Contra la opinión adversa de muchos escritores Isabel Allende (1942) obtuvo este año 2010 el Premio Nacional de Literatura. Emocionada, lo dedicó a los 33 mineros atrapados a 700 metros bajo la superficie de Copiapó, en la mina San José.
Hay en Chile un grupo de escritores que se consideran con derecho de “autorizar”, o no, a quién se le puede llamar “escritor” y quién tiene “derecho” de ganar un concurso o el Premio Nacional de Literatura. Nombro a uno, solamente, Raúl Zurita, enconado enemigo de Roberto Ampuero, Enrique Lafourcade y, obviamente, Isabel Allende, entre otros. Curiosamente, los odiados son buenos escritores, que venden muchos libros y ganan harto dinero.
¿Qué diría Roberto Bolaño, hoy, de Isabel Allende? Hace varios años dijo: “Me parece una mala escritora, simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea una escritora, es una escribidora”. Pregunto qué diría hoy, porque Isabel Allende ha crecido enormemente (desde “La casa de los espíritus” hasta “Inés del alma mía”), si bien puede endilgársele la influencia de Gabriel García Márquez, estilo del colombiano que a más de uno subyugó, y a más de uno aniquiló (porque es incuestionable que puso una camisa de fuerza, durante muchos años, a la literatura latinoamericana y sus escritores. Que lo digan, si no, Rafael Gumucio y Alberto Fuguet).
José Miguel Varas cree que es una “narradora formidable. Su éxito tiene un fundamento literario. Por eso me parece una tontería que le echen en cara su éxito comercial. Muchas veces las críticas a Isabel nacen desde la envidia”. Las críticas a Isabel nacen desde la envidia, es una expresión que resuena. Quizás sea ese amor-odio por su éxito de ventas y sus abultados ingresos de escritora, lo que molesta a quienes quisieran tener ese mismo éxito comercial y esos ingresos abultados.
Isabel Allende cuenta con 20 o más libros en su producción literaria, que comenzó hace 35 años, o más. No es una “aparecida” en las letras. “La casa de los siete espejos”, “La casa de los espíritus”, “De amor y de sombra”, “Eva Luna”, “Paula”, “Afrodita”, “La ciudad de las bestias”, “Mi país inventado”, “Inés del alma mía”, “La isla bajo el mar” y “Los amigos son los amigos”, entre otros. De sus cuentos, tomo uno:
El huésped de la maestra
La Maestra Inés entró en La Perla de Oriente, que a esa hora estaba sin clientes, se dirigió al mostrador donde Riad Halabí enrollaba una tela de flores multicolores y anunció que acababa de cercenarle el cuello a un huésped de su pensión. El comerciante sacó su pañuelo blanco y se tapó la boca.
–¿Cómo dices, Inés? –Lo que oíste, turco. –¿Está muerto? –Por supuesto. –¿Y ahora qué vas a hacer? –Eso mismo vengo a preguntarte –dijo ella acomodándose un mechón de cabello.
