla y tirarla al suelo, o bien me quedaba allí, contra la ventana, simulando un llanto de oso grande pero bueno que le gustaba el mundo pero no sabía qué diablos hacer en él; sin encontrar desde hacía un mes una presa que le facilitara hacer las cosas y le compartiera sus virtudes celestiales acogiendo al animal en el hogar estrellado del universo, encarnando al monstruo en su ser, liberándolo por un buen tiempo de la madrecita soledad  que tan mal venía tratándonos a nosotros pobrecitas creaturas del Todopoderoso. La imagen me fue penetrando, calando hondo, sentí como de golpe mis nervios se desplomaban y un efectivo y real sentimiento de tristeza, de chileno sentimental e hijito de su papá y de su mamá, comenzaba a desalojar al chileno cabrío y gritón, a suavizarla en la garganta las palabras mudas del castellano áspero con que maldecía y alababa el universo, y le introducía por los músculos del cuello y probablemente por los ojos castaños, levemente abiertos, una cosa que bien malditamente sabía que era la tristeza, como un dinosaurio acechando, esperando el justo momento para elevar su sagrada patita y depositarla sin piedad a la primera cedida, al primer bajar la guardia del corazón. Con la frente apoyada en el vidrio, sin hacer un gesto, la tristeza, lenta y enorme, empezó a manar desde mi nuca hacia atrás, por los agujeros del chaquetón, desde el fieltro de mis pantalones bendecidos con la grasa de las “pannes” de nuestro Plymouth 49, buscando el preciso blanco de la mano de Abby que acechaba muy cercana a mi espalda. Si alguna fe tengo en los dioses, me la acaparan sin duda los dioses resignados del silencio, los quietos dioses que interceden para labrar el lenguaje terrícola, animal, primitivo, coloquial sin diálogo, hiriente, atractivo como los limites de la razón, cada partícula del cuerpo emitiendo señales del hombre cocinado en la salsa de su propio enigma, testimoniando allí, con un leve temblor de los dedos, con una cierta luz en los ojos, con un modo de caerse y erizarse el cabello, con una manera honesta de sentir los genitales, con una suerte de temblor de los músculos de los brazos, y los pómulos, y de los músculos del trasero y de los huesos de las piernas, desplazados de su independencia y bañados de una mismo, haciéndote saber que la rótula es tuya, y el peroné, y los cartílagos, y las arterias sonando y tú escuchándola fluir y golpetear la sangre contra las venas, y las contracciones y dilataciones del esfínter, y el roce de la saliva cargada del sabor agrio de la cerveza raspándote las amígdalas, y toda la azul maravilla de tu cuerpo y de tu alma que testimonian el enigma, esgrimiendo como una ridícula joya tu angustia pasajera, tu sin sentido no tan pasajero, y tu estilo honrado de existir, que maldita sea tu grandeza, doliéndose aún hasta de lo que no se tiene, y bendito porque el sabio dios del diente chueco y la sonrisa agridulce asomado entre la áspera contextura de su máscara, te transforma en imán, y atraes el acero, y todo confluye en ti, y en ti se acaba hermano, y renace en ti y no pasará un segundo antes que te excites y seas inmortal, y te digas eres un maricón si te dejas comer y no mereces a tu compañera, ni te mereces el misterio, ni debes parir hijos cobardes que trabajen en serviles bancos y enseñen en colegios para señoritas, y te fuerce a ser el hombre que eres, y una hombría real, surgida de las derrotas, de las pisadas de los dinosaurios, un macho que te nace de la cabeza, y del vientre, te pone las dos patas en el mundo y esperas confiado lo que venga, y no te vas a andar con chiquitas ni remilgos ni gestos llorones cuando te rodeen los brazos de la mujer cogiéndote la cintura y te diga: ¿Niño, muchacho, muchacho, qué te sucede? En un idioma que no es el tuyo pero que ahora lo vas a hablar con jactancia, como un actor shakesperiano, porque no hay cosa en el mundo que no sepas cuando se aproxima el momento de la llegada de los ángeles, y  puedes responder: Nada, no me pasa nada, y decir “enquot”; inglés lo que estabas pensando sin omitir palabras, hablando con las patas, con las cejas, con la lengua mascada entre los dientes, con las carcajadas si es que te falta el vocabulario para pronunciar al fin la única palabra que puedes decir: yo aquí, existiendo. Nada, no me pasa nada, estaba pensando –dije a Abby.

