Archivo mensual: diciembre 2010

¡Feliz Año 2011!

Este es un hermoso poema escrito hace 83 años por Max Ehrmann (foto), el cual, sin embargo, una corte federal de los Estados Unidos decidió convertirlo en patrimonio de la humanidad, por lo que no tiene derechos de autor.

Constituye una profunda reflexión sobre la vida y los deseos, y una manera de rescatar en cada lector su unicidad y perfección. Se conocen dos finales del poema: uno, que concluye “Sé cuidadoso”, y otro que termina “Sé feliz”, que es el que transcribo.

Por cualquiera de los dos finales se puede optar; es cuestión de cómo se siente más cómodo cada lector, y cómo siente éste que encaja mejor ese final con el resto del poema. Desiderata:

Camina plácido entre el ruido y la prisa y recuerda

qué paz se puede encontrar en el silencio.

En cuanto sea posible y sin rendirte,

mantén buenas relaciones con todas las personas.

Enuncia tu verdad de una manera serena y clara

y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante,

también ellos tienen su propia historia.

Esquiva a las personas ruidosas y agresivas,

ya que son un fastidio para el espíritu.

Si te comparas con los demás,

te volverás vano y amargado,

pues siempre habrá personas

más grandes y más pequeñas que tú.

Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.

Mantén el interés en tu propia carrera

por humilde que sea,

ella es un verdadero tesoro

en el fortuito cambiar de los tiempos.

Sé cauto en tus negocios

pues el mundo está lleno de engaños,

mas no dejes que esto te vuelva ciego

para la virtud que existe.

Hay muchas personas que se esfuerzan

por alcanzar nobles ideales.

La vida está llena de heroísmo.

Sé sincero contigo mismo,

en especial no finjas el afecto.

Y no seas cínico en el amor,

pues en medio de todas las arideces y desengaños,

es perenne como la hierba.

Acata dócilmente el consejo de los años

abandonando con donaire las cosas de la juventud.

Cultiva la firmeza del espíritu,

para que te proteja en las adversidades repentinas.

Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.

Sobre una sana disciplina, sé benigno contigo mismo.

Tú eres una criatura del universo,

no menos que las plantas y las estrellas,

tienes derecho a existir.

Y sea que te resulte claro o no,

indudablemente el universo marcha como debiera.

Por eso debes estar en paz con Dios

cualquiera que sea tu idea de El.

Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones,

conserva la paz con tu alma

en la bulliciosa confusión de la vida.

Aún con toda su falsía, sus dolores y sueños fallidos,

el mundo es todavía hermoso.

Sé cauto, ¡esfuérzate por ser feliz!

Harold Mayne-Nicholls visto por Federico Valdés

En el canal oficial TVN ví al presidente de Azul Azul S.A., la firma propietaria del equipo “Universidad de Chile”, Federico Valdés (foto), reiterar su apoyo al hasta ahora inhabilitado presidente electo de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (Anfp), Jorge Segovia, y calificar al actual presidente de la Anfp, Harold Mayne-Nicholls, como alguien de trato autoritario y despótico.

Del barullo de las elecciones para suceder a Mayne-Nicholls, lo único que sé es que las ganó Jorge Segovia. Pero en aquel momento surgió, inmediatamente, una versión de no se sabe dónde: el presidente Sebastián Piñera había llamado a yo no sé quién, para “ordenarle” que votara por Segovia. La versión, jamás sostenida más allá del rumor, ni probada judicialmente, la lanzó Pepe Auth, un político de la llamada “izquierda”, secundado por Soledad Alvear, una política de la centro derecha Democracia Cristiana, reproducido por un periodista de la Anfp (presentador de CDF), Felipe Bianchi.

Versión que hoy día se sabe perversa, pues en ese mismo momento el presidente Piñera estaba vendiendo su participación accionaria en la firma Blanco y Negro, propietaria del Colo Colo, operación financiera que culminó recientemente. Por eso, ¿si el presidente Piñera estaba saliéndose del fútbol, vendiendo sus acciones en Colo Colo, para qué llamaría a alguien de otro club para “ordenarle” que vote por Jorge Segovia, si cualquiera que ganara no lo afectaría, pues él ya no estaba en el mundo del fútbol?

