Archivo mensual: agosto 2010

Jairo Aníbal Niño era un niño, q.e.p.d.

Me acabo de enterar de la muerte del escritor colombiano Jairo Aníbal Niño. Supe de él por allá en 1978, cuando publicó o escribió o ganó un concurso con el libro “Zoro”, primero de una serie de textos de literatura infantil, que cultivó hasta su muerte, porque él era un niño, ocurrida hoy. Antes de eso, se dio a conocer con una obra de teatro, “El sol subterráneo”, que ganó un concurso internacional del género. También lo recuerdo por sus breves historias de trozos de la historia colombiana, que publicó en la revista Cromos. Siempre, su pluma ágil, diáfana y poética llamaba la atención. Pero terminó su viaje por los cielos de las letras. Creo que es de él el cuento breve que en este instante recuerdo, según el cual un niño obsequia una cajita con semillas adentro, y escribe que con mucho amor “le regala ese bosque”, para que juegue en él. He aquí, brevísima muestra de sus cuentos breves:

Cuando llegué del colegio Cuando llegué del colegio me quité los zapatos, dejé en el suelo la maleta donde cargo útiles y libros, me senté en el viejo sofá que me gusta tanto, llamé a mi gato para acariciarlo, no quise almorzar ni hablar con nadie, y le sostuve la mirada al retrato de Zico que tengo pegado en la pared. Más allá de la ventana pasó un color tan rápido que solo alcancen a ver un pedazo de pájaro o de mariposa. Saqué del bolsillo de la camisa una hoja de cuaderno donde ella había escrito su nombre. Es trigueña, de trenzas, se llama Alejandra, se ríe lindo, y tiene nueve años como yo. Estudia en el tercero A, y al recordarla sentí un corrientazo por dentro como si me empezara a doler el estómago del corazón.

La imagen La imagen más clara que tengo de un hermoso cielo –cielo amado por pilotos y gorriones– es la de tus manos. Son tan bellas que parecen de aire con dos o tres nubes oscuras que son tus dedos manchados de tinta.

Fundición y forja Todo se imaginó Supermán, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.

Jaime Sabines, poesía sin rimbombancia

Lejos de los círculos literarios Jaime Sabines ha creado un mundo poético singular, en el que no escapa la perversión de la carne, la brutalidad del amor, el desenfreno de la angustia. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, estado de Chiapas, México, en 1926, y murió en la Ciudad de México en 1999. Nunca fue su orgullo publicar en revistas especializadas o connotadas, ni asistir a los cócteles de los mismos que critican y manipulan para hacerse al poder social de censurar a los demás. Vivió del comercio y de una mente privilegiada para poner a prueba en sus poemas la crudeza del ser humano; crudeza, aún en sus actos más sublimes. Bautizó a sus hijos con la misma “J” suya y de su padre: Julio, Julieta, Judith y Jazmín. Escribió con voz propia, coloquialmente. He aquí dos textos, uno en prosa (Espero curarme de ti) y otro en verso (Solo en sueños…):

Espero curarme de ti

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”, “¿sabes manejar?, se hizo de noche”… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Sólo en sueños…

Sólo en sueños,

sólo en el otro mundo del sueño te consigo,

a ciertas horas, cuando cierro puertas

detrás de mí.

¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,

y ahora estoy preso en su sortilegio,

atrapado en su red!

¡Con qué morboso deleite te introduzco

en la casa abandonada, y te amo mil veces

de la misma manera distinta!

Esos sitios que tú y yo conocemos

nos esperan todas las noches

como una vieja cama

y hay cosas en lo oscuro que nos sonríen.

Me gusta decirte lo de siempre

y mis manos adoran tu pelo

y te estrecho, poco a poco, hasta mi sangre.

Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,

y con mi mano en tu boca, te busco y te busco.

A veces lo recuerdo. A veces

sólo el cuerpo cansado me lo dice.

Al duro amanecer estás desvaneciéndote

y entre mis brazos sólo queda tu sombra.

Guillermo Blanco se ha ido

Si hay un texto que caracterice a Guillermo Blanco, y al mismo tiempo lo mitifique, ese es el cuento “Adiós a Ruibarbo”. Guillermo Blanco se apropió de todo en el mundo a través de la escritura literaria. También creó un mundo en el periodismo. Y no le dieron el Premio Nacional de Literatura, sino el Nacional de Periodismo, en 1999. En 1971 reemplazo a Salvador Reyes en la Academia Chilena de la Lengua, a la muerte de éste, quien tenía asiento desde 1960. El 25 de agosto del 2010 murió, ayer, a los 84 años, Guillermo Blanco, uno de los grandes de la literatura chilena.