–Será mejor que cierre la tienda –suspiró Riad Halabí. Se conocían desde hacía tanto, que ninguno podía recordar el número de años, aunque ambos guardaban en la memoria cada detalle de ese primer día en que iniciaron la amistad. ÉL era entonces uno de esos vendedores viajeros que van por los caminos ofreciendo sus mercaderías, peregrino del comercio, sin brújula ni rumbo fijo, un inmigrante árabe con un falso pasaporte turco, solitario, cansado, con el paladar partido como un conejo y unas ganas insoportables de sentarse a la sombra; y ella era una mujer todavía joven, de grupa firme y hombros recios, la única maestra de la aldea, madre de un niño de doce años, nacido de un amor fugaz. El hijo era el centro de la vida de la maestra, lo cuidaba con una dedicación inflexible y apenas lograba disimular su tendencia a mimarlo, aplicándole las mismas normas de disciplina que a los otros niños de la escuela, para que nadie pudiera comentar que lo malcriaba y para anular la herencia díscola del padre, formándolo, en cambio, de pensamiento claro y corazón bondadoso. La misma tarde en que Riad Halabí entró en Agua Santa por un extremo, por el otro un grupo de muchachos trajo el cuerpo del hijo de la Maestra Inés en una improvisada angarilla. Se había metido en un terreno ajeno a recoger un mango y el propietario, un afuerino a quien nadie conocía por esos lados, le disparó un tiro de fusil con intención de asustarlo, marcándole la mitad de la frente con un círculo negro por donde se le escapó la vida. En ese momento el comerciante descubrió su vocación de jefe y sin saber cómo, se encontró en el centro del suceso, consolando a la madre, organizando el funeral como si fuera un miembro de la familia y sujetando a la gente para evitar que despedazara al responsable. Entretanto, el asesino comprendió que le sería muy difícil salvar la vida si se quedaba allí y escapó del pueblo dispuesto a no regresar jamás. A Riad Halabí le tocó a la mañana siguiente encabezar a la multitud que marchó del cementerio hacia el sitio donde había caído el niño. Todos los habitantes de Agua Santa pasaron ese día acarreando mangos, que lanzaron por las ventanas hasta llenar la casa por completo, desde el suelo hasta el techo. En pocas semanas el sol fermentó la fruta, que reventó en un jugo espeso, impregnando las paredes de una sangre dorada de un pus dulzón, que transformó la vivienda en un fósil de dimensiones prehistóricas, una enorme bestia en proceso de podredumbre, atormentada por la infinita diligencia de las larvas y los mosquitos de la descomposición.
La muerte del niño, el papel que le tocó jugar en esos días y la acogida que tuvo en Agua Santa determinaron la existencia de Riad Halabí. Olvidó su ancestro de nómada y se quedó en la aldea. Allí instaló su almacén, La Perla de Oriente. Se casó, enviudó, volvió a casarse y siguió vendiendo, mientras crecía su prestigio de hombre justo. Por su parte Inés educó a varias generaciones de criaturas con el mismo cariño tenaz que le hubiera dado a su hijo, hasta que la venció la fatiga, entonces cedió el paso a otras maestras llegadas de la ciudad con nuevos silabarios y ella se retiró. Al dejar las aulas sintió que envejecía de súbito y que el tiempo se aceleraba, los días pasaban demasiado rápido sin que ella pudiera recordar en qué se le habían ido las horas.
–Ando aturdida, turco. Me estoy muriendo sin darme cuenta –comentó.
–Estás tan sana como siempre, Inés. Lo que pasa es que te aburres, no debes estar ociosa –replicó Riad Halabí y le dio la idea de agregar unos cuartos en su casa y convertirla en pensión.
–En este pueblo no hay hotel. –Tampoco hay turistas –alegó ella. –Una cama limpia y un desayuno caliente son bendiciones para los viajeros de paso.
Así fue, principalmente para los camioneros de la Compañía de Petróleos, que se quedaban a pasar la noche en la pensión cuando el cansancio y el tedio de la carretera les llenaban el cerebro de alucinaciones.
La Maestra Inés era la matrona más respetada de Agua Santa. Había educado a todos los niños del lugar durante varias décadas, lo cual le daba autoridad para intervenir en las vidas de cada uno y tirarles las orejas cuando lo consideraba necesario. Las muchachas le llevaban sus novios para que los aprobara, los esposos la consultaban en sus peleas, era consejera, árbitro y juez en todos los problemas, su autoridad era más sólida que la del cura, la del médico o la de la policía. Nada la detenía en el ejercicio de ese poder. En una ocasión se metió en el retén, pasó por delante del Teniente sin saludarlo, cogió las llaves que colgaban de un clavo en la pared y sacó de la celda a uno de sus alumnos, preso a causa de una borrachera. El oficial trató de impedírselo, pero ella le dio un empujón y se llevó al muchacho cogido por el cuello. Una vez en la calle le propinó un par de bofetones y le anunció que la próxima vez ella misma le bajaría los pantalones para darle una zurra memorable. El día en que Inés fue a anunciarle que había matado a un cliente, Riad Halabí no tuvo ni la menor duda de que hablaba en serio, porque la conocía demasiado. La tomó del brazo y caminó con ella las dos cuadras que separaban La Perla de Oriente de la casa de ella. Era una de las mejores construcciones del pueblo, de adobe y madera, con un porche amplio donde se colgaban hamacas en las siestas más calurosas, baños con agua corriente y ventiladores en todos los cuartos. A esa hora parecía vacía, sólo descansaba en la sala un huésped bebiendo cerveza con la vista perdida en la televisión.