Cada día, las cosas se aclaran más. La verdad debe prevalecer, para bien del fútbol y de la hinchada. Por eso, me llamó la atención que esta mañana Federico Valdés, uno de los directivos de la Anfp que votó por Jorge Segovia, haya corrido un poco más el velo que hasta ahora cubre los actos de Harold Mayne-Nicholls, endiosado por algunos.

Así como no hay que satanizar a Jorge Segovia (algunos xenófobos, que todavía no saben que esa mentalidad es creación de los nazis, lo odian “por ser español”), tampoco a Harold Mayne-Nicholls hay que demonizarlo.

Pero lo curioso es que si Mayne-Nicholls es el Dios que algunos pregonan, ¿por qué se opone a Jorge Segovia, aduciendo la inhabilidad contenida en un artículo del reglamento de la Anfp, que a él también lo inhabilita? ¿Acaso las elecciones en las que ganó Mayne-Nicholls, ese artículo del reglamento no importaba, pero ahora que ganó Jorge Segovia, sí importa?

Veo mal estas jugadas futboleras. Y no porque esté defendiendo a Segovia, sino simplemente observo los hechos y busco la verdad. Los hechos y la verdad hablan de que Segovia ganó las elecciones, sin llamadas del presidente Piñera porque éste ya no tenía nada que ver con el fútbol, pues estaba vendiendo sus acciones en Colo Colo, y las ganó con el apoyo de personas como Federico Valdés.

¿Por qué Harold Mayne-Nicholls se opone a una auditoría de su gestión, tanto administrativa como financiera, como pidió Jorge Segovia, si todo lo ha hecho bien y el fútbol y la hinchada han ganado lo indecible con su desempeño? ¿Por qué Harold Mayne-Nicholls, contra quien tampoco tengo nada en especial, aprobó la repartición de las utilidades del canal del fútbol (CDF), y retiró una denuncia que tenía en el Tribunal de Bienes Patrimoniales, pero después, el mismo Mayne-Nicholls dijo que había perdido las elecciones porque “le cobraron” no haber “cedido ante los equipos grandes”?

Más le hubiera valido a Harold Mayne-Nicholls haber salido con la frente alta, como todo un caballero que uno supone que es, aceptando el resultado de las urnas, y pidiendo la modificación del reglamento para futuras elecciones, en las que él quisiera participar para volver a la presidencia de la Anfp, que es un aspiración legítima para cualquiera de sus directivos, incluido Jorge Segovia, que las ganó, pero siente que se las quieren escamotear desde el escritorio del propio Harold Mayne-Nicholls.

Los hechos sobresalientes del año en Chile

El fin de año es particularmente adecuado para hacer memoria de las cosas que lo marcaron. En Chile se considera que el 2010 ha sido un año, sin dudas, que bien vale la pena despedir. Y rápido.

Obviamente, el hecho más atroz ocurrió en la madrugada del 27 de febrero, con un terremoto grado 8,8 en la escala internacional de Richter y subsiguiente tsunami, arrasando poblaciones y ciudades y dejando decenas de muertos y miles de damnificados de edificios y casas destruidas.

A ello se suma lo ocurrido el 5 de agosto con los 33 mineros de la mina San José, en Copiapó, donde quedaron atrapados a 700 metros de profundidad y tuvieron en vilo al país entero, pero fueron heroicamente rescatados en octubre.

Estos dos hechos ya son suficientes para ver este año como algo terrible. Y no es para menos, pues se batieron todos los record.

Sin embargo, todos los años traen su afán. En un breve repaso del año 2008, se recuerda la tragedia de Peñalolén en febrero, donde una avioneta se estrelló en la cancha municipal muriendo 13 personas. En mayo, fue evacuada la ciudad de Chaitén por la erupción del volcán del mismo nombre. En junio, se cayó, en Ciudad de Panamá, el helicóptero donde iba el comandante de Carabineros, general José Bernales, muriendo instantáneamente, y en agosto perdieron la vida 9 alumnas del Colegio Cumbres en la ruta CH-11.

No son noticias de la dimensión de las ocurridas este año, ciertamente, pero no son buenas y hacen mella. A las anteriores, se suman los 25 casos de portadores de Sida que no fueron notificados en el hospital de Iquique, por lo que la ministra María Soledad Barría tuvo que renunciar. Y también, el asesinato del joven economista Diego Schmidt-Hebbel a manos de un sicario contratado, al parecer, por la arquitecta María del Pilar Pérez, que hoy día está próxima a recibir sentencia, en un juicio que se ha prolongado todo este tiempo.