En 1956, a sus 30 años (y hace 54), ganó el Concurso Interamericano de Cuentos del Diario “El Nacional”, en la república de México, con el texto “La espera”, el cual me permito reproducir, porque muestra su genio este ejercicio de arqueología literaria.

La espera

Había dejado de llover cuando despertó. Aún era de noche, pero afuera estaba casi claro, y a través de una de las ventanas penetraba el resplandor vago, fantasmal, del plenilunio. Desde el camino llegaba el son del viento entre las hojas de los álamos. Más acá, en el pasillo o en alguna de las habitaciones, una tabla crujió. Luego crujió una segunda, luego una tercera; silencio. Diríase que alguien había dado unos pasos sigilosos y se había detenido. Un perro aulló a la distancia, largamente. El aullido pareció ascender por el aire nocturno, describir un arco como un aerolito y perderse poco a poco, devorado por la oscuridad. A intervalos parejos, un resabio de agua goteaba del alero.

Ella imaginó los charcos que habría en el patio, y en los charcos la luna, quieta. Veía desde su lecho la copa del ciprés, que se balanceaba con dignidad sobre un fondo revuelto de nubes y cielo despejado. El contorno de la reja destacaba, nítido; reproducíase, por efecto de la sombra, en el muro frontero, donde se dibujaban siluetas extrañas.

Tuvo miedo de nuevo.

Miedo de la hora, del  frío, de los diminutos ruidos que rompían a intervalos el silencio; miedo del silencio mismo. Miró a su marido: dormía con gran placidez. Su rostro, no obstante, bañado en luz blanquecina, poseía un aire siniestro, de cadáver o criatura de otro mundo. Sintió el impulso de despertarlo, mas no se atrevió. Habría sido absurdo. Su miedo lo era. Y sin embargo era tan fuerte. La oprimía por momentos igual que una tenaza, impidiéndole respirar aunque mantenía abierta la boca, aunque cambiaba suavemente de postura. Suavemente, para no interrumpir el sueño de él.

Duerme, amor, duerme. No voy a molestarte. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Son los nervios, amor, que no me dejan tranquila.

Un ave nocturna cantó quizá dónde. No era un canto lúgubre, sino una especie de música a un tiempo misteriosa y  serena.

Tornó ella a percibir el crujido de las tablas, acercándose.

Yo sé que no es nadie. Siempre pasa esto y no es nadie. No es nadie. Nadie.

De pronto tuvo conciencia de que su frente se hallaba cubierta de sudor. Se enjugó con la sábana. Amor, amor, repitió mentalmente, en un mudo grito de angustia. ¡Si él despertase! Si se desvelara también, y así, juntos conversaran en voz baja hasta llegar el día. . .

Pero el hombre no captaba su llamado interno. Era la fatiga, pensó. Con tanto quehacer de la mañana a la tarde, con el madrugón de hoy. . .

Duerme. No te importe.

El viento semejó detenerse unos instantes, para continuar en seguida su melodía unicorde en la alameda. Por primera vez notó ella, apagada por la distancia, la monótona música del río: se vería muy pálido ahora: un río de pesadilla, resbalando con terrible lentitud, y a ambos lados los sauces beberían interminablemente, encorvados, en libación comparable a un pase de brujos, y arriba el cielo nuboso y el revolotear de los murciélagos, y la voz honda de la corriente repetiría su pedregoso murmullo de abracadabra.

 (Una muchacha había muerto en el río, años atrás. Cuando encontraron su cadáver oculto en las zarzas de un remanso se hubiera creído que vivía aún, tal era la transparencia de sus ojos abiertos, tal la paz de sus manos y sus facciones, y la frescura que irradiaba toda ella. Vestía un traje celeste con flores blancas; un traje sencillo, delgado. Al sacarla del agua, la tela se ceñía a su cuerpo de modo que daba la idea de constituir una unidad con él. Nadie supo nunca quién era ni de dónde venía. Sólo que era joven, que la muerte le había conferido belleza, que sus rasgos eran limpios y puros. Los mozos de la comarca pensaban en ella y les daba pena su existencia interrumpida, y la amaban un poco en sus imaginaciones. Ignoraban por qué apareció allí. No debió de ahogarse, pues no estaba hinchada, mas en su rostro ninguna huella mostraba el paso de una enfermedad, o de un golpe o un tiro. La llevaron a San Millán para hacerle la autopsia. Los mozos no supieron más. No quisieron saber: la recordaban tal cual surgió: lozana, amable, serena, con algo de irreal o feérico, desprovista de nombre, de causas. ¿Para qué saber más? ¿Para qué saber si por este o el otro motivo resolvió quitarse la vida, o si no se la quitó? Al referirse a ella la llamaban la Niña del Río, aunque su cuerpo era ya el de una mujer. Decían que desde esa tarde el río cantaba de diversa manera en el lugar donde apareció. Y quizá si en el fondo no lamentaran verdaderamente que hubiese perecido, porque no la conocieron viva y porque viva no habría podido ser sino de uno –ninguno de ellos, de  seguro–, y así, en cambio, su grácil fantasma era patrimonio de todos.)