–¿Dónde está? –susurró el comerciante árabe. –En una de las piezas de atrás –respondió ella sin bajar la voz.
Lo condujo a la hilera de cuartos de alquiler, todos unidos por un largo corredor techado, con trinitarias moradas trepando por las columnas y maceteros de helechos colgando de las vigas, alrededor de un patio donde crecían nísperos y plátanos. Inés abrió la última puerta y Riad Halabí entró en la habitación en sombras. Las persianas estaban corridas y necesitó unos instantes para acomodar los ojos y ver sobre la cama el cuerpo de un anciano de aspecto inofensivo, un forastero decrépito, nadando en el charco de su propia muerte, con los pantalones manchados de excrementos, la cabeza colgando de una tira de piel lívida y una terrible expresión de desconsuelo, como si estuviera pidiendo disculpas por tanto alboroto y sangre y por el lío tremendo de haberse dejado asesinar. Riad Halabí se sentó en la única silla del cuarto, con la vista fija en el suelo, tratando de controlar el sobresalto de su estómago. Inés se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, calculando que necesitaría dos días para lavar las manchas y por lo menos otros dos para ventilar el olor a mierda y a espanto.
–¿Cómo lo hiciste? –preguntó por fin Riad Halabí secándose el sudor.
–Con el machete de picar cocos. Me vine por detrás y le di un solo golpe. Ni cuenta se dio, pobre diablo.
–¿Por qué? –Tenía que hacerlo, así es la vida. Mira qué mala suerte, este viejo no pensaba detenerse en Agua Santa, iba cruzando el pueblo y una piedra le rompió el vidrio del carro. Vino a pasar unas horas aquí mientras el italiano del garaje le conseguía otro de repuesto. Ha cambiado mucho, todos hemos envejecido, según parece, pero lo reconocí al punto. Lo esperé muchos años, segura de que vendría, tarde o temprano. Es el hombre de los mangos.
–Alá nos ampare –murmuró Riad Halabí. –Te parece que debemos llamar al Teniente? –Ni de vaina, cómo se te ocurre. –Estoy en mi derecho, él mató a mi niño. –No lo entendería, Inés. –Ojo por ojo, diente por diente, turco. ¿No dice así tu religión? –La ley no funciona de ese modo, Inés. –Bueno, entonces podemos acomodarlo un poco y decir que se suicidó.
–No lo toques. ¿Cuántos huéspedes hay en la casa? –Sólo un camionero. Se irá apenas refresque, tiene que manejar hasta la capital.
–Bien, no recibas a nadie más. Cierra con llave la puerta de esta pieza y espérame, vuelvo en la noche.