El 2009 también se las trajo, con los actos de extrema violencia en el partido Colo Colo y O’Higgins en El Teniente, que dejó destruido el estadio. También, con la formalización de cargos al ex presidente de la empresa ferroviaria EFE, Luis Ajenjo, para quien el Consejo de Defensa del Estado pidió 15 años de cárcel por malversar $18,5 millones y la inhabilidad perpetua para ejercer cargos públicos. La fiscalía regional Zona Norte también había formalizado a Eduardo Castillo, Patricio de Gregorio y Claudio Carreño de EFE.

Pero quizás la noticia más alucinante del año fue la burla que le hicieron a la presidenta Michelle Bachelet con el montaje escenográfico y las actuaciones magistrales de supuestos enfermos, durante los actos de inauguración del hospital de Curepto. “Indignada” se declaró la presidenta, con sobrada razón, y se acusó al subdirector de Redes Asistenciales, Ricardo Fábrega, de haber permitido semejante farsa, en la que también estaban involucrados el intendente Alexis Sepúlveda y el director del Servicio de Salud, Gerardo Herrera.

De modo que cada año trae su afán. Y cuando trae cosas malas, es bueno que se vaya. Y lo más rápidamente posible.

La corriente, el trabajo y las cosas… zen

La corriente    Cuenta una historia taoísta que un anciano cayó accidentalmente en los rápidos del río llevándolo a una alta y peligrosa cascada. Los espectadores temieron por su vida. Milagrosamente, salió vivo e ileso, río abajo al final de la cascada. La gente le preguntó cómo logró sobrevivir. “Yo me adapté al agua, no el agua a mí. Sin pensar, me dejé moldear por el agua. Hundiéndome en la corriente, salí con la corriente. Así es cómo sobreviví”.

 Trabajo muy duro    Un estudiante de artes marciales fue hasta su profesor y le dijo seriamente, “Soy un devoto al estudiar su sistema marcial. ¿Cuánto tiempo me tomará dominarlo”. La respuesta del profesor fue improvisada, “Diez años”. Impacientemente, el estudiante replicó, “Pero quiero dominarlo mucho antes que eso. Trabajaré muy duro. Practicaré a diario, diez o más horas al día si es necesario. ¿Cuánto tiempo tomaría entonces?” El profesor pensó por un momento, “veinte años”.

El valor de las cosas    “Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?” El maestro, sin mirarlo, le dijo:

–Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… –y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

–E…encantado, maestro –titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

–Bien –asintió el maestro.

Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó: –Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado –más de cien personas– y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.

–Maestro –dijo– lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

–Qué importante lo que dijiste, joven amigo –contestó sonriente el maestro–. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

–Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

–¡¿58 monedas?! –exclamó el joven.

–Sí –replicó el joyero–. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

–Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo–. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

Hoy nace Jesús en nosotros ¡Feliz Navidad!

El relato bíblico nos habla de que un día como hoy nació un niño en una pequeña población de Judea llamada Belén. Sus padres eran de la casta del rey David: María, la escogida por Dios para encarnarse en su vientre, y José, cauto hombre de bien. Ninguno de los dos superaba los 25 años de edad.

Su hijo Emmanuel, o Jesús, llegó un día como hoy con tal linaje, en aquel pequeño pueblo, para representarnos que nada es despreciable, ni lo suficientemente chico para que escape a los ojos del Padre.

Un día como hoy nace el Dios hecho hombre, cuya corta vida, de apenas 33 años, sirvió para dejar uno de los legados espirituales más importantes para el género humano. La paz y el amor son dos pilares fundamentales. La paz en los espíritus. Y el amor a sí mismos, tan grande, como el amor al prójimo.

Sobre estas bases se levanta toda la otra enseñanza de grandeza humana. Enseñanza que todos podemos interiorizar. Jesús, quien hoy nació, quiso que todos fuéramos como él, porque a través de él llegamos al Padre, a Dios.

Mi abrazo fraterno a todos quienes visitan este sencillo blog, y mis deseos porque el año 2011 los colme de la realización de sus propósitos. Feliz navidad.