Un perro ladró nuevamente, lejos. Después ladró otro más cerca.

Si él despertase ahora. Cómo lo deseaba. Cómo deseaba tener sus brazos en torno, fuertes y tranquilizadores, o sentir su mano grande enredada en el pelo. En un impulso repentino lo besó. Apenas. El hombre emitió un breve gruñido, chasqueó la lengua dentro de la boca y siguió durmiendo.

Pobre amor: estás cansado.

Cerró los ojos.

Entonces lo vio. Lo vio con más nitidez que nunca, igual que si la escena estuviese repitiéndose allí, dentro del cuarto, y el Negro volviese a morder las palabras con que amenazara a  su marido:

–¡Me lah vai a pagar, futre hijo’e perra!

Vio sus pupilas enrojecidas y su rostro barbudo, que se contraía en una suerte de impasible mueca de odio. Ella  nunca se había encontrado antes frente al odio –a la ira sí, pero no al odio–, y experimentó una mezcla de terror y de piedad hacia ese infeliz forajido que iba a pasar el resto de sus días encerrado entre cuatro paredes, sin una palabra de consuelo ni una mano amiga, encerrado con su rencor, doblemente solo por ello y doblemente encerrado.

–¡Me lah vai a pagar!

Y a medida que los carabineros se lo llevaban con las manos esposadas y atado por una cuerda al cabestro de una de sus cabalgaduras, el Negro se volvía a repetir un ronco:

–¡Te lo juro! ¡Te lo juro!

El esposo lo miraba en silencio, y ella se dijo que tal vez también a él le daba lástima ver al preso tan inerme. Un bandido que era el terror de la comarca, cuyo estribo besaran muchos para implorar su gracia o su favor, y cuyo puñal guardaba el recuerdo de la carne de tantos muertos y tantos heridos. De vientres abiertos y caras marcadas, de brazos o pechos rajados de alto a bajo.

Sí, era malo. Pero ¿era  malo? ¿Podía ser real maldad tanta maldad? ¿No era, acaso, una especie de locura: la del lobo, o el perro que de pronto se torna matrero?

Y aunque no fuera sino maldad –pensaba–, y quizá por eso mismo, el Negro era digno de compasión. Debía de ser terrible vivir así, odiando y temiendo, temido y odiado, perseguido, sin saber lo que es hogar ni lo que es amor, comiendo de cualquier manera en cualquier parte; amando con el solo instinto, a campo raso, a hurtadillas. Un amor de barbarie animal, desprovisto de ternura, sin la caricia suave, secreta, que es como un acto esotérico: ni el beso quieto que no destroza los labios, ni la charla tranquila frente a la tarde, ni la mirada infinita y perfecta. Un amor que seguramente no es correspondido con amor, sino con terror, y que dura un instante, para dar paso de nuevo a la fuga.

Así lo sorprendió su marido, oculto entre unas zarzas, con una mujer blanca de miedo y embadurnada de sangre. Lo encañonó con el revólver.

–Párate, Negro. Arréglate.

–Deje mejor, patrón.

Pronunciaba “patrón” con una ironía sutil y profunda. Casi una befa.

–Párate.

–Le prevengo, patrón.

Él  no respondió. El Negro se puso de pie con ostensible lentitud. A lo largo del camino, hasta la quebrada de la Higuera, fue repitiéndole:

–Toavía eh tiempo, patrón. Puee cohtarle caro.

Y él mudo.

–Yo tengo mi gente, patrón.

Silencio.

–Piense en  la patrona,  que icen  qu’eh güenamoza  y joen…

El Negro marchaba unos pasos delante, y le hablaba mostrándole el  perfil. Él  lo miraba desde arriba de su caballo, con la vista aguzada, pronto a disparar al menor movimiento extraño.

–Sería una pena que enviudara la patroncita…

Pausa. El perfil sonreía apenas, con malicia.

–… o que enviudara uhté…

–Si dices media cosa más, te meto un tiro.

–¡Por Dioh, patrón!

–Cállate.

–Ni que me tuviera miedo –murmuró, fríamente socarrón, demorándose en las palabras. Y de improviso, en un instante, se inclinó y cogió una piedra, y cuando iba a lanzársela, él oprimió el gatillo, una, dos, tres veces. Un par de balas se alojó en la pierna izquierda del Negro, que permaneció inmóvil, esperando. Ambos jadeaban.