–¿Qué vas a hacer? –Voy a arreglar esto a mi manera. Riad Halabí tenía sesenta y cinco años, pero aún conservaba el mismo vigor de la juventud y el mismo espíritu que lo colocó a la cabeza de la muchedumbre el día que llegó a Agua Santa. Salió de la casa de la Maestra Inés y se encaminó con paso rápido a la primera de varias visitas que debió hacer esa tarde. En las horas siguientes un cuchicheo persistente recorrió al pueblo, cuyos habitantes se sacudieron el sopor de años, excitados por la más fantástica noticia, que fueron repitiendo de casa en casa como un incontenible rumor, una noticia que pujaba por estallar en gritos y a la cual la misma necesidad de mantenerla en un murmullo le confería un valor especial. Antes de la puesta del sol ya se sentía en el aire esa alborozada inquietud que en los años siguientes sería una característica de la aldea, incomprensible para los forasteros de paso, que no podían ver en ese lugar nada extraordinario, sino sólo un villorrio insignificante, como tantos otros, al borde de la selva. Desde temprano empezaron a llegar los hombres a la taberna, las mujeres salieron a las aceras con sus sillas de cocina y se instalaron a tomar aire, los jóvenes acudieron en masa a la plaza como si fuera domingo. El Teniente y sus hombres dieron un par de vueltas de rutina y después aceptaron la invitación de las muchachas del burdel, que celebraban un cumpleaños, según dijeron. Al anochecer había más gente en la calle que un día de Todos los Santos, cada uno ocupado en lo suyo con tan aparatosa diligencia que parecían estar posando para una película, unos jugando dominó, otros bebiendo ron y fumando en las esquinas, algunas parejas paseando de la mano, las madres correteando a sus hijos, las abuelas husmeando por las puertas abiertas. El cura encendió los faroles de la parroquia y echó a volar las campanas llamando a rezar el novenarío de San Isidoro Mártir, pero nadie andaba con ánimo para ese tipo de devociones.
A las nueve y media se reunieron en la casa de la Maestra Inés el árabe, el médico del pueblo y cuatro jóvenes que ella había educado desde las primeras letras y eran ya unos hombronazos de regreso del servicio militar. Riad Halabí los condujo hasta el último cuarto, donde encontraron el cadáver cubierto de insectos, porque se había quedado la ventana abierta y era la hora de los mosquitos. Metieron al infeliz en un saco de lona, lo sacaron en vilo hasta la calle y lo echaron sin mayores ceremonias en la parte de atrás del vehículo de Riad Halabí. Atravesaron todo el pueblo por la calle principal, saludando como era la costumbre a las personas que se les cruzaron por delante. Algunos les devolvieron el saludo con exagerado entusiasmo, mientras otros fingieron no verlos, riéndose con disimulo, como niños sorprendidos en alguna travesura. La camioneta se dirigió al lugar donde muchos años antes el hijo de la Maestra Inés se inclinó por última vez a coger una fruta. En el resplandor de la luna vieron la propiedad invadida por la hierba maligna del abandono, deteriorada por la decrepitud y los malos recuerdos, una colina enmarañada donde los mangos crecían salvajes, las frutas se caían de las ramas y se pudrían en el suelo, dando nacimiento a otras matas que a su vez engendraban otras y así hasta crear una selva hermética que se había tragado los cercos, el sendero y hasta los despojos de la casa, de la cual sólo quedaba un rastro casi imperceptible de olor a mermelada. Los hombres encendieron sus lámparas de queroseno y echaron a andar bosque adentro, abriéndose paso a machetazos. Cuando consideraron que ya habían avanzado bastante, uno de ellos señaló el suelo y allí, a los pies de un gigantesco árbol abrumado de fruta, cavaron un hoyo profundo, donde depositaron el saco de lona. Antes de cubrirlo de tierra, Riad Halabí dijo una breve oración musulmana, porque no conocía otras. Regresaron al pueblo a medianoche y vieron que todavía nadie se había retirado, las luces continuaban encendidas en todas las ventanas y por las calles transitaba la gente.
Entretanto la Maestra Inés había lavado con agua y jabón las paredes y los muebles del cuarto, había quemado la ropa de cama, ventilado la casa y esperaba a sus amigos con la cena preparada y una jarra de ron con jugo de piña. La comida transcurrió con alegría comentando las últimas riñas de gallos, bárbaro deporte, según la Maestra, pero menos bárbaro que las corridas de toros, donde un matador colombiano acababa de perder el hígado, alegaron los hombres. Riad Halabí fue el último en despedirse. Esa noche, por primera vez en su vida, se sentía viejo. En la puerta, la Maestra Inés le tomó las manos y las retuvo un instante entre las suyas.