Dinero de sanitarias busca impacto social

Los periodistas Silvana Celedón y Julio Pizarro explicaron hoy con algo más de detalle la decisión del gobierno de vender su participación en las empresas Aguas Andinas, Esval, Essbio y Essal, por las que espera recibir US$1.600 millones.

Los defensores de la medida indican que “en 1998 el gobierno del presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle inició el proceso de privatización de las empresas sanitarias”, y luego, en el gobierno de Ricardo Lagos Escobar “se aprobó la eliminación del piso de 35%” de participación del Estado en privadas, “para hacer posible la venta total, o parcial, de las acciones del Estado, según fuesen las necesidades de financiamiento”, y de acuerdo con las condiciones de mercado. En resumen, el congresista Nicolás Monckeberg dice que “el Presidente Sebastián Piñera está culminando un proceso que inició la propia Concertación”.

Los críticos del gobierno y la oposición han señalado que “privatizar es malo”, que no es buena la idea de que “todo lo estatal es malo, y lo privado es bueno”, y afirman que de esta manera “el Estado pierde el control” de los servicios públicos.

Sí y no. No generalmente las empresas administradas por el Estado funcionan bien. Ocurre, generalmente, al revés. Funcionan mal, o cuando funcionan bien su nómina de empleados es tan grande que le impiden caminar. A su vez, no generalmente las empresas privadas funcionan bien, y generalmente suelen buscar todo tipo de artimañazas para burlar los controles sobre sus tarifas y derivar cobros a los usuarios mediante artificios legales.

El Estado puede, y no solamente “puede”, sino que debe, controlar el comportamiento de las empresas privadas. Empresas privadas de todo tipo. Si alguna enseñanza dejó la pasada crisis financiera, es la de que la empresa privada por sí misma no se regula. Y, por tanto, es necesaria la vigilancia del Estado. Y generalmente, es necesaria una vigilancia estrecha.

¿Para qué quiere el gobierno ese dinero? De acuerdo con la información que hoy se entrega, ese dinero servirá para “crear un nuevo fondo para capitalizar las empresas públicas”. Aclaró el gobierno que no se le están quitando funciones ni recuerdos a la Corporación Nacional de Fomento (Corfo), sino redireccionando esos dineros, entre otras cosas para “fortalecer algunos programas que la Corfo, que tiene disponibles para las pequeñas y medianas empresas (pyme), como fondos de inversión y de garantías”.

Es decir, los US$1.600 millones servirán 1) para financiar programas y proyectos de empresas del Estado a través de un nuevo fondo, 2) apoyar a Corfo en sus programas con las pyme, y 3) impulsar reformas en sectores como la educación y la seguridad ciudadana.

Dijo el ministro de Hacienda, Felipe Larraín (foto), que incentivar otras empresas, ampliar el fomento productivo y apoyar a las pyme y planes del gobierno, representará, dentro del conjunto de acciones, una manera de apoyar la reconstrucción post-terremoto. En sana lógica, hay que creerle. Es decir, el palabras oficiales, “serán recursos financieros que hoy forman parte de una inversión pasiva en una empresa privada, que se pondrá en usos de mayor rentabilidad social”.

La información reseña algunos frentes de acción con esos recursos: A) Codelco necesita hacer varias inversiones en los próximos 5 años para continuar liderando el mercado del cobre, lo cual implica unos US$ 17 mil millones. B) La empresa EFE, revivida en el gobierno de Michelle Bachelet, necesita US$ 500 millones en infraestructura para la expansión que se está llevando a cabo, y C) Las líneas 3  y 6 del Metro, que mejorarán la movilidad en Santiago, requieren en total cerca de US$ 2.400 millones.

X-La soledad de “La Quintrala” en su cumpleaños

La arquitecta María del Pilar Pérez (foto), apodada por los medios de comunicación como “La Quintrala” (que recuerda a una pequeña teleserie así llamada y exitosa hace muchos años, cuya protagonista era el ejemplo de una mala persona), sometida a la justicia por tres crímenes (los de su ex esposo, Francisco Zamorano, la pareja homosexual de éste, Héctor Arévalo y el novio de su sobrina Belén Molina, el joven economista Diego Schmidt-Hebbel), tuvo el más solitario de sus cumpleaños.