–¿No ‘e, patrón? La embarró. Ahora  no voy a poder andar.

Lo ató con el lazo cuidadosamente, haciéndolo casi un ovillo, y lo puso atravesado sobre la montura, de modo que sus pies colgaban hacia un lado y la cabeza hacia el otro. Así, tirando él de la brida, lo condujo hasta las casas del fundo. Cuando llegaron, el Negro se había desangrado con profusión: su pantalón estaba salpicado de rojo, salpicada también la cincha, y un reguero de puntos rojos marcaba el camino por donde vinieran.

Desde el pórtico de entrada los vio ella. Primero se alarmó por su marido, creyendo que podía haberle ocurrido algo, mas pronto se dio cuenta de que se hallaba bien. Adivinando la respuesta, preguntó muy quedo:

–¿Quién es?

–El Negro.

Pálido, desencajado, el Negro alzó el rostro con gran esfuerzo, la observó fijamente. Todavía ahora sentía incrustados en su carne esos ojos de acero, llameantes en medio de la extrema debilidad y tintos de un objetivo toque perverso. Recordaba que se puso a temblar. Luego la cerviz del bandido se inclinó, mustia.

–Se desmayó. Habrá que curarlo –dijo el esposo.

–¿Tiene heridas graves?

–No. Le di en el muslo, pero es necesario contener la hemorragia.

–Yo lo curaré.

Él la cogió del brazo.

–¿No te importa?

Sonrió débilmente.

–No. No me importa. Déjame.

Su mano vibraba al ir cogiendo el algodón, la gasa, yodo. El corazón le golpeaba con extraordinaria violencia, y por momentos le parecía que iban a reventarle las sienes. Le parecía que se ablandaban sus piernas al avanzar por el largo corredor hasta el cuarto donde yacía el hombre. Lo halló puesto sobre una angarilla, con las muñecas sujetas a ambos costados y las piernas abiertas, cogidas con fuertes sogas que se unían por debajo. Era la imagen de la humillación.

Se veía más repuesto, sin embargo.

–Buenas tardes –musitó.

La miró él de pies a cabeza. Dejó pasar un largo minuto. Por fin replicó, en tono de endiablada ironía:

–Güenah tardeh, patrona.

Le alzó el pantalón con timidez. La desnuda carne lacerada, cubierta de machucones y cicatrices, inspiraba la lástima que podría inspirar la carne de un mendigo. Con agua tibia lavó la sangre, cuyo flujo era ya menor, para ir aplicando después, en medio de enormes precauciones, el yodo, que lo hacía recogerse en movimientos instintivos.

–¿Duele?

El Negro no replicó, pero sus músculos permanecieron rígidos desde ese instante, y el silencio –apenas roto por el sonido metálico de las tijeras o por el crujir del paquete de algodón– pesó en el aire de la pieza con ominosa intensidad. Le resultó eterno el tiempo que tardó en concluir. Era difícil pasar las vendas por entre tantas ataduras, y entre el cuerpo del hombre y las parihuelas, especial porque él mismo no cooperaba. Al contario: diríase que gozaba atormentándola con su propio sufrimiento.

Terminó.

Calladamente reunió sus cosas y se levantó para partir.

–Patrona…

Se volvió. Los ojos pequeños, sombríos, del herido la miraban con una mirada indescriptible.

–Le agradehco, patrona.

–No hay de qué –balbució.

Mas él no había acabado:

–Si me llevan preso, me van a joder.

Pausa.

–El patrón no gana naa, ni uhté tampoco si llego a ehcaparme dehpuéh, le juro que la dejo viuda. Sería  una  pena.

Ella no sabía qué hacer ni qué decir. Por fin se fue, paso a paso, hacia la puerta.

–Hasta luego –articuló, con voz que apenas se oía.

De pronto el Negro se  puso tenso. Habló, y su tono palpitaba una dureza feroz:

–¡Y a ti tamién te mato, yegua fina!

Salió precipitada, yerta de espanto.

En los dos días que demoraron en venir los carabineros no hizo sino pedir a su marido que permitiera huir al preso.

–¿Por qué va a enterarse nadie? Le dejas camino hecho, sin contarle siquiera. Ni a él. Podrías ponerle un cuchillo al alcance de la mano. ¿Quién sabría?

–Yo.

–Amor.

–Estás loca.

–Hazlo. Te…

–Pero si es tan absurdo.

–No voy a vivir tranquila.

–Y si lo suelto, ¿cuántas mujeres dejarán de vivir tranquilas?

