Algunas personas realizan ciertas hazañas que modifican para siempre el curso de las cosas. O al menos modifican para siempre la manera de hacerlas. James Joyce (ilustración) es una de ellas.
La literatura, no solamente irlandesa, sino mundial, dejó de ser lo mismo después de editarse su novela “Ulises”.
Novela que para algunos, entre quienes me incluyo, se considera un verdadero tostón. Una pesadez, o, simplemente, una lata. Una cosa voluminosa, que parece no ir a ninguna parte, hasta cuando se asoma a una cámara que muestra las pequeñas cosas que uno ve cuando vive la cotidianidad. Y hace unos primerísimos planos que, ciertamente, agotan.
Semejante mamotreto en el que Joyce narra solo unas horas de la vida de una persona.
Pero, dicho así, no se refleja la enormidad del empeño y la grandeza del resultado. La literatura, después del trabajo del dublinense James Joyce, es otra.
Es otra la literatura, en cuanto no se trata de narrar bellamente una sucesión de hechos que constituyan una historia. Ya no es así.
La literatura debe elaborar, procesar, transformar el elemento, y el elemento es el lenguaje. En este procedimiento muchos lectores quedarán a la vera, porque la literatura establecida por Joyce necesita un lector en cierta forma “elaborado” para que el texto sea asimilado, releído, entendido en múltiples formas y, finalmente, realizado.
Creo que lo que ocurre es que se inaugura una vía nueva, alternativa a la vía por la que caminan los lectores del montón.
La manera nueva de hacer literatura encontró, ciertamente, una nueva casta de lectores de literatura, y todo andaría por una vía alternativa.
La vía común es el folletín, la narración cronológica, la argumentación consecuencial que va pasando de una escena a otra de manera obvia, con una lógica lineal que trata de parecerse a la vida. Pero la vida tiene, ciertamente, formas alternativas de presentarse y de vivirse.
Será distinto el lector que necesite “Ulises” para completarse como obra literaria, al lector que necesita “Madame Bovary”, siendo también una obra espléndida, ésta de Gustav Flaubert.
Son dos narraciones, dos narradores, dos obras, dos lectores.

















Todas las obras tienen tantas lecturas como lectores. Entro en tu blog y me llama la atención, la obra y el autor al que haces referencia. La verdad no pude terminarlo. Lo tengo en un estante, desorientado, entre mis valorados libros, como una muestra de lo que pretendió ser (conmigo). La verdad, ni lo entendí, ni me alentó a continuar su lectura. Rayuela me pareció del todo apasionante y constructiva en todos los aspectos, incluido el que proponía Cortazar; la participación del lector.
Espero no haberte cansado con mi exposición.
Aún así lo he leído de manera interesada.
Un saludo
Tienes toda la razón, Pipermenta, yo tampoco lo he podido leer de corrido, y debo saltar de aquí allá, y muy de vez en cuando. Para mí, es formidable “Diblinenses”, pero al mencionar “Ulises” quiero destacar la ruptura que produce con la literatura precedente. Y, en realidad, “Ulises” es genial en su concepción y en cada una de sus páginas, que, ciertamente, fatigan.