Según La Cuarta, “ni el gato saludó en el día de su cumpleaños a María del Pilar Pérez”. Ayer cumplió 59 años.

“La única persona que le deseó felicidades a la “Quintrala” fue el abogado que la defiende, Mario Palma”, contó La Cuarta. “Sabía que ella está de cumpleaños, la saludé y le reafirmé mi compromiso de defenderla de la mejor forma posible en el juicio. Es lo único que puedo hacer por ella”, dijo Palma.

Los cargos contra María del Pilar Pérez, cuyo juicio completa 3 meses, y estaría próximo a su final, tienen que ver con los tres homicidios, para los que habría contratado a José Ruz, y por el homicidio frustrado de su nuera, Montserrat Hernando, a quien después de lanzar por una escalera, golpeó con un mortero.

El proceso contra La Quintrala ha despertado la atención de la prensa porque se trata de una persona adinerada quien, al parecer, habría planeado y ordenado esos crímenes para obtener más dinero de la herencia de su padre. Por la silla de los testigos han pasado familiares y conocidos y todos coinciden en que María del Pilar no es de fácil trato, y, prácticamente, “encarna la maldad”, pero dentro del proceso probatorio de los crímenes la percepción judicial podría ser distinta.

¿Quién descuenta a los Ministros que no trabajan?

El estado de febrilidad en que está el Gobierno con su monserga de descontar los días de paro de los trabajadores del sector público que pedían un aumento digno para sus sueldos miserables, me hace pensar en cuántos días habrá que descontarles de sueldos a los ministros que van a calentar asiento, a preparar reuniones sociales, a planear fines de semana y a politiquear. ¡Y no trabajan!

Al ministro de Obras Públicas habría que descontarle por la falta de señalética en las carreteras, destrucción de los pavimentos y falta de fiscalización a la negligencia de las concesionarias. Al ministro de Salud Público, que ha sido el más histérico en este alocado propósito de los descuentos, descontarle por las pésimas condiciones de los hospitales regionales, la falta de medicamentos, los malos sueldos de los médicos en consultorios y postas, entre otras muchísimas cosas malas de su sector.

Y, así, con los demás.

Podríamos enumerar una cantidad de ausencias y faltas al trabajo de los ministros flojos, de los Secretarios Regionales Ministeriales flojos, de los Gobernadores , de los Intendentes, del Jefe de Gendarmería, de los Alcaldes, del Comandante de Carabineros, de los Congresistas, de los Directores de reparticiones, etcétera.

Los diarios y noticieros están llenos de faltas de trabajo de estos señores y señoras, que se reflejan en niños muertos, buses despedazados, ancianos agonizantes, empleados desempleados, pequeños empresarios con deudas onerosas… etcétera.

¿Quién les descuenta a los ministros, y demás funcionarios que, realmente, no trabajan?

Volvedor

I   El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.

Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges –con licencia– nunca vio un orillero de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino Aldazábal.

Todo empezó cuando el último verano caí desprevenidamente por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:

–Busco al chino Aldazábal –dije, limpiándome los anteojos.

Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo se. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.

El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una ceja.

Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido, levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser –según aseguró– por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se olvida de los amigos.

Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, sólo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que tengo en la espalda.
–Ellos cruzaron a Gualeguaychú –dijo después–. Fueron a traer la medicina.

Y se rió. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González –el chajá, que le decían– “operaba en esos chimisturrios”, que si me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.

–Mira –dijo Barbieri.

Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si fuera a llorar.

El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:

–¿Cuándo vuelven?

Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:

–Que alegrón –y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja se va a pegar el chino cuando te vea.

Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las mías.

–Sí –dije–. Qué alegrón.

Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el otro podía alegrarse de eso.

Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.

Barbieri estaba diciendo:

–La Rosario también parece contenta. Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.

–Y, ¿no vas a subir a verla?

Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.

–¿Y pa qué te crees vos que volví? –me oí decir.

El “pa” me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, peleando en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.

II   Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo –o invento– detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos, aprobando mi espera), sólo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda –la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto– y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero yo entonces sólo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de barro.

De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo “Vámosnos, Evaristo” y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.
En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso, sólo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.

Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban “te acordás, Garay”), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:

Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay. Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de mamado cuando habló:

–No se pegue, que no es dulce –dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja, preguntó:

–¿Bastonero, el hombre?