¿Cuántas perderán a sus hijos, o…, o…? Tú sabes cómo lo encontré. Esa pobre muchacha tenía su novio, tendría sus esperanzas, sus planes, igual que tú cuando nos casamos. ¿Y ahora? El novio no quiere ni verla. Le ha bajado por ahí el honor, al imbécil. Y ella…, bueno. Está vacía. Nada va a ser como antes para ella. Por el Negro. Por este bruto. ¿Y quieres que tu miedo le permita seguir haciendo de las suyas?

–Va a escapar.

–No veo…

Fue en vano insistir. Sin embargo, algo en su adentro se resistía a toda razón, sobre toda razón la impulsaba a desear que aquello se arreglase en cualquier forma, de modo que el Negro se viera libre y ellos no tuvieran encima la espada de Damocles de su venganza.

Pero nada ocurrió. Cuando los carabineros llegaron, el preso rugía de ira, echaba maldiciones horrendas, se debatía. Insensible a los golpes que le daban para aquietarlo, gritaba:

–¡Me lah vai a pagar, futre hijo’e perra!

Por un instante la vio.

–¡Y voh tamién, yegua!

La agitó a ella una sensación de angustia. Habría deseado decirle palabras que lo calmaran, pedirle perdón incluso, mas eso era un disparate, y, mientras, no podía dejar de permanecer ahí clavada, viendo y oyendo, llenándose de un terror frío y profundo.

…Las imágenes comenzaron a hacerse vagas, a moverse de una manera distorsionada en su mente, a medida que tornaba el sueño. Traspuesta aún, veía los ojillos agudos, pérfidos, del hombre. Su rostro sin afeitar, que cruzaban dos tajos de pálidas cicatrices. La mandíbula cuadrada, sucia. Los labios carnosos, entre los que asomaban sus dientes amarillos y disparejos y ralos, y unos colmillos de lobo. La cabeza hirsuta, la estrecha frente impresa de crueldad. En los labios había una especie de sonrisa. Murmuraban “Yegua”, sin gritarlo, sin violencia ahora, suavemente, cual si fuera una galantería.

O tal vez una galantería obscena, de infinita malicia. Se revolvió en el lecho, sintiéndose herida y escarnecida, presa del semisueño y de su lógica ilógica, atrabiliaria, tan fácilmente cómica y tan fácilmente diabólica. Algo la ataba a esa comarca donde parece estar el germen de la pesadilla, y también el germen de la maldad que se oculta, del ridículo, de la muerte; donde la alegría, el dolor, la desesperación, pierden sus límites. Atada. Y el Negro la miraba, y sonreía, y le decía “Yegua”, y en seguida no sonreía, sino que estaba tenso, todo él tenso cual un alambre eléctrico, y continuaba repitiendo la misma  palabra, en un tono de odio sin ira que se le metía  en la carne y en la sangre y en los huesos (Amor, amor), y dentro del pecho el corazón se puso a saltarle, desbocado, y de pronto tenía el cabello suelto, flotando al viento, y no era más ella, sino una potranca galopando en medio de la oscuridad, y aunque iba por una llanura se oían crujidos de madera (Amor) y sobre todo ladridos que se acercaban poco a poco y su furia medrosa producía eco, tal si repercutieran entre cuatro paredes… Se acercaban, la rodeaban, iban a morderla esos perros…

Despertó con sobresalto.

Se quedó unos instantes semiaturdida, observando en torno. Ningún cambio: su marido yacía ahí al lado, tranquilo. La luna daba de lleno sobre la ventana del costado izquierdo, en cuyos vidrios refulgían las gotas de lluvia. Todo igual.

Suspiró.

Luego, lentamente, el trote de un caballo hizo oír su claf-claf desde el camino.

¿Qué sería? Trató de ver en su reloj, mas no lo consiguió. Un caballo. Amor –quiso decir–, un caballo. Pero calló. Escuchaba con el cuerpo entero, con el alma. Reales ahora, los ladridos se convirtieron en una algarabía agresiva. Sonó un golpe seco, un quejido, nada. El claf-claf también cesó: estaría desmontando el jinete.

–Amor.

El marido gruñó una interrogación ininteligible, entre sueños.

–¡Amor! –repitió ella.

–¿Qué hay?

–Alguien viene.

–¿Dónde? ¿Qué hora es?

–No sé.

De un soplido apagó el fósforo que él empezaba a encender.

–No. No prendas la luz. Venía por el camino.

El hombre se levantó, echándose una manta encima, y se acercó a la ventana que daba hacia afuera. Corrió la cortina en un extremo.

–¡Diablos! –exclamó.