–Gracias, turco –le dijo. –¿Por qué me llamaste a mí, Inés? –Porque tú eres la persona que más quiero en este mundo y porque tú debiste ser el padre de mi hijo.
Al día siguiente los habitantes de Agua Santa volvieron a sus quehaceres de siempre engrandecidos por una complicidad magnífica, por un secreto de buenos vecinos, que habrían de guardar con el mayor celo, pasándoselo unos a otros por muchos años como una leyenda de justicia, hasta que la muerte de la Maestra Inés nos liberó a todos y puedo yo ahora contarlo.

















Un gran mèrito de este gobierno, que fue capaz de reconocer la calidad de una escritora que se encontraba en la vereda politica contraria. Algo que nunca practicò el gobierno de la izquierda, que nunca jamás premió a alguien que pensara distinto a ellos.
Esa es la nueva forma de hacer las cosas.
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Yo adoro a Isabell Allende….
estamos hablando de la misma isabel allende???… de verdad, de maestra ni el pelo, es una escribidora basica, burda, soporifera y sin sentido. que tu seas un lector mediocre es otra cosa.
Turko, estamos hablando de la misma Isabel Allende que tú estas considerando básica, burda y soporífera. De ella digo lo que anoté: que ha ido de menos a más en sus libros sucesivos, a diferencia, por ejemplo, de Roberto Ampuero (a quien también nombré en el post), que ha ido de más a menos (al menos su último libro, “La otra mujer”, es bastante regular y un retroceso en su carrera literaria, a mi entender http://juliosuarezanturi.wordpress.com/2011/06/10/%e2%80%9cla-otra-mujer%e2%80%9d-de-ampuero-lectura-de-aeropuerto).
Turko, no sé si has leído la obra (me refiero a la mayoría de libros) de Isabel Allende, para sustentar tus calificativos, que considero excesivos. Ya dije en el post lo que pienso de ella, y te lo confirmo en este comentario.
En realidad, no aspiro a ser mejor censurador que tú. Me gustaría que desarrollaras una idea, un argumento, porque los epítetos no son un aporte a la evaluación. También quise dejar constancia de opiniones diametralmente opuestas, como la de Roberto Bolaño (a quien considero un gran escritor, igualmente de menos a más en su carrera, “que odiaba con el alma a todos los escritores chilenos”, según Gonzalo Contreras), que la descalifica como escritora, y no comparto eso; y la opinión de José Miguel Varas, también Premio Nacional de Literatura, que encuentro bastante condescendiente.
Cada uno de los lectores de esta bitácora podrá formarse una opinión. Gracias por tu visita.
Totalmente de acuerdo con José Miguel Varas, el desprecio a Isabel Allende nace de la envidia!!!!
Esa a la que le encanta hacer libros de prostitutas con sexo explicito? Deberian de contratarla para playboy, al menos serviria para algo. Y por lo de la envidia, lo mismo dice Paulina Peña Nieto sobre su papi, y no significa que sea cierto. Y si se trata de leer literatura comercial, ponganse a leer billetes directamente! Pierden menos su tiempo… También podrían leer a Gabriel García Márquez cuyos libros (que son mil veces mejores que les de esa mediocre) están siendo copiados vilmente por ella.
Pueden quejarse lo que quieran, pero esto solo me dice que están ardidos porqué no pueden admitir que su escritura es mediocre. Que venda mucho, es porque ha tenido mucha promoción y sabe de como controlar los espiritus de la gente ignorante para ganar lana.
Solo me gustaría saber si todos lo que critican a Isabel Allende ¿han leido alguna de sus obras?. De ser asi seria bueno hacer una critica razonable, no me parece que sirvan de algo las palabras al aire y sin sentido;¿por que no hacer de sus comentarios algo más constructivo y exponer realmente el porque piensan que Isabel Allende es una escritora mediocre ya que eso de porque vende libros no me parece un argumento valido, creo que no se le puede juzgar solo por su exito comercial, es como juzgar un libro por su portada, ¿no lo creen?. Si van a criticar que sea como se debe, con fundamentos. Y un poco más de respeto para esta gran escritora, que no hace otra cosa que escribir con el alma.