Me di vuelta y le cogí la cabeza entre ambas manos, y le acaricié el pelo y la besé en la frente, y en seguida puse mi mano en su nuca, y sostuve la misma mirada con que ella prometía su compañía aquella noche. Pronto la había rodeado y le acariciaba todo el cuerpo y sus manos presionaban mi espalda, y le aparté un segundo y me despojé del querido chaquetón y tirándolo en el suelo, recosté a Abby sobre él y yo me eché a su costado y proseguimos acariciándonos sin hablar hasta que yo introduje la mano bajo su vestido e intenté desnudarla, porque entonces, para mí sorpresa detuvo mi maniobra cogiéndome la mano, y yo paralizado la dejé quieta sobre su vientre sin saber que hacer; en cuanto ella aflojó la presión insistí en acariciarla y ahora si ella se dejó hacer, pero cuando tiré de la ropa hacia abajo, se afirmó contra el suelo, dificultándome mi intención.

–¿Por qué no? –pregunté.

Estaba muy excitado, aunque sin rabia.

–No sé –dijo–. Tú te vas mañana a México. Nos conocemos desde hace tres días. Aún no sé pronunciar tu nombre.

–Antonio –dijo–. ¿Esta bien?

–Esta bien –dije–. Ahora ya lo sabes.

Se sentó sobre el chaquetón, cruzando las piernas. Con la mano derecha acariciaba la piel, aparentemente sin saber qué hacer.

–No es eso lo que quería decir –dijo–. No sé nada de ti. Lo único que hemos hecho desde que nos conocimos ha sido cantar con la guitarra y tomar cerveza. Apenas sabes quién soy. ¿De dónde eres? ¿Por qué viniste a U.S.A.? ¿Por qué estas aquí conmigo? ¿Por qué no estás pasando esta noche con Suzie o con René Deans, o con cualquiera otra? ¿Me entiendes?

Faltó transparencia a paternidad de ‘Don Francisco’

A mí no me quedó absolutamente claro que Mario Kreutzberger, conocido en el mundo de la televisión hiospanoparlante como “Don Francisco”, no sea, en verdad, el padre de Patricio Flores, el hombre que reclamó su paternidad. Éste lo hizo, porque su madre, doña Rosa Flores, tras recibir la noticia de un cáncer terminal reunió a la familia y les confesó que ella había tenido una aventura con Mario Kreutzberger en los años 60’s, fruto de lo cual había nacido Patricio.

Pues bien, después de mucha publicidad al caso, por tratarse de quien se trata, “Don Francisco”, se llegó a la orden judicial de una muestra de sangre para precisar su paternidad. Pero un día antes de darse a conocer el resultado, el Servicio de Medicina Legal instauró una demanda (contra quien resulte responsable) por una supuesta intentona de alterar la muestra de sangre de Don Francisco, para alterar el resultado.

Sin embargo, ayer en la tarde se dio a conocer el resultado de la prueba. Varios medios de comunicación dijeron que Don Francisco “Sí” era el padre de Patricio Flores, pero más tarde, solamente uno, Radio Biobío, rectificó y ofreció disculpas a la audiencia.

Lo que decían los sobre que entregó el Servicio de Medicina Legal a las partes querellantes, era que se desestimaba que Don Francisco fuera el padre de Patricio Flores.

Don Francisco, o Mario Kreutzberger, un hombre adinerado y archiconocido (o archi adinerado y conocido) en Chile y entre la población hispana de los Estados Unidos que lo ve a través de Univisión, estaba feliz. Se quitaba un enorme peso de encima, y dio un extenso reportaje al Canal 13, que por el cual se emite la versión chilena de “Sábado Gigante”. Obviamente, nadie espera que algo que hizo 40 años atrás, o más, lo persiga hasta el presente, como era este caso de Patricio Flores.

En cambio, Patricio Flores estaba estupefacto, abatido con el resultado del Servicio de Medicina Legal, y con la duda de pedir la verificación del resultado.

Se dice que doña Rosa, tras escuchar por los medios de comunicación el resultado, llamó a sus hijos e insistió en que que Mario Kreutzberger “Sí” es el padre de su hijo Patricio, y que si Patricio no pedía una prueba de contramuestra, ella sí lo haría, porque no tenía dudas de su aventura amorosa, o sexual, con Don Francisco.

Por eso, no me queda claro, absolutamente claro, fuera de toda duda razonable, si Mario Kreutzberger no es, en realidad, el padre de Patricio. Faltó transparencia en este proceso.