La mujer no se atrevió a preguntar. Sabía. En unos segundos, él estuvo a su lado susurrándole instrucciones:

–Es el Negro. No te preocupes. –Abrió una gaveta–. Toma, te dejo este revólver. Ponte en ese rincón, y si asoma, disparas. No hará falta. Trata de conservar la calma, amor. Apunta con cuidado. Yo voy  a salir por el corredor para sorprenderlo. Ten calma. No pasará nada.

La besó, cogió otro revólver del velador y se fue, con el sigilo de un gato, antes de que ella hubiera podido articular palabra.

Esperó.

Tenía la vista fija en el marco de cielo encuadrado, estrellado. A cada instante le parecía ver aparecer una sombra, ver moverse algo en la sombra. Cuídate, amor. Dios mío, que todo salga bien.

Cayó una gota del alero. Hacía rato que no caía ninguna.

Sopló una ráfaga de viento.

Otra gota.

Silencio.

Sintió un frío que la calaba.

Una tabla crujió. Sobresaltada, se volvió hacia la puerta. ¿No habría entrado el Negro por otra parte? Transcurrieron cinco, diez, quince segundos. No se repitió el crujido. ¿Y si apareciese por la ventana interior? Trató de imaginar cómo y por dónde lo haría. Podía trepar el muro bajo de la huerta, saltar… Sin embargo, estaba cojo aún. Y los dos mastines le impedirían pasar. No. Por ahí no era probable.

Una tercera gota se desprendió del alero.

¿Cuánto tiempo habría transcurrido? Tres gotas, pensó. ¿Habría un minuto, medio, entre gota y gota? ¿O no se producían  a intervalos regulares? Cuarta gota.

Estaba claro, dentro de la oscuridad. Tal vez ya iba a amanecer. Tal vez llegara la mañana y vinieran los inquilinos, y entre todos apresaran de nuevo al Negro…

Quinta gota.

¡Por Dios! Trató de rezar: Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea… No. Era absurdo. No podía.

Sexta gota. Después un crujido. Se puso atenta.

Nuevo crujido.

No se encontraron. Viene ahí.

El crujido siguiente fue junto a la puerta. La puerta se abrió, dejando entrever una masa de sombra más densa. Disparó. Se escuchó un murmullo quejumbroso, breve; luego el caer de un cuerpo al suelo. Luego, débilmente:

–Amor…

Arrojó el revólver y se abalanzó hacia la entrada. Tocó el cuerpo: era su marido.

–¡Por Dios, qué hice!

Él:

–Pobre amor. Huye.

Trató de acariciarle la frente, y al pasar por la piel sus dedos se encontró con la sangre, que fluía a borbotones.

–Voy a curarte.

El hombre no respondió.

–¡Amor! ¡Amor!

Silencio. Una tabla volvió a crujir. El revólver. Retrocedió para buscarlo a tientas, pero sus manos no dieron con él. La segunda silueta apareció entonces en la puerta.

¿Aprueban destruir el medio ambiente?

Punta de Choro se ubica sobre el Pacífico, en la Región de Coquimbo, donde se hospeda más del 80% de los pingüinos de Humboldt y una gruesa colonia de lobos marinos y delfines, así como de aves (pelícanos y aguiluchos, entre otras) y hay un ecosistema marino que ofrece el paraíso al turismo ecológico. La Corporación Regional del Medio Ambiente, Corema, decidió por 14 votos contra 5 autorizar a la multinacional franco-belga Suez Energy la producción de energía mediante el uso del carbón (Termoeléctrica Barranconas) en ese lugar, tras una inversión de US$1.100 millones. Las protestas no se han hecho esperar por la amenaza al ecosistema y la contaminación que producirá la estación termoeléctrica.

Hoy, la directora de la Comisión Nacional del Medio Ambiente (Conama), de la Región de Coquimbo, Claudia Rivera, defendió la termoeléctrica Barranconas y aseguró que no es contaminante. Dijo que se impusieron las condiciones necesarias para que “el impacto ambiental de este proyecto se encuentre dentro de los límites permitidos por la normativas que les aplican: calidad del aire, material particulado, emisión de NOX (que son óxidos de nitrógeno, de dióxidos de azufre) y en general, todos los impactos fueron debidamente evaluados y ponderados”.

Aseguró la señora Rivera que “se evaluaron cuáles serían los efectos en los receptores sensibles y el material particulado tendría un efecto absolutamente local, dentro de lo que se configura como área industrial de la central térmica Barranconas”. Precisó que la central no se ubicará en Punta de Choros, sino a 25 kilómetros.