La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada. El grandote dijo:

–Bastonero no: sampedrino.

Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal –yo lo sé– nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté y le ordenó a la chica:

–Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.

La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:

–El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.

Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:

–¡Lisandro!

La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón. Lo que siguió también fue breve.

El Almacén y villa en los alrededores de San Pedro, cercana de aquella llamada Los Dos Machos, cuyo nombre remite al truco y, quizá, también a los protagonistas de esta historia.
Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse La Colorada.

Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante de la polvareda.

En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, clavadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino, que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.

III   No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella –más bien creo que sin ella–, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:

–¿Cómo fue que me mató la policía?

Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino este diálogo:

–Estás metido con la parda –y la voz del chino no tenía inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal lo miró feo–. Yo me la alcé pa mí –dijo.

Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.

Me imagino su voz:

–Que ella elija.

Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:

–Y ahora déjame solo –le dijo.

Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.

IV   Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.

El tiempo que viví en el almacén de Barbieri –también ya lo expliqué– me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando se quedó mirándome:

–Llévame con vos –dijo.

Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía irme.

–Te voy a llevar –dije–; pero antes tengo que esperarlo.

Bajé al boliche.

–Dame un cuchillo, Barbieri.

El grandote me miró; entonces cambié de idea:

–No. Mejor dame un revólver.

Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.

–Vámosnos –insistió la Rosario.

Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:

–Hace calor.

Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto. Evaristo, y yo casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.

La Rosario preguntaba:

–¿Quién te hizo esto, Evaristo?

Dije:

–Ya te vas a dar cuenta.

Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le grité:

–¡Abrite!

Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres tiros en la cabeza.

Abelardo Castillo (foto)

Gobierno Piñera gana $41.328 por trabajador

Nos sorprendió hoy domingo una noticia relacionada con el paro de trabajadores del sector público. La noticia es que el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter (foto), envió un email a todos los otros ministros ordenándoles que descuenten los días de paro a todos los trabajadores del sector público.

Hacía apenas unas horas estábamos reseñando la pérdida de sentido de Estado, y de popularidad del Gobierno, por la actuación errática del ministro de Salud, Jaime Mañalich, quien pidió, histéricamente, que descontaran los días del paro a los trabajadores de su sector. Calificamos de pésimo el liderazgo el de Mañalich, y convocábamos a un “paro contra este ministro” que está deteriorando la imagen del Gobierno y del presidente Sebastián Piñera.

¿Sabrá el presidente Sebastián Piñera sobre las piruetas de sus ministros? ¿O las piruetas de sus ministros obedecen a… sus órdenes expresas?

Si es este último caso, hace mal el presidente Piñera. Si la señal es que su gobierno es algo firme, está equivocado. Haber aumentado 4,2% los sueldos para el 2011, repito, ya era una victoria sobre el sector público. Pero ensañarse, como su ministro Mañalich y ahora Hinzpeter, es contraproducente.

Porque en este punto estoy pensando que el presidente Piñera mandó a sus escuderos a poner la cara para ver cómo se desarrollan las cosas, para él poder salir, quizás, de “redentor” después, y ordenar no descontar, sino fijar horarios extra para reponer las horas no trabajadas.

Un antecedente de este tipo, que se reseña, está en la presidenta Michelle Bachelet, quien ordenó hacer ese canje de dinero por horas, cuando su ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, envió un instructivo a todos sus ministros de la época, para descontar un (1) solo día de paro.

Hoy estamos hablando de 7 días.

Una cuenta sencilla, un simple ejercicio, en números gruesos: alguien que gane $164.000 pesos mensuales, tendrá un aumento de 4,2%, es decir, $6.888, para ganar, a partir de enero, $170.000.

Pero si se aplica el descuento ordenado por el presidente Sebastián Piñera, a través de los ministros Mañalich y Hinspeter, el día de trabajo de esa persona que gana $164.000 mensuales equivale a $5.466.

Al aplicársele el descuento para los 7 días, se le quitarían $48.216.

Al contrastarse este descuento de $48.216 con el aumento de $6.888, queda claro que el Gobierno se echa al bolsillo $41.328, por cada trabajador. ¡Excelente negocio! Un negocio digno de un buen negociante, como es el presidente Sebastián Piñera.