En lo personal a mi me transmite mucho lo que escribe, me provoca muchos sentimientos y emociones lo que plasma es sus libros ; después de todo eso es lo que busca el arte de escribir: provocar y comunicar algo al lector. Sus historias te envuelven con su magia y sus personajes son fascinantes; en la ciudad de las bestias (la cual leí en mi adolescencia), me diverti por horas con aquella aventura por la selva amazonica y con aquella abuela inigualable; con retrato en sepia me parecio magnifico el desarrollo de la historia y como todas las partes de la historias se van entrelazando, así como la diferencia de culturas que se exponen en este libro, y los enigmas que se van disipando conforme avanza la historia. Tambien me a gustado mucho Paula, la cantidad de recuerdos, personajes y vivencias que solo me dejaron en claro de donde se inspira para sus libros, nada más que de su vida misma. Me parece una literatura muy magica y para gente sensible, que sabe apreciar que la sencillez de un relato tambien puede resultar interesante.
Cuando leí “La Casa de los Espíritus” siendo muy joven aún; la novela me atrapó; en aquel entonces tenía una fascinación por la literatura de García Marquez y en una novela que utilizaba su estilo, sumado además de que narraba el golpe del 73′ y haberse escrito por un familiar del presidente Allende, era para mi suficiente. Lo mismo me ocurrió con De amor y de Sombra. Sin embargo, al paso del tiempo, en el descubrimiento de otros autores, en donde su crecimiento personal se plasmaba en la busqueda de nuevos estilos libro por libro; cuando regresé a la narrativa de Isabel Allende con sus nuevos títulos publicados; la encontré superflua, vacía; seguía copiando el estilo, las frases de García Marquez; creo que encontró una manera comoda por escribir y jamás se arriesgo. Así fue repitiendo la fórmula en todos sus libros que me resultaron inbancables. Hay gustos para todos, jamás descalificaría a ninguno por sus gustos y mucho menos literarios; pero en el caso de la narrativa de Isabel Allende, quizás, en algún futuro, releería La Casa de los Espiritús y quizas también De amor y de sombras, por la nostalgía; Sin embargo, no volvería a leer nada nuevo de ella porque hay tan poco tiempo y tanto que leer.
Josué, si tienes tiempo y deseos, intenta leer “Inés del alma mía”, y volvemos a comentarlo. Admito que hay ciertos giros de García Márquez que se pueden identificar fácilmente en Isabel Allende, pero no son giros originales de García Márquez, sino que él también los tomó de Faulkner, de Hemingway, de Joyce, de Sófocles, de Flaubert, y otros autores de los que el Nobel reconoce paternidad.
Ustedes lo dijeron “tiene giros de Gabriel García Marquez” es decir le copia a Gabriel García Marquez si es que así se le puede llamar porque ni eso sabe hacer bien. La casa de los espíritus también me transmitió sensaciones, me transmitió ganas de vomitar y de quemar el libro en la hoguera. En cuanto Inés del Alma mía, como se atreven a comparar ESO con las obras de Faulkner, Hemingway, Joyce, Sófocles y Flaubert, esa es la prueba de su falta de cultura literaria. Váyanse a leer algo bueno en lugar de andar posteando estupideces. Paz, duerman bien y que no les piquen las pulgas
Adrián, hiciste tal mezcolanza, que es para indigestarse. No lo tomes a mal, pero tienes cero sensibilidad literaria. No vale la pena un comentario. Lo siento. En esta casa no hay pulgas. Gracias por tu visita.
Si, por supuesto…. Por favor, edúquenme, me muero de ganas de caer en la misma trampita de gente no culta y fácil de impresionar con estereotipos predecibles y usados. Dónde dan curso?
Para ser tonto, ya te graduaste con honores, Adrian, yo te confundo con Josué. ¿No “eres” la misma persona…?