El presidente Sebastián Piñera había dicho durante su campaña que era “una locura” seguir llenando a Chile de plantas eléctricas a base de carbón. “Yo me voy a oponer a todas las plantas termoeléctricas que atenten gravemente contra la naturaleza, las comunidades y la calidad de vida”, dijo en su oportunidad, al referirse específicamente a Punta de Choros.

Revelan condición de mineros atrapados

Chile entero sigue atento al desarrollo de la situación de los 33 mineros que desde hace 19 días están atrapados a 688 metros de profundidad en la mina San José. El ministro de Salud, Jaime Mañalich, reveló hace pocos momentos que los mineros atrapados aún no saben que los trabajos de rescate pueden demorar tres, y hasta cuatro meses, lo cual se les informará cuando la evaluación de su estado sicológico lo permita. Sin embargo, advirtió que los mineros son suficientemente conocedores de ciertas condiciones extremas, como la que están viviendo, y tal vez ya lo intuyan.

También reveló que dos de los mineros tienen buenos conocimientos de enfermería, y esta mañana se les envió por la “paloma” un cuestionario para determinar exactamente el estado de cada uno de ellos. Añadió que durante cinco días se les dará preparados alimenticios que contengan vitaminas, minerales y proteínas suficientes, para después pensar en una comida distinta. También dijo que se les pidió muestras de tres fuentes de agua que los mineros informaron que tenían allá abajo, para determinar su pureza, a fin de que pueda servir para enviarles alimentos en polvo que puedan preparar allá abajo.

El ingeniero de la Corporación Nacional del Cobre, Codelco, André Sougarret (foto), quien está a cargo de los trabajos de sondaje y rescate, precisó que los 33 mineros están en un espacio suficientemente amplio, donde se puede establecer un sitio para las basuras y fecas, y otro para dormir. Inclusive, se procurará que en los próximos días, empiecen a hacer ejercicio moderado para que no se atrofien los músculos y las coyunturas.

El sitio es húmedo y caliente, y en este momento se trabaja en un segundo sondaje para establecer un sistema de comunicación telefónica permanente, y un tercero que será el que realice la máquina Strata 950, para sacarlos después a todos. Ya se les enviaron varias linternas led, que sumadas a las de sus cascos, les servirá de momento para ubicarse allá abajo. Pronto se les enviará una luz roja, para que tengan iluminación permanente que no les afecte los ojos, obligados a estar en la oscuridad desde hace 19 días.

El ministro de Minería, Laurence Golborne, informó que también las familias que están asentadas en el campamento “Ciudad de la Esperanza”, cerca de la boca de la mina y los trabajos de sondaje, están siendo atendidas con el objeto de que, las que quieran, puedan regresar a sus sitios de vivienda, para que sus hijos y otros familiares retomen sus rutinas. Los trabajos de rescate, recordó, pueden demorar hasta 4 meses, es decir, diciembre. A nadie se le obligará a retornar, ni a quedarse, dijo el ministro. En ambos casos, el gobierno ofrecerá igual apoyo.

¿Ahora qué sigue con los 33 mineros?

“Estamos bien en el refugio los 33”, decía la nota redentora. Había sido enviada desde 688 metros, adentro de la montaña. Allí está ubicado el refugio, un sitio en el que caben 40 personas y se tiene agua y alimentos provisionales, en caso de emergencia. Refugio que ocuparon desde hace 18 días los 33 mineros que quedaron atrapados en la mina San José. La nota la enviaron ellos, atada a la punta de la sonda que llegó ayer a esa cota. Nadie, arriba, sobre la superficie del planeta, podía creerlo. Pero era verdad. Era una prueba de sobrevivencia de los mineros, “los niños”, como les decían los familiares que llegaron al lugar de las exploraciones de salvataje, desde el primer momento, y levantaron un campamento, “Ciudad de la esperanza”, donde no se perdieron ningún detalle. Un solo grito de emoción se escuchó cuando los rescatistas abrieron la bolsa plástica dentro de la cual estaba el pedazo de papel en el que decía: “Estamos bien en el refugio los 33”.

¿Qué sigue ahora? En primer lugar, terminaron de “encamisar” el ducto del sondaje, con tubería PVC, para poder subir y bajar con facilidad el artefacto llamado “la paloma”. Este, consiste en un porción de tubo PVC de dos metros, aproximadamente, con una punta de madera, semejando un lápiz, dentro del cual se enviará agua racionada, primero, y después agua isotónica. Posteriormente a la hidratación y adecuación del estómago de los mineros atrapados, se les enviará raciones de “alimento” en forma de gel, para acostumbrar al organismo a condiciones sólidas.

También, mediante “la paloma”, se establecerá contacto permanente con los mineros a 688 metros de profundidad, mediante una cámara de televisión y micrófonos. Ayer, el micrófono se mojo, porque el ducto no estaba encamisado, pero con la cámara pudo verse el rostro de un minero, y varias luces de las que usan los mineros en sus cascos. Esta comunicación servirá para prestar asistencia sicológica a los 33 mineros.

Paralelamente, se comenzará a taladrar un ducto más ancho, con ayuda de una máquina de última generación, llamada “Strata 950”. Este ducto será de 63 centímetros de diámetro, aproximadamente, suficiente para que quepa una persona de pies. Una vez construido el ducto, se bajará una canastilla, de tamaño humano, para subir, uno por uno, a los 33 mineros atrapados. El sondaje que ayer pudo determinar que los mineros estaban vivos y en condiciones satisfactorias, tiene cerca de 10 centímetros de diámetro, y se realizó con varios grados de inclinación hasta los 688 metros de profundidad. El ducto que se haga con el Strata 950 debe ser perfectamente perpendicular, para poder izar la canastilla.

Los trabajos que comenzarán hoy para evacuar de las entrañas de la montaña a los 33 mineros sobrevivientes, pueden tardar 120 días. El presidente Sebastián Piñera se comprometió a realizar todos los esfuerzos para que sean 90 días, pero no es seguro, desde el punto de vista técnico. La montaña puede presentar tramos de roca dura, y tramos deleznables que obliguen movimientos cuidadosos o difíciles, por lo que no es posible fijar un tiempo determinado. Lo importante es que ya se tomó contacto con los mineros atrapados, a los que se podrá cuidar física y mentalmente, mientras se hacen los trabajos de excavación necesarios para sacarlos de las profundidades de la tierra.

¡Están vivos los mineros!

Están vivos los 33 mineros que hace 18 días quedaron atrapados por un derrumbe en la mina San José, al norte de Santiago.

Al llegar la sonda a la cota de 688 metros de profundidad y acusar un vacío en la roca, se detuvieron los trabajos en previsión de que habían llegado al refugio donde estarían los 33 mineros. Entonces, se ordenó subir la tubería y elementos del sondaje, para bajar lo que se denomina “la paloma”, un artefacto con cámara de televisión y gel alimenticio a fin de confirmar la presencia de los mineros. Cuando extrajeron el último de los tubos de la broca, éste venía pintada con rojo y un papel escrito que decía “Estamos bien en el refugio los 33”.

La versión la ofreció uno de los técnicos de la perforación, y el presidente Sebastián Piñera, a las 3:20 de la tarde, mostró a los medios de comunicación el mensaje que enviaron los mineros, confirmando oficialmente la buena condición física de los 33 trabajadores. Ahora, el procedimiento tiene que ver con abrir un ducto del tamaño de un ser humano, para sacar a los mineros. Esto podrá tardar más de un mes. Pero ya se les puede enviar agua y alimentos y tener comunicación diaria con ellos.

Los planos de la mina no coincidían

Con una nueva frustración amanecieron hoy los familiares y rescatistas de los 33 mineros atrapados en la mina San José, en Copiapó (800 kilómetros al norte de Santiago), porque los planos entregados por la compañía San Esteban no coincidieron con la perforación de la sonda. Alejandro Bohn, uno de los dueños, insistió en que los planos “debían estar bien”, pese a la evidencia negativa. Hace 3 días la sonda encontró una caverna que tampoco estaba reseñada en la topografía de la empresa, la cual ya había recibido sanciones y la orden de cierre indefinido por sus malas condiciones de seguridad para los mineros. A última hora de ayer, varios pirquineros (mineros topos) se ofrecieron para intentar una exploración a través de la boca de mina principal, pero no fueron autorizados. Sin embargo, los trabajos de rescate se mantienen, por lo que anoche el presidente Sebastián Piñera volvió a expresar confianza en que los mineros “puedan ser sacados vivos”, después de 2 semanas de estar atrapados.

Salvemos Punta de Choros

Vinicius de Moraes, embajador

“Muchas veces en Brasil dejamos de exaltar a quien fue víctima en el período del autoritarismo y nos quedamos preocupados con quien reprimió, quien mató, y con eso nosotros nos olvidamos de dar valor a nuestros héroes”, dijo hoy el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, al restituirle el rango de embajador al genio artístico Vinicius de Moraes (1913–1980), despojado de él por la dictadura militar en 1969. “Lo que estamos haciendo aquí es casi un proceso de reparación. Vinicius era un ser superior que, expulsado, continuó creciendo. Siento envidia de Vinicius. No conozco a alguien que haya sabido vivir la vida como la vivió nuestro Vinicius”, puntualizó el presidente de Brasil.

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